Odio a Botero

4.00

La banda bogotana confirma que es muy necesaria en un entorno hipócrita y polarizado.

por RICARDO DURÁN | 26 Mar de 2018

Un regreso esperado, polémico y oportuno.


La madurez del odio

Estos tiempos de torpe inmediatez nos han convencido de que la novedad es en sí misma una virtud, como si la experiencia y la madurez fueran graves enfermedades. Han tratado de apaciguarnos con artistas que nunca quedan mal con nadie y han confundido la relevancia con el impacto efímero en redes sociales. Por todo eso el regreso de Odio a Botero es algo que se agradece profundamente. Y como no se trata de una vuelta llena de nostalgia blandengue se agradece aún más.

Bardo —palabra tibetana relacionada con un estado espiritual intermedio— muestra a la banda de René Segura en un importante punto de crecimiento, con una evolución musical que nos lleva a explorar paisajes psicodélicos e hipnóticos que se acomodan hábilmente entre sus descargas de punk rock.

Este disco es compacto de principio a fin, sin que las canciones se pierdan en la monotonía, y ni siquiera la inclusión de un interludio como Kokyo’S Chant logra diluir su potencia. Los riffs poderosos sostienen con solidez los alaridos de Segura y de la nueva cantante Gabriela Ponce, cuya llegada definitivamente ha hecho crecer el sonido de la banda.

A pesar de los cambios en la formación, el espíritu de Odio a Botero permanece intacto, tan incómodo e intransigente como siempre, más necesario que nunca. Entendiendo que se trata de material que llevaba un buen tiempo en sus alforjas, esperamos no tener que esperar tanto tiempo para escuchar otra entrega de esta gente, porque este Bardo es un llamado de atención para todos, especialmente para quienes siguen haciendo música complaciente para mercados que jamás van a pararles bolas.


Deja tu opinión sobre el artículo: