La monja

2.00

La precuela de El conjuro intenta asustar con elementos religiosos, pero el resultado es desastroso.

por BILGE EBIRI | 07 Sep de 2018

La monja tiene un buen comienzo, pero el desarrollo de los personajes y los sustos no es el adecuado.


La retorcida magia detrás de El conjuro escasea en estos días, ¿no? En la película de terror de James Wan de 2013, sobre una familia que la atormenta un demonio, hay sustos que te hacen saltar y una mezcla entre suspenso y humanidad. El hecho de que los personajes nos importaran provocaba que fuera más fuerte (y efectivo) el susto. A pesar del presupuesto de la cinta, la historia sobre fantasmas tenía una sencillez elegante y marcó el terror con una escena icónica: la imagen de una niña pequeña mirando la oscuridad detrás de la puerta de su cuarto, insistiendo que había algo ahí. La oscuridad no era lo que asustaba, sino la cara de la niña y el miedo en sus ojos. Desde entonces, esta franquicia ha creado varios spin-offs (las películas de Annabelle) y dobló la cantidad de espantos, pero cada una parece ser más insistente y sin vida.

Ambientada en 1952, La monja pretende ser una precuela de los demonios de las últimas películas de El conjuro, y su comienzo es prometedor. Dos monjas en el Monasterio de Carta confrontan a una presencia maligna en un cuarto de la antigua construcción. (Incluso hay una señal que dice “Dios termina aquí”). A una la consume la oscuridad y la otra se suicida para prevenir que este misterioso ser se meta en su cuerpo. El Vaticano convoca al experimentado Padre Burke (Demian Bichir) y a la Hermana Irene (Taissa Farmiga), una joven novicia que tiene visiones religiosas, para la investigación. La pareja se dirige a Biertan, Rumania, y se encuentra con un campesino conocido como “Frenchie” (Jonas Bloqet), quien encontró el cuerpo. Fracasan en la investigación de la muerte de la mujer, en principio porque todos actúan de manera extraña. Muchas personas se esconden y muy rara vez hablan. Incluso la abadesa, a quien nunca le vemos la cara, solo habla detrás de un velo negro con una actitud amenazante.

Al comienzo, el sentimiento de peligro y el uso de Rumania como el escenario la hacen parecer una réplica de la cinta original de Wan. Pero es una lástima que no tengamos un vínculo cercano con los personajes principales, lo cual es un desperdicio, ya que solo hay tres de ellos en los 90 minutos de la historia. El Padre Burke siente remordimiento por un exorcismo que le hizo a un adolescente, pero la película no profundiza mucho sobre su arrepentimiento. El niño simplemente se convierte en otro cliché sobrenatural que persigue a nuestro héroe por los pasillos del monasterio. Algo similar ocurre con las visiones de la Hermana Irene, que son más que obvias y un poco inútiles hasta el final de la película. Mientras tanto, nos cuentan que el monasterio fue bombardeado durante la Segunda Guerra Mundial y que tal vez esa sea la razón de la maldad que se respira ahí.

El extraño y sombrío ambiente tampoco dura mucho, porque la película cae en los típicos sustos de las historias de terror. Unas manos atraviesan las puertas y agarran a las personas, las monjas vuelan o se encienden en llamas y aparecen cruces volteadas como por arte de magia. Con el paso de los minutos nos arrojan reflexiones raras y figuras que se esconden en la oscuridad. El verdadero terror requiere anticipo, pero es difícil anticipar algo cuando ya te han contado todo. No hay nada que temer.


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