Lady Bird

3.50

Greta Gerwig nos cuenta cómo sobrevivió en su adolescencia creciendo en el Norte de California

por PETER TRAVERS | 12 Feb de 2018

Greta Gerwig / Saoirse Ronan, Laurie Metcalf


Una irresistible historia de la vida real

Justo cuando crees que no hay una historia original o emocionante sobre el paso de la niñez a la adultez se estrena Lady Bird, un recordatorio de que ningún género está demasiado usado cuando un nuevo artista lo ve con otros ojos. La cineasta Greta Gerwig, en un espectacular debut como directora (ella codirigió Noches y fines de semana con Joe Swanberg en 2008), esculpió un guion brillante sobre su vida como adolescente. La historia es transparente, sin tapujos, y está hecha con honestidad pura.

Gerwig, de 34 años, conocida por sus actuaciones estelares en películas de Noah Baumbach (Frances Ha, Mistress America), no aparece en Lady Bird. Quien interpreta su papel es Saoirse Ronan, de 23 años, una actriz excelente (véanla en Expiación, deseo y pecado y en Brooklyn: un nuevo hogar). Ronan actúa como Christine McPherson, una renegada de bachillerato que insiste en que “Lady Bird” es su “verdadero” nombre (ella misma se lo puso). Al igual que Gerwig, McPherson crece en Sacramento, California, alrededor de 2002, con acné y su pelo tinturado, viviendo en una casa de un barrio marginal. Su mamá (la increíble Laurie Metcalf) es “amable y aterradora”, y su papá (Tracy Letts) está desempleado y deprimido. Ella le tiene miedo a la idea de quedarse en el Norte de California, tanto a como le teme a tener “sexo poco especial”.

Lady Bird pasa su último año de bachillerato en un colegio católico, donde peca al comerse las hostias, poner un letrero de “recién casados” en el carro de una monja y ser advertida varias veces por la Madre Superiora (Lois Smith). Tal vez también debería presentarse en las audiciones del musical escolar Merrily We Roll Along de Stephen Sondheim, sobre lo amargada que se ha vuelto la juventud. McPherson le confiesa a su mejor amiga, Julie (Beanie Feldstein), que se quiere ir de la ciudad –a la que llama “el medio oeste de California”- y viajar a Nueva York; ella cree que las inscripciones universitarias se acabarán después del 9/11. Sus planes amorosos tampoco salen como planeaba, con el geek de teatro, Danny (Lucas Hedges de Manchester junto al mar), y el músico, Kyle (la estrella revelación Timothée Chalamet, a quien tienen que ver en Llámame por tu nombre).

En últimas, la película es una pelea campal entre Lady Bird y Marion, su madre: una enfermera que trabaja doble turno para mantener a su familia y se impacienta con los planes de su hija. Las dos son tercas, pero su amor es indiscutible. Metcalf, después de ganar un Tony por A Doll’s House: Part 2 de Broadway, se merece la atención de la Academia por el mejor papel de su carrera. Es graciosa e intensa, una maravilla en conjunto. Y Ronan encaja a la perfección, con una increíble sincronización y algunos toques dramáticos. Ella es simplemente asombrosa. Nos deja entrar en la mente y el corazón de Lady Bird, hasta sus nervios más profundos.

La cinematografía de Sam Levy y la composición sonora de Jon Brion son potentes, igual que Hand in My Pocket de Alanis Morissette y Crash Into Me de Dave Matthews. Pero Lady Bird no es una historia nostálgica color de rosa; busca la verdad incluso cuando duele. Y como directora, Gerwig prueba que tiene un talento gigante, generoso y fuerte con quienes están en pantalla. Nos permite bromear con sus inseguridades, y encuentra la fragilidad de los personajes en las dos brechas generacionales. Es imposible no adorar Lady Bird. Gerwig convirtió su historia de la adolescencia en un triunfo extraordinario y una de las mejores películas del año.


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