fbpx

¿Adicción a los viajes o una imposición social?

A finales del siglo XIX surgió la preocupación por una enfermedad mental asociada al deseo de viajar. Por el contrario, en este momento se valoran los viajes como una garantía de disfrute y felicidad, pero ¿qué motivaciones hay detrás de ese deseo?
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp

Lennart Wittstock para Pexels

El numeral #Wanderlust tiene 129 millones de publicaciones en Instagram. La palabra de origen alemán se compone de wandern que significa vagar y lust que es deseo o pasión. Wanderlust traduciría entonces “pasión por viajar” y es una de las más usadas por los viajeros en el mundo a la hora de compartir sus fotos y perfiles asociándolos a esta idea tan valorada socialmente de viajar como un estilo de vida.  

Aunque los viajes hagan parte de la historia de la humanidad, los últimos años nos muestran un aumento de esta actividad, y por supuesto de las fotografías que dan prueba de ello.  Viajar es descrito como algo maravilloso, deseable, e incluso como una imposición si se quiere mostrar éxito y felicidad en la vida.

Pero no todo siempre fue así. A finales del siglo XIX ese espíritu viajero no era una característica deseable, sino más bien un desorden mental. Ian Hacking, un filósofo canadiense revisó las historias de personas que fueron diagnosticadas con una enfermedad mental asociada a los viajes. En su libro Mad Travelers: Reflections on the Reality of Transient Mental Illnesses [Viajeros locos: reflexiones sobre la realidad de las enfermedades mentales transitorias], se registran historias como la de Albert Dadas, el primer hombre diagnosticado por “viajar obsesivamente, sin identificación o una razón específica para viajar”. 

El caso de Dadas sucedió en Francia en la década de 1890 e hizo parte de un fenómeno protagonizado principalmente por hombres que fueron encerrados por viajar sin un motivo aparente o funcional. Viajar por viajar, sin un plan en mente era suficiente razón para ser llevado a un manicomio y recibir el diagnóstico de “turista patológico”. Según Hacking, esta “epidemia” duró veintidós años, de 1887 a 1909 aproximadamente. En el fondo lo que se castigaba era la transgresión de las normas sociales más rígidas de una época en donde todo se esperaba menos los viajes sin un objetivo práctico, algo inconcebible en este momento de la historia donde ocurre todo lo contrario. 

La anécdota, además de ser interesante para las y los estudiosos de la historia de la salud mental y la cultura, es una buena excusa para reflexionar sobre el discurso tan popular de aparejar el viajar con la felicidad. Si bien es cierto que viajar en estos tiempos es más fácil y barato por el mundo interconectado en el que vivimos, esto no significa que sea accesible para todo el mundo. 

La presión por conocer nuevos destinos porque sí, hace que muchos se endeuden o sientan que deben abandonarlo todo para irse en busca de esa felicidad prometida. Por supuesto viajar puede facilitar la apertura mental al conocer otras culturas y también es una fuente de conocimiento, pero esto no ocurre simplemente por subirse a un avión. De hecho, algunos viajeros solo suman millas y fotos a su historia, pero su pensamiento se mantiene casi tan estrecho como antes de salir de casa. 

La idea de viajar como un deber social y su asociación con la felicidad tiene a su vez una relación estrecha con dos fenómenos sociales de la actualidad: uno, el crecimiento de las redes sociales virtuales y su importancia en nuestras vidas para mostrar lo felices que somos, y dos, la industria de la felicidad en sí misma, que tiene su origen en Estados Unidos pero que ha impactado a buena parte del Planeta. 


“De repente, viajar te hace mejor persona, más culto, más feliz, etc., sin ahondar en las variables que afectan a un viajero, variables tan comunes y corrientes como las que pasamos en el día a día”


Esta industria, muy eficaz en nuestro modelo económico neoliberal, encierra una premisa básica: se debe tener un pensamiento positivo en la vida porque todo depende de ti. Si no triunfas, es por tu culpa. La escritora Barbara Ehrenreich en su libro Sonríe o muere: La trampa del pensamiento positivo hace una reflexión crítica sobre esta ideología que vemos a diario en las redes sociales virtuales, según la cual tu mente tiene el poder de hacer que todo ande bien en tu vida, trasladando todo el peso de una sociedad con muchos problemas y muy desigual, sobre las decisiones individuales. Bajo este esquema de pensamiento, los viajes se presentan como una fuga que siempre traerá algo positivo. 

Para Dan Gamboa, arquitecto y viajero colombiano, esta idea ha venido creciendo en los últimos años, pero ha detonado con las redes sociales, “de repente, viajar te hace mejor persona, más culto, más feliz, etc., sin ahondar en las variables que afectan a un viajero, variables tan comunes y corrientes como las que pasamos en el día a día. Hemos llegado al punto de ver cómo la idea de ‘renunciar y viajar por el mundo’ pasó de ser inspiración, a casi una postura psicológica, en extremo insostenible. Sí, puede que tu idea de mundo sea que todos renuncien a su trabajo y sean libres de su “zona de confort” pero al final, alguien tiene que pilotear ese avión que te lleva a Bali”.

Otro punto que merece más atención es la idealización de la vida viajera como algo que solo implica disfrute. Aquí Gamboa menciona que las dificultades evidentemente hacen parte de este estilo de vida, pero de eso poco se habla. “[Viajar tiene] todas las dificultades que podría tener en un espacio laboral, solamente que con diferentes condiciones. Un nómada puede sufrir de ansiedad, insomnio, depresión, cansancio, stress, pérdida/ganancia de peso sin control, en fin. Evidentemente esto no vendría de los mismos entornos como el trabajo de oficina en un lugar establecido, pero es innegable que muchos podemos padecer en algún momento cierto nivel de dificultades. Mi estilo de vida, por ejemplo, dista mucho de vacacionar”.

Las fugas de los viajeros franceses de finales del siglo XIX de alguna forma se relacionan con esta tendencia en donde viajar puede ser un escape necesario en algún momento, pero no es garantía de que los problemas desaparezcan por el simple hecho de cambiar de residencia. Sería irresponsable etiquetar este gusto por viajar como una adicción, porque las adicciones son un tema muy serio. Lo que sí podemos tener presente es que, si los viajes se convierten en una imposición y una forma habitual de no afrontar las dificultades propias de la vida, es mejor parar un rato y revisar qué motivaciones hay en ese deseo y qué necesita ser atendido antes de montarse en el siguiente avión.