fbpx

Afganos en Colombia, el peligro del limbo

Más allá de la acogida, debemos preguntarnos por las garantías de sus derechos en Colombia y las implicaciones de servir como frontera a la distancia
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp

AFP

Poco a poco conocemos más sobre las condiciones de llegada de los ciudadanos de Afganistán a Colombia. Escarbando entre la poca información que ha dado el gobierno de Iván Duque, los canales de noticias intentan explicar algo de ese país que nos pintaron lejano, árido y caótico.

Vimos primero las noticias sobre la llegada del régimen Talibán a Kabul, la capital, y con esto, la desesperación de miles de personas tratando de salir Afganistán. Nos contaron de la amenaza dirigida especialmente contra las mujeres y sobre la respuesta torpe de los países poderosos que han intervenido militar y políticamente por muchos años esa sociedad que hoy se resquebraja. 

Ante las dimensiones de esta salida masiva en tan corto tiempo, Estados Unidos ha activado un plan de reasentamiento para colaboradores afganos que deben huir de su país porque su vida está en riesgo. Como parte de ese proceso, Colombia y otras 12 naciones en el mundo acordaron recibir de manera temporal a población afgana en busca de refugio en Estados Unidos. 

Tras el anuncio de la decisión del gobierno de Duque, una oleada de preguntas, con muchos prejuicios, inundaron las conversaciones de la gente. Sabemos por lo menos tres cosas: 1. Que se esperan a aproximadamente cuatro mil personas que colaboraban con las fuerzas estadounidenses en Afganistán y ahora buscan refugio en ese país. 2. Que su estadía en Colombia será pagada por Estados Unidos y 3. Que su permanencia será temporal mientras se tramitan estas solicitudes. 

Los otros detalles que conocemos han respondido a una lógica muy cercana a la discriminación que ha surgido a través de preguntas, como que sí se les van a hacer pruebas PCR para entrar y sí les vacunarán contra el covid-19 a quienes no lo hayan hecho; que vivirán posiblemente en Bogotá, que no son terroristas, que vienen huyendo de eso precisamente.

La diversidad y los beneficios que conlleva la inmigración todavía no se dimensionan en un país como Colombia, poco acostumbrado a recibir migrantes. El siglo XX en América Latina representó diversidad cultural gracias a las llegadas masivas de población de otros continentes. La riqueza cultural de ese encuentro siempre se ejemplifica con los casos de Argentina, Brasil o México. Mientras tanto, un discurso conservador antiinmigración dejó a Colombia encerrada y muy desconectada del mundo. La xenofobia ha atravesado los tiempos y ahora con la reciente migración venezolana se hace más evidente. 

Partamos de esa aclaración fundamental sobre la necesidad de entender la migración como un derecho humano, sobre abrirnos como sociedad al encuentro con otras culturas y nacionalidades desde el respeto y la solidaridad. Gritémoslo a los cuatro vientos y con más fuerza en momentos como este en que vendrán extranjeros empobrecidos huyendo de la guerra, tan solo unas semanas después de ver la multitud de haitianos, cubanos y bangladesís en las playas de Necoclí pidiendo ayuda para continuar su viaje hacia el sueño americano. 

Sí, defendamos ese derecho a buscar una mejor vida, pero también hagamos preguntas urgentes para dimensionar la decisión del gobierno colombiano de acatar la solicitud de Estados Unidos y acoger a sus solicitantes de refugio. 

Externalizar el control de las fronteras

La ocupación militar estadounidense en Afganistán inició en 2001 y desde sus inicios modificó las dinámicas de un territorio amenazado por los talibanes, grupos principalmente militares que habían impuesto desde 1996 un modelo de vida basado en el terror y la interpretación más estricta del islam. 

Los talibanes hacen parte de un grupo más amplio, los muyahidines. Su origen militar se remonta a la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Mientras ocurría la ocupación soviética de Afganistán a finales de los años setenta, Estados Unidos entrenó y armó a estos ejércitos por medio de agentes de la CIA para combatir el gobierno afgano de corte marxista. En este brevísimo y simplista recuento del origen del desastre político afgano, la responsabilidad de Estados Unidos es a todas luces evidente. 

Ahora que las tropas de ese país se retiraron de Afganistán, los colaboradores locales quedaron en una desprotección enorme, así que Estados Unidos, Alemania, Italia y otros países de la OTAN buscan la forma de retirar a quienes corren mayor peligro bajo el nuevo régimen. En la búsqueda de agilizar ese proceso es que se produjeron solicitudes como la que se le hizo al gobierno colombiano de recibir en su territorio a las y los afganos que intentan vivir en Estados Unidos. 

¿Por qué no se acepta a esta población directamente en Estados Unidos mientras surte el proceso de refugio? ¿Por qué la frontera a cruzar para obtener refugio se traslada a un país lejano como Colombia tanto geográfica como culturalmente? 

Las solicitudes de refugio en este caso son masivas y llegan a sumarse al sistema de control migratorio estadounidense que tiene más de 1.1 millones de casos acumulados en espera de adjudicación de sus solicitudes, según el Informe al Congreso sobre admisiones de refugiados para 2021. 


La palabra clave enfatizada por las autoridades colombianas es la de la temporalidad de la estancia de la población afgana, algo entendible en un país ajeno a la migración y que en los últimos días registró 731% de aumento en la xenofobia


Para frenar la llegada de aquellos migrantes de piel oscura a perturbar la vida de estas sociedades, muchos países del norte global, es decir los países ricos, han reforzado sus fronteras desde hace varias décadas. Lo han hecho con políticas restrictivas de visado o literalmente con la construcción de vallas y muros que al final no impiden el paso, pero sí crean condiciones inseguras para las y los migrantes. Y, cuando esto no es suficiente para evitar la llegada de más personas indeseadas, estos países llevan sus fronteras un poco más lejos. A estas acciones se les conoce como externalización de fronteras. 

Externalizar una frontera puede tomar varias formas. Puede ocurrir con un país geográficamente intermedio que recibe dinero de una nación rica para que aplique con mayor rigor las medidas que detengan la migración. En muchos casos, estos países-frontera tienen menor respeto por los derechos de los migrantes, así que los peligros del tránsito llegan a ser mortales. Ejemplo de esto ocurre en México, que sirve de bastión para detener la migración centroamericana rumbo a Estados Unidos. O Marruecos, que detiene el paso por tierra y mar a quienes buscar entrar a la Unión Europea a través de España. 

Pero esta no es la única forma de llevar las fronteras más allá de los límites geográficos. La transferencia del control fronterizo a países extranjeros también puede ocurrir por medio de políticas y presupuestos que trasladen a población en busca de refugio en países del norte global. 

Las medidas de distribución de ciudadanos afganos entre países latinoamericanos no es exactamente una externalización como los ejemplos mencionados, pero puede ser un tipo de externalización si entendemos que el control migratorio se está pasando temporalmente a un tercer país y se crea una zona de freno previa a la llegada al verdadero destino de las personas que buscan refugio. 


¿Por qué la frontera a cruzar para obtener refugio se traslada a un país lejano como Colombia? ¿Qué va a pasar con las niñas y niños que nazcan en Colombia mientras se tramita la solicitud de refugio o que ya nacieron en Afganistán, pero no tienen documentación ni patria que les tutele sus derechos?


Y justamente en esa palabra de lo temporal en la que tanto se ha insistido dentro de la poca información que nos han dado es donde surgen más preguntas, sobre todo relacionadas con la protección de los derechos de los cuatro mil afganos que llegarán a Colombia. 

El marco de lo temporal

La palabra clave enfatizada por las autoridades colombianas es la de la temporalidad de la estancia de la población afgana. Es entendible por qué hacen este énfasis en un país que ha visto cifras de xenofobia absurdas como el 731% que midió el Barómetro de la xenofobia hace algunos días cuando la alcaldesa Claudia López culpó prejuiciosamente – de nuevo- a los venezolanos de ser la razón del crimen en Bogotá. 

Hablar de lo temporal parece una distracción que no corresponden con lo que en realidad ocurre con los trámites de solicitud de refugio en el mundo, sobre todo en Estados Unidos. Pero eso no es lo grave, lo grave es que ese supuesto carácter temporal impide pensar en la llegada de estas personas en clave de protección de sus derechos y de inclusión. 

La relación de Colombia con Estados Unidos ha sido históricamente de obediencia. Por eso no sorprende la agilidad de Duque para aceptar la propuesta. Sin embargo, quedan grandes cuestionamientos sobre lo que puede ocurrir con esas cuatro mil personas que esperan vivir en Estados Unidos, pero llegarán a Colombia mientras tanto. ¿Qué pasa si les es negada la solicitud de refugio? ¿Por cuánto tiempo se mantendrá la ayuda económica para su sostenimiento? ¿Qué va a pasar con las niñas y niños que nazcan en Colombia mientras dura la espera o que ya nacieron en Afganistán, pero no tienen documentación ni patria que les tutele sus derechos? 

Para Laura Dib, directora de la Clínica Jurídica para Migrantes de la Universidad de los Andes, las preocupaciones son varias: que esta es una población distinta a población venezolana, por ejemplo, y por tanto las necesidades para su integración son más exigentes empezando por la barrera idiomática. Lo segundo es si se brindarán garantías a la unidad familiar con un marco normativo de refugio tan débil como el que tenemos en este país. “Actualmente, el problema es el mismo con la población de cualquier nacionalidad y es que el decreto 1067 de 2015 sigue previendo un sistema de refugio que es insuficiente frente a las necesidades de asilo cuando hay una afluencia masiva de personas”, dice Laura. 

El sistema de refugio tiene grandes falencias porque no hay un marco de tiempo claro para aplicar la norma, lo que hace que la persona quede en un limbo tan solo con un salvoconducto que le permite acceder al sistema de salud, pero no a trabajo formal, entre otros vacíos. 

Otro riesgo que preocupa la abogada Dib es qué ocurrirá si estas personas no son reconocidas como refugiadas y puedan ser regresadas a su país de origen al ser sujetos de una devolución indirecta a un país donde su vida o integridad corra peligro. 

La situación incierta para las y los afganos que lleguen a Colombia puede ser muy grave, más en un país ajeno a la migración, ignorante de su cultura y que les mire con sospecha. Llegan a una Colombia de doble moral pues somos un país de exiliados y refugiados que está listo a cerrar la puerta a los recién llegados. Llegan además bajo unas medidas difusas que se basan en la temporalidad de una situación que, por la experiencia en otras partes del mundo, tiene de todo, menos de temporal. 

Mientras tanto, nuestra responsabilidad ciudadana será ofrecer ayuda desde el lugar que podamos, informándonos, haciendo pedagogía en nuestras familias, revisando nuestros estereotipos sobre mujeres y hombres, niñas y niños que lucen, hablan y se visten distinto a nosotros, pero que son humanos con el mismo derecho a una vida en paz.