Pájaros de verano

3.00

Corriendo hacia el desierto

por RODRIGO TORRIJOS | 09 Aug de 2018

Ciro Guerra, Cristina Gallego / NATALIA REYES, CARMIÑA MARTÍNEZ


La Guajira se aferra al continente con un brazo flaco de arena. Es un puño de polvo que se eleva en el olvido. Aun así sus historias se han contado tanto en voz de cantores vallenatos como en escándalos mediáticos; niños indígenas que mueren de hambre y sed, gobernantes corruptos y familias avocadas al exterminio por deudas de honor. Tras presentar un Amazonas impactante y personal en El abrazo de la serpiente, el equipo de Cristina Gallego y Ciro Guerra se va al extremo opuesto del mapa para indagar la cosmogonía wayú y establecen un relato que clama independencia ante cualquier expectativa.

Pájaros de verano proyecta la búsqueda de imágenes potentes que se aferren a la conciencia del espectador. Por momentos el poder visual y una edición precisa son el vehículo narrativo, en otros avoca al diálogo explicativo. Esos balances que permiten navegar entre el sentido autoral y el favor del público se agrietan, en este caso, en una arista fundamental.

En Pájaros el protagonismo se embolata tras narrar décadas de conflicto. Ese universo interior que guiaba la narrativa en sus películas anteriores se atomiza. Ese mundo interno se diluye en diferentes tramas, no evoluciona, justifica acciones y finalmente tiñe de tragedia a unos personajes intransigentes, que pierden la capacidad de sorprender y de comprenderse a sí mismos.

De su protagonista no sabremos mucho, salvo que quiere casarse con una mujer indígena. Para ser aceptado empieza a negociar con marihuana, establece un vínculo entre los gringos hippies que en esa época llegaban a “prevenir el comunismo” y sus parientes de la Sierra, que cultivan la planta por razones medicinales. Se convierte en un capo y líder de la comunidad que acepta los beneficios. A partir de ahí la historia se divide en cinco cantos, en los que la violencia se intensifica hasta devorarlo todo. Como ejercicio de género no logra liberarse de una cadena de traiciones y reacciones previsibles.

En uno de sus episodios el joven Leonidas, a fin de humillar a su comunidad, le paga a un asistente por comer el excremento de un perro. El hombre duda, se avergüenza, lo hace y luego corre con el dinero hacia el desierto, mientras algunos aplauden. Una imagen que aplica para la forma como nuestra sociedad ha asumido el poder del narcotráfico, los paramilitares y los políticos corruptos, creyendo que permanecerían como males de las periferias.


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