T2: Trainspotting

3.00

Puede que no escojas una vida, un trabajo, una familia o una maldita televisión enorme. Pero no puedes elegir no envejecer. Trainspotting 2 celebra la llegada de los años sin rencores

por PETER TRAVERS | 20 Apr de 2017

Foto: JAAP BUITENDIJK/SONY PICTURES


En 1996 ‘Trainspotting’ irrumpió con una sensación de peligro. La osadía se atenúa en T2: Trainspotting, aunque Danny Boyle (¿Quién quiere ser millonario?) hace su mejor esfuerzo para impactar de nuevo. El paso de dos décadas se burla de los cuatro vagos que capturaron a una juventud revoltosa al ritmo del brit-pop de Elastica, Primal Scream y Pulp.

La última vez que vimos a Mark “Rent Boy” Renton (Ewan McGregor), traicionó a sus amigos, se llevó la plata de un negocio de heroína y huyó. Ahora está en Escocia, tras años de ganarse la vida en el mercado del software. Boyle presenta al icónico Renton cayendo de una trotadora, en una escena que muestra cómo la vida trata a los chicos. Él ha vuelto para hacer las paces con amigos a los que robó.

La primera parada es Simon “Sick Boy” Williamson (Jonny Lee Miller), quien dirige un bar y chantajea a los ricos con la ayuda de su novia Veronika (Anjela Nedyalkova), una trabajadora sexual búlgara que queda impresionada por la velocidad con la que Simon perdona al traidor. Spud (Ewen Bremner) sigue en las drogas y resulta ser un buen escritor, lo que hace que tenga las mejores líneas de la película. El guion, vagamente adaptado por Hodge de la secuela de 2002 Porno, está cargado de carcajadas con tono de arrepentimiento. La película da un giro violento cortesía de Begbie (Robert Carlyle), quien acaba de salir de prisión ansioso por vengarse.

Ese es el escenario, que hace alusión a la película original por medio de flashbacks y la mezcla de la venerada banda sonora con temas de grupos como Wolf Alice y Young Fathers. En una escena desgarradora, Mark visita la casa donde creció, pone un disco en el tornamesa y oímos las notas de apertura de Lust for Life de Iggy Pop. Antes de los escalofríos levanta la aguja del vinilo. El momento resume la adrenalina perdida. Nada puede igualar el estupor de la buceada en un inodoro ni la pesadilla del bebé muerto (pero ese es el punto). Al mostrar los efectos del tiempo, Boyle y sus actores ofrecen una mirada divertida, conmovedora y vital de unos Peter Pan aturdidos enfrentando al formidable enemigo de la mediana edad.

Simon acusa a Mark de ser un “turista en su propia juventud”. Al igual que la primera parte, aunque de una forma más sutil, ésta secuela de Trainspotting le arranca un pedazo a uno y puede hacer que muchos de los que en décadas pasadas levantaron el puño con el desafío de “a la mierda el mundo” reconozcan en la adultez y la sabiduría ganada, un imbatible sentido de pérdida.


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