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Ilustración por Brian Stauffer

El enemigo está dentro

La raza y la supremacía blanca en la policía estadounidense

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Anita Muldoon sentía que esta podría ser su última oportunidad de ser policía. En 1993, iba de copiloto en una patrulla de Minneapolis cuando su oficial de capacitación le ofreció una evaluación contundente de su reputación, “No eres de confianza, y no lo serás hasta que estés en una pelea física”.

Y dijo que para rectificar esto, tendría que “sangrar” a alguien; a Muldoon se le encogió el estómago. Sabía que sobresalía entre sus compañeros, pero no había entendido todas las razones; era una mujer liberal que se embarcaba en una carrera policial a los 35 años. Desde que llegó al Tercer Precinto, con frecuencia escuchaba términos racistas de parte de sus colegas, y en ese momento, el oficial señaló a un hombre afro que caminaba hacia ellos.

“Ni siquiera tiene que haber hecho algo”, dijo, “te respaldo”. El oficial acercó el carro al andén y la miró para ver si aceptaba su invitación. En respuesta, Muldoon dice que permaneció callada, sin poderse mover del pánico.

 El superior siguió su camino y el silencio entre ellos fue tan tenso, que ella pensó que su carrera había terminado.

Pronto le informaron que había reprobado su entrenamiento de campo. Le envió una carta de renuncia al entonces jefe de policía John Lauz, diciendo que estaba entre más de media docena de oficiales en el Tercer Precinto que le cuestionaban su sexualidad, el color de su prometido y, casualmente, metían comentarios racistas en las conversaciones. También le contó a Rolling Stone que, apenas unas semanas antes de que le pidieran “sangrar” a alguien, otro oficial de capacitación salió de su patrulla, agarró a un joven afro que cruzaba la calle y lo golpeó, justificando su agresión con que antes lo había arrestado.

Narró sus experiencias de racismo dentro del departamento en su carta, y terminó con una advertencia: “Habiendo experimentado el sistema desde adentro, temo por el futuro de esta ciudad”.

Después de que toda una nación se conmocionara con el asesinato de George Floyd, el hombre afro de Minneapolis que fue asesinado por un policía blanco en el mismo precinto en el que Muldoon entrenó, sus palabras fueron proféticas. Después de 27 años, habla públicamente por la muerte innecesaria de Floyd que puso de manifiesto el racismo que había visto de primera mano. “Ya es hora de que los blancos y la policía hablen sobre el racismo que han presenciado”.

El racismo en la policía está profundamente arraigado en la historia estadounidense. “Desde el comienzo, las relaciones entre la policía y las comunidades racializadas han sido negativas”, dice Lorenzo Boyd, un consultor y entrenador policial, y el vicepresidente de inclusión y diversidad de la Universidad de New Haven. “Desde las patrullas de esclavos, la Guerra Civil, el período de Jim Crow, el movimiento por los derechos civiles, la discriminación racial y registro arbitrario, hasta las actuales protestas Black Lives Matter”. Dos manifestaciones muy diferentes en el último año cuentan la historia. Los datos de Bellingcat, un sitio web de inteligencia, enumeran más de 1.000 casos de brutalidad policial en las protestas BLM desde la muerte de Floyd. En comparación, en enero, la policía dejó el Capitolio sin protección contra una multitud casi totalmente blanca de partidarios de Trump, que incluía supremacistas blancos declarados, personas de extrema derecha, neoconfederados, y policías y militares fuera de servicio o retirados. Los miembros de la multitud erigieron horcas en el National Mall, atacaron a los guardias de seguridad y querían colgar al ex vicepresidente.

AJUSTE DE CUENTAS: Anita Muldoon en el Tercer Precinto, el cual fue quemado durante las protestas de Floyd. Fotografía por Andrea Ellen Reed

Una declaración más clara sobre quién asusta o enfurece a las fuerzas del orden público estadounidenses no podría haberse emitido en un memorando. Algunos investigadores que estudian el extremismo han advertido por años que una peligrosa afinidad entre la policía estadounidense, las personas de extrema derecha y los supremacistas blancos se ha formado. Una guía clasificada de políticas antiterroristas del FBI de abril de 2015, obtenida por primera vez por Intercept, decía que “las investigaciones de terrorismo nacional centradas en milicias extremistas, supremacistas blancos y ciudadanos extremistas soberanos han encontrado que, a menudo, estos grupos tienen vínculos activos con agentes de la ley”.

Sammy Rangel, director ejecutivo de Life After Hate, un grupo que busca desradicalizar a los extremistas, dice que la era de Trump ha proporcionado una continua confirmación de esta relación en los mítines políticos. Un oficial en Nueva York presuntamente hizo una seña de “poder blanco” con la mano durante las protestas de Floyd. Algunas fotos de una protesta de 2017 en Portland, Oregon, muestran a un miembro de la milicia de derecha ayudando a la policía en el arresto de un antifascista. En un video de la manifestación Unite the Right en Charlottesville, la policía observa cómo una banda de hombres blancos golpea al manifestante afro Deandre Harris con banderas y postes de metal. Y en Salem, un teniente de policía fue captado en video diciéndole a un grupo de hombres blancos armados cómo evitar ser arrestados, para que “no crean que tenemos favoritos”.

En 2006, un memorando del FBI advirtió a las fuerzas del orden y al ejército que eran el objetivo de una campaña activa de supremacistas blancos y extremistas que intentaban infiltrarse en sus departamentos. El FBI apodó a esos infiltrados “ghost skins” [pieles de fantasma], por mantener fachadas normales para mezclarse y ocultar sus verdaderos objetivos. “Los supremacistas blancos están ahí, en los departamentos de policía, y no se sabe cuánto daño puede hacer alguien así”, dice el exjefe de policía de Pittsburgh, Robert McNeilly. “No hay duda de que están ahí”.

En todo el país, la policía parece haber hecho poco caso a la advertencia del FBI, por lo que es imposible determinar cuántos ghost skins existen. La congresista de California Norma Torres encabeza un esfuerzo por investigar la presencia de supremacistas blancos en la policía. Luchó para que el memorando del FBI sobre los ghost skins se publicara en su totalidad y se actualizara, en parte porque Donald Trump alentó a los “grupos extremistas”, pero también porque ha pasado mucho tiempo desde el memorando original. Los infiltrados ghost skins “podrían ya estar en rangos cada vez más altos, y supervisar el entrenamiento y el reclutamiento”, explica.

Sin embargo, una investigación por Rolling Stone reveló un peligro omnipresente: el frecuente fracaso de los jefes de policía y sindicatos para abordar el racismo en todos los cargos, sin mencionar la amenaza de los supremacistas blancos penetrando secretamente los departamentos de policía. Según investigadores, la falta de acción de las fuerzas públicas ha creado una dinámica aterradora: los supremacistas blancos han tenido gran libertad para infiltrarse en la fuerza policial durante años, aumentando su número y llenando de odio los departamentos. Al mismo tiempo, muchos sindicatos de policías, generalmente dirigidos por jefes blancos, se han resistido a los llamados a la reforma y se han aliado con el ahora expresidente Trump, quien también se ganó la lealtad de grupos políticos de extrema derecha, a menudo racistas. Esta confluencia solo ha debilitado la ya maltrecha y frágil confianza entre la policía y las comunidades a las que sirven. “Siempre ha habido un pensamiento de ‘nosotros y ellos’ en la policía”, dice Boyd. “La delgada línea azul [expresión que representa la posición de la policía en la sociedad] y todo eso. Pero se siente mucho más peligrosa ahora”.

Una noche en 1993, la oficial de policía Gwen Gunter llegó a los lockers del Tercer Precinto y escuchó a una mujer llorar, era Anita Muldoon. “No voy a pasar mi entrenamiento de campo porque me dijeron que debía ‘sangrar a un negro [en el original se usó un término peyorativo]’”, recuerda que la otra oficial le dijo.

Después de que Muldoon reprobara su entrenamiento, envió la carta al jefe de policía detallando el racismo que había visto en el precinto. Según la oficial, el jefe respondió despectivamente, defendiendo el entrenamiento que había recibido y le dijo que se contactara con la División de Normas Profesionales si había presenciado algún abuso. Y precisamente eso fue lo que hizo en la carta que le entregó, ¿no deberían haberla contactado ya si realmente quisieran abrir una investigación? Muldoon interpuso una demanda en contra de la ciudad en marzo de 1994, alegando discriminación y que debería haber sido tratada como una denunciante. La ciudad acordó resolver la demanda con un pago y una oferta de trabajo como especialista en prevención del delito.

La oficial encontró trabajo como policía en la ciudad vecina St. Paul, donde llegó a ser detective de homicidios y sargento antes de jubilarse en 2011. Dice que había grandes diferencias entre los dos departamentos, “En Minneapolis no ocultaban su racismo”. Este no era el caso en St. Paul, que durante años tuvo un jefe de policía afro progresista.

Minneapolis es el ejemplo de todo lo que puede salir mal en un departamento de policía que nunca afronta las cuestiones raciales. Y el asesinato de George Floyd fue la tragedia que atrajo atención nacional a un problema actual que comenzó hace mucho. En abril, el Departamento de Justicia anunció que investigaría a la ciudad y a su departamento de policía, el cual suele ser un precursor de la supervisión y las reformas federales.


“Siempre ha habido un pensamiento de nosotros y ellos en la policía”, dice Boyd. “La delgada línea azul y todo eso. Pero se siente mucho más peligrosa ahora”.


La historia de racismo en la policía de Minneapolis está bien documentada. Meses antes de que Muldoon llegara al Tercer Precinto, en el correo del departamento, todos los policías afro recibieron una carta firmada por el “KKK” amenazándolos. En 2017, cinco policías afro de Minneapolis pusieron una demanda civil en contra de la ciudad y el departamento de policía, alegando un  ambiente de trabajo hostil que incluía discriminación racial desenfrenada en las asignaciones de horas extras, promociones, oportunidades de capacitación y disciplina. La ciudad resolvió la demanda por 740 mil dólares.

Las cifras aumentan las acusaciones de racismo; entre 2000 y la muerte de Floyd el año pasado, el 63 % de las personas asesinadas por la policía de Minneapolis fueron personas afro, a pesar de que esta comunidad solo representa el 19 % de la población de la ciudad. La policía también suele escoger líderes blancos y toscos. Bob Kroll, el último exjefe sindical del departamento, ha sido el centro de varias controversias por temas raciales en la ciudad. Un historial de denuncias en contra de él y de su protección de la policía, lo convirtió en un pararrayos de la conversación nacional que surgió en torno a las protestas de Floyd. Kroll, un hombre de contextura gruesa, se convirtió en presidente de la Federación de Oficiales de Policía de Minneapolis en 2015, después de haber trabajado como oficial en el Tercer Precinto al mismo tiempo que Muldoon entrenó ahí.

Muldoon dice que nunca tuvo mayor interacción con Kroll, pero recuerda que tenía una “gran” presencia. “Sabías cuándo estaba cerca”, dice, y por las interacciones que presenció, él era aceptado por el precinto que la expulsó.

Con una dinámica que se ve en todo el país -en gran parte debido a los acuerdos de privacidad negociados entre sindicatos policiales y políticos-, es difícil tener un historial claro de cada oficial. En el caso de Kroll, su expediente personal publicado a través de la policía de Minneapolis, muestra múltiples elogios por mérito y valentía, incluyendo una vez en la que alejó a un conductor inconsciente de un carro en llamas. Su expediente muestra que también recibió 22 quejas de Asuntos Internos, de las cuales tres resultaron en algún tipo de sanción. La organización sin fines de lucro de Minneapolis, Communities United Against Police Brutality, que publica registros de quejas policiales en línea, enumera 38 acusaciones de mala conducta contra Kroll.

Al comienzo de su carrera, fue acusado por usar términos racistas mientras golpeaba a un joven racializado, esto resultó en una suspensión que fue revertida por el jefe de policía después de que un jurado federal lo exonerara del delito. En 1996, dirigió una fallida redada antidrogas, en la que un traficante de drogas supuestamente disparó contra la policía y esta respondió fuego con fuego. No obstante, las pruebas balísticas revelaron que el sospechoso nunca disparó su arma. El hombre herido, Andre Madison, presentó una demanda alegando que la policía le disparó injustamente, lo golpeó y usó insultos racistas. La ciudad concilió, pero no admitió que se haya cometido ningún delito.

En 2002, Kroll fue el sargento de otra redada, esta vez en la casa de una familia nativa norteamericana, en la que los oficiales del equipo supuestamente sacaron a una mujer embarazada de la ducha por el cuello y la tiraron al suelo sobre su vientre de ocho meses. Una demanda que la ciudad concilió, acusaba a un policía (no a Kroll) de plantar drogas en el lugar.

En otro incidente que terminó en otra demanda, Kroll fue parte de un equipo que ejecutó una orden de detención contra un presunto ladrón armado, aterrorizando a los abuelos afro del sospechoso; tiraron al suelo a un señor de 72 años y apuntaron con un arma a la señora. Un juez desestimó los cargos, diciendo que ningún jurado razonable diría que la policía había usado fuerza excesiva, pero el tribunal estaba “profundamente preocupado” por el uso de términos racistas de los oficiales.

Kroll rechazó ser entrevistado para este artículo y nos remitió con miembros de la junta de la Federación de Oficiales de Policía de Minneapolis, pero finalmente respondió a través de varios correos electrónicos, negando todo. “Me han absuelto de todas las acusaciones injustas”, escribe. “Estoy al final de una condecorada carrera de 32 años”, agrega, “y he recibido 12 medallas y 30 cartas de agradecimiento. Gran parte de eso por servir a personas racializadas… No sé por qué este material archivado es de interés ahora”.

Sin embargo, su historia es una guía para entender los problemas raciales en la policía. Sus declaraciones públicas en algunas ocasiones han resultado destructivas para la relación policía-comunidad. “Mi boca me mete en problemas”, admitió en 2016. Más grave aún, en la demanda de 2007 que interpusieron los oficiales afro, se alegaba que Kroll, quien no era el acusado, usaba una chaqueta de motociclista con un parche de “poder blanco”; él niega rotundamente esto. Asimismo, en 2009, una queja pública llegó a los medios de que miembros del club de motociclistas policías al que Kroll pertenecía, City Heat, usaban símbolos de supremacía blanca, los cuales aparecían en la página web del club, aunque ninguno de los oficiales de Minneapolis fueron vistos usando los símbolos. 

LÍDER DIVISIVO: El recientemente jubilado jefe del sindicato policial de Minnapolis, Bob Kroll, se convirtió en un pararrayos durante la conversación nacional sobre raza que se dio a raíz de las protestas por George Floyd. ELIZABETH FLORES/”STAR TRIBUNE”/AP IMAGES

En un correo, Kroll dice: “Lo cierto es que, en Minneapolis, este es un club de motociclistas policías compuesto por varias razas y que ha recaudado cientos de miles de dólares para beneficiar a la policía o a sus familias. Varias veces han sido para oficiales racializados… No somos una organización racista”.

La acusación contra City Heat pidió una investigación que exoneraría públicamente o limpiaría el club de motociclistas. En respuesta a las preguntas de Rolling Stone sobre si alguna vez hubo una investigación, la policía de la ciudad envió un link de la copia del expediente personal de Kroll. Este tiene varias hojas censuradas, puesto que el departamento no libera registros de denuncias que no resulten en sanciones, y no reveló nada sobre su participación en City Heat o la denuncia por usar un parche de “supremacía blanca”. Más tarde, el mismo Kroll envió un documento de dos hojas de Asuntos Internos confirmando que sí hubo una investigación por su asociación con el club.

El caso se cerró y se clasificó como “sin fundamento para una queja”. El documento dice que “después de mirar la página web, no se encontraron violaciones a la política y el procedimiento del departamento”.

Parece que la investigación se llevó a cabo en silencio. En entrevistas con varios oficiales que formaban parte del departamento en el momento, se descubrió que ninguno sabía de una investigación, ni se realizó ningún seguimiento público y mediático para compartir los hallazgos. La aparente falta de acción o comunicación con el público refleja lo que Cassie Miller, investigadora de extremismo del Centro legal sobre la pobreza sureña (SPLC), llama una dinámica que “verás una y otra vez”, en la que se denuncia alguna señal de racismo y el departamento no responde con la seriedad y transparencia que cabría esperar para ganarse la confianza del público.

Expertos en cuestiones policiales, como el exjefe de policía Delrish Moss -quien se hizo cargo de la policía de Ferguson, Missouri, tras una investigación del Departamento de Justicia de los Estados Unidos (DOJ) que reveló continuos abusos a los derechos humanos-, dicen que las horas del personal son demasiado exigentes para monitorear las actividades en redes sociales y los tatuajes de cada oficial en busca símbolos de racismo o radicalismo. Pero si la policía quiere tomar en serio la advertencia del FBI sobre infiltraciones de supremacistas blancos, deben tomarse las señales de racismo en serio. “Como jefe, si hay un tipo que no me va a dejar dormir de noche, se tiene que ir”, comenta.

Los oficiales de policía, con el poder de encerrar y matar personas, tienen una responsabilidad única e importante en la sociedad, y por lo tanto, deben cumplir con un estándar muy alto. Aun así, tras la advertencia del FBI, los esfuerzos del gobierno federal por monitorear la amenaza han sido “increíblemente ineficientes”, según un reporte del Centro Brennan para la Justicia de la Facultad de Derecho de la Universidad de Nueva York. No hay estimaciones fidedignas sobre cuántos ghost skins han entrado en la fuerza policial, pero la evidencia anecdótica da una imagen de lo que es un fenómeno real, pero limitado.

Frankie Meeink era un matón con una pandilla de skinheads a comienzos de los 90 cuando se enteró de la estrategia de los ghost skins. Dice que se enteró en una campaña de David Duke, el ex “gran mago” del KKK y entonces representante estatal republicano en Luisiana. Duke cambió su bata del Klan por un traje a mediados de los 80, con una retórica poco disimulada sobre las preocupaciones de los “estadounidenses de origen europeo”. Después del fracaso de su candidatura presidencial, se postuló para gobernador de Luisiana en 1991. “Su equipo buscaba voluntarios para la campaña”, dice Meeink. “Y fueron muy claros sobre no traer a nadie que luciera como un skinhead”.

Durante una campaña de reclutamiento, un hombre que dice ser colega de Duke, visitó a un grupo en una casa privada de Filadelfia; Meeink estaba allí. Vestido como un hombre promedio para llevar su visión del mundo a las salas de juntas y más allá, aconsejó a una generación más joven de soldados. Meeink era un adolescente en ese momento, su vida estaba llena de violencia, odio y sentirse rechazado, un arquetipo que luego fue inmortalizado por el personaje de Edward Norton en American History X. El reclutador “nos dijo que fuéramos médicos, abogados, policías, soldados, lo que quisiéramos, como todos los demás, porque eso sería bueno para el movimiento”, cuenta Meeink.

El objetivo era explícito: unirse a la sociedad y normalizar las creencias de los supremacistas blancos. Meeink dice que algunos de los miembros de su pandilla se volvieron policías, pero el mensaje no caló en él. Se salió de lo que los miembros llaman “el movimiento” un par de años después, y contó su historia en Autobiography of a Recovering Skinhead. Sin embargo, la idea de infiltrarse en la sociedad plantó una semilla que creció como hierba en el resto del movimiento. “Los supremacistas blancos tienden a creer que la mayoría de la gente blanca piensa igual”, dice Peter Simi, un profesor de sociología de la Universidad Chapman, quien ha entrevistado a extremistas por más de 20 años. “Así que, ¿por qué no tener las mismas vidas y carreras que los demás?”.

Desde el punto de vista de los supremacistas blancos, las grandes olas en la historia inevitablemente llevarán a una guerra racial, explica Simi. Cuando la gente blanca se sienta más vulnerable al miedo y la ira, mirarán arriba y verán que los supremacistas blancos están ahí con ellos. Si el movimiento tiene éxito, muchos de ellos ya estarán en posiciones de habilidad y respeto, incluyendo soldados y policías. Hay evidencia de que varios de ellos hicieron eso.

En los 90, una pandilla de oficiales de Los Ángeles, apodada Lynwood Vikings, se hizo tatuajes iguales y perpetró olas de violencia en contra de afrodescendientes y latinos. La ciudad pagó millones en conciliaciones, y un juez federal los clasificó como una “pandilla neonazi y de supremacistas blancos”.

En 2001, dos oficiales en Texas intentaron reclutar a un tercero en el KKK, lo que resultó en su destitución. En 2004, un oficial en Luisiana fue despedido por una foto en Facebook en la que hacía un saludo nazi junto a un hombre con una bata del KKK. Un oficial de Filadelfia tocó la batería en una banda skinhead a finales de los 90, antes de unirse a la policía, en la cual continuó sirviendo hasta su retiro hace unos años. (No respondió a peticiones de entrevista).

Robert McNeilly, exjefe de policía de Pittsburgh, recuerda haber tenido un par de policías que tenían creencias o lazos con supremacistas blancos. Un oficial tenía un tatuaje de la bandera confederada y le confesó a un comandante que le enojaba trabajar con personas afro. El otro distribuía literatura del KKK en un centro comercial de la ciudad en su tiempo libre, y también fue descubierto por otro policía usando una esvástica alrededor de su casa. Eventualmente ambos fueron despedidos, aunque el policía del KKK fue destituido por otros cargos.

Bart Alsbrook, exjefe de policía cerca de la frontera Texas-Oklahoma, renunció después de que fuera expuesto en 2017 por sus lazos con Blood & Honour, un violento grupo neonazi-skinhead en Europa y América. Alsbrook negó participación en el grupo, y lo sostuvo para Rolling Stone, diciendo que dejó el movimiento hace casi 20 años. Según el Centro legal sobre la pobreza sureña, habría ayudado con la administración de la compañía de video del grupo, NS88, dupla de la compañía de música, la cual vende música de odio, incluyendo a la banda nazi Screwdriver, cuyo cantante cofundó Blood & Honour.


“La policía es un reflejo de la sociedad. No tenemos un árbol de oficiales de policía del que podamos escogerlos y que sean inmunes a eso. Entonces, el problema más grande es el racismo en toda la sociedad”.


El jefe de policía también apareció en un documental de 2003 sobre el asociado más peligroso de B&H, Combat 18. “Decimos que C18 es básicamente la parte militar de Blood & Honour”, dijo Alsbrook. “La C es por combate, y el número 18 por el alfabeto, uno siendo A y el ocho la octava letra H: AH, las iniciales de Adolf Hitler. Así que cuando lo escribes completo, es Combat Adolf Hitler, lo que representa una fuerza de combate en nombre del nacionalsocialismo y Adolf Hitler”.

Un reportero descubrió que el nombre de Alsbrook también figuraba en el certificado de propiedad de ISD Records y NS88, dos compañías que venden música y videos nazi. Poco después, aceptó la posición de policía en Achille, Oklahoma y en la segunda mitad de 2019 renunció, coincidencia o no, poco después de que nombraran a una persona afro como el nuevo jefe. Todavía tiene una licencia de armas y una placa de Oklahoma.

Que policías con afiliaciones neonazis pudieran conservar sus certificaciones no es sorpresa para Jeff Schoep, quien sirvió más de 20 años como el comandante del Movimiento Nacionalsocialista (NSM), un partido nazi estadounidense, antes de irse en 2019, tras desilusionarse con el movimiento, según él.

Los supremacistas blancos usualmente sienten apatía hacia la policía, por defender el orden social actual. Pero Schoep dice que sabía de algunos miembros del NSM que se volvieron “fantasmas” y se unieron a la policía, e incluso oficiales en servicio o retirados se unían al NSM, una membresía flexible que implicaba el envío de un cheque sin ninguna asociación. Muchos simplemente buscaron información sobre la membresía. “Muchas personas nos llamaban o intentaban ponerse en contacto”, dice el excomandante, “y creo que para muchos de ellos eso era suficiente, simplemente hacer una breve conexión sin arriesgar su trabajo”.

Con esto en mente, Schoep instruía a los miembros a tratar “cordial y respetuosamente” a la policía, para alimentar cualquier simpatía que tuvieran en común. El objetivo era hacer que la policía estuviera dispuesta a pelear de su lado, cuando la guerra racial llegara. “Sabíamos que muchos simpatizaban con nosotros, porque nos lo decían”. Meeink lo comprueba diciendo que usualmente policías le decían que “simpatizaban” con su causa. “Decían cosas como: ‘Entiendo tu motivación, escucho a Rush Limbaugh’”. Según Meeink, eso sucedía tanto hasta el punto en que, cada que se encontraba con un policía, esperaba alguna señal de aprobación.

La relación entre los supremacistas blancos y la fuerza policial, según Miller -la investigadora del Centro legal sobre la pobreza sureña-, está “basada en décadas de estrategias de supremacistas blancos para presentarse como aliados de la policía, y parcialmente basada en creencias políticas que tienen en común”. Los policías tienden a ser conservadores y, políticamente, a luchar por visiones amplias de su poder a través de sus sindicatos. Los grupos de supremacía blanca son de extrema derecha y están de acuerdo con una fuerza policial autoritaria, según la investigadora, a menos que se interponga en su camino. Es algo natural y profundo para algunos policías antes de siquiera enterarse de la violenta ideología racial.

“Terminas en esta situación en la que un policía ve a los de extrema derecha y a los de izquierda, y ve el lado derecho más cercano a ellos y a la corriente estadounidense”. El exteniente de la policía de Minneapolis Lee Edwards, asistió a la fiesta de retiro de un colega en un bar al norte de la ciudad, en la que vio a Bob Kroll con un parche rojo y blanco en su chaqueta de cuero, que decía poder blanco.

Edwards, quien se retiró en 2016, fue uno de los cinco demandantes en la demanda por discriminación presentada contra el departamento en 2007, incluyendo la acusación de que Kroll llevaba el parche. Edwards le dijo a Rolling Stone que confrontó a Kroll de inmediato, señalando su chaqueta y diciendo: “¿Qué significa esto?”.

“Esto significa que estoy orgulloso de mi gente”, respondió supuestamente Kroll. “¿Usted está orgulloso de su gente?”. “Sé lo que significa para mí”, respondió Edwards, un policía afro. “Significa que eres un supremacista”. Según Edwards, Kroll no respondió y se fue del bar, por miedo a que quedarse significara su aceptación.

“El falso reclamo fue investigado y se encontró que era injustificado”, escribe Kroll por correo electrónico. “Me molestó ser sometido a falsos reclamos y no tener ningún dicho en ello”. Agrega: “Sin excepción, los reclamos de los demandantes en los juicios son fabricados por el sensacionalismo de las alegaciones”.

En 2007, otro supuesto incidente terminó en la demanda por discriminación en contra del departamento, diciendo que Kroll comparó al entonces congresista de Minnesota Keith Ellison, un musulmán practicante, con terroristas. En un curso de formación en ética ordenado por la ciudad, Kroll supuestamente dijo: “Estamos en guerra con los terroristas islámicos”, y luego aludió a Ellison.

Gwen Gunter lo confrontó sobre qué implicaba con eso y se metieron en una discusión que llegó a las noticias. Posteriormente, Kroll fue investigado y absuelto por sus comentarios. “Estos reclamos injustificados de hace casi 15 años han resurgido recientemente”, respondió Kroll. “Estoy cansado”. “Hubo varias ocasiones”, según Gunter, “en las que Bob se enfrentaba a una investigación de la que pensábamos que no se libraría, y lo hacía”.

City Heat, el club de motociclistas de policías al que pertenecía Kroll, recibió escrutinio público después de la cobertura mediática en 2009 y se incluyó en el informe de la Liga antidifamación (ADL) de 2011, “Bigots on Bikes” [Racistas en motocicletas]. Pandillas de motocicletas y grupos de supremacía blanca comparten gustos similares en iconografía, según la ADL, lo que dificulta el identificar la verdadera creencia ideológica. Pero la ADL concluyó que no existe tal ambigüedad con los símbolos que usan algunos miembros de City Heat.

El reporte describe fotos de algunos eventos pasados del grupo: “Un miembro utiliza un parche que pregunta “¿Estás aquí para la ejecución?”, una referencia al linchamiento. “El tema del linchamiento se representa en una pequeña soga en cadena que usa junto al parche. Otro miembro tiene un símbolo más común del Ku Klux Klan, la llamada Blood Drop Cross. Y varios miembros usan parches de ‘orgulloso de ser blanco’”. En una foto tomada en una reunión del club, proporcionada a Rolling Stone por la ADL, una mujer usa un parche de motociclista que parece representar una cara afro con un círculo tachado por la mitad.

En los correos, Kroll identifica a las personas en las fotos como miembros de la sección de Chicago de City Heat o decía que no eran miembros en lo absoluto, y añadió que uno se “mudó a Florida”. Un canal de noticias locales en 2009 también señaló que no se veía a ningún miembro de la sección de Minneapolis usando los símbolos. “Ni siquiera sabía qué era la ADL hasta que usted me lo mencionó”, escribe Kroll, y dice que “no estaba al tanto de nada inapropiado” en los parches de algunos miembros del club.

Kroll ha sido despectivo sobre los supuestos símbolos de supremacía blanca, explicando que en 2009 el parche de “¿estás aquí para la ejecución?” hacía referencia a una canción de country, y que la bandera confederada era “bastante popular” en el sur. “Es difícil comprobar el racismo”, comentó. “No hay una cruz del KKK que puedas mostrar”, le dice a Rolling Stone, llamándolo un “símbolo de herencia [del oficial]”.

“Se investigó y se cerró el caso, absolviendo a City Heat y a mí”, escribió. “Créame, si tuvieran los hechos para fundamentar los reclamos, los tendrían, pero no los tuvieron”. Kroll no está solo. “He viajado 10 o 15 veces con Bob y miembros de City Heat en nuestro tiempo libre”, dice un miembro de la Federación de Minneapolis, Rich Walker, “y jamás he visto algo así. Y soy un hombre afro, eso me molestaría”.

EL MOVIMIENTO: El exskinhead Frankie Meeink comenta que los policías usualmente simpatizaban con su causa, diciendo cosas como, “Escucho a Rush Limbaugh”. FRANK MEEINKI

“Bob es un buen amigo mío”, comenta un expolicía afro de Minneapolis, Steve Parshall, quien dice que City Heat ayudó a recaudar fondos para su esposa después de quedar lesionada tras un accidente. “Creo que las críticas que recibe Bob son injustas, no creo que haga nada más que defender al policía promedio”.

Kroll también recibió elogios por su trabajo en violencia domestica de Chanel Thomas, una defensora de los sobrevivientes de abuso, quien dijo a los medios locales: “Hizo todo lo que pudo para ayudar al movimiento de violencia doméstica. Dicen que si estás aquí es porque odias a los matones, así era Bob, odiaba que alguien pudiera aprovecharse de otra persona y salirse con la suya”.

No obstante, Bob sigue siendo ejemplo de los problemas raciales en la policía, porque sus comentarios y acciones han ayudado a profundizar las divisiones raciales de la misma manera en que muchos policías y departamentos lo han hecho: al no reconocer cómo incluso la más mínima expresión de racismo de parte de un agente de la ley puede diezmar la fe de la comunidad a la que sirven.

Imagine por un momento cuánto hubiera aportado a su imagen pública y a la relación policía-comunidad, si tan solo hubiera expresado preocupación sobre las denuncias por los parches de supremacía blanca usados por los miembros del club y por lo que pensaría el público, especialmente las comunidades racializadas.

Tras el asesinato de George Floyd, en un correo filtrado de Kroll a miembros del sindicato, se lamentaba que los medios no estuvieran reportando el “historial violento y criminal de George Floyd” y se refirió a las protestas BLM como parte de un “movimiento terrorista”, haciendo eco del comentario que hizo públicamente en 2016, cuando dijo que el movimiento era una “organización terrorista”.

Muchas de las controversias de Kroll involucran su rol en el sindicato. Un policía de Minneapolis que le dijo a un adolescente somalí que estaba orgulloso de que las tropas estadounidenses mataran a “su gente” durante la batalla de Mogadiscio, le pidió a Kroll que lo representara durante los procedimientos internos. El sindicato presentó una queja contra el despido del policía, pero un juez confirmó su despido. En otro incidente, dos oficiales blancos se fueron en un viaje en motocicleta fuera de su horario laboral a Green Bay, Wisconsin, y se metieron en una pelea con hombres afro a los que llamaron “monos”, y arremetieron contra policías locales cuando llegaron, diciendo que eran “amigables con los negros”. Los despidieron y Kroll le dice a Rolling Stone que “el consejo de la Federación no lamentó su terminación”. Pero la exjefe de policía de Minneapolis Janee Harteau, le dice a Rolling Stone que, en un punto, Kroll habló por los oficiales, diciendo que el despedirlos había sido “muy extremo”. Si realmente lo dijo, no sería inusual en un policía del sindicato. En el caso de la batalla de Mogadiscio, el sindicato argumentó que otros oficiales no habían sido despedidos por usar insultos raciales, como justificación y en esencia, luchando por una especie de status quo racista.

“Solo hablé con Harteau cuando tuve que hacerlo”, alegó. “Claramente tiene problemas arraigados conmigo, porque sigue tuiteando y hablando con los medios de comunicación sobre mí… Creo que es hora de que avance”. Kroll también señala que las decisiones disciplinarias de la Federación las toma un consejo de 10 miembros y no él. “Si los agentes hacen cosas que los someten a escrutinio, deben ser investigados y responsabilizados”, escribe.

De cerca, los sentimientos de frustración y ofensa por haber sido acusado de racismo en los medios parecen genuinos, lo que sugiere que, deliberada o inconscientemente, no comprende cómo sus palabras y acciones hieren a otros. Kroll creció en un barrio de clase trabajadora en St. Paul en los 70, y dos personas que estudiaron en el mismo colegio que él, describen el barrio en ese momento como “profundamente racista”, con una población muy blanca y pocas minorías.

“Bob encajaba perfectamente”, cuenta uno de sus viejos compañeros de colegio, quien pidió anonimato porque todavía vive en el barrio y no quiere perjudicar sus relaciones. “Pero estaba en el equipo de fútbol americano, no pertenecía a nada de skinheads”.

Otro viejo compañero dice que, socialmente y a través de los años, su camino se ha cruzado con el de Kroll y no se sorprendería si él no se considera un racista. El racismo casual era el pan de cada día cuando eran pequeños; desapercibido e insignificante.

Los alegatos de racismo parecen haber sido considerados insignificantes por la policía de Minneapolis en general. La demanda de los policías afro se resolvió, sin cambios obligatorios en las políticas o prácticas de la ciudad, y cualquier investigación que se llevó a cabo sobre City Heat sucedió en la oscuridad. El exjefe Tim Dolan no respondió a las solicitudes de entrevista. Harteau, quien asumió el mando un año después del informe de la ADL, no ordenó ninguna investigación o revisión de City Heat y no estaba al tanto de ninguna investigación.

“No hubo una repuesta pública”, dice el exreportero de Pioneer Press Rubén Rosario, quien escribió sobre los parches de supremacía blanca. “Pensé que habría un seguimiento después de que escribí al respecto, pero… la administración no se comunicó con el público”.

El entonces alcalde R.T. Rybak, un demócrata y experiodista, dice que cuando la acusación de Kroll con el parche -junto con las acusaciones a City Heat- apareció en una demanda civil, consultó con su equipo para determinar si había “algo que pudiéramos hacer”. Decidieron no hacer nada, por razones que Rybak no recuerda. Tampoco estaba al tanto de una investigación de City Heat. “Obviamente debimos haber hecho más”, dice Rybak.

Entrevistas con antiguos abogados del Departamento de Justicia y tres exjefes de policía dan luz al mismo descubrimiento: en departamentos de policía sanos, donde señales de racismo son tomadas en serio, los policías corrigen su comportamiento, pero en departamentos donde el racismo es ignorado o aceptado, infecta y se esparce. “El racismo en departamentos disfuncionales solo es tolerado”, dice el exabogado del DOJ Jonathan Smith. Dos investigaciones recientes de Reveal News y Plain View Project revelaron miles de casos en los que policías activos y retirados se unieron a grupos militares racistas, antiislámicos o extremistas, o publicaron mensajes y memes violentos y racistas. La investigación de Plain View Project de ocho departamentos de policía, supervisada por la abogada de defensa criminal Emily Baker-White, descubrió publicaciones racistas o violentas en las redes sociales de 3.500 policías activos y retirados. Solo un poco más de 100 policías recibieron algún tipo de sanción.

El efecto es tóxico, envenenando las relaciones entre la comunidad y la policía. “Cuando no hay una acción inmediata de parte de la policía tras el escándalo, esto envía un terrible mensaje a los oficiales de que la discriminación racial es aceptable”, dice Vida Johnson, una profesora de derecho de Georgetown, quien escribió un estudio exhaustivo sobre este tema. “Y trasmite el mismo mensaje a la comunidad, de que la animosidad racial es parte aceptable del trabajo policial. Los departamentos de policía deberían preocuparse por esto ya que debilita la confianza del público en ellos”.

Lynda Garcia, otra exabogada del DOJ, dice que la respuesta es la “política de cero tolerancia” frente al racismo. “Si un oficial usa un término racista, debería ser despedido”, comenta. Pero usualmente, como lo respalda la experiencia de Muldoon, las acusaciones por racismo son dejadas de lado. Durante el periodo de Obama, las investigaciones del DOJ revelaron prácticas consistentes en las que las manifestaciones abiertas de racismo no solo quedaron impunes, sino que también se encubrieron. Por ejemplo, en Baltimore, los investigadores descubrieron 60 ocasiones en las que los departamentos “clasificaron erróneamente” el uso de un término racista para acallar una investigación seria.

“Era muy común”, dice Christy Lopez, la ex subdirectora de la división de derechos civiles del DOJ. “Los departamentos de policía toman un incidente por un término racista, y en vez de clasificarlo como un potencial caso de ‘discriminación racial’” –un cargo mucho más serio- “lo clasifican como una ‘mala conducta’, lo cual es una falta menor”.

Informes del Departamento de Justicia muestran que la policía enviaba correos electrónicos internos con puntos de vista explícitamente racistas y sin repercusiones, y ese enfoque de “no ver ningún mal” se extendió a las acusaciones de supremacía blanca. Lopez, quien ayudó a supervisar las investigaciones federales de derechos civiles en Chicago y en la costa oeste, vio esto de primera mano.

Durante una de sus investigaciones, algunos ciudadanos le dieron a su equipo fotos que habían tomado de los carros de algunos oficiales con stickers de la policía junto a otros de supremacía blanca. Su equipo les envió el material a comandantes de locales, quienes lo intentaron eludir. “Intentaban asegurarnos de que ya se estaban ocupando de eso, mientras también decían que no era lo que pensábamos”, comenta. Según el alto mando, por ser carros de oficiales fuera de servicio, tienen los derechos de la Primera Enmienda.


“Los supremacistas blancos están ahí, en los departamentos de policía, y no se sabe cuánto daño puede hacer alguien así”, dice un exjefe de policía. “No hay duda de que están ahí”.


Lopez rechaza ese argumento. El racismo, así como la pertenencia a un grupo de supremacistas blancos, es demasiado destructivo para el trabajo de un policía (el prejuicio racial es motivo de despido en un juicio) como para usar la Primera Enmienda como escudo. Un informe del Centro Brennan sobre el racismo en la policía también señala que la jurisprudencia de la Corte Suprema le permite al gobierno limitar las oportunidades de empleo para trabajos sensibles del sector público, incluida la aplicación de la ley, donde la pertenencia a un grupo externo “interferiría con sus deberes”.

“No querían lidiar con ello”, dice la exabogada sobre los altos mandos, “y eso es lo que realmente importa y preocupa mucho, prefieren vivir con un supremacista blanco en sus filas, que aceptar el golpe en las relaciones publicas, lo cual considero que dice mucho sobre sus valores y lo generalizado que está”.

Los investigadores de las fuerzas del orden dicen que mientras muchos estadounidenses se están dando cuenta de las formas que puede tomar el racismo, la policía usualmente lo niega por completo. “Cuando el público se entera de un policía con opiniones racistas”, dice Johnson, “usualmente lo hace por los medios de comunicación o el mismo público, y no por el departamento de policía. En vez de mostrarnos que son responsables, la policía protege a los suyos”.

Los sindicatos policiales se han convertido en el rostro de esta intransigencia, y rechazan ferozmente a cualquiera que cuestione las acciones policiales. En Nueva York, el sindicato más o menos le declaró la guerra al alcalde Bill de Blasio por querer detener las políticas de registro y por hablar en contra del asesinato policial de Eric Garner. El presidente del sindicato de Filadelfia, John McNesby, describió a los manifestantes de BLM como una “manada de animales rabiosos” y desestimó un incidente en el que se descubrió que un oficial lucía un presunto tatuaje nazi como si “no fuera gran cosa”. El presidente del sindicato de Chicago, John Catanzara, partidario de Trump previamente investigado por publicaciones antimusulmanas en redes sociales, defendió a los alborotadores del Capitolio (aunque luego se disculpó por ello). La Orden Nacional Fraternal de Policía respaldó a Trump en sus dos carreras presidenciales, y Kroll incluso habló en uno de sus mitines en 2019, lamentando que Obama hubiera “oprimido” a la policía y agradeciendo a Trump por “atrapar a los criminales por nosotros”.

“No son cabos sueltos”, dice Alex Vitale, profesor de sociología del College de Brooklyn y autor de The End of Policing, “hay un tipo de persona en concreto que sigue ganando las elecciones de los sindicatos”.

Claro está que la policía no es un monolito, incluso críticos, como el exabogado del Departamento de Justicia García, señalan que la mayoría de la policía realiza su trabajo de manera profesional. El profesor de la New York Law School y exdetective de la policía de Nueva York, Kirk Burkhalter, dice que cuando los críticos hablan de oficiales racistas, pasan por alto un punto importante: “La policía es un reflejo de la sociedad. No tenemos un árbol de oficiales de policía del que podamos escogerlos y que sean inmunes a eso. Entonces, el problema más grande es el racismo en toda la sociedad”.

Y reconoce el mismo peligro que mencionaron los investigadores de extremistas y el cual es el propósito de los ghost skins: una “difuminación de los límites” para que los conservadores, aparentemente ordinarios, comiencen a ver más allá de las odiosas ideologías de supremacía blanca o neonazismo que antes podrían haberse considerado demasiado tóxicas, y así estar del lado de miembros de grupos extremistas. “Y eso es lo que vimos en el Capitolio”, dice Burkhalter.

Hoy en día, Muldoon ve todo esto con tristeza. Se enteró del asesinato de George Floyd por su hijo, quien le escribió, preguntando si lo había visto. Cuando vio el video, se sintió de vuelta en el departamento de Minneapolis. “Fue horrible. Y su cara…”, dice de Derek Chauvin, el policía condenado por asesinar a Floyd asfixiándolo con una rodilla mientras lo veía con desprecio, arrogancia y desafío, como si pensara: “Puedo hacer lo que quiera”.

Cuando le pregunto sobre cuántos policías ella cree que son supremacistas blancos, contesta que “no sabe” de alguien en el departamento de Minneapolis que tenga una membresía doble en la policía y en algún grupo externo de supremacía blanca. Tampoco está segura de cuánto importa la respuesta, añadiendo lo que debería ser obvio: “Si un oficial trabaja en un departamento que oculta el racismo o lo ignora cuando sucede, ¿no son parte ya de una organización de supremacía blanca?”.

Las acusaciones de racismo y supremacía blanca conjuran visiones de hombres extremistas con capuchas blancas y usando esvásticas, empeñados en matar. Pero simplemente encubrir el racismo, tolerarlo o ignorarlo, también son actos racistas. Tales características superan a cualquier jefe sindical, jefe de policía, o político que pasa por alto el racismo.

El resultado es que, después de más de una década desde la advertencia del FBI, no sabemos cuántos supremacistas blancos se han infiltrado en la policía. Lo que sí sabemos es que los departamento de policía estadounidenses siguen siendo una opción atractiva para los supremacistas blancos que buscan empleo.