fbpx

El COVID-19 nos traumatiza a todos: ¿cómo lo superaremos?

Nos sentimos indefensos, desorientados y decepcionados por las personas que se supone que nos deben proteger, y necesitaremos otro tipo de vacuna para curar eso
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
No es solo el virus; vivir la pandemia tendrá impactos duraderos en nuestra sociedad.

Steve Sanchez/Pacific Press/Shutterstock

Cuando tratas con una pandemia, el foco tiende a ser prevenir el contagio y tratar los dolores físicos que conlleva, y con toda la razón. Pero hemos aprendido en los últimos dos meses que el impacto psicológico y emocional del COVID-19 también debilita. Afortunadamente, estamos en un mejor momento comparado con hace cuatro semanas, entendiendo nuestra fatiga moral e identificando esos sentimientos de pérdida y tristeza que nos cobijan. Aunque puede ser abrumador pensar cómo será la vida una vez acabe todo esto (teniendo en cuenta que todavía no sabemos cuándo saldremos), debemos considerar cómo esta crisis de salud pública nos impactará como sociedad. Puede que sea contradictorio, pero mientras avancemos en esta pandemia, puede ser de mucha ayuda mirar al pasado en cómo los humanos han tratado los traumas colectivos.

El concepto de trauma colectivo no es nuevo, pero la mayor parte de lo que sabemos de eso es del trabajo clínico de las primeras y segundas generaciones sobrevivientes al Holocausto, dice la Dra. Molly Castelloe, una experta en psicología de grupo. Pero antes de la Segunda Guerra Mundial, hay numerosos ejemplos de traumas colectivos a lo largo de la historia; bombas atómicas, guerras civiles, separaciones familiares, etc. “La impotencia es la emoción central más compartida en la experiencia”, revela Castelloe a ROLLING STONE. 

Entonces, ¿qué significa un trauma colectivo? Según Castelloe, cuando un gran grupo de personas sufre un trauma masivo, hay emociones compartidas que crea lazos muy fuertes. “Es una experiencia compartida de impotencia, desorientación y pérdida”, explica. “La amenaza nos identifica, más allá del hecho de que los individuos tengan diferentes contextos, mecanismos, capacidades de resiliencia y personalidades”. En algunos casos, el trauma colectivo puede ser transgeneracional, lo que significa que algunas personas heredan su trauma a los niños, con sus historias, su trato y su afecto. 

Hoy experimentamos el trauma colectivo del COVID-19, revela Castelloe. “Es una catástrofe de salud pública, un fracaso de la democracia y sus ideales. Las muertes son tantas que ya se han convertido en un trauma diario entre nosotros”, explica. 

Según el Dr. Gilad Hirschberger, un profesor de psicología del Centro Interdisciplinario de Israel, hay diferentes tipos de traumas colectivos. Por ejemplo, el 9/11 fue muy inmediato, con una serie de hechos desafortunados que ocurrieron en un mismo día. Y aunque los estragos de esos ataques terroristas se quedaron un tiempo, la amenaza fue muy extrema pero por un cortísimo periodo de tiempo. Sin embargo, la pandemia del coronavirus es “mucho menos extrema, pero muchísimo más prolongada que el 9/11”.

Aunque la pandemia de gripe de 1918 ocurrió hace más de una década, la incredulidad de la mayoría con respecto a controlar el brote fue parecido a lo que experimentamos hoy. “No tenemos medicina por el momento, no tenemos una vacuna”, dice Hirschberger. “No tenemos nada para repeler el virus, excepto nuestro sistema inmune, entonces cada uno se debe enfrentar por sí mismo a la enfermedad”. Los métodos para detener la propagación del virus, como el distanciamiento social y la prohibición de aglomeraciones públicas, también fueron las estrategias principales en 1918. “Lo único que tenemos ahora es la esperanza de que podamos recuperarnos a partir de la medicina y seamos capaces de crear una vacuna, en algún futuro cercano”, añade. 

En 1918 era más complicado, porque coincidió con la Primera Guerra Mundial, señala la Dra. Monica Schoch-Spana, una médica antropóloga y experta en salud pública de la Universidad Johns Hopkins. “Cuando la gripe se acabó, las personas estaban absortas en una especie de amnesia colectiva”, le cuenta a ROLLING STONE, asegurando que la gente todavía estaba procesando el trauma bélico. 

Hirschberger es optimista con respecto a emerger la economía y el ámbito social, después de aprender lecciones valiosas. Estamos lidiando con las consecuencias que ignoramos desde hace unas décadas. “Hablo en términos de entender nuestra falta de conexión y entender los problemas que parecen pequeños ahora, pero que se pueden desarrollar a lo largo del tiempo en algo peligroso y que debe ser detenido. Creo que esa comprensión puede ser una consecuencia positiva de todo esto”. 

Parte de lo que ocurre cuando se trata un trauma colectivo es que las personas intentan identificar tanto a las víctimas como a los responsables del problema, y así crear una narrativa breve de la fuente del trauma. Y las cosas se pueden poner más turbias cuando intentan identificar a los culpables. Siempre tiene que haber un “villano” o “un tipo malo” que se debe hacer responsable de las muertes y el decrecimiento de la economía. Como era de esperarse, la identidad detrás de los grandes problemas que nos atañen depende de a quién le preguntes. Para algunos, es la cantidad de dinero malgastada por el Gobierno, para otros es el sistema de salud pública y la administración actual por cómo han manejado la crisis. Mientras tanto, otros se enfocan en culpar a China como los mayores responsables de todo.

“Creamos monumentos o lo que sea que quede de nuestros sentimientos”, dice Volkan sobre las memorias que quedan de las crisis globales. “La introspección es una parte vital del desarrollo y del proceso: poder mirarnos y tolerar el dolor, los sentimientos, los lamentos, la decepción y las culpas. Lo curioso de los memoriales es que no se tratan de lo que acaba de pasar, sino de cómo eso que pasó nos importa en el presente. Somos sobrevivientes, entonces escogemos qué historia queremos contar”.