Post Malone

2.00

El rapero disfruta de su autocompasión en un disco fiestero y decepcionante

por MEAGHAN GARVEY | 22 Jun de 2018


A Post Malone no le gustan las etiquetas. “No quiero ser un rapero”, dijo en una entrevista. “Solo quiero ser una persona que hace música”. Esa es una frase muy lógica para un tipo blanco que ganó millones de dólares con una mezcla de rap y canto que le debe bastante a la música negra. Con melodías vocales y beats de trap, sus canciones cogen lo que está de moda en el rap y se lo presenta a quienes no les gusta, incluyéndose a sí mismo. “Si quieres fijarte en las letras, si quieres llorar, si quieres pensar en la vida, no escuches hip hop”, proclamó el año pasado en una entrevista, distanciándose del género para alabar a Bob Dylan.

La exitosa Rockstar, del año pasado, tiene referencias a Bon Scott y frases sobre lanzar televisores por las ventanas de los hoteles. Es otra de las canciones populares que tienen sintetizadores en tonalidades menores, cajas de ritmos 808 y melodías que muestran el dinero y las drogas ilimitadas como una tediosa decepción. Post Malone es millonario y se siente triste, una condición de la que habla en Rich & Sad, un tema en el que no pronuncia bien las palabras y puede describirse como “un sonido blando”. Desafortunadamente, no pudo comprar el amor de su novia, a quien engañó sin escrúpulos. ¿Quién no entiende eso?

Casi te sientes mal por el tipo cuando las 18 canciones de Beerbongs giran en torno al narcisismo y el dinero: su obsesión por mostrar los músculos, irse de fiesta y tener sexo con sus fanáticas, solo alimenta el miedo a vivir rodeado de gente que solo está con él por esas características. Lo irónico es que los mejores momentos están cuando se olvida del rapero cool y pretensioso, para ser un lobo solitario. Las melodías en Otherside son las mejores del disco, despegándose del patrón infantil y la obsesión de cerrar cada frase con una rima. En Stay, saca su lado acústico para un tema melancólico al estilo George Harrison. En esos momentos extraños en los que no necesita demostrar nada sale un compositor interesante, antes de regresar a su eterna fiesta.


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