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Blade Runner 2020: Colombia y la distopía del poder

Con la cuarentena ha sido más evidente (¡todavía más!) que los que manejan los hilos del país son villanos oscuros, con contratos millonarios entre las sombras
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El presidente Iván Duque con los Agentes Smith del ejército.

Ilustración Juan Felipe Murillo (@cosas_queno)

Ya vamos para dos meses de confinamiento y hace poco empezamos esa salida progresiva por sectores, así los infectados y los muertos por COVID-19 sigan aumentando. En este tiempo, las calles, por algunas zonas, parecían las de 28 días después. Solo que en lugar de Cillian Murphy caminando por Westminster, pasaban algunas personas pidiendo plata en nombre de Dios. De algún Dios. 

Hace unos días volvió el que vendía aguacates a un par de cuadras de la casa, anunciando su regreso con un “¡aguacaaaateees para hoooy!”. A veces se escucha a algún vecino responderle desde su ventana, “¡Mándeme uno para treeees, que esté para hoooooy!”. Ahora hay otro tipo que vende eucaliptos “para curar la tos, para aliviar el malestar”. A él no he escuchado que le respondan.

Los que salen, al menos los que he visto, están con sus tapabocas. Ya sea para dar una vuelta, comprar mercado o pasear al perro, solo se ven los ojos de las personas. El parque a final de la tarde ya no huele marihuana, y tampoco he visto a gente echándose sus plones en la calle. Los precios de los moños han subido, pero no tanto como los tapabocas o los sobrecostos en algunos productos que alcaldías y gobernaciones compraron para los mercados. Esas sí son cosas fundamentales (aunque en Estados Unidos, en unos estados, el cannabis ha sido considerado un “negocio esencial”).

Ariel Palacios, gobernador de Chocó; Luis Alberto Balseros, alcalde de Calarcá, Quindío; el alcalde de Tierralta, Córdoba, Daniel Enrique Montero, y su secretario de Gobierno, Loyar Manuel Pineda, fueron suspendidos por las irregularidades en los contratos que firmaron para las ayudas por el coronavirus.

¿Qué son esas irregularidades? En Tierralta, por ejemplo, los mercados para repartir tenían sobrecostos de $190 millones de pesos; Palacios tenía contratos por miles de millones que la Procuraduría determinó que no sirven para mitigar la pandemia; en Calarcá, un contrato por mercados pasó de $15 millones a $396 millones.

El “bloque anticorrupción”, como se ha autodenominado esa triada de entre el procurador, el contralor y el fiscal general con un nombre de escuadrón que solo compite con Autobots (¿o Decepticons?), Ghostbusters y Klingons, también sancionó a Germán Herrera Gómez, alcalde de Guaduas, Cundinamarca, por un contrato de ayudas con un sobrecosto del 60,31%. A la Armada Nacional también le pillaron un contrato para comprar tapabocas con sobrecostos del 100%.

Es que me los imagino como Tony Montana en Scarface, sentados en el estudio de sus casas convertido en oficina, con una botella de guaro abierta y riendo con ese contrato en la pantalla del computador. “Lección número uno: Nunca subestimes la codicia de los demás”, le dice Frank López a Tony en un bar donde solo hablan de billete. Son casi tan malos como Daniel Plainview en There Will Be Blood. Solo que acá las malteadas son de los que ni tienen para comprarlas en plena pandemia, de los que cuelgan trapos rojos en las ventanas para pedir ayuda

Al mismo tiempo, porque Colombia tiene varias historias de villanos que suceden en el país, se conoció que la Policía, cuando la gente salió a buscarse lo del día porque no tiene otra forma de sobrevivir, compró cinco tanquetas por $7.900 millones de pesos para el ESMAD, ese grupo de RoboCops que ha dejado 34 personas muertas.

Mientras nuestro Omni Consumer Products (es la empresa de las películas de RoboCop, para los que no la han visto) estaba en esas, en Tyrell Corporations los replicantes del Gobierno eran programados para firmar dos contratos de miles de millones que, de nuevo, no ayudan contra la pandemia (¿recuerdan por qué suspendieron al gobernador de Chocó?).

Desde la Casa de Nariño, que en este momento parece The Devastator, la nave de Darth Vader, compraron 20 camionetas por $9.641 millones y firmaron un contrato por $3.350 millones para mejorar la imagen del presidente Iván Duque en Internet, que lleva hablando a diario en televisión con una chaqueta que le copió a Frank Underwood (comparación ya vieja, pero igualmente válida). ¿Con qué se pagó este último contrato? ¡Con plata del Fondo para la Paz! ¡Con dinero para los proyectos que se firmaron en el proceso de paz!

Y hay más. Después se conoció que de ese mismo Fondo sacaron más recursos para medir la imagen y gestión de Duque en los temas de la paz. Yo ya no sé con cuál villano compararlos. La pandemia nos metió en un mundo de ciencia ficción, es una distopía que algunos libros imaginaron, pero nunca he visto antagonistas como estos, aunque el Ejército puede ser como el Agente Smith de Matrix, que a punta de chuzadas busca evitar que dañen sus planes y cuidar sus intereses (como pasarle información a los criminales).

En el Amazonas, después de superar los 1.000 infectados y 30 muertos, tienen que trasladar a los pacientes en cuidados intensivos porque la planta de oxígeno está sacando la mano después de usarla por más de 30 años. Es el departamento con más casos por cada 100 mil habitantes, el alcalde de Leticia, Jorge Luis Mendoza, ha dicho que es la crisis más grave que han vivido y ya ni hay espacio en el cementerio de la ciudad. Al sur de Bogotá en Ciudad Bolívar, el Distrito desaloja un barrio y sus habitantes no tienen para donde coger. En el resto de Colombia, únicamente en 2020, ya hay más de 100 líderes sociales asesinados.

En Altered Carbon están los Meths, un grupo de ciudadanos millonarios que hacen lo que se les da la gana, que le dicen atenidos a los demás. En Star Wars, Palpatine y Darth Vader quieren dominar la galaxia. Roy Batty en Blade Runner acaba con lo que se le atraviese (aunque termina mostrando algo de compasión). Pero ninguno es como HAL de 2001: Odisea del espacio, la inteligencia artificial de la nave Discovery que puede leer labios. Cuando se da cuenta que piensan desconectarlo, decide traicionar a la tripulación porque “la misión” está en riesgo.

“La misión” en Colombia es robar así signifiquen menos mercados para los necesitados en medio de una pandemia, es buscar cómo subir en las encuestas traicionando a las víctimas y a todos los que creen en la paz. Es comprar camionetas y tanquetas cuando hacen falta ventiladores y equipos médicos. Es negarse a proteger a los líderes sociales. Pero no, HAL no era tan malo. Acá hay peores.