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Imaginando al ángel caído

Resulta de enorme utilidad analizar la evolución del concepto del mal para entendernos a nosotros mismos como especie. Un libro se encarga de revisar a fondo la historia de la imagen del demonio, y hemos hablado con su autora para dar un vistazo al mito y sus verdades
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SIGUIENDO EL RASTRO AZUFRADO: Susana Castelanos de Zubiría también ha publicado otros textos como Mujeres perversas de la historia, Diosas, brujas, y vampiresas: el miedo visceral del hombre a la mujer, Amores malditos: Pasiones mortales y divinas de la historia, y Mitos y leyendas del mundo.

Stalin López

La escritora y catedrática Susana Castellanos de Zubiría, presentó recientemente su libro De cómo el Diablo adquirió sus cuernos (La evolución de la imagen del ángel caído). En esta obra se repasa la manera en que de forma colectiva hemos construido la imagen de un ser que hemos empleado para aterrarnos a nosotros mismos y a nuestros semejantes, además de señalarlo como responsable de nuestras faltas y tragedias.

La imagen que le hemos dado no hace más que reflejar lo que somos, los tiempos que vivimos, el dolor que causamos y el que sufrimos, nuestros más profundos temores y anhelos. Por eso vale la pena tratar de entender un poco más el concepto que ha acompañado a la Humanidad durante miles de años, esta es nuestra conversación con Susana Castellanos:

¿Por qué escribir un libro sobre la historia del demonio?

Hace años vengo trabajando en las representaciones del mal en el arte, la literatura y la mitología. Publiqué los libros Mujeres perversas de la historia, Diosas, brujas y vampiresas: el miedo visceral del hombre a la mujer y Amores malditos: pasiones mortales y divinas de la historia, y de alguna manera este libro estaba en esa línea de explorar las representaciones del mal y de la sombra en la literatura, el arte y la iconografía cristiana.

Después de analizar la imagen del demonio y su significado para la humanidad, ¿qué representa para usted este personaje?

Ha tenido diferentes significados a lo largo de la historia. Por una parte podemos encontrar el significado del mal y de aquello que procura hacer daño, pero si exploramos más a fondo cómo ha sido interpretado en diferentes momentos, uno de los más interesantes fue el siglo XIX con el Romanticismo. Allí podemos verlo asociado a la libertad, la anarquía y la independencia. Entonces uno de los aspectos interesantes de este personaje es que no tiene una visión única, podemos verlo desde diferentes perspectivas.

En el siglo XX es como nuestra propia sombra, nuestro lado oscuro; aquellos miedos que tenemos en lo más profundo de nosotros mismos y nos cuesta reconocer o controlar. Esa parte instintiva del ser humano.

El libro es la exploración por esas diferentes interpretaciones que se le han dado en diferentes momentos de la historia de Occidente. Cuando surge en la Edad Media es todo aquello que nos llama a los instintos, los placeres y de ahí a los pecados capitales, pero lentamente y con el inicio de la Modernidad comenzamos a ver en la literatura unos personajes de Lucifer que son un anhelo de independencia, de no estar sometido a ninguna atadura, de no tener ninguna restricción. Y de todos modos, las consecuencias de eso, aunque aparentemente sean muy ideales, no son tan agradables. En última instancia este es un personaje profundamente ambiguo que ofrece tentaciones, pero que al mismo tiempo pareciera que te pudiera llevar a la condena eterna. De alguna manera representa esa intuición humana de que si algo es demasiado placentero puede tener un fin fatal.

En esta evolución ha ido perdiendo ese carácter esotérico para convertirse en algo más terrenal, y en esa medida se hace más atractivo.

Sí. Cuando el Diablo surge en la Edad Media lo vemos ajeno, está afuera buscando tentar a los humanos para que se vayan al infierno. No es una figura muy clara ni explorada interiormente. Un ejemplo claro es el de la Divina Comedia de Dante, allí lo vemos al fondo del infierno pero no conocemos la situación psicológica de ese personaje, sabemos que encarna el mal y que está sufriendo en los abismos por haber renegado de Dios. Pero a medida que la sociedad y la cultura van cambiando, un personaje tan particular como el Diablo también lo hace, entonces lo que vemos en su evolución es una forma de ver la evolución misma de la sociedad. Cuando entramos a principios del mundo moderno con Milton y El paraíso perdido, ya vemos una actitud psicológica de este personaje explicando por qué se opone a Dios, y diciendo que él prefiere reinar en su lugar y no ser un sirviente en el Cielo. Aquí vemos una idea clara de la independencia y la rebeldía que van a tomar muchísima fuerza en el siglo XIX con todo el espíritu rebelde de los artistas románticos. Los personajes del Romanticismo rompen con la tradición y el statu quo, y de alguna manera el Diablo refleja esa ruptura con las instituciones que se va a dar sobre todo después de la Revolución Francesa.

El Diablo es la encarnación de la libertad por excelencia pase lo que pase. Tiene uno de los elementos esenciales de la figura del ángel caído tal como es vista por el cristianismo: la soberbia al no querer someterse a Dios. Pero eso se puede ver desde muchos ángulos. Por una parte sí, no quiso someterse a él, pero por otra tiene la fuerza suficiente como para enfrentarse y decir, “Yo quiero hacer mi propio camino”, y eso sin lugar a dudas presenta un atractivo. Romper con eso tiene algo que resulta muy llamativo para muchos de los artistas románticos, y a lo largo del siglo XX para muchos artistas, poetas y músicos.

¿Hasta qué punto el demonio ha sido una especie de chivo expiatorio para la Humanidad?

Es muy fácil echarle la culpa a un personaje por nuestras propias debilidades, entonces a lo que le apuntan muchos artistas y teóricos del siglo XX es a decir que cuando se habla del Diablo, se habla de nuestro propio lado oscuro, nuestros miedos y aquello que no podemos manejar. Es fácil decir, “Me tentaron”, como se decía en la Edad Media. Si un monje tenía sueños eróticos, decía que un íncubo o un súcubo lo había atacado. Sí es una forma recurrente de decir que es culpa del Diablo, cuando de alguna manera es responsabilidad nuestra asumir nuestros actos y nuestras propias debilidades.

¿Cuál de las grandes religiones se ha concentrado más en la imagen del demonio?

Sin lugar a dudas el catolicismo. Si bien está muy presente en las tradiciones protestantes, allí no se ha reflejado en el arte. Lo podemos buscar desde sus orígenes más oscuros en el arte del cristianismo. Va a tener raíces paganas, en religiones anteriores al cristianismo. La figura de Pan y los sátiros, aquellos seres mitad hombre y mitad cabra que eran absolutamente lujuriosos, van a ser la semilla de lo que después se va a formar como el macho cabrío, por eso en muchas representaciones lo vemos con patas de cabra y cachos. En ese proceso de sincretismo durante la Edad Media, de esa fusión que se va a dar entre las tradiciones antiguas y el cristianismo, estos seres que tenían una vida libidinosa y que no se ajustaban a los cánones de comportamiento cristiano le van a dar muchos elementos para formar esa figura de lo que no debe ser, o sea el Diablo. La lujuria y el apetito sexual desenfrenado es uno de los temas que han estado muy asociados a la figura del Diablo.

Desde otra perspectiva, ¿qué lecciones sobre la naturaleza humana le ha dejado el estudio de esta figura del demonio?

Es interesante explorar estos lados oscuros para poder trascenderlos y ser más conscientes de nosotros mismos. Cuando uno ve las imágenes que se han hecho de esta figura a lo largo de la historia, ve los temores que han marcado la sociedad como la peste, las hambrunas y la sexualidad. Este personaje nos permite observarnos como individuos y como sociedad, y a partir de allí trascender. Más allá de quedarnos en que “esto es miedoso” o “esto es malo”, es ver qué es lo que somos realmente porque como humanos no somos perfectos. Explorar nuestro lado oscuro nos permite conocernos más.

¿Qué perspectiva tiene del uso que se le da a la imagen del demonio en la política estando en pleno siglo XXI?

Hemos visto que hay grupos que siguen demonizando a otros, considerando que por no tener su verdad están del lado del mal, eso me parece terriblemente peligroso. Demonizar lo otro no nos permite un diálogo, nos hace creer que somos superiores. Solamente cuando podemos ver las cosas de una manera más tranquila y racional, podemos acercarnos a un equilibrio. Pretender que se tiene la verdad y que el otro no, es ponernos en una situación de superioridad que es muy peligrosa.

Uno de los aspectos más complejos del monoteísmo es que en muchos casos pretende tener una verdad absoluta y de ahí surge la demonización de lo otro.

¿Siente eso en la política actual?

Sin duda, cuando se desprecia al otro y se considera que no tiene derecho a hablar. Hay unos casos que son demasiado evidentes a nivel global, como los grupos extremistas islámicos que consideran que Occidente está del lado del Diablo. Hay otros planteamientos que no son tan evidentes como en las polarizaciones políticas en las cuales unos se consideran del lado del bien absoluto, y a los otros del lado del mal. Hay una semejanza al tema del Diablo.

¿Cuáles podrían ser las futuras representaciones del demonio?

Podría ser todo aquello que no protege el medio ambiente porque estamos viviendo un reconocimiento de la naturaleza. Eso podría ser desde cierta perspectiva porque la figura específica del Diablo se ha banalizado y aparece en algo que ya no produce tanto miedo, sino que es un símbolo que no va a tener la fuerza que va a tener en los grupos religiosos. Como vivimos en una sociedad heterogénea, no es tan fácil plantear un camino específico, pero sí creo que los elementos que componen al Diablo, como lo irreverente, el espíritu libertario y el romper con lo establecido, van a continuar ya sea como representación del mal en sí mismo, como la destrucción de la naturaleza, o de otras maneras más interesantes como la libertad de pensamiento.

Hay mitos que hablan de cómo Robert Johnson con la guitarra de blues o Paganini con el violín en la música clásica, hicieron pactos con el demonio para ser mejores intérpretes de sus instrumentos, ¿por qué ese personaje alcanza ese tipo de relevancia en la cultura popular?

Porque de todos modos se ha creído que es capaz de darte todas las cosas que este mundo terrenal puede ofrecer, que a lo largo de la tradición se ha interpretado como la fama, la riqueza o el atractivo sexual. Es algo que estaba incluso antes del cristianismo, [por ejemplo] cuando las diosas se enfrentan al príncipe Paris para que escoja a una de ellas como la más hermosa. El tema es que el demonio te va a ofrecer lo que sea para que puedas disfrutar de estar aquí en la tierra, entonces en la literatura y en los relatos populares va a aparecer este pacto con el Diablo.

Aquellos seres que han tenido una genialidad superior a los demás logran producir emociones como de otro mundo, y llevan a unos estados de euforia que no se asocian demasiado con lo divino y celestial, sino con pasiones más bajas, entonces por eso se asocia con pactos con el Diablo.

En el black metal noruego toman al demonio y al satanismo como respuesta a la forma violenta en la que el cristianismo entró a los países escandinavos, ¿qué perspectiva tiene ante eso?

En todas esas tradiciones del norte de Europa, y en América pasa de alguna manera, los colonizadores traen consigo el cristianismo, entonces asociaban a los dioses originarios de cada región con lo demoníaco. Por eso, en un momento dado, los dioses paganos van a estar asociados a ojos del cristianismo con lo demoníaco, aunque en realidad no lo estaban. En ese aspecto, lo que busca es volver a sus raíces originales y tener ese espíritu libertario, que es la característica esencial de esta figura durante el Romanticismo. Es decir, tiene muchos elementos en común con la forma como va a ser interpretada por los artistas del siglo XIX; es como un volver a la esencia de lo que somos y no quedarnos en lo artificioso de lo que debe ser según la religión institucional, sino volver a la esencia de lo natural. Lo que pasa es que dentro del cristianismo lo instintivo ha sido muy demonizado, pero sigue siendo parte de nosotros mismos.

El Diablo ha estado muy asociado a la muerte, al temor y a la justicia divina, entonces desde antes de su figura ya había un Ángel de la Muerte. Durante el siglo XIV, con la peste negra surge un movimiento artístico que son las danzas macabras, en las que la muerte aparece como tema constante acompañado de “comamos y bebamos porque hemos de morir”, o de la otra corriente de “reflexionemos porque nos podemos morir y es mejor estar bien con Dios”. Pero es muy interesante cómo esa iconografía de las danzas macabras, asociada a las calaveras y al replanteamiento de cómo está viviendo la sociedad, va a continuar más adelante. En el Romanticismo aparece el tema de la muerte y es la época de los espantos en la literatura, de replantearnos la espiritualidad desde otro ángulo y ya la figura del demonio va a estar latente como una forma de espiritualidad diferente a la ortodoxia de la Iglesia. Es entender la espiritualidad de otro modo.

La música del norte de Europa también está muy asociada a relatos vikingos originales como el Valhala, Odín y Thor, y eso va conectado al volver a los inicios e ir en contra del cristianismo. Algo que pasaba en América, era que si los esclavos o los indígenas sentían que si el Diablo era enemigo de los conquistadores, ellos podrían ser amigos de él.

PERMANENTEMENTE PRESENTE: A lo largo de la historia de Occidente, la figura del demonio ha estado involucrada en la cultura popular a través de múltiples representaciones. Estas muestran su evolución como reflejo de nuestros aspectos más oscuros.

¿Qué pasó con la imagen del Diablo en la primera mitad del S. XX?

Eso es una ruptura muy fuerte porque viene acompañada de desencanto y escepticismo. La figura sigue estando, pero sobre todo en el arte y la literatura porque, al alejarse de Dios, el siglo XX también se aleja del Diablo, pero siguen estando ciertas creencias al igual que los temores. Va a haber artistas que sigan explorando este tema desde otras perspectivas, y en el cine y la literatura va a ser un tema que les interese a algunos psicoanalistas. Ya entra a ser parte del arte y la literatura, pero lo religioso ya no va a estar tan centrado en este personaje.

¿Qué representa para usted el personaje?

Representa lo humano en su aspecto más instintivo. El humano sin pasar por un proceso de refinamiento espiritual sino que quiere dejarse llevar por sus pasiones. En ese sentido es profundamente cercano porque es un reflejo de lo que somos nosotros mismos si nos quedamos con los instintos a flor de piel. No solo los instintos básicos como la gula, la lujuria o la envidia y la avaricia, sino otros más complejos como la soberbia, que es tal vez el más refinado de “los pecados capitales”, por decirlo de alguna manera. Cualquiera de esas múltiples facetas, porque tiene muchas, representa ese aspecto sin pulir de nosotros mismos.

¿De ninguna manera es un ente espiritual concreto?

No. Si bien en las representaciones artísticas se ha visto como un ente exterior, es algo que llevamos dentro de la naturaleza humana y hoy en día lo vería como ese aspecto oscuro de nosotros mismos con el que tenemos que lidiar.