Una Selfie Con Timochenko

1.00

Buena idea, mala ejecución

por ANDRÉ DIDYME-DÔME | 23 Feb de 2018

Álvaro Perea y Juan Carlos Salazar / Juan Pablo Salazar, Natalia Durán

Cortesía de Lizzeth Acosta


Juan Pablo Salazar, un activista colombiano por los derechos a las personas con discapacidad, co-dirige y es el protagonista de Una Selfie con Timochenko, una película que continuamente viola las fronteras entre el documental, la docuficción, el documental falso y el cine argumental.

A Salazar se le asigna una misión y es la de crear un evento simbólico para concientizar al pueblo sobre la necesidad de llevar a cabo el Proceso de Paz que va a terminar con una guerra de más de 50 años entre el gobierno de Colombia y la guerrilla de las FARC. La idea es viajar a Ruanda y traer a un equipo de voleibol sentado (conformado por discapacitados víctimas de la guerra entre Hutus y Tutsis), para que se enfrenten a un equipo colombiano conformado por soldados y guerrilleros discapacitados. Este es un acto simbólico poderoso y contundente: dos equipos de voleibol cuyos miembros están conformados por antiguos enemigos y cuya discapacidad es producto de una violencia absurda.

Semejante premisa es más que suficiente para elaborar un buen documental. Pero como dicen por ahí, la ambición rompe el saco. Los directores Salazar y Álvaro Perea (Su Majestad el Reinado), deciden convertir el documental en una farsa que incluye un deseo egoísta de reconocimiento por parte de Salazar, a un director apodado “el Scorsese de la Discapacidad” que busca ganarse un premio (Perea) y a una actriz y modelo que los dos contratan para presentar el documental, la cual es escogida por sus atributos físicos (Natalia Durán).

Lo que pudo haberse convertido en una sátira sociopolítica ácida que evidenciara los vicios de la sociedad colombiana, tipo South Park o El Siguiente Programa, termina siendo una película de factura muy amateur, con muchos problemas formales (mala fotografía, mala edición), confusa en el planteamiento y el desarrollo de sus ideas y muy mal actuada por sus protagonistas, los cuales en realidad no son actores. Sin embargo, la cinta incluye unas buenas piezas musicales compuestas por Salazar, que hacen pensar en que esto debió haber sido el primer “documental-musical” en la historia del cine.

Una Selfie con Timochenko conjuga una gran cantidad de ideas muy interesantes las cuales en su ejecución son llevadas al traste, agotando al espectador como consecuencia. Es también muy tímida y poco hilarante a la hora de asumir la farsa y paradójicamente, llega a funcionar cuando se vuelve seria a la hora de asumir la historia del conflicto colombiano y cuando deja de lado la farsa para enfocarse en el evento real del partido de “Voleipeace”. Más cuidado, delicadeza e inteligencia, podrían haberla puesto a la altura de su premisa.


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