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Fotografía por Jack Davison

El mundo de Greta

Una adolescente sueca armada con una pancarta casera inició una cruzada y se convirtió en la líder de un movimiento

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Hay un personaje y una realidad en Greta Thunberg. Es San Valentín en su ciudad natal, Estocolmo, pero solo hay viento, no hay un corazón ni flores. Hay cientos de niños junto a algunos adultos, y si no hubiera pancartas que dicen ES NUESTRA TIERRA, SOLO TENEMOS UNA, se podría confundir con una excursión al museo de ABBA. Pero, ¿en dónde está Greta? Veo a un montón de reporteros entrevistando a una niña con chaqueta morada, guantes rosados y un gorro que parece tejido a mano, y tardo un minuto en darme cuenta de que esa es Greta. Tiene 17 años, pero parece de 12. La imagen de la oradora feroz no me cuadra con la pequeña adolescente que tengo al frente; parece que necesitara protección, y no es así. Greta Thunberg tiene Asperger, lo que -según ella- le da precisión en las minucias climáticas mientras descarta el más mínimo intento de halagos. Estamos cerca del Parlamento de Suecia, donde hace menos de dos años, Thunberg comenzó su Skolstrejk för klimatet, que en español significaría ‘Huelga escolar por el clima’.

En ese entonces, solo era Greta, una pancarta y su almuerzo en un recipiente de vidrio reutilizable. Más tarde fueron dos personas, luego una docena y finalmente fue un movimiento internacional. Le hablo sobre la valentía de sus discursos, pero me interrumpe, quiere hablar sobre la pérdida de voluntad entre los mayores.

“Parece que la gente en el poder se rindió”, dice Thunberg, quitándose el gorro. Continúa con su mensaje aunque turistas y adolescentes le estén tomando fotos. “Dicen que es muy difícil, que es un desafío muy grande. Pero eso es lo que estamos haciendo aquí. No nos hemos rendido porque es un asunto de vida o muerte para muchas personas”.

Ese fue mi segundo encuentro con Greta en tres semanas. En enero, la joven estaba en Davos, Suiza, para la conferencia anual del Foro Económico Mundial, donde los multimillonarios llegan a la ciudad y hablan de resolver los problemas del mundo sin complicarse la vida. Thunberg apareció el año pasado e hizo su icónico discurso “Nuestra casa está ardiendo”, en el que declaró que la crisis climática es una amenaza mortal para nuestro planeta. Si no se resuelve, todas las demás causas –el feminismo, los derechos humanos y la justicia económica– no importarán.

“Escogemos seguir como civilización o no”, dijo Thunberg con una fría precisión. “Casi todo es blanco o negro, no hay matices grises cuando se trata de supervivencia”. El discurso convirtió a Thunberg en una sorprendente y reacia heroína de la crisis climática. Cruzó el océano en un velero –no viaja en avión por razones ambientales– para hablar ante las Naciones Unidas. Fue nominaba para el Premio Nobel de la Paz y fue escogida como Persona del Año por la revista Time, causando los celos de Donald Trump, quien dijo que tal honor era “muy ridículo” y le sugirió a Greta ir a ver una película para relajarse.

En Davos, los iluminati se burlaron ante la idea de plantar miles de millones de árboles, incluso cuando los seguimos talando desde el Amazonas hasta la amada Suecia de Thunberg. Esto no disuadió ni aplacó a la joven, parecía irritada y quizá un poco enferma; canceló una presentación el día anterior porque no se sentía bien. No estaba de humor para halagos y tonterías. Así que, cuando el editor de Time, Edward Felsenthal, le preguntó cómo lidiaba con los haters, Greta ni siquiera intentó responder de manera diplomática.

“Me gustaría decir algo que creo que la gente necesita saber más que cómo yo lidio con los haters”, respondió antes de detallar el último informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático. Mencionó que si tenemos incluso un 67 % de posibilidad de limitar el cambio de temperatura global a menos de 1,5 C –el punto donde los cambios catastróficos comienzan–, tenemos menos de 420 gigatones de CO2 que podemos emitir antes de cruzar la línea de no retorno. Thunberg afirmó que, al paso que vamos, nos quedan ocho años para cambiar todo.

La expresión de la joven era de furia controlada, la de una adolescente con una voluntad de hierro que dice la verdad. La élite de Davos aplaudió y sacudió sus rolex. Esto se ha convertido en un patrón desconcertante en las presentaciones de Thunberg, y se repitió en la Comisión Europea: Greta le dice a los adultos que son tontos y que sus proyectos son lamentables y poco inteligentes. De todos modos le dan una ovación de pie. Pocos minutos más tarde, la joven se fue y el público se dispersó en una flota de BMW y Mercedes negros. 

Mis desplazamientos para la historia de Greta consistieron en un viaje de ida y vuelta de Vancouver a Zúrich, y luego de Los Ángeles a Estocolmo. Entre esos dos vuelos, viajé de Vancouver a Los Ángeles para otra historia. Es mi trabajo, pero evalúo la situación horrorizado y calculo que mis tres viajes queman más carbón que el uso anual del ciudadano promedio en más de 200 países. Incendio la atmósfera para oír cómo los demás halagan a la chica que no vuela.

“He pensado en la frase ‘Un niño pequeño los guiará a todos’ más de una vez”, me dice Al Gore en Davos, antes de compartir su momento favorito de Greta en la cumbre de la ONU del año pasado. “Greta le dijo a los líderes mundiales: ‘Dicen que entienden la ciencia, pero no les creo. Porque si la entienden y continúan haciendo lo que hacen, eso significa que son malvados. Y tampoco creo eso”. Gore asombrado, negó con la cabeza y luego me dio una lección de historia: “Ha habido otras ocasiones en la historia de la humanidad en las que un movimiento social basado en la moral llega a un punto de inflexión, ese es el momento en que la generación más joven hace su propio movimiento. Y aquí estamos”.

La actriz y activista Jane Fonda se inspiró tanto en Greta que ha sido la anfitriona de la serie llamada Fire Drill Fridays. “Estaba muy deprimida y sin esperanza, y luego empecé a leer sobre Greta”, me dice Fonda una tarde de invierno en Los Ángeles. “Me inspiró a salir de ahí y hacer más cosas”. Pero en Estocolmo, el mundo de las burlas presidenciales, de los ex vicepresidentes que se llenan de elogios y de los emocionados ganadores del Óscar, parece muy distante.

Afuera del edificio del parlamento, Greta me dice que no le preocupa su seguridad a pesar de la manera cruel en la que Trump y otros hablan de ella en las redes sociales. Según su madre, algunos vecinos han puesto excremento en su buzón. Y a finales de febrero, cuando marchó en Bristol, Inglaterra, se encontró con publicaciones en redes sociales sugiriendo que la joven merecía ser abusada sexualmente.

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