fbpx
Fotografía por Daniela Castañeda / @Individuaph . Maquillaje y Peinado por Daniela Uribe / @Elauribe

Adriana Lucía

“Cuando matan al hijo de alguien, nos matan nuestros hijos”.

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp

Adriana Lucía entró con apenas 12 años a la industria musical de manera profesional. A los 14 lanzó su primer álbum y se convirtió en una gran figura del vallenato, en la promesa artística de una región azotada por lo más violento de un conflicto infinito. Ese primer disco explotó con uno de los grandes clásicos vallenatos de las últimas décadas, Enamórate como yo.

Después vinieron premios, nominaciones, conciertos por toda Colombia y por varios países; sin embargo, siempre hubo ahí una inquietud enorme. Lo que estaba viendo en nuestra realidad no podía ser. Y se puso en marcha, literalmente.

Hoy, en medio del estallido social más fuerte que hayamos visto, con muchos artistas vapuleados a causa de su silencio cómplice o sus posteos inoloros, incoloros e insaboros, ella hace parte de los que sufren amenazas porque no se callan ante la injusticia.

No importa si uno ha tenido la fortuna de entrevistar a grandes estrellas de la música mundial, o si ha podido conversar con algunos de sus ídolos de toda la vida, cuando se tiene una conversación como esta, algo se estremece, algo se sacude por dentro. Y da un poco de miedo, porque estamos hablando de nuestro país, y porque eso que se mueve en las entrañas puede ser un dolor enorme, o la semilla (muy pequeñita) de una esperanza.

¿Recuerdas algún momento particular en el que haya empezado este proceso personal de consciencia sociopolítica?

¡Claro, lo tengo clarísimo! No es un vago recuerdo, es un recuerdo profundo. Yo nací en Córdoba, y obviamente uno se forma una idea desde la postura y la visión de lo que vive su región, y creo que eso es lo que pasa en este país; cada quien tiene un pedacito de ese gran espejo roto, entonces todo el mundo se refleja en ese espejo según lo que le tocó.

En ese momento yo no lo sabía, yo pensé que mi verdad era la verdad, que lo que yo vivía era lo que todo el mundo vivía. Fui criada en una sociedad profundamente silenciada donde no se podía opinar de nada, ni se puede, hasta el sol de hoy. Allá se formaban los grupos de autodefensa, allá se formaron los grupos paramilitares, pero también es cierto que llegaron como unos “grandes salvadores” a una opresión profunda de las guerrillas. Córdoba ha pasado por todos los flagelos, y ahí me crie yo.

Lo que aprendí desde chiquita era que había “buenos muertos”, que había gente que se moría, pero estaba bien porque eran bandidos, vagos, vándalos, escoria, y eso yo lo aprendí de niña. Lo oía, la gente lo decía, y me crie con esa idea, con esa mentalidad, pero algo en mi corazón me decía que eso no era correcto. Evidentemente tiene que ver con el arte en mi vida porque he estado toda la vida obligada a la música desde que tengo recuerdos, y vengo de una familia de músicos. Entonces, esa sensibilidad por escuchar al otro siempre estuvo. Cuando cumplí la mayoría de edad sentí -ya venía eso forjado en mi corazón- que eso no era lo que yo quería, que me sentía como cumpliendo los sueños de otro, y en ese momento, en el año 2001, me encontré con César López.

A él lo contrataron de mi disquera para hacerme la versión pop de una canción mía que estaba muy pegada en el mundo del vallenato que se llama Llegaste tú. Hablamos y con él pude desahogar un montón de cosas que tenía en mi corazón; yo nací en una zona rural, y sin hacer ningún esfuerzo te enteras del abandono estatal cuando sales a otros mundos; te das cuenta de que no hay un hospital, que no existe policía, que no hay pupitres, que no hay un centro de nada, que no hay carretera. Naturalmente te das cuenta.

No hay una vida que no nos duela: Es el título de la canción que recientemente presentó Adriana Lucía. El videoclip se ha descrito como una “pieza de memoria colectiva” porque aglutina imágenes captadas por diversos artistas visuales durante el paro nacional que empezó a finales de abril. Franciso Pieschacón

Me acuerdo de que él se iba a Nueva York y me dijo, “Cuando regrese, yo te llamo”. Él se fue efectivamente, no sé si se fue un año o 6 meses, pero cuando llegó me llamó y me dijo, “Oye, mira que estoy interesado en que hagamos una banda o algo para ir a acompañar los procesos de reinserción y desmovilización”. Las palabras “reinserción” y “desmovilización”, especialmente “reinserción”, era una palabra que no sabía ni qué era o de qué se trataba.

Empecé a acompañarlo, empezamos a ir a comunas, a barrios populares, a barrios muy complejos, a ciudades con realidades tenaces. Pero me acuerdo de que mi primera reunión fue con estos chicos menores de edad, desmovilizados de las guerrillas y de los paramilitares, todos ahí revueltos. Ese día escuché a niños de 14 años o de 15 años contar cómo se los llevó a la guerrilla, cómo llegaron a los paramilitares, cómo pasaban de un bando a otro por vengar algo, cómo un niño de 16 años tenía su vida y su moral destruidas, con infancias rotas y una perspectiva de la vida tan diferente.

Cuando estaba agobiada por escuchar tantas historias tan crueles, tan horribles, tan difíciles de creer, les dije que me contaran una historia de amor, y era de una persona desmembrada a la que encontraban cada parte del cuerpo, la historia de amor era llevarle ese cuerpo a su mamá para que tuviera un cadáver para llorar. Ahí te das cuenta de que todos les fallamos, evidentemente el Estado, pero todos les fallamos. Entonces ese día para mí es inolvidable, esos procesos y esos años.

Yo me dediqué siete años, hice un break de mi vida musical en la industria y me dediqué siete años a trabajar en procesos de no violencia. Estuve en las favelas en Brasil, estuve en conferencias en Nueva York sobre controles de armas pequeñas para entender el conflicto de otra manera, conocí personas como Angelique Kidjo, que tenía mucha experiencia en el arte y la no violencia, y entendí que mi misión en esta vida era otra.

Al vivir en Córdoba, de un lado está el Urabá, el límite con Antioquia y del otro lado están los Montes de María, o sea todas las violencias del mundo, toda la riqueza topográfica, toda la riqueza natural, todo lo que nos bendice también nos maldice. Pasé infinidad de veces, porque vivía ahí al lado, por los Montes de María. Mi papá fue secuestrado por la guerrilla en un retén, y recuerdo que cada vez que pasábamos en la época de las pescas milagrosas, uno sabía de la masacre de El Salado, la masacre de Chengue, todo eso era ahí al lado de mi casa. Cuando te das cuenta de que en un espacio como los Montes de María, en ese pedacito nada más, hay 64 masacres, yo empecé a sentir culpa.

Recuerdo que uno pasaba por ahí y le decían, “Ese pueblo de guerrilleros. Ahí mataron porque eso está cundido de guerrilla”, y uno se quedaba con esa idea, la de “los buenos muertos”, de las limpiezas. “Limpiezas”, ese fue el primer término que yo oí en mi infancia, “limpieza social”. Yo estaba en la escuela de Bellas Artes, estudiaba técnica vocal y escuchaba eso, “Están limpiando Montería, están limpiando Córdoba”. Eso me marcó mucho, entonces empecé a averiguar sobre las masacres, específicamente la de El Salado, y fui al Centro Nacional de Memoria -cuando funcionaba, cuando había gente decente dirigiéndolo-, y busqué muchos libros de relatos de víctimas. Luego conocí a las víctimas, luego escuché a viva voz, y empecé a sentir mucha culpa.

El Salado tiene un capítulo horroroso de los muchos, pero hay uno terriblemente macabro, y es que obligaron a poner música a la población mientras la mataban. Obligaron a los músicos a sacar los instrumentos y a tocar una canción cada vez que mataban a un familiar. Es inevitable ponerse uno en esa situación.

Seguramente nunca imaginaste convertirte en el referente que eres hoy…

Cero. Cuando llegó la primera amenaza que me hicieron, de las varias que me han hecho, yo misma me dije, “¿En qué momento estoy aquí? ¿Esto cómo va a parar?”, por mi familia y la preocupación… Antes de todo esto, de que llegara todo este estallido social y las protestas, evidentemente llevaba muchos años acompañando mesas de diálogo, muchos años acompañando el proceso de paz, acompañando las mesas de diálogo de líderes sociales. Lo que es nuevo para la gente es que lo vean a uno en Twitter, entonces es como que uno aparece de la nada. Yo no tengo ni idea de qué seré yo, no sé qué soy, yo misma me pregunto porque mi esposo me pregunta, “¿Hasta dónde estás dispuesta a llegar?”, él me hace esa pregunta constantemente.

Franciso Pieschacón

Además de lo que significa recibir una amenaza, ¿cuáles han sido esos otros precios que has tenido que pagar por esta labor?

Aquí hablar de paz es más peligroso que hablar de guerra, produce más terror la palabra “paz”. Somos una cultura violenta, entonces evidentemente hay muchos precios muy altos por expresarse en un país en donde la constante es que nadie hable, y donde los artistas estamos hechos un florero. Si servimos para decorar, bien, pero si no decoramos, es peligroso. Tenemos una educación basada en no cuestionar nada, en no confrontar nada, en no conversar nada. A nosotros nos educaron diciendo, “no hable de política, religión, ni deporte”. Este es un país que educa a la gente para que no hable de nada si no se está de acuerdo.

El precio que hay que pagar es muy alto, no soy consciente de ello pero lo he vivido en carne propia: puertas cerradas, amistades cerradas, que te tilden, que te maltraten, que te amenacen, todo. Pero ninguno de nosotros vivirá lo que vive un líder social. Mi pregunta es, si nosotros estando cómodos no lo hacemos, entonces, ¿ellos qué? Creo que valen la pena todos los precios porque yo no tengo ninguna motivación oculta. Mi motivación es usar la voz que la vida me ha dado para ponerla a disposición de otras personas. Yo no tengo más motivación que eso, yo no tengo el foro de Sao Pablo, ni Putin, ni Maduro, ni Santos; no hay nadie detrás mío, entonces decirte que no me preocupo o que no me da miedo, sería mentirte. Que me lleno de desesperanza, que es muy frustrante cuando se caen cosas, conciertos, marcas, amistades, gente que consideraba cercana, claro que es muy duro, pero estamos motivados por el amor a la gente. Yo no tengo otra motivación, y me he dado cuenta con el pasar del tiempo de que también hay mucha gente que se siente incómoda conmigo porque soy una persona que viene de Córdoba, que además vivió y vive en medio de muchos privilegios, que soy cristiana, que debo portarme de ciertas maneras, supongo que eso incomoda, pero yo no he sido más que fiel a lo que creo y a lo que pienso.

¿Cómo vives esta situación actual en la que te catalogan todo el tiempo de una cosa u otra, de paraco, de facho, de mamerto, de guerrillero, y ahora de tibio?

La verdad es que no es algo que me trasnoche, porque esa palabra “polarización” la detesto, me parece horrible y no existe en Colombia, yo no creo que eso exista aquí. Yo no creo que Colombia sea de blancos y negros, los buenos y los malos, los guerrilleros y la gente de bien, a mí me parece que eso es una cosa que hemos repetido y mucha gente dice hasta el punto de que, “¡Ay!, vamos a dejar la polarización”. No sé ni qué es, es horrible además la palabra.

Si eso fuera así, ya hubiéramos resuelto este conflicto. Colombia es tan compleja precisamente por las vertientes que tiene. Colombia es imposible de dividir en dos bandos, ni en cuatro, son miles. Entonces creo que esa es la complejidad de este estallido social, hay una infinidad de reclamos, hay una infinidad de indignación, de rabia, de deudas; la deuda que tienen en Bogotá es una y la que hay en otro lado es otra… Aquí hay tantas realidades.

Yo insisto en la imagen del espejo quebrado, roto en muchas partes, entonces eso no me trasnocha porque yo he pasado por tanto. A nosotros nos han hecho tanto bullying, tanta amenaza, tanta cosa, que eso me tiene sin cuidado. Yo procuro más bien dos cosas: una, ver qué significamos para la gente que queremos representar, ¿para ellos quiénes somos? Ellos no tienen el término, ni “mamerto” ni “guerrillero”, eso no existe ni siquiera en el léxico y la verdad está más allá de Twitter. Es una cosa de redes sociales, entonces cuando uno se conecta con la calle, con la realidad, con los corregimientos, con los territorios, a uno se le devuelve la esperanza, cuando Juana Alicia Ruiz, líder social de las tejedoras de Mampuján te dice, “Gracias por acompañarnos en esto”. Eso es suficiente. Cuando Leyner Palacios te dice, “Manita, gracias”. Eso es más importante.

Y la otra que digo siempre es ver la belleza, siempre obligarse a ver la luz, siempre ver en medio de toda esa oscuridad, ver la esperanza, ver una luz siempre.


“Cada quien tiene un pedacito de ese gran espejo roto, entonces todo el mundo se refleja en ese espejo según lo que le tocó”.


¿Te sientes cercana o identificada con alguna vertiente o algún liderazgo político en Colombia?

No. En Colombia nos acostumbramos a votar en contra de. Por supuesto que hay cosas que me parecen admirables y que varios políticos tienen un conocimiento del país, pero creo que la crisis es total. La crisis no es solamente de las instituciones, es de los liderazgos y grupos políticos también. Qué chévere que recapaciten, pero al ver a gente que hace parte del sistema ahora saliéndose y mostrándonos el camino, a mí me parece un poco descarado.

Decía Gaitán -voy a parafrasear porque no recuerdo las palabras exactas- que una persona, por más brillante que fuera, era imposible que representara a toda una comunidad, por eso la gente tenía que representarse a sí misma en la democracia directa. Y yo lo creo.

Claro que vamos a necesitar políticos sensatos porque esto se hace con política. Por supuesto que voto y votaré, y votaré por quien considere que tiene un discurso que coincide con acciones reales. Pero es innegable la crisis política, la crisis de líderes en general, y también es innegable la gente que pesca en río revuelto. Pero sí creo que el propósito de ese líder o esos líderes que lleguen, debería ser que cada día más gente del común se pueda representar a sí misma, que haya mucho más despliegue en los territorios y en las comunidades de participación ciudadana de verdad. Participación de jóvenes, de las casas de las culturas, de artistas, de iglesias… Lo que estoy diciendo es que sí tenemos que volver a esa Junta de Acción Comunal, replantearla y volver a una democracia mucho más directa porque es imposible que un solo candidato represente todas esas voces, porque también es justo que la gente diga lo que piensa y lo que cree, porque también he visto que los ciudadanos comunes dicen, “Necesitamos esto, esto y esto”, y luego el político dice otra cosa. Entonces uno piensa, “Y entonces, ¿a quién están oyendo?”.

Hay mucha discriminación hacia las mujeres al interior de la industria musical, y supongo que has vivido eso, pero ahora también imagino que debes enfrentar otro tipo de discriminación por tus acciones en este contexto sociopolítico.

Pues yo canté vallenato, fui “la niña cantante de vallenato” durante muchos años, entonces ese es un curso muy superado porque el tema del machismo no es exclusivo de hombres, y no es un tema de la industria. La industria refleja al mundo, el mundo es así, no hay espacio para mujeres todavía en muchos lados. Yo te puedo decir que no hay muchas ingenieras, no hay productoras, hasta ahora se ven presidentas de compañía. No hablemos de los músicos porque la industria de la música es otra cosa. En mi región y en mi tierra las que forman, crían, cantan, las que mantienen todo son las mujeres, las cantadoras; son la columna vertebral de toda nuestra historia y de todos los bailes cantados. Pero si nos vamos a la industria, vemos que eso no se refleja, cuando te vas a los vídeos siempre tienen una mujer de adorno, como parte del paisaje, pero eso no es solo la industria. Ese es el mundo. Eso es todo, y supongo que no solamente no hay ingenieras porque no les den la oportunidad, sino porque tampoco se atrevían a estudiar ingeniería de sonido y producción porque no tenían cabida. Es como una consecuencia de todo.

Creo que el machismo hace parte de todo. Las mujeres también te dicen, “Ay, las mujeres no deberían estar haciendo tal cosa”. Si nos vamos al mundo real, en una sociedad de padres abandónicos donde las mujeres crían solas en su mayoría, ellas también crían machitos, no es un tema de hombres y mujeres, es un tema social.

Yo no era muy consciente de eso, mi papá me dijo, “Tú puedes cantar lo que te dé la gana”, entonces nunca pensé, “Soy mujer, no puedo cantar vallenato”, jamás. Claro, después me di cuenta de un fenómeno, y es que muchas mujeres para encajar se portan como hombres, “Toca ser el mero macho para poder meterme aquí”. Es como tratar de agradar, y eso también lo descubrí con el tiempo.

Lo que siento es que hay una discriminación también por las sonoridades colombianas, eso sí lo siento, es todavía el espíritu de la colonia. Eso sí lo vivo, y siento que todavía es real. Es más importante ganarse cualquier premio en Australia que ganarse un premio local. Todavía la gente depende de un Grammy. Yo soy parte de la Academia, sí, soy miembro votante, estoy ahí y es maravilloso ganarse un Grammy, pero el que no se haya ganado un Grammy no es menos importante y aquí sigue la industria pensando esas bobadas, que es más importante llenar estadios afuera que trabajar y clavarse aquí todos los días resistiendo en un país que no valora el arte. Eso sí lo veo, una discriminación hacia el artista local.

Siempre he tenido como referente el caso de Chocquibtown, hasta que ellos no fueron nominados y ganadores de un Grammy, los grandes medios nunca les pararon bolas.

Eso pasa con todos, con Lido [Pimienta], por ejemplo. Lido es más importante ahora porque Obama la metió en una playlist, antes no cantaba. Esa era una de las cosas que me decían por las marchas, “Claro, como ella no ganó tal cosa…”. ¿Tú crees que mis nominaciones a los Grammy me hacen mejor artista? De ninguna manera. ¿Que me quiero ganar Grammy? Claro, pero eso no me determina.

¿Entonces Alfredo Gutiérrez y Los Corraleros Majagual no son nadie? Además, hay mucho desconocimiento porque esa gente sí giró, nos abrió puertas, y nos puso a sonar en el mundo. Tan es así que se dieron el lujo de hacer la revolución más grande que ha tenido la música colombiana al día de hoy, y es lograr que la cumbia se hiciera de manera local en muchos países. Eso no lo ha logrado nadie, no hay ningún género de Colombia que se practique de manera local, que cada país pelee incluso su origen. Eso nada más lo logró la cumbia, y lo lograron ellos, no nosotros.

Fotografía por Daniela Castañeda / @Individuaph . Maquillaje y Peinado por Daniela Uribe / @Elauribe

¿Cómo ha cambiado tu relación con la prensa y con los medios en medio de todas estas luchas?

¡Uf, un montón! Ha cambiado mi relación con los medios pero también mi relación conmigo, es decir, también he ido cambiando porque antes pensaba que íbamos a salvar el mundo. Cuando tenía 24 años pensaba, “La tierra sanará, le cantaremos, todos sanaremos”. Entonces te repicas con una realidad. Yo me acuerdo de que vomitaba, no podía ni tragar, es un desgaste emocional frustrante. Entonces, cuando llegabas a los medios, contabas esto y a nadie le importaba, era terrible, era otro choque con la realidad. A ningún medio le importa, no existe a nadie a quien le importe que estuvimos en Brasil trabajando. No hay un medio que diga, “Hey, vamos a aprender de esta gente de por allá para explicarlo acá”. Eso no existe, es desilusión tras desilusión.

Claro que hay gente muy valiosa haciendo cosas muy especiales, y que resiste mucho desde el periodismo. Yo tengo grandes amigos que hacen reportajes valiosos, que te hacen preguntas importantes, que de verdad se preocupan por saber el origen de un álbum porque una lucha social no solamente es hablar de paz, de guerra, ni violencia, no. Traer sonidos ancestrales a estos tiempos es una lucha por la memoria, es preservar la sonoridad, eso también es una lucha social, y mucha gente lo ha hecho, mucha gente valora eso.

Yo vengo de la industria y soy de las que fue Número Uno en la radio, me volví independiente muchos años después, yo empecé al revés. Vengo de esa macroindustria que después se fue transformando, entonces los medios de comunicación te dicen, “Vamos a hablar de música, pero no vamos a hablar de política”. ¿Cómo así? ¿Me tengo que dividir? Soy la misma. Es como cuando dicen, “Adriana, la cantante. Adriana, la mamá”, es la misma.

Si vas a cada territorio de Colombia, brota música de todos lados. Si vas a cada departamento, dentro del departamento hay gente que ni siquiera se parece al otro, por ejemplo, tú vas a Córdoba y te conoces con los de San Antero y nada tienen que ver con los de Planeta Rica y tienen culturas diferentes. Ahora imagínate si vamos por cada departamento, y los medios se encargaban de decir, “Eso es costeño”, y somos ocho departamentos ahí como en una bola, una masa, sin diferencia.

Imagínate en el interior del país no sabemos ni qué es y dónde está delimitado. Le decían al bambuco y al pasillo “Música colombiana”, pero en la “Música colombiana” no está lo que yo considero que es colombiano. Imagínate un país como este, tan diverso, que produce tantas sonoridades y que resiste a punta de arte, porque donde tú te metas hay unos pelados haciendo música, haciendo un grupo de danza. Han resistido a punta de arte, y luego te van a decir, “Bueno, pero no hablemos de eso”. Es terrible porque la música tiene que estar ligada a lo social, naturalmente.

¿Qué sientes al ver toda esa música en las regiones si luego la contrastas con la música por la que nos están conociendo en el mundo?

Vergüenza, siento un poco de vergüenza y no por la calidad de la música, sino porque la memoria de un país… el arte hace parte de la memoria de un país. Cuando tú ves el Guernica o cuando revisas la música del Brasil, de Argentina, de Chile, ahí hay una historia que se cuenta. Dime, ¿qué cuenta la industria [musical] en Colombia? ¿Qué está contando? Porque tú ves ahora lo que está pasando y ahí en las redes hay mil pelados haciendo rap, salsa, salsa choke, cumbia, bullerengue, con respecto a lo que está pasando, pero la industria no lo refleja, muy poquito. Entonces, ¿cómo es posible que tú contrastes la realidad con la música y no se parezcan? Eso es un fracaso, una vergüenza. Estos pelados nos están dando lecciones a nosotros de lo que es la música.

A mí me parece terrible y yo no estoy pidiéndole a nadie que sea Mercedes Sosa o Silvio Rodríguez, yo no estoy hablando de eso. Eso sí tiene que quedar muy claro porque no estoy pidiéndoles que ahora no hagan sonoridades modernas, que no estén a la vanguardia. Yo lo que les estoy pidiendo es que volteen la mirada para acá, reflejen un poquito esta vaina. Tú no puedes hacerte llamar “Representante de Colombia” y no estar conectado con Colombia.

Junto a sus colegas y amigos, Julián Román y Santiago Alarcón. VALFONCK

En este estallido social, el público a través de las redes ha sido muy duro con muchos artistas por sus silencios o por esas declaraciones en las que prácticamente no dicen nada. ¿Qué perspectiva tienes de eso poniéndote en el lugar del artista y mirando esa dureza con la que el público los está tratando?

Lo que pasa es que yo no pienso así. A mí me da más tristeza lo duros que son los que pudiendo hacer, no hacen. A mí me parece que es eso sí es dureza. Es como cuando hay un estallido social ahí afuera y te dicen, “¡No sea incendiario!”. Te ponen la responsabilidad a ti, que tú solamente estás amplificando, pero el foco y el fondo están en el estallido social.

Y en las razones de ese estallido social…

Exactamente, ese es el fondo. Aquí hay que reclamarle al Gobierno, a los encargados del diálogo, no a los tuiteros. Colombia siempre busca a quién ponerle la responsabilidad, entonces nadie asume nada, sino que eso es culpa de otro, del gobierno pasado, del gobierno que vendrá, del artista que dijo…

Exigirle más un artista que a un político me parece tenaz. ¿Por qué no les exigen a los alcaldes con esa vehemencia? ¿Por qué no les exigen a los diputados, a los concejales, a las marcas que han pasado de agache y a un pocotón de artistas que no han opinado nada, que ahí van derechito y nadie les ha dicho nada? Calladitos. ¿Por qué a uno sí y por qué a otros no? ¿Por qué uno sí tiene que hablar, pero otros no?

Pero por otro lado, yo no soy tan literal con lo que dice la gente en Twitter. Uno también tiene que tener una inteligencia emocional para entender que todo eso que se escribe no es, y que también es una descarga. Es muy pretencioso creer que el 1 % de la población que está en Twitter maneja el país. No, la realidad está afuera.


“La industria refleja al mundo, el mundo es así, no hay espacio para mujeres todavía en muchos lados”.


A mí me da jartera que los músicos digan, “Yo no hablo de política”, porque yo los he oído hablar de Venezuela, entonces es mentira que no hablan de política. He visto artistas que dicen, “Yo en política no me meto”, y han tocado en campañas presidenciales y cierres de campaña de candidatos de gobernaciones, alcaldías. Entonces sí participan, uno no puede decir, “No, es que aquí estoy trabajando”, no, ahí también estoy influenciando. Entonces sí participas activamente. Participar activamente no solamente es poner algo en redes sociales, es tocar en una campaña política, tú estás participando en política. Hablar de Gaza es hablar de política, hablar de Venezuela es hablar de política, hablar de Bolivia es hablar de política, entonces no es verdad. Uno tiene que ser congruente, consecuente, coherente, no sé cuál es la palabra, pero eso es mentira.

No todos tienen capacidad para articular y decir las cosas; de hecho, hay muchos artistas a los que les cuesta comunicarse, y por eso contratan a alguien que les escriba esas cosas vacías que terminan diciendo nada porque no se saben expresar, pero esto que sucede ahora va más allá de tu visión de la política, esto es la vida. Están matando a los pelados, es innegable la violación de los Derechos Humanos. Ya después entramos a discutir si era un vándalo o lo otro… Pero hay pruebas irrefutables de que necesitamos ayuda.

¿Por qué se les pide? Porque tienen una voz que se escucha, porque necesitamos urgente la comunidad internacional volteando los ojos para que paren de matar a esos pelados. Yo soy enemiga de decir “Nos estamos matando”, yo digo “Nos están matando”.

Esta situación me ha generado una reflexión en torno a la obsesión y al manejo del poder desde los artistas. De pronto un personaje de estos lleva 10 años, 20 o 30 años trabajando para conseguir un estatus económico, una popularidad y un poder de influencia, consigue todo eso, y de cualquier modo termina evidenciando solo un gran miedo a perder ese poder.

Sí, coincido contigo. Es como si dijeran, ¿cómo hago para no quedarme afuera de la torta? Y eso se refleja en lo musical porque es diferente cuando uno hace música para agradar a alguien. Hay una frase que se dice mucho ahora, que a mí me parece aterradora: “Lo que la gente quiere escuchar”. O sea, ¿los artistas vamos a hacer lo que la gente quiere escuchar o vamos a decir lo que queremos decir? Como cuando los medios de comunicación o las revistas te dicen, “Es lo que la gente quiere ver”. ¿Y quién es “la gente”? ¿Quién quiere ver eso? Definamos qué gente quiere ver eso.

Y en cuanto al artista, yo pienso que el proceso de composición y de creación es egoísta principalmente, donde tú vas a poner tu sentimientos, tu visión, lo que tú quieres decir, lo que te agobia, no importa lo que sea, pero es un ejercicio individual. Lo pones ahí, luego cuando lo sueltas conecta con un montón de gente y se vuelve una cosa colectiva y amplia. Pero si uno parte de este proceso diciendo, “Bueno, vamos a ver qué es lo que la gente quiere escuchar”, es válido porque la industria es un negocio, pero se está anulando un principio que es, ¿qué quieres decir tú? ¿Qué es lo que tú quieres comunicar? A mí me parece un proceso al revés.

Finalmente, nosotros estamos aquí, ellos viven en otros países y tienen un montón de plata, y otros están como por encima del bien y del mal. Uno cree que pueden decir lo que sea porque corre más riesgo que ellos, pero debe ser que las cosas no son como se ven, debe ser que ellos tienen que rendir más cuentas que nosotros y agradar a más gente.

Ahí es donde se embolata el poder que tanto buscaron…

Todo el poder es pa’ la gente [Risas].

No es que el arte y el entretenimiento sean necesariamente opuestos, pero esto de “Lo que la gente quiere”, oír claramente está más cerca del entretenimiento que del arte. El arte está más cerca de lo que tú quieres decir.

Uno define qué artista quiere ser, o si quiere ser parte del entretenimiento. En los noticieros la música está en la farándula, es una cosa terrible; en la última sección del noticiero está la música, está revuelto todo, un chisme y una canción son iguales. Es tenaz porque creo que este es un país que no valora el arte.

Yo no creo que lo artístico sea contrario a lo comercial, para nada. Es más, a mí me parece que hay obras de arte tan comerciales que permanecen vivas hoy. Hay artistas tan ingeniosos que al sol de hoy siguen siendo influencias, ¿qué más comercial que eso? Y uno todavía los busca como referentes. Para mí eso no va en contra, lo que pasa es que uno también tiene que definir lo que quiere en la vida, si uno lo que quiere es entretener, pues vaya y venga, pero uno no puede propagar un discurso de “El arte, la poesía, la tierra, el amor”, y luego salir muy planito, eso sí es como raro.

Dándole la cara al país: Amenazas, contratos cancelados, amistades perdidas y estigmatización, son algunos de los precios que Adriana Lucía ha tenido que pagar por alzar su voz contra la injusticia. CORTESÍA ADRIANA LUCÍA.

Entre todas estas cosas tan fuertes que has elegido ver y vivir, ¿qué utilizas como refugio para salvarte la cabeza?

Mi hermana siempre me dice, “¿Cómo haces?”. Dios, yo me refugio en Dios. Contra todo pronóstico soy cristiana, creo en Jesús, me refugio en mi fe plenamente. Mi esposo ha sido fundamental, él es una persona de un perfil muy bajito, no le gusta estar en nada, no tiene nada que ver con este mundo, es una persona con una vida normal.

Recuerdo que cuando el presidente me hizo esta invitación para ir a hablar con él, yo la compartí con mi esposo, el me grabó el vídeo… esa es mi Junta Directiva [Risas]. Tengo una familia muy linda que me apoya: mis suegros, mi hermana y hermanos, mi mamá, mi papá y todos. Pero también por el lado de mis papás hay mucho miedo, a veces me regañan, o no me dicen nada, o se angustian, es obvio, entonces intento no contarles muchas cosas para que no se angustien. Lo dejo solo ahí con mi esposo, pero yo me refugio en la oración, me refugio en la fe, me refugio en Dios, me refugio diciéndole que solo a él le rindo cuentas, que me levante los brazos otra vez, que renueve mis fuerzas.

Y sin duda alguna en la música. El escenario ha sido complejo en estos días, tocar, cantar… Hace dos días fui al estudio grabación y nació una canción. Todo eso lo descarga a uno. Poner el discurso en una canción es de las cosas para mí más poderosas que podemos tener como músicos, me parece mágico que podamos cantar lo que queramos decir. Me parece como una sanación.

Te voy a decir una cosa más loca, y me puedes tratar de inocente, pero creo que esto en algún momento tendrá que pasar, esto tendrá un fin, o un comienzo más bien, porque ya estamos rotos. Es donde yo veo la luz de esto, yo creo que vamos a necesitar a los artistas, vamos a necesitar hacer un ejército artístico muy grande y construir muchos espacios para que la gente vaya y se descargue, para que la gente llore, para que la gente haga duelo, para que la gente cante, baile. Necesitamos todas las plazas, todos los escenarios, todo lleno de música porque necesitamos sanarnos así.

¿Y el tiempo para la música? ¿Qué tanto has podido hacer? ¿En qué andas con eso?

Esa es una pregunta que yo misma me hago [Risas].  No conozco otra manera de vivir, yo siempre he sido música. Yo nunca he querido ser nada, nunca soñé con ser nada, no tengo plan B en la vida. A los 5 años que tuve mi primer profesor, yo nunca dije, “Voy a esperar a ver qué quiero hacer en la vida”, no. Siempre daba por hecho que eso es lo único que yo hago. Pero sin duda en estos tiempos, con el live que hacemos [ese “programa sin nombre” en Instagram con Julián Román y Santiago Alarcón], con las denuncias que hacemos, nuestros teléfonos no paran y como que le toca a uno adoptar otros roles. Por ahí decía una persona, “Es que ellos no saben ni presentar”, claro que no sabemos, no somos periodistas, no somos presentadores. No pretendemos ocupar un espacio que no nos corresponde, lo que queremos es ver cómo, desde las posibilidades que tenemos, ponemos eso al servicio de la gente.

Yo siento la necesidad de cantar todo el tiempo y de componer; hace unos días me salió una canción que es lo que quiero decir ya. Por primera vez yo misma me puse a la tarea de hacerla muy rápido porque soy muy lenta, entonces me dije, “Tiene que ser ya”, y el lunes voy a estar haciendo otra porque siento una necesidad inmensa de cantar lo que estoy contando, lo que estoy hablando. Quiero decir tantas cosas que las quiero decir con una canción. A mí también me toca recordarme de vez en cuando que esto sana, que la música es necesaria.


“¿Cómo es posible que tú contrastes la realidad con la música y no se parezcan? Eso es un fracaso, una vergüenza”.


¿Qué podrías decir si tuvieras que sacar una conclusión de todo esto?

Hay una conclusión, bueno no sé si es una conclusión, pero hay algo a lo que yo he llegado y es que la indiferencia es una condena, hacerse el loco es muy duro en estos momentos y uno no necesita estar viviendo lo que la otra persona está viviendo para entender el dolor. Uno no necesita haber pasado hambre para saber que aguantar hambre es indigno. La gran revolución que necesitamos en este país es el cambio de pensamiento de la sociedad, esa es la gran revolución.

De nada vale quitar y poner gobernantes, quitar y poner decretos, si todavía en la casa consideramos que hay gente que merece vivir en la pobreza absoluta y que está bueno que les den bala porque, ¿Quién los manda a estar en la calle a esta hora?. De nada sirve si seguimos con esta mentalidad de que si cogen a un ladrón, hay que lincharlo porque, ¿Quién lo manda?. De nada sirve todo este movimiento y estallido social si la sociedad en gran mayoría sigue pensando que hay “buenos muertos”. Esa es la gran revolución que necesitamos. Creo que cuando la gente habla de reconstruir a Colombia… no tenemos que reconstruir nada, tenemos que hacer todo de nuevo.

¿Cuál es la luz que yo veo? La luz que yo veo es que Colombia ha vivido a punta de pañitos de agua tibia; la obligación a ser feliz, “Los colombianos nacimos para ser felices. Somos el país más feliz del mundo”… El salto de la tragedia a la felicidad. El comercial de un indígena abrazado con el negro, con el blanco, con todos, mientras los dueños de esas marcas y muchas personas de esas marcas desprecian a los negros y a los indígenas. Todos se van a tener que incomodar, las grandes marcas, los grandes empresarios, los que no han dicho nada, los músicos que no han dicho nada, las iglesias que no han dicho nada, todos los que están de agache y en silencio, todos están incómodos, ni siquiera los que promueven la guerra están cómodos. Ellos también hacen parte de ese gran espejo roto, con ellos también nos vamos a tener que sentar y reconciliar, o por lo menos aceptar y hacer parte de ese grupo. Pero tenemos que lograr una nación en donde se le dé cabida a pensar diferente y donde no pensemos que hay ciudadanos de quinta categoría. Esa es la revolución que tenemos que lograr. Que cuando al otro le duela, a mí también; que cuando tocan a una mujer, nos tocan a todas; cuando matan al hijo de alguien, nos matan nuestros hijos.