Siete cabezas

2.50

Naturaleza muerta

por RODRIGO TORRIJOS | 13 Oct de 2017

Jaime Osorio / Alexander Betancur, Valentina Gómez y Philippe Legler

De nuevo en lo alto.


En el 2012 Jaime Osorio dirigió El páramo, una película sobre el miedo como mecanismo de control. En ella nueve soldados y una mujer acusada de ser “bruja” quedaban aislados en una base militar de alta montaña. En medio de la neblina, los miedos internos y las tensiones de grupo terminan por aniquilar a la tropa.

Cinco años después Osorio nos brinda Siete cabezas, una cinta que presenta como “una película hecha con avidez”. Para su segundo largometraje cuenta de nuevo con un experimentado equipo de producción; la película fue posible gracias a la unión de Burning Blue (La sirga, La tierra y la sombra) y Dynamo Cine (La cara oculta, Narcos).

Desde el punto de vista de Marcos (Alexander Betancur), un guardabosque de Chingaza, Siete cabezas cuenta la llegada de una pareja de ambientalistas que estudian la inexplicable muerte de animales en la región. El personaje principal interpreta los sucesos como signo del apocalipsis, y eso dispara un trastorno que le impide reconocer como suyas algunas partes de su cuerpo, llevándolo a la culpa y la automutilación. Osorio asciende de nuevo a la majestuosidad de la montaña para internarse en la fragilidad de un personaje. Sin embargo, el equilibrio de la cinta se ve afectado.

Hay gran naturalidad y credibilidad en los personajes de Philippe Legler, el esposo de la investigadora (Valentina Gómez), pero el protagonista Marcos exagera en su “extrañeza”. Resulta desgastante y repetitivo. No parece un experimentado conocedor de la montaña, sino alguien perdido que da vueltas entre los árboles. Falta carisma para que nos importe si se mutila o no. El experimento concluye sorpresivamente en una resolución catártica y logra restituir la fe de quienes ven la película en su realizador, que —en medio de una cinta hecha con más afán que urgencia— logra construir una experiencia sensorial a partir de luz y cicatrices. Sin embargo, así su final la libere, se ve precipitada al no solucionar carencias técnicas elementales. Esos episodios chatarreros son como alguna música interesante y cruda pobremente ejecutada. Sin embargo evocan esa sensación de libertad del que no es presa de sus triunfos pasados o el envidiado salvaje que no tiene la menor idea de cómo hacerlo.


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