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Esperanza y supervivencia en Los Pinos

Casi un año después de un golpe de Estado fallido, y en medio de un colapso económico, los residentes de un barrio de Venezuela buscan su recuperación
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“Los problemas nutricionales son muy profundos. Si sus hijos tienen hambre, ¿habrá padres que salgan a robar por ellos? Si sus hijos tienen hambre, ¿podrán ir así al colegio?”.

Fotografías por Natalie Keyssar

En un barrio de clase obrera, en lo alto del centro de Caracas, hay un terreno polvoriento no más grande que una cancha de basquetbol donde hay un pequeño lugar con pinos sucios. Esa es la razón para el nombre del barrio, Los Pinos. Desde aquí se pueden ver los rascacielos más brillantes de la ciudad y los barrios donde los supermercados cobran 13 dólares por una caja de cereal aunque el salario mínimo sea de 12 dólares mensuales. Esas inequidades detonaron una serie de protestas en Venezuela y, hace menos de un año, el país se convirtió en un peligro. Miles de personas salieron a marchar contra el (cada vez más dictatorial) presidente Nicolás Maduro, sucesor del líder socialista Hugo Chávez, por una reelección considerada ilegítima. En abril de 2019 el líder de la oposición Juan Guaidó, que se declararía a sí mismo como presidente, le pidió a las fuerzas armadas que se alzaran contra Maduro. Al final, no lo hicieron. Desde entonces, la situación se tradujo en un parón indefinido, con una oposición sin cartas para jugar, y la mayoría de los venezolanos estaban demasiado desgastados por la lucha diaria como para protestar.

“No quieren saber nada sobre política. Están completamente desilusionados”, dice Natalie Keyssar, una fotógrafa que cubre las manifestaciones sociales y los casos de inequidad en América y pasó un mes documentando a más de 50 familias en Los Pinos, tras el golpe de Estado fallido de Guaidó. La comunidad, liderada en su mayoría por mujeres, “está muy unida”, asegura. “La gente depende de los demás para sobrevivir. Se ha hablado mucho sobre el choque político de poderes e ideologías en Venezuela, pero para mí estas personas son la verdadera historia”.

Su economía está al borde del colapso. Venezuela tiene una de las reservas de petróleo más grandes del mundo, un producto que exportaban para pagar los programas sociales que creó Chávez. Pero la corrupción, la mala gestión y la caída de los precios en 2014 hundieron su economía, que se agrava cada vez más gracias a las sanciones de Estados Unidos. El valor de la moneda se ha devaluado en un 99 %, rompiendo cualquier tipo de vínculo entre el salario promedio y el precio de los productos. El 10 % de la población se ha ido, el 94 % es pobre y los niños mueren por desnutrición.

“Yo tenía sueños, pero ahora todo lo que hago es por la comida”, dice Idelis Gutiérrez, una mujer de 22 años que viajó de Los Pinos a Colombia en julio. Ahí se encontró con su esposo, quien le enviaba dinero para que ella pudiera ahorrar lo del pasaje (20 dólares), pero ella se lo daba a sus papás y a su familia para que pudieran comer. “Recuerdo una vez que la mamá de Idelis llegó con unas yucas. Todos intentan estar tranquilos, pero se nota la tensión en el cuarto porque ya son casi las 2:00 p.m. y nadie ha comido nada”, dice Keyssar. Todos los días las familias hacen esfuerzos heroicos para sobrevivir. En Los Pinos los niños trabajan en una fábrica por comida, una organización sin ánimo de lucro le enseña a las madres cómo manejar su propio comedor comunitario y unos jóvenes transforman el tierrero de pinos en un parque. “La gente trabaja muy duro para tener sus oportunidades”, dice Keyssar. “Es la historia de unas personas que toman el control de su propio destino”.

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