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FOTOGRAFÍAS POR INVISIBLE COMMUTES/ DANIEL GÓMEZ RESTREPO

Acoso, racismo y horas de espera en un bus: trabajadoras domésticas y transporte público

Trayectos interminables, acoso y pobreza del tiempo hacen parte de las consecuencias de una ciudad diseñada para trabajadores que van a las fábricas, no para trabajadoras del servicio doméstico

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Ana Gloria es una trabajadora doméstica que vive en Soacha y trabaja en Bogotá. Tiene 60 años y cada vez que va a su trabajo, en el extremo opuesto de la ciudad, tiene que enfrentarse a las impresionantes multitudes que como ella viajan en los buses del transporte público. “Me toca coger un carro que vale $2000 para llegar al portal. El Transmilenio vale $2500, después una buseta intermunicipal que cuesta $3800, y una buseta que me lleva a la vereda me vale $1600. Me gasto de tres horas y media a cuatro para llegar a mi trabajo”.

Antes de la pandemia ya había pasado por experiencias desgastantes en el transporte público. Alguna vez la tumbaron y pasaron por encima suyo. Tuvo que irse hasta el portal sin un zapato y arreglárselas para llegar así a su destino. Ahora con la pandemia, los buses no han dejado de viajar repletos. Nadie puede aplicar eso del distanciamiento social.

 La historia de Ana Gloria es la de millones de mujeres que se dedican al trabajo doméstico en ciudades latinoamericanas como Bogotá, ciudades que no fueron pensadas para las trabajadoras que no van a las fábricas, sino a las casas de personas que no podrían echar a andar su día sin la presencia de estas mujeres. 

El proyecto transmedia Invisible Commutes, liderado por la abogada Valentina Montoya, busca visibilizar lo que les pasa a las trabajadoras domésticas en su movilidad en América Latina. Para llegar a este formato pasaron varios años. La idea surgió cuando Valentina estudiaba su doctorado y se le ocurrió analizar cómo les iba a las trabajadoras domésticas en el transporte público en Bogotá y Medellín. La investigación le hizo ver que pasaban muchas cosas. “Ellas me contaban que hacían recorridos demasiado largos y demasiado caros, y que precisamente por lo largos y por lo caros, tenían más probabilidades de sufrir acoso sexual, pues pasaban muchas horas metidas en un bus o en la calle. Otro tema que empezó a salir y que no tenía previsto fue el tema de la discriminación racial”.

REYNALDA CHAVERRA: Trabajadora doméstica y miembro de la junta directiva de UTRASD (Unión de Trabajadoras Afrocolombianas del Servicio Doméstico). FOTOGRAFÍAS POR INVISIBLE COMMUTES/ DANIEL GÓMEZ RESTREPO

María Rocío, una trabajadora doméstica afro en la ciudad de Neiva, es una de las que da cuenta del racismo cotidiano que muchos colombianos se niegan a aceptar. Alguna vez que se subió a un bus y se sentó al lado de una mujer, esta de inmediato se fue a otra silla. “Me pareció normal sentarme al lado de ella. Otra señora le preguntó que por qué se había parado y ella contestó ‘porque se me sentó esa negra y yo a los negros los detesto’”, recuerda con amargura.

A través de más de 180 entrevistas con expertas en el tema, funcionarios públicos y por supuesto trabajadoras domésticas, Montoya empezó a ver que se repetían estos temas. Muchas personas manifestaban su interés, pero pedían tener números, así que se juntó con un grupo de ingenieros que le ayudaron a identificar esa parte cuantitativa en fuentes como la Encuesta de movilidad de Bogotá. Ahí empezó a ver cómo coincidían los números con esas historias que ella había recolectado y que demostraban que estas mujeres tenían los recorridos más largos en el transporte público.

Ese hallazgo la llevó a preguntarse por qué y encontró que la forma en la que las ciudades latinoamericanas están planeadas, responde a una organización para la movilidad en carros particulares. En el caso del sistema de transporte público, este fue pensado solamente para mover a los hombres de las periferias hasta los centros donde quedaban las industrias, “porque ese era el trabajo de los hombres, pero no para muchas mujeres que trabajaban en el servicio doméstico”, explica.

Montoya rastreó este problema varias décadas atrás, en los años cincuenta del siglo XX, cuando la planeación de ciudades como Bogotá o Medellín tuvo un momento muy importante. Mientras tanto, muchas mujeres migraron del campo a la ciudad para llegar a ocupar puestos de trabajo en el servicio doméstico en las casas de sus empleadores. Con el extenso crecimiento de las ciudades en América Latina también vino la migración de las familias de estas mujeres. “Por sus recursos solamente les alcanzaba para vivir en las periferias extremas de las ciudades. Posteriormente hubo una transición en la que estas mujeres, así vivieran muy lejos de las casas de sus empleadores, preferían vivir en sus barrios, en sus casas, con sus hijos, así que empezaron a viajar todos los días para ir a trabajar”.

El trabajo doméstico remunerado muchas veces está marcado por la explotación y la precarización. FOTOGRAFÍAS POR INVISIBLE COMMUTES/ VALENTINA MONTOYA.

Las cifras recogidas en 2017 mostraban que cerca del 83 % de las trabajadoras domésticas eran externas, es decir que ya muy pocas vivían o viven todavía dentro de las casas de sus empleadores. Este cambio paulatino les permitió a estas mujeres tener su propia familia, porque al vivir todo el tiempo en la casa de sus empleadores era imposible crear una vida propia. El problema es que no estaban incluidas dentro de las formas en las que se planeó el transporte en la ciudad, pues el trabajo solamente se concebía como aquel realizado por hombres en fábricas. Los planeadores urbanos tampoco cambiaron su forma de pensar frente a estas nuevas dinámicas en el mundo laboral, así que estas mujeres y su forma de usar el transporte no han sido incluidas en estas discusiones.

La investigación mostró una relación muy estrecha de este problema con la concepción de trabajo, con un sesgo claro de género. “Ellas lo que hacen es trabajo de cuidados, que es un tipo de trabajo que por mucho tiempo no se consideró y todavía hay dificultades para que se considere como tal”, cuenta Valentina. Según sus hallazgos, los lugares donde ellas trabajan no tienen buenas rutas de transporte público y muchas de esas zonas ni siquiera tienen andenes adaptados para los transeúntes porque están diseñados para quienes viven ahí, que son de ingresos medios y altos, y que generalmente se mueven en carro.

“Los planeadores solamente vieron esa realidad, pero entonces estas trabajadoras quedan súper desprotegidas y terminan con unos recorridos exagerados, y como son tan largos también son muy costosos”, cuenta la investigadora. Aunque en ciudades como Bogotá y Medellín hay integración de la tarifa de transporte, cuando hay recorridos muy largos la ventana de tiempo para moverse de un lugar a otro muchas veces no les alcanza.

Cuando Valentina le contó los hallazgos a su familia, un primo suyo, Andrés González Robledo, gestor cultural, le dijo que la historia merecía ser contada para que todo el mundo supiera sobre esto que les pasa a tantas mujeres de nuestro país. De ahí nació la idea de hacer un documental. Daniel Gómez Restrepo, realizador audiovisual, se interesó en el proyecto, y ella, una académica, decidió hacerlo porque aunque todo el tiempo está involucrada con artículos y libros, estos temas se orientan a un sector muy pequeño. Hacer un documental era la oportunidad de darle visibilidad de otra manera a ese tema. Iniciaron grabaciones antes de la pandemia con Reynalda, una mujer que pertenece a la junta directiva del sindicato UTRASD (Unión de Trabajadoras Afrocolombianas del Servicio Doméstico).


“El aporte de estas mujeres al día a día es importantísimo. Podemos trabajar en lo que nos gusta, tener una casa limpia, incluso decidir si podemos tener una familia. Me parece que les debemos demasiado”.


UTRASD es un sindicato afro que se creó en 2013 en Colombia. Inició en Medellín y ahora tiene más fuerza e integrantes en otras ciudades. El propósito del sindicato es trabajar de forma colectiva para exigir el respeto de los derechos de estas trabajadoras, pero también visibilizar y dignificar su papel en la sociedad. “Tomamos la decisión de sindicalizarnos para hacer valer la labor que hacemos fuera de nuestros hogares. Es un trabajo que nunca se había reconocido, que nunca lo ven como un trabajo. […] A través de hacer reconocer esa labor, nosotras buscamos profesionalizarnos legalmente en ese arte que ejercemos, porque hacemos parte de la economía del cuidado”, dice Reynalda.

La existencia de UTRASD representa un enorme avance en la visibilización de los entrecruces del trabajo doméstico con aspectos como la raza y la clase social. Sus integrantes explican que precisamente el nacimiento del sindicato se da luego de corroborar que las mujeres negras representan una gran parte de las trabajadoras de este sector, en buena medida por las condiciones que las llevan a no tener mejores opciones de formación para desempeñarse en otros trabajos.

Una de cada cuatro mujeres que reciben salario en América Latina, lo obtienen porque trabajan en el servicio doméstico, eso es algo muy particular de esta región. Gracias a las investigadoras feministas, se han cuestionado las condiciones de explotación y precarización de este tipo de trabajos y su importancia vital en la reproducción de la vida cotidiana. Los análisis de las labores de cuidado remuneradas o no, son un campo amplio y creciente de estudio que usualmente se enfocan en los derechos laborales y en lo que ocurre en los espacios del trabajo doméstico, en el interior de las casas. Sin embargo, Invisible commutes es una apuesta por ver el tema desde otra perspectiva, la de las experiencias en el transporte urbano. “Yo pensaba que ocho horas trabajando en una casa, pero seis horas yendo y viniendo, era mucho tiempo en la vida de estas mujeres que no podían pasar tiempo con su familia, hacer sus proyectos personales. Las tenemos todo el tiempo”, dice Montoya.

Los planeadores de las ciudades latinoamericanas jamás han considerado a las trabajadoras domésticas. FOTOGRAFÍAS POR INVISIBLE COMMUTES/ DANIEL GÓMEZ RESTREPO

Las primeras grabaciones se hicieron en la comuna de Buenos Aires, en Medellín, donde Reynalda vive las dificultades del desplazamiento cotidiano, especialmente en medio de la pandemia donde el hacinamiento es común. Desafortunadamente, es por la misma emergencia sanitaria que los retrasos para grabar el documental se agudizaron, sumando el recorte de recursos a las dificultades que llegaron con las medidas de confinamiento y los peligros de exposición.

Ahora, en el sitio web de Invisible Commutes se publican contenidos semanales donde se recolectan historias de las mujeres que trabajan en diferentes partes de América Latina como Sao Paulo, otra ciudad en la que Valentina pudo ampliar su investigación con el interés de mostrar estas problemáticas y la segregación en otras partes de la región.

A través de cápsulas de audio, el equipo cuenta algunas de las historias. La idea del contenido transmedia no solo es visibilizar estas historias en diferentes formatos, sino que es una forma de apoyo para mantener vivo el proyecto del documental.

Una alternativa que nos compete como sociedad

Independientemente del formato de difusión del proyecto, Valentina quiere resaltar que los empleadores tienen responsabilidades que van más allá de pagar un salario de ley con prestaciones laborales. “Uno no se puede lavar la conciencia ahí. Hay mucho más que podemos hacer. El aporte de estas mujeres al día a día es importantísimo. Podemos trabajar en lo que nos gusta, tener una casa limpia, incluso decidir si podemos tener una familia o no, porque podemos contar con alguien que nos va a respaldar en todas esas labores de cuidado. Me parece que les debemos demasiado”.

La creatividad es una de las herramientas a las que Montoya apela, al menos en el corto plazo. “Es entender a la persona que llega todos los días a trabajar en la casa de nosotros”. Por ejemplo, habla de cambiar los horarios en los que van las trabajadoras domésticas a las casas para que no les toque el peor trancón del mundo o pensar cómo suplir el transporte de otra manera, o aumentar la plata que reciben por concepto de transporte y no reducir todo al subsidio de transporte que dice la ley, eso como empleadores.

Las largas horas y trayectos crean pobreza del tiempo entre las trabajadoras domésticas. FOTOGRAFÍAS POR INVISIBLE COMMUTES/ DANIEL GÓMEZ RESTREPO

En el nivel más estructural, la verdadera utopía de Montoya es que se planeen ciudades diferentes y más justas, por eso sugiere que existan rutas directas entre los barrios donde se encuentra la periferia más desfavorecida hacia los barrios de ingresos medios y altos. Por ejemplo, en la ciudad de Sao Paulo crearon una ruta directa y tras indagar con trabajadoras domésticas, reportaron que ahorraban hasta dos horas al día. “¡Imagínate tener 40 horas más al mes para cualquier cosa que quisieras hacer!”, dice ella, y relaciona todo ese tiempo ocupado por estas trabajadoras que deben dejar a sus hijos muy solos, con una cadena de consecuencias que pueden asociarse con malos resultados escolares, pertenencia a pandillas o embarazo a temprana edad. Si una mujer que es mamá está 16 horas al día por fuera de la casa, inevitablemente llegará agotada a limpiar y a dormir, pues muchos de estos hogares además son de padres ausentes y niños que crecen solos.

Por las condiciones de precarización e invisibilización de las labores de cuidado, las trabajadoras domésticas hacen buena parte de la población empobrecida en América Latina que se debe limitar a suplir sus necesidades básicas. Las historias de estas mujeres tienen en común algo que se ha denominado pobreza del tiempo, un asunto de justicia social. “Tiempo para hacer lo que quieran, tiempo para dedicarse mucho más a desarrollarse como seres humanos. El tiempo libre es muy importante. Muchas veces pensamos que el transporte no es importante, pero el transporte lo comunica a uno con cualquier cosa y hacer un mejor sistema de transporte es mejorar el acceso de todas estas personas a muchas oportunidades de lo que quieren hacer con su vida”.