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La democracia en Estados Unidos está en juego con las protestas contra el racismo y la violencia

Los manifestantes tienen toda la razón al salir a las calles, por eso deben ser escuchados y los policías deben responder
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Manifestantes el 2 de junio de 2020 en Washington D.C.

David Butow/Redux

Todo el mundo debería estar enojado por lo que Derek Chauvin le hizo a George Floyd en Minneapolis el 25 mayo al arrodillarse en su cuello por casi nueve minutos, mientras ignoraba sus suplicas hasta matarlo a plena luz del día. El homicidio es también una muestra de la podredumbre racista en el centro de las prácticas policiales en Estados Unidos, que devalúan las vidas afroamericanas a una vigilancia y agresividad que muchas comunidades blancas no tolerarían.

Los estadounidenses tienen todo el derecho a tomarse las calles. Si lo que hizo Chauvin en realidad fuera una aberración a los valores de la policía, los mismos oficiales estarían liderando las marchas y pidiendo justicia por Floyd. Pero eso no pasa en Estados Unidos. En el momento en el que se rompe una ventana o se queman algunas canecas, cuando la gente desesperada (que en este caso ha sido abandonada por el Gobierno en medio de una crisis económica por una pandemia) roba una tienda, las llamadas al “orden” se pierden entre la búsqueda de la justicia. Y cuando eso ocurre, los policías muestran su verdadera cara. Quienes deberían proteger los derechos constitucionales, son quienes los pisotean con fuerza bruta. Y en este 2020, esa supresión a la libertad de expresión y prensa tiene el aval del presidente.

En teoría, la policía debería proteger a una sociedad civilizada del desastre. Pero en los últimos días, desde la muerte de Floyd, solo han sido agentes del caos. Son ellos quienes han golpeado a quienes se manifiestan pacíficamente. Hemos visto a hombres negros ser arrestados en marchas tranquilas, solo por gritarles desde lejos. Hemos visto a hombres negros ser arrestados en protestas pacíficas por gritar palabras de amor y perdón. Hemos visto a hombres negros ser esposados por denunciar robos. Lo peor puede ser cuando los vimos atropellar personas con una camioneta. Grabar y documentar estos hechos no es ni una amenaza para ellos. Los hemos visto romper cámaras de televisión con sus escudos, amenazar a periodistas con dispararles y hasta los han golpeado en la cara.

La policía actúa bajo un código muy peligroso, en el que no se puede aceptar la violencia contra los afroamericanos, así haya evidencia. Reconocer un crimen, es reconocerlos todos. Si Floyd fue asesinado, pues también lo fueron Breonna Taylor, Philando Castile, Alton Sterling, Tamir Rice, Mike Brown, Eric Garner, Aiyana Stanley-Jones y Oscar Grant.

Es una verdad muy triste reconocer que una persona negra va a ser golpeada por la policía sin justificación alguna. Los niños lo saben desde pequeños y se comportan con miedo en los espacios públicos. Es un miedo válido: la brutalidad policial es una de las mayores causas por las que mueren hombres afroamericanos en Estados Unidos. Según un estudio de la Academia Nacional de las Ciencias, uno de cada mil hombres negros fallecen a manos de agentes de la policía.

Esa violencia sólo fortalece un sistema de supremacía blanca. Y es en ese sistema en el que la policía debe proteger. Bajo ese orden racista es que el presidente basó su campaña “Make America Great Again”.

Trump dice que apoya “la ley y el orden”, pero cuando los supremacistas blancos se arman con rifles en Michigan, cierran el Concejo y decretan que la gente debe quedarse en sus casas, dice: “Estas son buenas personas, pero están enojadas”. Le pidió al gobernador que “se reúna con ellas, hablen, hagan un trato”.

Pero cuando los manifestantes son negros que piden justicia ante un sistema que ataca sus vidas, Trump amenaza a cualquiera que se acerque a la Casa Blanca, los acusa de “VÁNDALOS” y dice que “cuando comienzan los robos, comienza el tiroteo”.

El presidente se ha movido entre la cobardía (escondiéndose en un búnker y apagando las luces en la Casa Blanca) y la agresión. En un impulso autoritario, el 1 de junio amenazó con sacar a los militares para aplastar las manifestaciones, condenando las marchas como “actos de terror doméstico”. Después, en su propio acto de terror, despejó una protesta pacífica en el parque Lafayette con gases lacrimógenos.

Los manifestantes han llegado a las calles en medio de una pandemia que ha dejado en evidencia el racismo sistemático. La inequidad en el acceso a salud, las condiciones de vida y la decisión de cuáles son los trabajos “esenciales”, han dejado a los afroamericanos en situaciones degradantes. Las muertes de negros por COVID-19 triplican las de los blancos.

La generación que luchó por derechos civiles en los años 60 no acabó con el sistema de supremacía blanca, y puede que la de nosotros tampoco. Pero esos gigantes de hace más de medio siglo abrieron el camino al cambio, mostrando lo difícil y letal que puede ser trabajar por la justicia, y ahora vemos a sus hijos y nietos responder el llamado. Hay un país que está pidiendo en las calles equidad racial y que la policía pague por sus desmanes. La democracia no podrá sobrevivir mucho más tiempo si no se logran las dos.