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Colombia, en la cima del rugby subacuático

Esta es la historia de la titánica labor de 15 colombianos que izaron la bandera en el deporte rey de los países nórdicos
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El club Orcas de Medellín es bicampeón del Mundial de Clubes y la selección Colombia es campeona del Mundial de Naciones.

Fotografía por Camilo Díaz - @camilodiazphotography

El rugby subacuático es simple. La cancha es una piscina, de más o menos cuatro metros de profundidad, con dos cestas fijadas en el suelo, una en cada lado. El objetivo es meter el balón en la cesta rival y anotar la mayor cantidad de goles. Cada equipo consta de 12 jugadores, seis en el agua y seis suplentes en el banco. Tres árbitros por partido, dos bajo el agua con tanques de oxígeno y uno afuera. En los 60, los buzos alemanes inventaron el deporte como el primer juego de pelota bajo el agua. Una lucha donde la fisionomía juega un papel crucial.

Desde afuera, es un mar alborotado de aletas, snorkels y cuerpos de casi dos metros y más de 100 kilos que mantienen la respiración, sostienen con sus propios músculos a sus adversarios y se pasan -en cámara lenta- una pelotita rellena de una solución salina, la cual evita que flote. “Mantener la calma y tomar buenas decisiones mientras hay seis locos que te quieren ahorcar en el agua, es lo más difícil”, cuenta Samuel Gaviria, entrenador y jugador del club Orcas y la selección Colombia. “También se trata del lenguaje corporal, las señas y la creación de un nuevo vocabulario para entender el juego”. 

La respuesta al porqué Colombia es el único país latinoamericano que practica el deporte profesionalmente a nivel internacional es un enigma. Desde 2010, la presencia colombiana se volvió una costumbre en los Mundiales de Clubes y de Naciones, logrando el respeto de los equipos nórdicos, que son potencia en el deporte. Pero los tropiezos económicos, la falta de visibilidad y el desconocimiento de la disciplina les han jugado malas pasadas a los nuestros. Solo hasta 2018 recogieron los frutos que sembraron en los 90, cuando la disciplina enamoró a unos pocos en Antioquia. 

Una faena que incluyó lágrimas, deudas, fracasos y, al final, una de las alegrías más inconcebibles de sus vidas. Esta es la historia de Orcas, de la selección Colombia, de 15 titanes por un sueño y de una excepcionalidad que ni sus propios protagonistas pueden comprender. Esta es la historia de cómo Colombia hoy está en lo más alto del rugby subacuático.  


A los deportes de nicho los persiguen los problemas económicos. Los uniformes, los viajes, la estadía durante los torneos y los demás gastos vienen de los propios bolsillos de los jugadores. “Es jodido asumir este estilo de vida porque inviertes todo lo que tienes”, confiesa Alejandro Oviedo, capitán de Orcas y la selección. Cada jugador tiene su profesión aparte. Samuel es profesor de biomecánica y quinesiología; Alejandro administra una panadería; Camilo Díaz -también de Orcas y la selección- es fotógrafo; y los demás se reparten entre estudiantes, comerciantes, diseñadores y ganaderos. Uno por uno, rasguñan su billetera hasta el último centavo para una inversión a ojo cerrado y un resultado que depende de ellos mismos. 

En 2018, Orcas volvió a clasificar al Mundial de Clubes que se disputa anualmente en Berlín, Alemania. Tras tocar puertas y recibir negativas al buscar apoyo económico, los jugadores tomaron el riesgo. Sacaron sus ahorros, los sueldos de meses y algunas reservas de dinero familiar para invertirlos en su sueño colectivo: ganar la medalla de oro. La recompensa económica por ser campeones era nula. Cero euros, cero dólares, cero pesos colombianos… pero eso les resbaló. 

Los totazos en Mundiales pasados sirvieron como lecciones. Aplicaron estrategias, se entregaron a las pesas y una rutina física más ardua y sumaron sangre joven a la plantilla. Pero el verdadero punto de quiebre ocurrió dos semanas antes del viaje. Uno de ellos sugirió que participaran en un taller de trabajo mental, también llamado “constelación grupal”. Samuel no le tenía fe al tema. “Era muy reacio a ese cuento. Iba súper escéptico y pensaba que era una pendejada. Le decía al equipo: ‘no se vayan a poner a chillar aquí, ¿no?’”, recuerda. “Pero no te imaginás la desbaratada que nos pegaron. Y el que terminó chillando y vuelto nada, fui yo”. El taller los desnudó emocionalmente, los impulsó y tocó una sensibilidad que, para ese momento, estaba ausente. “Fue una vaina extraña, porque puso motivaciones que no teníamos en el radar. Nos motivaba el sacrificio, la pasión y la plata que le invertíamos”, añade Alejandro. “Pero yo nunca pensé en ganar por las madres, los hijos, las hermanas, la familia. Fue un ingrediente que funcionó mucho… y ahora somos 15 locos que vamos de arriba pa’ abajo [risas]”. 

Orcas llevaba un proceso de casi una década buscando esa presea, pero había sido esquiva por motivos deportivos, circunstancias económicas y decisiones personales. A eso se sumaba que el club noruego Molde llevaba ocho años seguidos siendo campeón.

27 equipos de 15 países se reunieron en territorio bávaro por la gloria. El reto, como en todo Mundial, era todo o nada.

“Y los criollitos llegamos a la final”, se adelanta Samuel. Su balance fue extraordinario, con goleadas y lecciones maestras de compañerismo en las profundidades. Además, llegaron (y se fueron) con un registro de cero goles en contra. Eran invictos y nadie se acercaba a su arco. Antes de su último choque frente al Bamberg de Alemania, el camerino era un alboroto. “Los muchachos brincaban, hacían pendejadas y bailaban. Yo les tenía envidia a esos huevones, que no les importara nada”, confiesa Samuel, quien ya había sufrido desilusiones y derrotas personales en años pasados. Por eso prefería encerrarse en un cubículo, aislado y en silencio, distrayendo los nervios. En un estado pleno de consciencia y concentración, Orcas consagró su epopeya.

Samuel Gaviria dando instrucciones en el Mundial de Naciones. Fotografía por Camilo Díaz – @camilodiazphotography

Con un penal cobrado por Samuel y un lanzamiento desde lejos de Sebastián Ochoa, Orcas ganó 2-0 y marcó un hito en la historia del rugby subacuático: el primer equipo latinoamericano de la historia en ganar un Mundial de Clubes a 10 mil kilómetros de distancia de su ciudad.

Nueve meses después, la selección Colombia aterrizó en Austria para disputar el Mundial de Naciones. En la inauguración, un detalle frustrante: la única bandera que no estaba era la colombiana. Uno de los miembros de la delegación encontró una bandera pequeñita (“parecía una bufanda”, bromea Samuel) para que se codeara con los gigantescos pliegos de cuatro metros, sin siquiera imaginar que ese trocito de tela arrasaría en los marcadores. Fue un atropello, por no decir una humillación. En tan solo cinco partidos, Colombia marcó 76 goles (un promedio de gol de 15,2 por fecha) y repitieron con un arco completamente invicto. “Fue una hazaña, y pasaron años de trabajo para poder lograrlo”, se emociona Samuel, quien vivió paso a paso el proceso. “Creo que nos diferenció tener una identidad, alejarnos de los modelos y los protocolos para proponer algo y creer en eso”. 

Un año después, en su desesperada búsqueda por los pesos para defender su título en el Mundial de Clubes, Orcas acudió a una campaña de crowdfunding llamada “15 atletas colombianos por un sueño de oro”. Su objetivo era recaudar 50 mil dólares, una suma que pagaría sus tiquetes hasta Berlín. La recolecta fue decepcionante: apenas 1.600 dólares, más o menos 200 mil pesos colombianos por persona para un viaje que costaba ocho millones de pesos. “Al final, eso nos lo gastamos en un asado antes de viajar”, recuerda Samuel. 

No querían imaginar su sueño, ni quedarse con el “hubiera”. Tras buscar por todas partes, una ayuda inesperada les hizo el milagrito. El Ministerio del Deporte invirtió en su aspiración y creyó en el equipo. Tres meses después, Orcas se coronaría bicampeón mundial. Una hegemonía colombiana, con los tres últimos grandes galardones de la disciplina. “La primera vez, todos nos aplaudieron y estaban muy felices. Ya pa’ este año nadie aplaudió [risas]”, recuerda Alejandro. “Ya no nos quieren ni ver, pero ese es el precio de estar en el top”. 


Ricardo Iriarte es uno de los tantos nombres responsables de este frenesí deportivo. Su historia comenzó a finales de los 90, jugando con Castores de Bogotá. Luego, la vida laboral y académica lo obligó a hacer maletas y salir de Colombia, pero su vocación era transmitir su sabiduría en el deporte. Pasó por clubes en Alemania y Noruega, e incluso fue uno de los precursores en la instauración del rugby subacuático en España y Australia. Una anécdota de la primera vez que jugó un partido en Australia explica su trascendencia. “Yo les pregunté que qué posición necesitaban. Y me respondieron: ‘¿Cómo así? ¿Aquí hay posiciones?’. No tenían ni idea de jugar. Era más bien tirar un balón a la piscina y el que más duro se diera”, cuenta. Ricardo les dio una idea más clara, usó su bagaje como entrenador y formó jugadores tanto en Valladolid como en Queensland. Se convirtió en un embajador del deporte. 

Samuel, Alejandro y Ricardo concuerdan en que la visibilidad es el traspié más grande de su pasión. “Es muy difícil que la gente vea un deporte en el que solo se ve agua, aletas y cabezas en la superficie”, dice Ricardo. Y propone una solución: “Un acuario. En Berlín hay una piscina en la que una de sus paredes es un vidrio gigante. Si se crearan esas instalaciones, las personas podrían verlo”. 

Toda la plantilla de la selección Colombia, tras coronarse campeones del Mundial de Naciones. Fotografía por Camilo Díaz – @camilodiazphotography

Esa semillita que se plantó hace casi 40 años en Colombia, creció y dio frutos que han echado raíces en otros países. Su desarrollo se basó en el sentido familiar, el apoyo y el cariño dentro del pequeño nicho que lo practica. Su red de networking sobrepasa las barreras del lenguaje y la distancia, con empatía y generosidad hacia desconocidos que solo tienen una cosa en común: la enfermedad del rugby subacuático. Ricardo, con una sonrisa de orgullo, lo acepta: “Somos una secta que siempre está dispuesta a ayudar. Eso fue lo primero que aprendí cuando empecé”.