fbpx

El explorador adoptado

Wade Davis, nombrado uno de los exploradores del milenio por la National Geographic Society, ama a Colombia, adonde llegó por primera vez hace casi 50 años.
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Wade Davis ha buscado resaltar el gran valor cultural que la hoja de coca tiene para muchas comunidades indígenas en Suramérica.

CORTESÍA WADE DAVIS

Cada año wade davis viaja a unos 40 países, pero jamás se ha dedicado a contar todos los que ha visitado porque no le gusta ponerse en la tarea de añadirlos a una lista. “Supongo que son más de 100, pero es una noción tonta la de sumar países. Uno puede explorar un lugar como Colombia toda una vida y jamás agotar sus maravillas”, asegura.

Según él, es la calidad de la travesía, no lo lejano que sea el destino, lo que le confiere significado al viaje: “Solamente el tiempo le permite a un viajero transformarse, lo cual es en el fondo el objetivo de cada travesía”. Y transformarse es lo que ha hecho toda su vida a tal punto que es imposible describirlo con una sola palabra.

Hay varias palabras que lo definen, pero solo parcialmente: etnógrafo, escritor, fotógrafo, cineasta, biólogo y antropólogo. Declarado uno de los exploradores del milenio por la National Geographic Society, ostenta varios títulos de la Universidad de Harvard: en Antropología, Biología y un Ph.D. en Etnobotánica.

Wade vivió en Haití y se adentró en la cultura de la isla. Foto por: Monique Giausserand

Principalmente gracias al Museo Botánico de Harvard recorrió en la década de los 70, durante más de tres años, el Amazonas y los Andes investigando las plantas. Durante ese tiempo vivió con 15 grupos indígenas en ocho países y acumuló más de 6 mil colecciones botánicas.

Ha publicado más de 200 artículos científicos y populares que tratan temas que van desde el vudú en Haití hasta los mitos y la religión amazónicos. Ha escrito para National Geographic, Newsweek, Scientific American y The New York Times, entre muchas otras publicaciones, y sus fotografías han aparecido en las páginas de revistas como Time y People.

En 1968, a los 14 años, llegó a Cali por primera vez.
“El turista nunca puede recordar dónde ha estado; el viajero no sabe adónde va”, dice Wade Davis.

Wade Davis nació en 1953 en Vancouver, sobre la fría costa norteamericana del Pacífico. Allí creció en medio de la inmensidad de la naturaleza de Canadá, un país tan grande como un continente donde, como él explica, durante gran parte de la historia hubo más lagos que personas.

Temprano en la vida comprendió que quería estar en movimiento. La primera vez que llegó a Colombia tenía 14 años. Era 1968 cuando un profesor de su colegio en Montreal ofrecía la posibilidad de llevar a seis niños a Colombia para que pasaran allí el verano. “Mi madre creía que el español era el idioma del futuro, así que trabajó muy duro durante toda la primavera para ahorrar suficiente dinero con el fin de que yo pudiera unirme algrupo”, recuerda.

Llegó a Cali y pronto se dio cuenta de que le atraía conocer culturas diferentes a la suya. Él era el más joven del grupo y se alojó con una “familia maravillosa en las montañas sobre el valle, en el borde de caminos que conducían hacia el occidente hasta el Pacífico”.

Pronto se diferenció de los otros niños canadienses, que por lo general se quejaban de la comida y el calor y extrañaban sus hogares. “Yo no extrañaba mi casa; sentía que al fin había encontrado mi hogar”, cuenta. Lo suyo con Colombia fue amor a primera vista. Aquel viaje que marcó la vida de Wade estuvo lleno de ‘primeras veces’: besó a una chica, se emborrachó, montó a caballo…

Wade se refiere a Colombia como una tierra de “colores y cariño”. Cada vez que pronuncia el nombre de nuestro país se percibe alegría en su cara, enmarcada por pelo rubio y medio canoso echado hacia atrás, y en la que un par de cejas gruesas resaltan sus ojos, cuyo tono oscila entre el azul y el gris. “Me enamoré de Colombia y siempre he estado enamorado de Colombia”, afirma.

En aquel 1968 “el pequeño Guillermo” —lo llamaban Willy porque su nombre era muy difícil de pronunciar para los colombianos— también fue testigo de ese otro lado de la realidad social que no muestran los folletos turísticos.

Aunque el colegio había entrado en receso por el verano, un profesor daba clases en su casa y hablaba con discreción sobre temas que no eran bien recibidos abiertamente, como el sufrimiento de los pobres o el destino del Che Guevara, recientemete asesinado en Bolivia. Wade vio mendigos y recuerda escenas de soldados golpeando a niños harapientos.

La vida para él era real y visceral, pero llena de posibilidades. Vivía bajo una regla: la de decir ‘sí’ a cualquier experiencia nueva. “Colombia me enseñó que era posible lanzarse a la benevolencia del mundo y salir no solamente ileso, sino transformado. Era una noción ingenua,pero una que llevé conmigo por mucho tiempo”, afirma.

Ese amor por lo desconocido lo impulsó a los 20 años a volar de nuevo a Colombia, pero esta vez sin tiquete de regreso. Su equipaje era un morral pequeño con ropa y dos libros: Taxonomy of Vascular Plants, de George H. M. Lawrence; y Leaves of Grass, de Walt Whitman.

En Santa Marta se encontró con Tim Plowman, un colega suyo y también discípulo de Richard Evans Schultes, el etnobotánico cuyas experiencias en el Amazonas Wade Davis relata en el libro El río, que él mismo califica como “una carta de amor a Colombia y de agradecimiento con Schultes”.

Sobre Schultes, Davis afirma en el prólogo de El río que sus expediciones le aseguraron un lugar en el panteón al lado de Charles Darwin, Alfred Russell Wallace, Henry Bates y el botánico inglés Richard Spruce, a quien Schultes admiraba profundamente.

El autor de El río cuenta en su libro las aventuras que Schultes vivió de 1936 a 1953 y que lo llevaron del culto al peyote de los indígenas Kiowa de Oklahoma, en el oeste de Estados Unidos, pasando por la búsqueda de las plantas sagradas de los aztecas hasta el noroccidente de la Amazonía de Colombia. Allí, mientras trataba de hallar la identidad del curare, hizo parte de una investigación en la que Estados Unidos se había embarcado con el fin de encontrar nuevas fuentes de caucho en vista de la urgencia que exigía el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

¿Abogado o botánico?

El primer destino de Wade Davis fue la Sierra Nevada de Santa Marta. Allí llegó en compañía de Tim Plowman, con quien, por 15 meses, entre 1974 y 1975, viajaría viviendo con una docena de tribus de Suramérica mientras ambos recogían plantas medicinales y estudiaban la coca, fuente de la cocaína.

En ese primer viaje él y Tim convivieron con los arhuacos, cuando Willy se dio cuenta de lo que quería hacer en la vida. Había estado mambeando hayo (coca) y no podía dormir. Salió de la choza y vio una ceiba bajo la luna llena. “Pensé: ‘Dios mío, puedo hacer esto por el resto de mi vida: puedo viajar, vivir con indígenas y estudiar plantas, y aparentemente alguien me va a pagar para hacerlo’”, recuerda.

Aquel viaje había sido inspirado por Schultes, al igual que otras aventuras que vendrían. En una de ellas mostró su capacidad para decidir cuándo emprender un rumbo nuevo sin pensarlo demasiado, siguiendo una máxima que lo guía: “El turista nunca puede recordar dónde ha estado; el viajero no sabe adónde va”.

Un día recibió la invitación de un geógrafo y explorador inglés amigo de Schultes para unirse a una expedición que atravesaría a pie el tapón del Darién desde Colombia hasta Panamá. Al siguiente estaba comenzando una travesía que lo llevaría durante un mes a perderse en la selva, donde por dos semanas estuvo sin comida ni techo.

En su diario anotó que los lujos de la selva eran cosas como el humo de una fogata que ahuyenta a los mosquitos, una noche sin lluvia, un banano casi podrido que se encuentra en el piso o un charco lo suficientemente profundo como para bañarse.

Haber estado en el trópico le había abierto la mente a un mundo nuevo. Sin embargo, Wade no tenía muy claro qué camino seguir. “Yo estaba tan confundido a los 23 años que envié solicitudes para entrar a la escuela de Leyes y para hacer un posgrado en Botánica, como si se tratara de la misma cosa”. El azar se encargaría de ayudarle a decidir.

Wade Davis se reunió con varios arhuacos en 2017. Foto por: Fernando Cano
Wade Davis admira a muchos mamos que ha conocido. Foto por: Graham Townsley
El explorador ha visitado a líderes espirituales de diversas culturas. Foto por: Chris Rainier

Había regresado de Colombia y un día fue a recoger a su hermana a la oficina, una elegante firma de abogados en Canadá. Lo recibió una señora mayor que le preguntó por sus viajes. “Tú eres el que come todas esas plantas raras, sígueme”, le dijo. Wade obedeció y caminó detrás de la mujer, quien lo condujo hasta la biblioteca de la oficina de abogados y le ordenó que subiera una escalera que llegaba hasta un cuadro viejo en el que estaba retratado un abogado del siglo XIX en Inglaterra.

De repente se encontró de frente con la imagen de un hombre gordo que tenía la nariz ganchuda y una peluca grande. “Esta señora maravillosa dijo: ‘¿Eres tú?’ y yo dije: ‘No’. Me bajé de la escalera, fui a la recepción, tomé el teléfono, llamé a la escuela de Leyes, cancelé mi solicitud y fui a estudiar el posgrado con Schultes”, sonríe.

Al hablar de su vocación, Wade la define no como algo que se puede uno poner como una chaqueta o un abrigo, sino “algo que se construye a tu alrededor en cada momento, paso a paso”. Para él, la vida no es lineal, sino una serie de momentos en los que una persona llega a una encrucijada y debe tomar una decisión. “Lo más importante que se debe cultivar en ti es alguna clase de brújula interna para que puedas controlar esas opciones. Así puedes ser el arquitecto de tu propia vida, lo cual es el reto creativo más grande”, cuenta.

En busca de lo que él llama su pasión del momento ha vivido en Haití, donde se introdujo en los secretos del vudú, y también ha sido activista ambiental en Borneo para salvar sus selvas. Por supuesto ha viajado intensamente por Colombia por sitios como el Amazonas y el valle de Sibundoy, en Putumayo. Ahora está inmerso en la escritura de un libro sobre el río Magdalena, la principal arteria de Colombia.

Según él este es un momento histórico, lleno de grandes retos y oportunidades para el país. “La inmensa mayoría de los colombianos fueron víctimas inocentes de un conflicto que en el fondo duró tanto porque en Europa, Japón y Norteamérica se consumía cocaína. Sin la cocaína no hay dinero, sin dinero no hay armas; sin cocaína no hay gasolina que mantenga el fuego de la guerra. A pesar de que luego de 50 años de guerra hubo 250 mil personas muertas y 6 millones de desplazados, Colombia halló el camino a la paz. Un país que puede hacer eso puede hacer cualquier cosa”, afirma.

Su optimismo lo basa, entre otras cosas, en el hecho de que Colombia es ecológica y geográficamente la nación más diversa del mundo. “En biodiversidad es segunda solamente detrás de Brasil, tiene ciudades fascinantes, sitios antiguos de gran misterio y hermosos paisajes que te dejan sin aliento. Pero en el fondo lo que los viajeros buscan es autenticidad, y esta siempre la generan y la encarnan las personas”, dice.

Wade Davis asegura que, en este aspecto, con su extraordinaria mezcla de culturas, creencias y pasiones, Colombia no tiene rival. “Los mamos dicen que la paz vale poco si es sólo una excusa para que ambos bandos se unan para mantener una guerra contra la naturaleza. Espero que en estos años críticos los colombianos se den cuenta de que la belleza natural de su tierra es de hecho la riqueza de la nación”, comenta.

Wade lleva en su corazón los llanos luminosos que corren hacia el oriente y los bosques del Amazonas, al igual que las costas, las playas, los bosques del Chocó, las cordilleras y el macizo donde nacen los ríos. Y hace énfasis: “Todas estas tierras no son solamente heredadas de aquellos que vinieron antes, sino préstamos de las innumerables generaciones que vendrán”.