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Cuando los desaparecidos hablan desde los escombros: La sombra de Orión

A partir de una exhaustiva investigación, Pablo Montoya cuestiona el modelo de sociedad implementado en Medellín, la ciudad donde creció. El autor apunta a una sociedad en la que aparentemente se ha privilegiado el progreso económico a costa de la alianza con grupos paramilitares, desigualdad y desapariciones forzadas para los más pobres
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Jesús Abad Colorado

El 16 de octubre de 2002, el Estado colombiano junto con el bloque Cacique Nutibara de las Autodefensas Unidas de Colombia se tomó a sangre y fuego los barrios de la Comuna 13, al nororiente de Medellín.  Según lo publicado por el Centro Nacional de Memoria Histórica en octubre de 2015, “De acuerdo con las declaraciones de alias ‘Don Berna’, en esta operación hubo participación de paramilitares que habían realizado un trabajo previo de inteligencia y acompañaban a la Fuerza Pública en sus labores de allanamiento y captura de supuestos colaboradores de la guerrilla”.

De esa toma quedaron cifras de civiles muertos (incluyendo varios menores de edad), heridos, pobladores detenidos de forma arbitraria y desplazados. Sin embargo, la montaña que corona esta comuna esconde otro número, uno aterrador: el de desaparecidos. Allí, en lo que se conoce como ‘La Escombrera’, paramilitares, milicias y grupos armados del narcotráfico han enterrado cientos (se calcula) de cadáveres.

Por esa época, agosto de 2002, el escritor Pablo Montoya volvía a Colombia desde París, donde había vivido varios años. Y fue en ese momento en que se comenzó a gestar La Sombra de Orión (Random House, 2021), su nueva novela que relata no solo los horrores de esta intervención, sino el precio que tuvieron que pagar cientos de familias para que el Estado tuviera presencia en estos barrios y la historia de cómo este territorio, históricamente, ha sido el hogar de colombianos desplazados y víctimas de la violencia.

Este libro recoge un catálogo, un coro armado por las voces de desaparecidos que hablan elocuentemente, y que están más vivos que los vivos. También desnuda las responsabilidades de las milicias, la fuerza pública y los paramilitares por desangrar ese territorio.

¿Cuánto tiempo le tomó hacer la investigación para escribir la novela?

Yo creo que el libro se comenzó a gestar cuando regresé de Francia a Colombia en el 2002, que es lo que le pasa a Pedro Cadavid (el protagonista) al principio de la novela, en el sentido en que yo llegué aquí como profesor de literatura en la Universidad de Antioquia y me encontré con una ciudad completamente turbulenta, sumida en una especie de guerra urbana muy compleja. Entonces, a los dos meses, o menos, comenzó la operación Orión, y yo vivía en ese entonces en el barrio Calansanz, que colinda con la Comuna 13.

Paulatinamente comenzó el asunto de los desaparecidos de La Escombrera y eso ya fue inquietándome muchísimo más, indignándome, sobre todo, el asunto de cómo había sido la Operación Orión, tan celebrada por todos los medios. Y al ver su consecuencia, que era la desaparición forzada, a mí eso me llenaba de mucha rabia, me incomodaba mucho. Pero lo que dispara la decisión de escribir sobre este asunto, la novela, yo lo ubico en un episodio en 2015, cuando me gané una beca de escritores en una ciudad pequeña de Francia (Saint-Nazaire) y fui allí dos meses a escribir. Estaba comenzando a escribir La Escuela de Música (Random House, 2018), recuerdo. Estuve en un apartamento que me ofrecieron, y allá me sucedió un episodio de insomnio. El apartamento estaba cargado de energías negativas, no dormía muy bien. Entonces, para sortear esas noches, leí un libro que se llama Dora Bruder del escritor Patrick Modiano, que gira en torno a la búsqueda que hace el escritor de una desaparecida en la París ocupada por los Nazis, una adolescente judía que finalmente es enviada a Auschwitz y el narrador hace una pesquisa de esa desaparecida a través de información muy fragmentada que él encuentra en archivos, y la novela cuenta todo ese proceso, una novela corta muy bella. Después de que terminé esa novela sentí que los espíritus de La Escombrera pasaban el océano, llegaban al apartamento, me tocaban la puerta y me decían, “Bueno, señor, ¿por qué no se ocupa de nosotros?”. Ahí fue cuando tomé la decisión de que, luego de terminar La Escuela de Música, me dedicaba completamente a escribir La Sombra de Orión.

¿No cree que esa fosa a cielo abierto que es La Escombrera es una metáfora macabra de la moral colombiana que echa la tierra, los problemas, debajo del tapete?

Sí. Las élites y las personas que gobiernan se han encargado de ocultar la realidad. Te cuento que una vez me gané el premio José Donoso (en Chile) y yo di un discurso muy fuerte sobre lo que pasaba en Colombia, y allí estaba el embajador de Colombia en Chile en primera fila. Luego fuimos a almorzar y me dijo “Pablo, ¿para qué decir esas cosas en esos escenarios?”, y le respondí que es en esos escenarios donde hay que decirlas y yo no estaba diciendo mentiras.

Medellín es una ciudad que ha sido manejada por los empresarios, políticos empresarios, empresarios pedagogos, etcétera. Entonces los empresarios, que son un motor de la ciudad, eso no hay que negarlo, quieren convertir a Medellín en un centro glamuroso, visible, como ejemplo. Pero todo eso ha tenido un costo muy alto, el que quieren negar, el que no quieren reconocer. Reconozcamos que pasamos por una época muy turbia, muy complicada, que se nos quemó el cuerpo completamente en esa violencia y que la manera en que la resolvimos no fue la más equilibrada, fue brutal.

La Operación Orión fue brutal desde todo punto de vista y eso lo hemos dicho muchas personas, pero la gran mayoría (ese gran conglomerado económico que estoy diciendo, social, económico, empresarial, político de Medellín) no se ha cansado de celebrarlo. Yo como escritor pienso que ahí no hay nada que celebrar, ¿expulsar a unos bandidos para meter a otros? ¿Qué pasó con la Comuna 13? La llenaron de paramilitares y por ahí derecho la sociedad de Medellín, el departamento de Antioquia y una buena parte de Colombia se paramilitarizó. El paramilitarismo se legalizó. Somos un país donde los grupos armados paraestatales se reinsertaron a la sociedad, hicieron sus empresas, casi todas de seguridad privada, y ya, son ellos los que nos cuidan, ¡imagínese!

Fueron muy exitosos, hicieron todo muy bien en ese sentido, pero el precio fue muy alto, y el precio fueron un montón de personas, que generalmente hacen parte de los sectores más pobres, que no sabemos dónde están, y el país ha seguido funcionando con eso, o sea, al país los más de cien mil desaparecidos parece que no le importara.


“El paramilitarismo se legalizó. Somos un país donde los grupos armados paraestatales se reinsertaron a la sociedad, hicieron sus empresas, casi todas de seguridad privada, y ya, son ellos los que nos cuidan, ¡imagínese!”


Medellín se ha presentado ante el mundo como ejemplo de cambio, de renovación, de pacificación y de transformación urbana y social, pero ¿cuál ha sido el precio de esa imagen? ¿Hasta qué punto coincide con la realidad?

La Comuna 13 es una comuna que está pacificada, donde ya hay más presencia estatal. Antes de la Operación Orión era muy poca, y mucho antes era nula. A partir de una serie de trabajos, los líderes sociales de esos barrios lograron que el Estado les dieran lo que ellos pedían. Actualmente gozan de buenos servicios públicos y esa es una cosa de la que se jacta Medellín.

La violencia ha disminuido porque de cierta manera se expulsaron esos grupos armados de extrema izquierda. Aquí en la ciudad hay una tendencia muy clara en las autoridades de que toda idea laica, toda idea democrática, socialista, son vistas como expresiones del demonio. Es una ciudad completamente conservadora, católica, una ciudad que maneja una idea de que la gente es muy hospitalaria, muy amable, pero es una ciudad con unos grandes problemas frente a la modernidad. En Medellín, sus élites manejaron tan torpemente la ciudad durante el siglo XX que la ciudad se volvió un infierno. Las élites no supieron gobernar la ciudad y se llenó de narcos, de bandas delincuenciales, de milicias y de paramilitares. El problema es que esas élites, para organizar la ciudad que tienen ahora, se aliaron con estos grupos paramilitares para expulsar esas “excresencias” guerrilleras que había en los barrios populares y que les estaban impidiendo hacer la ciudad que ellos querían, que es esa ciudad que quieren mostrar por todas partes: un centro financiero, Colombiamoda, las grandes empresas y hacerle creer al mundo que es una ciudad equilibrada y que tiene una gran desigualdad social. Basta con ir a los barrios populares. Y yo pienso, ¿qué es esto? ¿Una pacificación para seguir prevaleciendo la desigualdad social tan enorme que hay? La comuna 13 ha sido una comuna estigmatizada después de la Operación Orión, sus habitantes son estigmatizados en los otros sitios de Medellín. La comuna está maculada.

La novela también va en ese sentido, de cuestionar ese modelo social, ese modelo identitario, ese modelo triunfalista, ese modelo en el que creen que están haciendo las cosas bien pero finalmente hay un montón de baches y uno de esos es la desaparición forzada. Ese es uno de los más grandes problemas que tiene la ciudad, el departamento y el país, porque ahí es cuando la cosa se va ampliando, y la sombra de Orión y particularmente La Escombrera no solamente es una metáfora siniestra de Medellín, sino del país. Es el país es el que se refleja allí en ese lugar llamado La Escombrera. Es un depósito de escombros, y hay un montón de muertos que no se pueden encontrar.

Marcela Sánchez

Hay un momento en la novela en la que el protagonista se pregunta por la utilidad de su literatura, de la poesía, ante las injusticias y los problemas del mundo. En Colombia, ¿qué puede hacer un escritor para ayudar a cambiar el horror y superar la violencia?

Esa es la pregunta fundamental de La Sombra de Orión, también de Tríptico de la Infamia y una buena parte de mis libros, ¿qué puede hacer el arte en medio del horror? ¿Tiene una función?, digamos que sí, que exista, que se presente la obra literaria, la música, la pintura. Pero la pregunta es eso frente a Colombia y frente a lo que está sucediendo hace tanto tiempo, que no paramos, que no hemos encontrado como colectividad la manera de frenar la violencia.

El Gobierno colombiano se ha presentado como una democracia, como un país que defiende las instituciones, un montón de explicaciones que, cuando uno confronta la violencia del país, uno dice, ¿qué pasa?, ¿qué tipo de democracia es esta? Es un país que funciona dentro de la anormalidad de la violencia. Hemos encontrado ese camino y me parece perverso, esa manera de vivir que tenemos los colombianos frente a la violencia, la hemos asimilado, nos hemos acostumbrado a ella, ya nos importa un pepino que asesinen, que masacren. Entonces ahí es donde nace esa pregunta que yo me formulo o que tú haces, ¿hasta qué punto escribir, hasta qué punto lo que hace Pedro Cadavid con el catálogo de desaparecidos de La Escombrera, funciona?, ¿hasta qué punto la poesía sirve para enfrentar la violencia? Sobre todo, cuando esta sigue. Hay miles de desaparecidos en el país y se sigue como si nada. Festejamos cuánto tiempo la política de seguridad democrática cuando produjo miles de desaparecidos, eso sin hablar de los falsos positivos.

Entonces, frente a esa realidad Pedro Cadavid, en la medida en la que va conversando y va viendo todo ese panorama, él dice “yo tengo que escribir”. El país sigue, la economía sigue, funciona, aunque hay una gran desigualdad social, pero funcionamos: las universidades funcionan, el comercio funciona. Antes de la pandemia las cosas estaban muy complicadas porque había un gran movimiento social de protesta, pero la pandemia favoreció a los políticos que están conservando ese orden. Yo creo que esta situación de la pandemia va a pasar y este país se va a encender completamente si no hay un cambio, una actitud colectiva de pasar la página de la violencia como tenemos que pasarla y no echarle tierra encima, como hicimos con La escombrera.


“Hay miles de desaparecidos en el país y se sigue como si nada. Festejamos cuánto tiempo la política de seguridad democrática cuando produjo miles de desaparecidos, eso sin hablar de los falsos positivos”.


A propósito de ese catálogo de desaparecidos que menciona y que aparece hacia el final del libro, son ellos y sus familiares quienes toman la palabra y narran en primera persona, como hizo Edgar Lee Masters en Antología de Spoon River, ¿qué lo llevó a darles la palabra?

En la novela pensaba que tenía que introducir a un personaje, que es Pedro Cadavid, y que adentro se iba a contar también el proceso de escritura de la misma novela. Ese proceso está consignado en el catálogo de los desaparecidos, que es cuando Pedro, en la medida en que lo escribe, se está preguntando cómo hacerlo, y como él es un profesor de literatura y tiene una serie de conceptos literarios en su cabeza, en un momento piensa en hacer un catálogo donde todos los desaparecidos hablen desde la fosa. Entonces habla de esa tradición literaria que parte desde el Gilgamesh, que pasa por la Eneida y La Divina Comedia, tantos libros en los que aparecen los muertos hablando, o el escritor que baja al lugar donde están los muertos. Entonces en un punto pensé en darle la voz a los desaparecidos y Pedro dice “no, no puedo hacerlo”, y ahí es cuando cita a Rulfo, a Lee Masters y a otros más. A mí me parecía que hacer el catálogo de desaparecidos y darles la voz a todos los muertos era un poco monótono, entonces una forma de abordar ese capítulo tan largo era jugar con las voces narrativas. A veces son muertos que le hablan a Pedro desde La Escombrera, pero a veces son los familiares de los desaparecidos, otras veces los victimarios. Se me ocurrió hacer una confluencia de voces, una especie de polifonía, tanto de vivos como de muertos, y todo esto regulado, de alguna manera, por Pedro, que es el escritor finalmente.

En otro momento, Pedro va a la biblioteca de Belén para hablar sobre los mitos griegos, y siendo así, parece que en Colombia se aplicara muy bien el mito del eterno retorno: los grupos armados se multiplican, los narcos crecen, el Estado no tiene presencia en las zonas más apartadas del país, se aniquilan a los grupos de oposición…

Sí, hay una sensación de continuidad. No hay una política clara de resolver el asunto de la violencia. Es un país que encontró su manera de funcionar a partir de ese desequilibrio permanente. Es una colectividad muy anestesiada, indiferente. No sé si es que tenga miedo, porque hemos tenido una élite muy represora, unos gobiernos muy agresivos con las manifestaciones de descontento, varios, no solamente el de Duque, sino el anterior, y el anterior, y el anterior…, pero ¿de quién es la culpa entonces?, ¿de las élites solamente? No, de los que los eligen, de los que votan por ellos. Es un país que vive en medio de la anomalía. Entonces lo que sienten las nuevas generaciones es que es lo mismo, que del 2002 (que es el año de la Operación Orión) al 2021 como que no ha cambiado nada, nos hemos llenado de muertos. Sin embargo, hay sectores de la sociedad que viven bien, sus hijos van a los mejores colegios, se ganan su sueldo, tienen grandes fincas, el paisaje es precioso…

Cadavid entra a la Comuna 13 hablando sobre los griegos antiguos porque a él le parece que una de las formas de abordar la violencia actual es basándose en los mitos antiguos y ahí hay un intertexto interesante que quisiera plantearte que es el intertexto de Sófocles, que es quien propone el epígrafe de la novela que es sacado de Edipo Rey, que me parece que es indicadísimo, no solamente para Medellín sino para Colombia: “Un Dios armado de Fuego ha embestido la ciudad”. Ese Dios son todos los grupos armados, ahí no se salva ninguno. Han sido brutales los policías, los soldados, los paracos, las milicias, las bandas delincuenciales. Y todos han embestido la ciudad.

Entonces me parece importante que el lector entienda que esos mitos griegos le permiten a Pedro enfrentar la Comuna. El otro mito es Antígona, que es la manera en que Sófocles está hablando de la necesidad que tenemos los seres humanos de enterrar dignamente a nuestros seres queridos y eso es lo que no se les ha permitido a los familiares de los desaparecidos.


“Nos han dicho siempre que los paramilitares no existen y la ciudad está llena de ellos por todos lados. Es un modelo social narcoparamilitar, y Fajardo es uno que de los que ha permitido eso”.


El año que viene hay elecciones presidenciales, y en el panorama político actual pareciera que la división de los llamados “alternativos” va a permitir que esas élites que menciona sigan gobernando y el cambio, entonces, nunca llegue. ¿Cuál es entonces en rol de líderes como, por ejemplo, Petro o Fajardo para frenar esa repetición?

Mira lo que querían los grandes dirigentes de las FARC, estar entre las élites, y están ahí gobernando. Al menos se dieron cuenta de eso y dejaron de asesinar.

Tratándose de Fajardo, no creo en ese político. Me parece que es un político pintado en la pared, que habla de transparencia, de decencia, pero es un tipo con relaciones muy turbias, y eso se demostró claramente en sus periodos de alcalde y de gobernador. Fajardo tiene varios puntos muy conflictivos y uno de ellos es su relación con el paramilitarismo cuando fue alcalde; tenía que negociar con ellos, y lo hizo, pero nunca nos dijo que negoció con ellos. Nos han dicho siempre que los paramilitares no existen y la ciudad está llena de ellos por todos lados. Es un modelo social narcoparamilitar, y Fajardo es uno que de los que ha permitido eso. En realidad, todos los alcaldes de Medellín, desde Luis Pérez hasta el actual, que ha sido más cuestionador con esas élites y sus vínculos con la corrupción. Por eso yo a Quintero le tengo mis críticas, pero me parece bien que cuestione esas élites.  El otro punto tenaz de Fajardo es Hidroituango. Ahí se muestra claramente que es un candidato de las élites de Antioquia. Se ha querido distanciar del uribismo, pero tiene un periodo en que en sus columnas de opinión no paraban de elogiar la política de seguridad democrática, de la que él es un continuador.

Y Petro, bueno, es un personaje muchísimo más inteligente, que tiene el país y el mundo en la cabeza, pero es de una excesiva vanidad. Él se está poniendo a pelear con medio mundo y eso le está haciendo daño. La gente tiene temor de Petro, pero ¿cuál gente? Esas mismas élites. Los intelectuales, los empresarios, los políticos lo demonizan. Es muy difícil que llegue a ser presidente, y si llegase a serlo no lo van a dejar gobernar.

Vargas Llosa acaba de publicar un artículo vergonzoso sobre Colombia. No es que tenga demencia senil, como dicen algunos, no. Es un hombre claramente reaccionario y desconoce la historia del país. Decir que en Colombia nunca ha habido corrupción en las elecciones presidenciales, que solamente hubo en la época de Rojas Pinilla, demuestra una gran ignorancia del país. Entonces a Petro lo pueden elegir presidente, pero le van a robar las elecciones, como dice él que se robaron las pasadas elecciones presidenciales.

Entonces, al ver el circo de la política colombiana, yo estoy completamente decepcionado de ese mundo. Pero sé que soy un ciudadano y que mi voto importa, entonces me pregunto ¿por quién votar? Muchas veces he pensado en pedirle una cita a Petro para tomarnos un café y decirle, “Hombre,¿por qué no te calmas un poquito?”. Pero bueno, ese hombre es muy valiente de soportar todos esos ataques que le han hecho, todas las infamias que han cometido contra él, porque yo sí pienso que él es hombre limpio, transparente políticamente hablando. La mera propuesta suya frente al cambio climático merece todos mis elogios. Esa propuesta de encaminar el país hacia lo que verdaderamente importa ahora, que es el cambio climático, ya es un asunto que me inclina hacia él.

Hay una frase de Theodor Adorno que ya raya en el cliché, pero que propone una inquietud en nuestro caso: “Escribir poesía después de Auschwitz era una barbarie”, entonces en el caso de Colombia ¿qué hacemos? Porque nuestra barbarie no ha acabado.

Pues yo escribí La Sombra de Orión y siempre pensaba en esa frase de Adorno. A él le tocó pasar por esa época terrible que fue la Segunda Guerra Mundial y ver cómo su país, que era símbolo de la inteligencia, se convertía en un nido de criminales.

Inclusive en Auschwitz se hizo cultura, se hizo música, en los campos de concentración se escribió poesía y se pintaron cuadros. Frente al horror, las personas siempre reaccionan, sobre todo los artistas. Ahora, yo no sé si lo hacen pensando que van a resolver el horror. Es una actitud frente a él. Entonces está esa ambigüedad: lo de Auschwitz es tan terrible y lo que ha sucedido en Colombia es tan terrible, que supuestamente eso elimina toda posibilidad artística. Pero, al mismo tiempo no. Uno habla con los familiares de los desaparecidos de La Escombrera y esas mujeres escriben poesía, escriben cuentos, tejen, se reúnen para hablar y para cantar. La fuerza de la vida es y está presente siempre. Ahora, que eso pueda cambiar las estructuras del poder que causan el horror, pues yo no sé. Creo que después de la Segunda Guerra Mundial fue tan duro el golpe que esos países decidieron hacer la paz entre ellos.

Hay que cambiarlo todo, renovarlo todo. Los mitos dicen que la renovación se produce en la humanidad con una catástrofe, como con el diluvio. El eterno retorno, la humanidad se descompone y vuelve otra vez. Es la única manera, podemos decir, en que podemos acceder a una esperanza.

Esa reflexión de Adorno hay que tenerla en cuenta. Yo la tuve en cuenta y sin embargo escribí esta novela, que también propone unas posibilidades. No todo es oscuro en La Sombra de Orión. Está el amor, está la resistencia pacífica, civilista, el trabajo del arte, la necesidad de volver a la tierra y tener una relación armónica con ella, y eso último lo hemos perdido. Creo que en ese distanciamiento con la tierra también está una de las causas de nuestra desgracia.