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Crónicas sobre las drogas

Desde la celebración de las sustancias psicodélicas hasta investigaciones sobre los abusos en la guerra contra las drogas, ROLLING STONE ha cubierto la compleja relación de los Estados Unidos con los narcóticos
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En 2010 Rolling Stone mostraba la nueva economía de la marihuana en EE. UU.

Gorman & Gorman

En octubre de 1967, cuando se iba a imprimir el primer ejemplar de ROLLING STONE, el pequeño equipo de la revista se enteró de una impresionante noticia: algunos miembros de Grateful Dead habían sido arrestados por posesión de marihuana en su casa comunal de Haight-Ashbury, a pocos kilómetros de las oficinas de la revista en San Francisco. “Fue muy extraño”, recuerda el fotógrafo Baron Wolman. “La oficina de fianzas quedaba doblando la esquina de nuestra sede, entonces fui hasta allá y los encontré pagando”. El fundador y editor Jann S. Wenner le dijo a Wolman que le tomara una foto a la banda, y el propio Wenner escribió la historia para el primer ejemplar, en la que se describía a ocho agentes antinarcóticos que “no tenían autorización y derribaron la puerta principal luego de que se les negara la entrada”.

Para ese entonces el rock & roll y las drogas se habían vuelto inseparables. Los Beatles y Bob Dylan cantaban o hablaban de la libertad creativa proveniente de la experimentación con sustancias psicodélicas; los fans armaban porros sobre las portadas de discos y se “ponían a tono” oyendo Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band y Blonde on Blonde.

No en vano, la cobertura del tema de las drogas se volvió parte de la revista desde el comienzo. “ROLLING STONE nació de la cultura de las drogas”, dice Wenner. “Este era un asunto que tenía que ver con nuestra misión de cubrir la cultura juvenil y la generación de los babyboomers”.

Una de las primeras portadas prometía 40 páginas llenas de MARIHUANA, SEXO Y EMOCIONES BARATAS. Una sección llamada “Dope Pages” ofrecía consejos y noticias, como, por ejemplo, los primeros esfuerzos por legalizar la hierba en Canadá. El quinto ejemplar promocionaba un regalo muy peculiar para los suscriptores: una horquilla (“¡Este práctico accesorio puede ser suyo sin ningún costo! ¡Apresúrese antes de que esta oferta sea ilegal!”). En las páginas de la revista, los rockeros tenían la libertad de hablar de marihuana o de prender un porro durante las entrevistas. “ROLLING STONE fue uno de los primeros espacios en donde la gente admitió fumar marihuana abiertamente”, dice Robert Greenfield, quien por ese entonces era editor asociado de la oficina de la revista en Londres y quien más adelante lograría una entrevista con el rey del LSD e ingeniero de sonido Owsley Stanley.

“Gente como Timothy Leary iba a la cárcel debido a la marihuana. Pero en ROLLING STONE había personajes que estaban dispuestos a hablar acerca de su uso, y eso era bastante valiente en esa época”.

No obstante, los reportajes sobre drogas de la revista no siempre eran ligeros. “Queríamos tener un cubrimiento responsable”, dice Wenner. “Debíamos ser directos con lo divertido que era, pero también con los peligros”. Basada en cuestionarios entregados a tropas estadounidenses ubicadas alrededor del mundo, la historia de portada de 1968 de Charles Perry Is This Any Way to Run the Army – Stoned? exploraba el uso de marihuana por parte de soldados en Vietnam. “El Ejército ha sacado chicos del colegio y los ha llevado a lo que parece ser un paraíso marihuanero en la tierra”, escribió Perry. “En Vietnam uno puede comprar marihuana ya procesada en cigarrillos, en paquetes de 10 (los cartones contenían 200) que cuestan un dólar”.

Una historia de 2007 examinaba los épicos fracasos de la Guerra contra las drogas.

En EE. UU. la administración Nixon estaba comenzando una segunda guerra contra los ciudadanos. En 1971 el presidente declaró un “ataque a gran escala al problema del abuso de drogas en EE. UU.”, y creó la Administración para el Control de Drogas [DEA por su sigla en inglés]. En 1972, en una historia de dos partes titulada The Strange Case of the Hippie Mafia, el escritor Joe Eszterhas reveló el constante acoso por parte de fiscales locales a la Hermandad del Amor Eterno, una comunidad hippie californiana, al llamarla “una Cosa Nostra en jeans” (en una redada solo se encontró una balanza, una carta que “hablaba de un individuo que fumaba marihuana” y “una horquilla que tenía residuos de la hierba”). “El país estaba completamente polarizado, y la Hermandad se convirtió en un ejemplo de esa polarización”, dice Eszterhas. “En aquellos años, en Laguna Beach había una especie de guerra entre los residentes conservadores y la gente de pelo largo; era seria y ocasionalmente letal”.

La revista también llevó a cabo investigaciones acerca de las esquinas más oscuras del abuso, en donde se incluían informes del aumento de la cocaína, la heroína y los Quaaludes. “Éramos muy consistentes al cubrir el lado negativo”, dice Wenner. “Desde un comienzo asumimos la posición de que las drogas fuertes eran dañinas”. En un relato desgarrador acerca de la propagación del freebasing [crack], Perry describió cómo un adicto “se convenció de que podía ver ‘anticuerpos negros’ en sus músculos haciendo que salieran de su piel unos peligrosos gusanos blancos. Examinó los anticuerpos y los gusanos con un microscopio y comenzó a extraerlos con una jeringa y unas pinzas y los puso en unos tubos de ensayo para documentarlos”.

Un viaje largo y extraño

El artículo de 1983 de Anthony Haden-Guest The Young, the Rich and Heroin retrataba de manera sombría popularización de esta droga en los opulentos años 80 de Ronald Reagan.

El presidente había reformado la Guerra contra las drogas. Su Ley Contra el Abuso de Narcóticos de 1986 instituyó sentencias mínimas obligatorias, entre las que se incluían cargos federales por posesión de crack y cocaína. Durante la siguiente década el número de personas encarceladas por delitos relacionados con drogas creció seis veces, llegando a casi 300 mil. En un editorial de 1990, Wenner llamó a la Guerra contra las drogas “Nuestro próximo Vietnam”, y escribió que “a pesar de las décadas de prohibición y de los esfuerzos de imposición de la ley, que han costado billones de dólares, hay más drogas y sangre en las calles que antes”.

La exposición de 1992 de Mike Sager The Case of Gary Fannon hablaba de un chico de 18 años de Michigan sentenciado a cadena perpetua por arreglar un negocio de cocaína con un policía encubierto. La revista abogó abiertamente por la liberación de Fannon; en 1996 el tribunal consideró su arresto como una trampa.

Para una edición especial en 1994, Wenner decidió invitar a Ethan Nadelmann, fundador de Drug Policy Alliance, para que coescribiera la historia de portada, que hacía un llamado a una “una nueva política para las drogas”, que descriminalizara las pequeñas cantidades de marihuana y “dejara de llenar las cárceles con pequeños distribuidores y consumidores desafortunados”. “Fue importante hacer un ejemplar acerca de la política”, dice Nadelmann, resaltando que la portada estaba dominada por un claro titular acerca de las drogas en los EE. UU. “Esta es una publicación famosa por su cobertura en artes y música en la que, en este caso, la portada no tenía una celebridad, sino unas palabras acerca de la Guerra contra las drogas”.

El artículo de Benjamin Wallace-Wells How America Lost the War on Drugs relataba 35 años de desperdicio fiscal, y hacía un énfasis en los excesos de 12 mil millones de dólares anuales de la era de George H. W. Bush (padre): “Aviones de combate para luchar contra los carteles colombianos, submarinos para perseguir botes con cocaína en el Caribe… Los EE. UU. vencerían a su enemigo con torpedos y F-16”. Sin embargo, como lo señala Tim Dickinson en Why America Can’t Quit the Drug War de 2016, “la infraestructura más profunda de la Guerra contra las drogas permanece igual con Obama”, quien entre otras cosas incrementó los gastos para el control. “Nunca hemos tenido miedo de decir lo estúpida que ha sido la Guerra contra las drogas”, dice Dickinson.

Dickinson también recuerda cómo la marihuana medicinal fue recibida con sorpresa: “Los reporteros de la Costa Este pensaban que cualquiera que quisiera usar marihuana medicinal era solo un hippie tratando de engañar a la gente”, pero en 2010, Marijuanamerica de Mark Binelli ofreció una mirada a la forma como la marihuana medicinal se había convertido en una fuerza económica, al describirla como “un momento particularmente transformador” para “una extraña mezcla de forajidos honestos, estafadores, desertores conscientes y tipos intimidantes con armas de fuego, que ahora tienen que adaptar sus habilidades a un entorno legal y económico siempre cambiante”.

Ahora la marihuana medicinal es legal en 29 estados, mientras que en otros es aceptado su uso recreativo. “Es un mundo diferente”, dice Dickinson. “Los centros comerciales ahora tienen una farmacia, un supermercado y un dispensario”. Y aunque Donald Trump y su fiscal general, Jeff Sessions, dan indicios de querer volver a los peores días, estamos viendo hacia dónde se dirige esto”, comenta el autor. “Tenemos que estar alerta”, como dice Wenner. “Hemos hecho nuestra parte y nuestro público está con nosotros”.