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21N: Cantos, lluvia y puntos en la cabeza

Pasé de un cubrimiento periodístico pacífico a escapar de la Plaza de Bolívar con todos los manifestantes. Así viví el 21 de noviembre
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Y sí, también creo que esto tiene salvación.

Fotografía por Natalia Jiménez

–¡Calma, parcero! ¡Yo vi que le pegaron! ¡¿Cómo es su nombre?!  –me dijo un tipo alto, moreno y de rastas. Tenía los ojos llorosos y rojos por los gases lacrimógenos. Me vio gritando que me habían abierto la cabeza, con las manos cubiertas de sangre. 

–¡Santiago! – le respondí. 

–¡Santiago, hermano, acá está su amigo, salgan con calma! – dijo y me reunió con Iván, que le estaban dando durísimo los gases, tenía los ojos hinchados, rojos y llenos de lágrimas. El tapabocas además se le había caído y se había tragado todo el humo. Me agarró del brazo y empezamos a empujar para salir por la Casa de la Moneda.

–¡Camine, vámonos de acá! –gritó Iván.

El 21 de noviembre había empezado con calma. Se supone que en el parque El Virrey habría un punto de concentración, pero cerca de las 10:00am únicamente se reunieron algunas señoras y el doble de policías de lo normal. Vale la pena aplaudirlas, en esa zona donde vive y trabaja tanta gente, que un puñado de mujeres se manifestara es al menos es una pequeña señal de que esa burbuja de algunas zonas de Bogotá puede empezar a sensibilizarse. Ojalá se rompa totalmente.

Seguí el recorrido a la plazoleta de la 85, donde leí que habría una manifestación musical. Pero me encontré con algo parecido, algunas personas con carteles que iban de paso a otros sitios y más policías de lo normal. Decidí ir a la fija y dirigirme al Parque de los Hippies, pasando por la Universidad Pedagógica, donde los estudiantes habían dejado algunos carteles apoyando al Paro Nacional.

El sol parecía que había aparecido para amenizar a todos los que decidieron salir. Había grupos de anarquistas con sus chaquetas de cueros; estudiantes universitarias con carteles que pedían no más guerra; familias enteras, con niños que cantaban por un futuro mejor acompañados por sus madres; manifestaciones en silencio promovidas por grupos de yoga. La gente cargaba carteles creativos en los que confesaban que marchaban por primera vez o con caricaturas de Iván Duque (sobre todo relacionadas con lechonas o cerditos adorables con intenciones macabras) mientras que algunos locales regalaban agua y abrían sus puertas para que las personas usaran los baños sin ningún costo.

Llegando al Parque Nacional ya se sentía la verdadera energía y fuerza del Paro. En los días anteriores varios artistas habían manifestado su apoyo en redes sociales, y por ahí pude ver a varios. Estaban Los Reyes de la Champeta, el equipo de la película El concursante, Doctor Krápula, Hermanos Menores, Surcos, Los Makenzy y Alerta Kamarada. Algunos llevaban sus instrumentos para musicalizar el canto que los llevó hasta el Planetario, “Somos artistas, no terroristas”.

“Es una postura de todos los que no estamos de acuerdo con la forma en que están llevando el país, porque la verdad es que les está yendo bien mal. No tenían un plan de Gobierno”, me dijo Tostao de Chocquibtown cuando le pregunté por qué vino a marchar.

También salieron políticos que lideraban sus grupos, como Gustavo Petro y Ángela María Robledo. “Por la paz, para que no asesinen más niños, por la justicia social en uno de los países más desiguales de la Tierra”, me respondió el senador al pedirle sus razones para salir.

Hacia el mediodía las nubes empezaron a tapar el sol y la lluvia empezó a caer. En pocos minutos se convirtió en un aguacero sobre el Museo Nacional que disipó a la gente. Muchos siguieron su camino hacia la Plaza de Bolívar, con Iván nos resguardamos a buscar almuerzo. En el centro la imagen desde los edificios no eran personas moviéndose, sino sombrillas de diferentes colores marchando.

Entrada la tarde empezaron los primeros problemas en la 68. Se supone que algunos grupos irían hasta el aeropuerto, pero los pararon cuando iban a tomar la 26 y los desviaron. Ahí hubo enfrentamientos con la policía que obligaron a los manifestantes a cambiar la ruta y dirigirse a la Plaza de Bolívar. En la mañana también hubo inconvenientes en Suba y las estaciones de Transmilenio. Pero, en términos generales, la protesta había sido pacífica en Bogotá.

Eso sí, llegando al centro cada vez se veían más integrantes del ESMAD, y pocos estaban en las vías principales. Se ubicaban en las calles perpendiculares a la séptima, casi escondiéndose. Terminé escampando, por segunda vez, con un grupo de ellos, que primero estaban al lado de la Universidad del Rosario, luego les ordenaron bajar hacia la entrada a la Plaza de Bolívar, que ya estaba repleta. Vi que uno de los jefes hablaba bastante por walkie-talkie. Ahí sentí que algo iba a pasar, pero no me hice mucho caso.

La entrada no fue fácil, y la gente salía a punta de empujones. “Parece un cambio de turno”, dijo un señor que estaba a mi lado. En ese momento ya estábamos con Iván y dos de sus amigas. Logramos ingresar y nos quedamos en las escaleras de la Catedral Primada. Al frente, hacia el Palacio de Liévano, había una tarima. A la izquierda, el Congreso. Junto a los carros que vendían perros calientes la gente ingresaba. Pasó un grupo de indígenas que fue aplaudido por cientos de personas, y un señor con un cartel que decía “No tenemos hijos, marchamos por los tuyos a quienes les están robando el futuro”. No había problemas, ni enfrentamientos.

Sobre las 4:00pm empezaron a quitar la polisombra que protegía la sede de la Alcaldía; no sé quiénes lo hicieron. Atrás tiraban voladores y sacaban bengalas a modo de celebración. De pronto se escucharon los primeros totazos y junto a la tarima cada vez se veía más humo. Desde lejos veía a la gente correr, y unos pocos segundos después cientos de personas llegaron tosiendo y llorando a la catedral, junto a los gases lacrimógenos. Todos subimos las escaleras y nos cubrimos la boca. Ya era difícil respirar, y aunque mucha gente salía, la mayoría nos quedamos. “¡Sin violencia, sin violencia!”, se convirtió en el canto al final de la tarde. Los gases seguían llegando, las explosiones sonaban a la distancia y ya había encapuchados lanzando al ESMAD lo que se encontraran.

Después la atención se fue hacia el Congreso. Quitaron las mallas y algunos entraron, con los disparos como banda sonora. “¡Resistencia, sin violencia!”, gritaba la gente y protegía a los policías de los más agresivos. ¿Estaban las personas saliendo porque querían? No. Los dispersaron a punta de amenazas y aturdidoras.

De repente algunos empezaron a bajar las polisombras de la catedral. ¿Infiltrados? No puedo asegurarlo, pero la gente les gritaba que no lo hicieran, que se quedaran quietos, pero no hacían caso. Cada vez se escuchaban las aturdidoras más cerca. De repente sentí un totazo en la parte de atrás de la cabeza. Una de las amigas de Iván dice que fue el primer gas lacrimógeno que lanzaron en esa zona y que me quedé quieto unos segundos mientras la gente corría a mí alrededor. 

–¡Me abrieron la cabeza, me dieron! –grité impactado cuando toque la herida y tenía la mano llena de sangre. Antes había visto a un joven, no tenía más de 28 años, con la cara ensangrentada.

–¡Calma, parcero! ¡Yo vi que le pegaron! ¡¿Cómo es su nombre?!  –me dijo un tipo alto, moreno y de rastas. Tenía los ojos llorosos y rojos por los gases lacrimógenos. Me agarró de los hombros y me preguntó mi nombre.  –¡Santiago, hermano, acá está su amigo, salgan con calma!

–¡Camine, vámonos de acá! –gritó Iván. Empezamos a salir, pero era imposible. Miré hacia atrás y el hombre que me hizo reacciones nos estaba empujando, con cara de dolor y los ojos cada vez más hinchados. Fue la última vez que lo vi. Desde acá, gracias.

Los siguientes minutos pasaron a toda velocidad, y ahora parecen como un recuerdo difuso, como cuando uno intenta contar un sueño. Con Iván fuimos a la Casa de la Moneda, pero por la aglomeración era imposible tomar un camino. Intentamos subir por la calle 11, pero la gente gritaba que estaba cerrado. Por la séptima decían lo mismo. Las personas lloraban con desespero, todos querían irse, pero nadie podía salir; algunos pedían calma y levantaban las manos, parecía una película de guerra. Después llegaron otros a bajar otras polisombras mientras gritaban, “¡Quitemos esa mierda y nos metemos!”. Quiero creer que era la rabia ya hablando, el desespero y el miedo convertido en acción.

Logramos salir por la séptima, aunque hacia el norte escuchábamos más explosiones. Algunos del ESMAD decían con alaridos que teníamos que bajar por la calle 12a. “Agente, me abrieron la cabeza, ayúdeme a salir”, le pedí a uno y le mostré la sangre. “¡Vaya por allá!”, me grito, importándole un carajo. En esa calle había otro personaje del ESMAD amenazando con disparar bolas de goma, apuntando a las personas. “¡Tranquilo, no estamos haciendo nada, solo nos queremos ir!”, le gritó una mujer. Cuando otro tipo les iba a tirar piedras, entre varios le pedimos que no empeorara la situación. Abrió los ojos, se volteó y sigo su camino.

El ESMAD es una fuerza que ni sus integrantes pueden controlar. ¿Fue un ataque a la prensa? No lo creo. Fue un ataque a la población, que preciso le cayó a un periodista que estaba cubriendo, y menos mal, porque tengo esta plataforma para contar lo que pasó y lo que vi. Con cualquier otro esto se hubiera quedado en indignación y tal vez alguna publicación en redes. Los disparos de los gases fueron indiscriminados hacia un grupo de gente que estaba protestando, le podían caer a cualquiera.

Ahora, el que da la orden de esos disparos no tiene ni la menor conciencia de la situación, ni entiende que esa no es la solución; eso solo genera más desorden. Y los que tienen que obedecer, parece que tampoco piensan lo que están haciendo, simplemente siguen órdenes; a veces hay que decirlo que no a los superiores. Las dos situaciones son horribles porque en ninguna se piensa en las consecuencias. 

Llegamos hasta el Pasaje Hernández, donde un grupo de jóvenes pedían a gritos vinagre o agua con bicarbonato; uno de sus amigos estaba tirado en el piso sin poder respirar. Salimos a la calle 12, donde la situación estaba más calmada. Cogimos la carrera novena al norte hasta el Eje Ambiental, subimos al Parque de los Periodistas y nos encontramos con las amigas de Iván.

Ahí empezó la travesía hasta el Hospital Universitario San Ignacio. Y acá hay otro tema que nadie pensó. En un Paro Nacional, donde todos saben que miles de personas saldrán a marchar en un contexto que se venía calentando en los días previos con los allanamientos a medios independientes y grupos culturales, a nadie en la Secretaria de Salud, Ministerio de Salud, Cruz Roja o cualquier entidad/institución que pueda cuidar la salud de los colombianos se le ocurrió que podría haber heridos.

Tuve que caminar mientras me sangraba la cabeza hasta la calle 40, donde está el San Ignacio, porque tampoco había transporte público. Y no fui el único, en el camino había un tipo con un una herida profunda en el codo, parecía un hueco. ¿Quién atiende a alguien en un estado más grave? En el trayecto de más de una hora, una paramédica me escuchó hablando por celular y me dijo si necesitaba ayuda. Ella había estado en la marcha y tenía su kit. Me limpió la herida y vendó la cabeza. Desde acá, gracias Milena.

En el hospital me atendieron y tuvieron que ponerme cuatro puntos. Pero no había terminado esta odisea para llegar a casa. El otro problema fue encontrar una droguería abierta después de las 8:00pm. Pasé por tres antes de las 9:00pm y en ninguna había servicio. Vuelvo a lo mismo: ¿Cómo es que el día del Paro Nacional cierran las farmacias temprano? ¿No es, precisamente, el día que deberían estar abiertas en caso de que lleguen heridos necesitando alguna medicina?

El jueves, cuando salí de mi casa estaba más que todo indignado y triste por las razones que consideraba apropiadas para marchar. Pero no era un sentimiento realmente de ira. Eso cambió. Ahora sí tengo rabia, como los que marcharon ayer y los despejaron a punta de gases lacrimógenos.

La vuelta está en tomar esa furia y convertirla en algo constructivo. No como los del ESMAD, que se emputan, amenazan y agreden; tampoco como los que quitaron las polisombras y querían entrar a tomarse las casas del centro.

Destruir es muy fácil, es rápido y no requiere de mucho pensamiento; tal vez por ahí está metida esa maña colombiana de “ser el más vivo” que no sirve para nada. Todos los que sufrieron ayer en carne y hueso, por televisión, por redes o por radio lo que pasó y quedaron bravos, ojalá canalicen eso en construir algo. Así es como sale este texto, a punta de rabia y casi que con sangre en cada tecleo, pero me gusta creer que ayuda a algo, a mostrar lo que pasó en la Plaza Bolívar.

Si todos los que quedaron con esa ira de anoche, la ponemos en algo constructivo, es ahí en donde en serio comienza el cambio. Es un camino más largo y complicado, pero quiero pensar que valdrá la pena. Esto sigue.