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Adolescentes, transexuales y sin hogar

En las calles de Nueva York con la población más vulnerable de EE. UU.
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Justice con Scarlet en el West Village de Nueva York.

Devin Yalkin

Una noche de verano en el West Village de Nueva York, Justice y Sophie buscan hombres que les ofrezcan dormida y algo de dinero por sexo. Un auto se detiene, y Sophie, de pelo crespo peinado a la altura de la nuca, se recuesta en la ventana, mientras dos brazaletes de perlas se deslizan por su brazo. El esmalte morado de sus uñas hace juego con los leggins que lleva puestos debajo de un vestido corto. El conductor —un hombre maduro al que ya conocen— le dice a Sophie que le muestre su pene por 10 dólares, pero ella declina la oferta esperando que le ofrezca más. Finalmente, el carro da tres vueltas por la cuadra, pero ellas lo ignoran.

Sophie es dominicana, hija de una adicta que decidió mandarla a vivir con su abuela a Nueva York cuando tenía seis meses. La abuela, que le enviaba dinero, comida y ropa a su familia sirviendo como proxeneta de indocumentadas, sufrió una brutal paliza por parte de dos hombres cuando Sophie cursaba cuarto de primaria. Y tanto la señora como su padre la golpeaban y algunas veces la dejaban por fuera de la casa. “Era más odio que disciplina”, dice. “Mi papá me golpeaba y me llamaba maricón. Luego se volteaba y me decía: ‘Te amo’. ¿Cómo podía tratarme así si me amaba?”.

Comenzó a vivir en la calle a los 16 años y asistía al colegio cuando podía, pero le preocupaba más dónde comer, bañarse y dormir. Ahora, a los 21, espera cursar una carrera en derechos civiles, ya sea como abogada o trabajadora social. De hecho, la mañana siguiente tiene una entrevista para una pasantía en la American Civil Liberties Union. “Sé que seré muy exitosa”, dice. “Quiero que mi padre sepa que perdió algo”.

Por su parte, Justice es miembro de la tribu lumbi de Carolina del Norte. Su padre fue encarcelado por violación, y su madre perdió su custodia y la de su hermana debido a las drogas cuando ella tenía cuatro años, aunque mantienen contacto y se entienden bien.

Justice viajó por primera vez a Nueva York a los 19 años con un hombre que se dedicaba a la pornografía virtual. Y esa breve estadía —cuatro días en los que la filmaron teniendo sexo— fue suficiente para que quisiera regresar en un bus con tan solo una maleta. Cuando le dijo a la policía que no tenía hogar, la llevaron a una organización que le ofreció un pasaje a Carolina del Norte. Sin embargo, ella escaneó Grindr, una aplicación de citas, para buscar una solución. Un hombre maduro la llevó a su casa y luego se quedó brevemente en un albergue de hombres, pero dijo que un miembro del personal y otro hombre intentaron violarla varias veces. “Me gustaba que el personal no estuviera todo el tiempo encima, pero mi seguridad estaba en riesgo”, dice. “Busqué albergues para gays en Google y encontré Sylvia’s Place, un albergue de emergencia para los LGBTI”.

Justice es esbelta con rasgos faciales angulares. Lleva una chaqueta de jean, una peluca rubia y las uñas pintadas de fucsia. Hace unos meses se casó con un amigo que conoció en Sylvia’s Place para obtener beneficios adicionales. Actualmente tienen un cuarto privado en un albergue familiar y están en una lista de espera para recibir asistencia de alquiler. “Me gusta porque me puedo quedar todo el día allí. Tengo baño, nevera y puedo cocinar”, comenta.

Sophie se acerca el borde del andén. Casi todas las noches duerme en un tren con algún cliente o con un hombre de 55 años en Washington Heights. “Él ha sido mi sugar daddy desde que yo era una loca”, dice. “Siempre dijo que si tenía amigos que quisieran dinero y sexo oral entonces se los llevara”. Ella se considera una romántica sin esperanza. “Quiero estar con un hombre al que le interese saber cuál es mi color favorito”, dice, pero por ahora ha encontrado una rutina saliendo de noche. “Si me pagan, por lo menos no me sentiré usada”. Hoy solo espera poder ganar dinero para pagar un cuarto y dormir unas horas antes de su entrevista en la ACLU a las 9:30 a.m.

Justice abandonando la estación del metro en la calle Christopher.

En este momento hay más de 350 mil personas transgénero menores de 25 años en EE. UU., y la mayoría se ubica en las grandes ciudades de Nueva York, California, Florida y Texas. Se estima que el 20 por ciento no tiene residencia fija, aunque los proveedores de servicios dicen que esa cifra es baja.

Craig Hughes, de la Coalición para Jóvenes sin Techo, comenta que la definición federal de carencia de hogar no incluye a aquellos que negocian sexo por hospedaje; simplemente se considera que tienen “vivienda inestable”. “Hay muchos que no están en el conteo”, dice Hughes. “Están desconectados de los servicios, duermen en sofás y pasan algunas noches cambiando sexo por alojamiento”.

Perdida en el humo: Justice, quien ha estado sin hogar por más de dos años, fuma metanfetamina en el cuarto de servicio de una estación del metro.

En general cerca de un tercio de los 1,4 millones de transgénero de la nación afirma que vive sin hogar en algún momento. En promedio, los transgénero tienen 13 años cuando se encuentran por primera vez en las calles de Nueva York: una ciudad con cerca de 400 camas para casi 4 mil jóvenes sin hogar. Aún así, para muchos de estos adolescentes, la palabra albergue es un término equivocado. A menudo pierden camas por infracciones menores y se quedan sin recursos para apelar.

El 70 % afirma haber sido acosado o agredido física y sexualmente en un albergue. “Estos sitios siempre han sido inseguros, especialmente para los LGBTI, dice Kate Barnhart, directora del programa de centros de acogida de New Alternatives. Con tan pocas opciones, la prostitución es la forma más fácil de acceder a una cama. “Al cabo de 48 horas de estar en las calles, los jóvenes se prostituyen”, dice Cole Giannone, director del Ali Forney Center, un centro de acogida para jóvenes LGBTI.

Sophie, que está ahorrando para la cirugía de transición, dice que no le importa el trabajo, pero sí detesta el estigma. “Odio el estereotipo de que todos somos drogadictos”, dice. “Aún me falta seguir cayéndome y levantándome”. Incluso en el sistema de albergues, los jóvenes rara vez tienen la oportunidad de estabilizar sus vidas. En una cena para jóvenes LGBTI sin hogar en la Iglesia de San Lucas, dos chicas trans entran con heridas notorias. A una de ellas, Elii, de 24 años, su novio la apuñaló en la mano y el bíceps izquierdo durante una pelea con tragos, y todavía tiene puntos en la cabeza debido a otra agresión. Ella perdió su cama en un albergue juvenil recientemente. “Me sancionaron por ir al baño de noche sin estar completamente vestida”, dice. “Tenía puesta una camiseta larga y ropa interior”.

Muchos albergues para jóvenes tienen un tiempo limitado —30 a 60 días— y a menudo tienen restricciones de edad. La amiga de Elii, Aurora, está coja. Tiene puestas unas medias de malla andrajosas y una zapatillas rotas que dejan ver sus pies ampollados. Cuenta que ha estado viviendo en la calle desde los 14 años y que ha dormido en varias camas de albergues y en la calle. En una semana, cuando cumpla 21 años, tendrá la edad límite para su albergue actual.

La Ley Federal para Jóvenes sin Hogar destina fondos para servicios a los jóvenes hasta los 25 años, así que los estados y municipios deciden si rechazan a aquellos mayores de 21 años. “Los límites arbitrarios de edad no funcionan”, dice Beth Hofmeister, abogada de planta de Legal Aid Society. “Incluso una semana en la calle y sin hogar afecta a los chicos, particularmente a aquellos que han sufrido un trauma”.

En las calles muchos adolescentes trans comienzan a tener antecedentes penales por delitos menores: colarse en el metro, beber, orinar, defecar o mostrar los genitales en público. Esos antecedentes se convierten en barreras para obtener el acceso a los recursos que necesitan para escapar de la falta de vivienda. “Las autoridades ven a estos chicos como delincuentes”, dice Meredith Dank, investigadora del John Jay College en Nueva York. “Y en el momento en que tengan antecedentes penales, les será muy difícil estabilizar sus vidas.

También hay una serie de necesidades específicas para los transgénero: acceso regular a la atención médica para las hormonas y las cirugías; marcadores de género en las identificaciones personales; y acceso a los baños apropiados para el género. La policía asume que son prostitutas, y otros en la calle los consideran blancos fáciles de violencia (especialmente a aquellos que no “pasan por alguien del género que afirman ser”). También hay innumerables momentos de juicio cuando la gente sugiere que sus vidas no son tan dignas. Con tantos aspectos en su contra —pobreza, racismo, sexismo, homofobia y transfobia— son, en muchos sentidos, la población más vulnerable de EE. UU.

Es mucho más difícil ser trans cuando uno no parece ser del género con el que se identifica. Las chicas critican a las amigas por no parecer cisgénero —cuando la identidad del género corresponde con el sexo original— y se recuerdan unas a otras “actuar como mujeres”. Se enfurecen cuando una de ellas es “descubierta” como varón o se esconde sus genitales [entre las piernas con cinta pegante] delante de las demás. “Tienes que hacer las cosas bien”, dice Justice. Desde el verano pasado ella se había estado presentando como mujer y estaba aprendiendo a utilizar las herramientas que tenía disponibles para pasar como tal: ropa, maquillaje y bloqueadores de testosterona. Un amigo en la calle le dio una primera dosis de hormonas gratis. “Estoy harta de afeitarme”, le dice a Sophie mientras se fuman un porro.

La pareja está sentada fuera del Instituto Hetrick-Matin (HMI), una organización sin ánimo de lucro para jóvenes LGBTI, cuando otra amiga, Scarlet, llega a su encuentro. Scarlet les dice que fue arrestada en un albergue por pelear con el guardia. Comenta que llegó luego del toque de queda y perdió su cama. “No había dormido y lo arruiné todo”, dice. Pasó seis días encerrada en Rikers Island con la población masculina adulta. Sophie hace silencio y se chupa el pulgar; en 2015 ella pasó más de nueve meses encerrada por robar paquetes de UPS en las puertas, y dice que fue puesta en vigilancia al suicida luego de que un oficial la agrediera (las mujeres trans tienen más probabilidades de ser agredidas sexualmente por personal penitenciario y por compañeros de celda que otros reclusos).

La vida en el barrio bajo. Aurora comenzó a vivir en las calles a los 14 años, alternando entre camas de albergues y el pavimento.

En el HMI, Sophie y Scarlet esperan poder bañarse. Sophie no se ha bañado en cinco días y Scarlet en una semana. Luego de salir de Rikers, Scarlet se enredó con un hombre que conoció en Grindr. Él le ofrecía metanfetamina a cambio de sexo, además era VIH positivo. “Sabía que era positivo, pero me dejó de importar porque quería las drogas”, dice. “Soy adicta. Las drogas me hacen sentir mejor. Me quitan el hambre. Me hacen sentir delgada”. Tuvieron relaciones sin protección y luego el hombre le dio un poco de Truvada —que puede reducir el riesgo de contraer el VIH—, según ella, “para tratar de compensar su culpa por acostarse conmigo”.

Para Scarlet, presentarse como hombre en Rikers fue complicado. “He visto chicas que lo hacen para sentirse seguras por un rato”, comenta. “Tuve que vivir como hombre durante seis días porque tenía miedo”. Pero su consejera del HMI estaba más preocupada por su exposición al VIH. “Me decepcionó porque pensé que ella entendería por lo que estaba pasando a nivel psicológico”. Tampoco se ha podido inyectar sus hormonas. “Me está creciendo barba de nuevo y mis tetas se están encogiendo”, dice. “¿Realmente soy una mujer?”.

En EE. UU. el 41 por ciento de los trans inicia la terapia hormonal entre los 18 y los 24 años, un proceso que en la calle puede ser esporádico y peligroso. “No están recibiendo las hormonas apropiadas y además no son hechas en este país”, dice Ronica Mukerjee, miembro de la facultad de enfermería de Yale. Por ejemplo, muchos pacientes de Mukerjee han utilizado anticonceptivos como sustitutos del tratamiento hormonal. “Eso puede causar complicaciones cardiovasculares”, afirma. Además, al no tener acceso a cirugías, muchos se inyectan silicona para darles curvas a sus cuerpos, un procedimiento potencialmente mortal, realizado a menudo por practicantes sin licencia, conocidos coloquialmente como “Pumpers”.

Muchas chicas trans reciben tratamiento médico, incluida la terapia hormonal, gracias a Medicaid, el programa de atención médica de los indigentes estadounidenses que se extendió bajo la Ley de Cuidado Asequible. Pero, al igual que con la vivienda, el acceso a la atención médica puede ser un proceso intimidante que a menudo requiere, como mínimo, marcadores de género correctos en los documentos de identificación. “Los sistemas de salud son bastante complicados para las personas sin hogar y los transexuales”, dice Mukerjee. Al no tener los documentos apropiados, las chicas trans como Scarlet y Justice a menudo comienzan sus transiciones sin supervisión, en la calle.

Scarlet fue adoptada en Rusia cuando tenía dos años, y más adelante fue criada por una pareja de lesbianas en Wisconsin. Después de graduarse del colegio, trabajó en tiendas de ropa fina y joyería, antes de inscribirse en la escuela de belleza, pero dice que sus madres le pidieron que se fuera de la casa cuando su forma de beber se salió de control. Su último cheque de Nordstrom lo utilizó para mudarse a Nueva York. Intentó adaptarse a dormir en el metro y aprendió rápidamente que algunos trenes eran más seguros que otros. A veces se despertaba y se daba cuenta de que le habían robado la cartera o que un hombre le frotaba la pierna. En cierta ocasión un hampón la golpeó en la cara y la robó. Y aunque terminó en el hospital bajo vigilancia al suicida esa Navidad, aprovechó el momento para descansar.

Ese primer invierno conoció a Elii y a Quinn, una exestudiante de diseño de modas con gusto por las discusiones políticas. La invitaron a dormir en un carro abandonado en Queens, donde las chicas se arropaban con sus abrigos y bebían licor chino. Por esa época Scarlet tomó las hormonas no recetadas por primera vez. Estaba encantada con el cambio, aunque el proceso resultó ser más lento de lo que esperaba. El acceso al seguro médico se convirtió en su máxima prioridad. “Era algo a lo cual aferrarse”, dice. “Tengo que tomar mi transición seriamente para que otras personas también se la tomen en serio. En este momento Scarlet puede conseguir hormonas en un centro de salud comunitario. El programa de Medicaid de Nueva York comenzó a cubrir las cirugías de reasignación de género para los transgénero en 2015, convirtiéndose en el noveno estado en hacerlo. Scarlet espera hacerse la cirugía el próximo año. “Necesito a Nueva York para que me dé mi vagina”, dice. “Luego puedo irme.”

Una noche lluviosa Scarlet y Quinn se sientan a fumarse un porro en los escalones de un parque en Harlem. Quinn le cuenta a Scarlet sobre su último romance con un artista del Bronx. Tiene 30 años y trafica con metanfetaminas. “Él piensa que soy hermosa”, dice Quinn. “Siempre me dice que me quite el maquillaje”. Quinn le ha preguntado sobre su estado serológico. “Dijo que era negativo, a pesar de que su ex era positiva”, comenta. “Se hizo una prueba hace tres meses.”

En Nueva York una de cada dos chicas trans contrae el VIH antes de cumplir 24 años, la tasa más alta de infección de cualquier demografía, según el Informe de Vigilancia del VIH de 2014 de la ciudad. “Los números son impactantes”, dice Jason Walker de vocal-NY, un grupo local de concientización sobre el VIH/sida. “Los jóvenes que han sido desplazados de sus casas están utilizando sus cuerpos para acceder a vivienda. Es difícil para un joven negociar lo que se supone que debe ser sexo seguro”.

Cuando Quinn salió del closet a los 16 años, su madre la echó de la casa. Un profesor de fotografía de su colegio en Charlottesville, Virginia, la acogió permitiéndole graduarse y matricularse en la universidad. En el segundo año hacía una pasantía y se mudó a un apartamento con su novio. Su matrícula era de 26 mil dólares, y la ayuda financiera no cubría ni la mitad. Por eso vendía éxtasis. Pero fue arrestada por ofrecerle 200 pastillas a un policía encubierto en el primer semestre de su último año.

Luego de 18 meses en prisión se hospedó en Silvia’s Place de manera intermitente hasta que cumplió la edad límite. Luego recurrió a aplicaciones de citas para encontrar sitios para dormir. Se esperaba que hubiera intimidad sexual, pero las negociaciones seguras eran complicadas. “Uno siempre les dice que es trans, nunca asume que ellos saben”, dice. “Simplemente busco mi seguridad. Estos chicos son agresivos”.

Esta noche ninguno de los chicos de Grindr se ve bien —“Muchas locas y travestis”, dice Quinn—, así que deciden reubicarse en el centro de la ciudad. En la calle 42 un hombre está fumando un porro de K2 y lo comparte con ellas. La marihuana sintética es esencialmente ilegal, pero las chicas dicen que el verano pasado la K2 era abundante. “Es la droga del futuro”, dice Quinn. “Uno puede caminar por la calle y lo transporta a otro plano”.

Felizmente eufóricas entran a una farmacia y cada una se mete en un pasillo. Quinn se roba una pestañina y un labial; Scarlet toma una solución de lentes de contacto y unos aretes. Luego cambian un bono en otra ubicación y se dirigen a Penn Station. En una fuente cerca de un puesto de policía, Scarlet reconoce a un hombre que se tambalea hacia ellas. “¿Tienes algo para fumar?”, pregunta Scarlet. “Sí”, responde. Mientras se montan en la escalera eléctrica para salir de la estación, Quinn mira al hombre a los ojos y le dice: “Sabes que no vamos a hacer nada contigo, ¿cierto? No hay expectativas”. Él le hace un guiño a Scarlet mientras ella le desliza la mano.

Quinn los lleva a un parque y se sientan en una banca rodeada de cinco personas dormidas. El hombre enrolla un porro mientras Scarlet le frota la espalda. “¿Cómo se llama ella?”, le pregunta Quinn al hombre. “No es solo un objeto sexual”. El hombre recuerda su último encuentro sexual con Scarlet y dice: “Me hizo tan duro que me dieron ganas de casarme con ella”.

“Eso es muy irrespetuoso”, dice Quinn. “Dime su nombre. Lo acabo de decir. El hombre le alza las cejas a Scarlet y ella le pone la mano en la pierna. “Necesito una cama”, le dice Scarlet. “No quiero un callejón, una cabina telefónica ni un baño”. Él se inclina hacia ella y le susurra al oído para que Quinn no lo pueda oír. Scarlet se echa hacia atrás y le dice: “¡No voy a tener sexo coprológico contigo, maldita sea!”. Quinn tuerce los ojos y se levanta para irse. Son las 3:30 a. m.. “Debemos irnos”, le dice a Scarlet. “No me he ganado ni un centavo”.

Sophie consiguió la pasantía en ACLU. Trabaja 20 horas por semana, a 10 dólares la hora —y le dan tarjetas para el metro—, pero no le ha dicho a su supervisora que no tiene casa. “Trabajo muy duro, quiero tener mi propio dinero”. La mayoría de las noches se la pasa buscando citas. Según un estudio, cerca del 80 por ciento de los jóvenes sin hogar dejaría de prostituirse si tuviera otra opción. “Los jóvenes son inteligentes y pueden buscar recursos”, dice Giannone, del Ali Forney Center. Durante el fin semana del Día del Trabajo, Sophie está urgida de dinero. La noche anterior una cita le ofreció 60 dólares y le compró comida rápida para compartir en el metro hacia su casa en el Bronx. Sophie quería dormir un poco, pero luego del sexo, él se negó a pagarle —es la primera vez que la engañan, afirma—, por eso tuvo que dormir en un parque.

Hoy la noche está lenta en la Calle Christopher en el Village. Sophie guarda su cartera en una máquina expendedora de periódicos y pronto encuentra a un hombre tendido en la acera frente a la entrada del tren. Podría ser un cliente, pero el hombre está muy borracho, y una pareja que pasa por ahí lo recoge y promete llevarlo a su casa.

Hacia medianoche, Sophie se pasa el dedo por sus párpados; el maquillaje le está irritando las córneas. Parpadea para aliviar el dolor. Luego se sienta en un escalón a fumarse un cigarrillo, se retira hacia la estación del metro y para a comprar un paquete de chocolate antes de saltar el torniquete.

Historias en los andenes. Scarlet y Justice en un sofá en el West Village. “Necesito a Nueva York para que me dé mi vagina”, dice Scarlet. “Luego me puedo ir”.

Son las 12:45 a. m. y Sophie calcula que puede dormir hasta las 6 a.m., para luego tratar de conseguir una cita antes de dirigirse a su pasantía. Puede comprar un desayuno de dos dólares en el camino. En el tren, se sienta en una esquina. Un hombre sentado en el extremo opuesto del vagón la mira fijamente mientras ella se acuesta en varios asientos vestida con una sudadera blanca. Cuando el tren hace una pausa en el túnel, el hombre enciende un cigarrillo. Sophie se despierta por el frío y se pone un vestido negro que le pidió prestado a una amiga para la oficina.

Se baja en la estación de la calle Christopher a las 3:40 a. m. esperando conseguir algún cliente. Pasa entre gente que se dirige al muelle y, finalmente, consigue una cita a las 6 a. m., lo que le permite “descansar un poco y ganar algo de dinero”. Sophie le envía un mensaje de texto a su supervisora en ACLU y le dice que no puede ir a trabajar. “No me pusieron problema”, comenta. “Pero mi supervisora me dijo que le avisara por lo menos con dos días de anticipación la próxima vez. Dice que me está tratando de enseñar responsabilidad”.

En contra de todos los pronósticos estas chicas pasan sus días tratando de tener un sentido de dignidad, de sentirse amadas, de encontrar un lugar al cual pertenecer, de sobrevivir. Y la mayoría ha luchado para progresar.

Un año después Elii está en la cárcel por robar, Aurora todavía duerme en el andén y Quinn pasa casi todas las noches en un parque de la calle 34 luego de un invierno viviendo con su novio y de drogarse todos los días. “Si quiero florecer no puedo estar aquí”, dice. Desde entonces Scarlet ha tenido dos sobredosis de heroína y planeó suicidarse al cumplir 25 años porque odiaba su vida. Pero logró entrar a un programa de desintoxicación y encontrar una cama en un albergue de mujeres. Ahora divide sus días entre terapias de grupo, aunque todavía le cuesta estar sobria. “Quiero un trabajo para ser más productiva y no aburrirme tanto”, dice. “El universo me lo dará”. Justice se divorció de su esposo porque su alcoholismo se salió de control y ahora se está hospedando en un albergue de hombres (su identificación personal todavía tiene un marcador de género masculino) y trabaja en un show de exhibicionismo. “Tengo toque de queda por la noche, por eso tuve que aprender a vender mi cuerpo de día”, dice; y en el albergue de hombres se presenta como tal, por razones de seguridad. “Ellos piensan que soy una perra débil, pero me encanta pelear”.

Sophie ha tenido más suerte que las demás. En agosto se mudó a un alojamiento de apoyo. “Para calificar tenía que haber estado sin hogar durante dos años, tener un historial de abuso de sustancias o encarcelación”, dice. “Tenía las tres”. Su edificio cuenta con un gimnasio, un jardín y un salón comunal, pero Sophie pasa la mayor parte del día dentro de su estudio, cocinando y buscando compañía en Internet. Puede contactarse por Grindr, y eso es más seguro que prostituirse a las calles. A pesar de haber tenido esperanza en un comienzo, no le ofrecieron el trabajo en ACLU, y ahora quiere trabajar en una firma de abogados o en el sistema de albergues. Empezó a tomar hormonas hace ocho meses y su nombre ha sido actualizado en todos los documentos, menos en el pasaporte. Todavía se está acostumbrando a vivir sola. “He vivido en lugares con otra gente, ya sea en la cárcel, en los albergues o en el tratamiento”, dice. “La soledad es dura. No quiero morir y no tener a nadie que me entierre. Como mujer transexual pienso en esas cosas”.