Reseña de La chica del tren

3.00

La exitosa novela de Paula Hawkins sobre una mujer suburbana deprimida recibe una justa (y escabrosa) adaptación

por PETER TRAVERS | 05 Oct de 2016


La primera ausencia que notas en la versión cinematográfica de la exitosa novela de misterio de Paula Hawkins, La chica del tren, es Inglaterra. Es cierto, Hollywood ha reemplazado un brumoso tren de Londres en el que la chica cree presenciar sexo, violencia y un probable asesinato, con un expreso suburbano de Westchester que entra y sale de la Grand Central Station de Manhattan. Simplemente no es lo mismo.

Por suerte el director Tate Taylor (Historias cruzadas), trabajando desde un guion intrincadamente oscuro de Erin Cressida Wilson (La secretaria), ha tomado la mejor decisión posible para retratar a Rachel Watson, la chica alcohólica, deprimida y de ojos somnolientos que aparece en el título. Esa es Emily Blunt, y es perfecta, interpretando con emoción a esta borracha olvidadiza y generando en ella un toque de empatía por parte de la audiencia. Blunt se adentra en el papel como una actriz posesa; no hay en ella un ápice de vanidad y mantiene su verdadero acento inglés para interpretar a una británica abatida en Nueva York. Rachel, sin hijos, ha perdido su trabajo y su esposo infiel Tom (Justin Theroux, un desagradable canalla) la ha abandonado por Anna (Rebecca Ferguson), a quien embaraza rápidamente.

Así es que la amargada Rachel viaja en círculos todos los días a Manhattan hacia un trabajo como relacionista pública que ya no tiene, bebiendo vodka de una botella de agua y espiando por la ventana del tren a un hogar ocupado por la pareja perfecta: la sexy Megan Hipwell (Hayley Bennett) y su fornido esposo Scott (Luke Evans). Entonces Megan aparece asesinada a golpes en el bosque cerca de su idílico hogar. ¿La asesinó Scott? ¿O fue Kamal Abdic (Edgar Ramírez), el siquiatra al que Rachel vio abrazando a Megan? ¿O fue la misma Rachel, que no puede recordar por qué despertó esa noche con sus ropas llenas de sangre? Una investigadora (la confiable Allison Janney), quiere saberlo.

No voy a revelar aquí la trama, aunque la película resuelve el misterio más rápido que en la novela. Se apoya mucho en las oscuras sombras de la cinematografía de Charlotte Bruus Christensen y la perturbadora cadencia de la música incidental de Danny Elfman. A La chica del tren le falta el amargo humor y el entusiasmo estilizado que le imbuyó el director David Fincher a Perdida, basada en la novela de Gillian Flynn. Lo que sí se mantiene de la novela afortunadamente son los tres narradores poco confiables –Rachel, Anna y Megan–, mujeres a las que les queda difícil ser honestas con nosotros y con ellas mismas. ¿Irritante? No para mí. Me parece que este truco, y el secreto que une a estas infortunadas mujeres, es la gasolina femenina apropiada para elevar a La chica del tren al nivel de una película cautivadora.


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