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La “fatiga moral” en tiempos de coronavirus

Cada decisión, por más pequeña que sea, tiene un peso mayor. Eso tiene sus consecuencias
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Nuestra mente ahora tiene una carga adicional.

Fotografía por Michael Ciaglo/Getty Images

Hace unas pocas semanas –que ya parecen otra vida– la mayoría de nosotros pasábamos nuestros días tomando decisiones que no serían determinantes, sin pensar dos veces las cosas. ¿Una arepa de la calle y un jugo de naranja antes de entrar a la oficina? De una. ¿Vamos a visitar a los abuelos el fin de semana? Van a estar felices. ¿Un partido de fútbol cinco y un buen tercer tiempo? Obvio, bobis.

Y luego llegó el coronavirus. Nos demoramos un poco, además de pasar por decenas de artículos y declaraciones confusas, antes de tomárnoslo en serio y entender su magnitud. Pero ahora, la mayoría (ojalá) de nosotros somos más conscientes de lo que significa la salud pública, el bien común y lo importante que es cambiar algunas cosas que podrían afectar a los demás.

De todas formas nos enfrentamos a muchas de las mismas decisiones que tomábamos antes de la COVID-19, solo que ahora muchas actividades cotidianas tienen un dilema moral. Si queremos visitar a un familiar enfermo, pedir un domicilio, ir a algún lugar en bus o comprar algo a la tienda, pensamos en las implicaciones que puede tener algo que antes era completamente normal. Antes realmente ni pensábamos en eso. A esto se le llama la “fatiga moral”, y es agotadora.

Aunque somos una sociedad que ya tenía sus enfermedades antes del coronavirus, los cambios sociales de las últimas semanas han hecho que reajustemos nuestro estilo de vida de un modo que nunca imaginamos. Para muchos de nosotros, ahora nuestra casa es nuestra oficina (si tenemos la suerte de seguir con un empleo), y el trabajo es el doble para los que tienen niños. Hay quienes todavía tienen que salir a buscar lo del día en ciudades irreconocibles. Hasta el momento, no sabemos cuánto vamos a durar así ni cómo navegar en esta situación.

Cuando los gobiernos, tanto locales como nacionales, pidieron un aislamiento social, hubo un período de transición. Puede que sigamos en eso. Muchas sociedades no están acostumbradas a limitar su vida para ayudar al bien común. Por eso ha sido complicado convencer a algunas personas que no están en riesgo o que no les preocupa enfermarse de alejarse de los demás para evitar que el virus se siga propagando y afecte a grupos más vulnerables. Mientras aumentan los muertos y los informes de personas jóvenes hospitalizadas, parece que entendemos lo seria que es esta pandemia y el impacto que cada uno de nosotros puede tener.

Esto ahora entra en juego cuando tomamos una decisión rutinaria. Por ejemplo: ir al supermercado. Hace unas semanas seguramente hubieras ido sin pensarlo. Pero ya no es tan sencillo. Ahora debes ir solo, y si sales de casa hacia un lugar público puedes tener contacto con el virus si alguien estornuda o tose. Esta esa preocupación de ser contagiado, pero también de pasar el virus sin siquiera saberlo.

“Ahora pensamos en cosas que antes ni se nos pasaban por la cabeza”, explica el Dr. Michael Baur, profesor de filosofía de Fordham University, quien se especializa en derecho natural y ética filosófica. “La cadena de acciones siempre ha existido, pero ahora es más importante para nosotros estar atentos a las consecuencias de nuestro actos”.

Por más que queramos creer que somos lobos solitarios, que podemos defendernos sin ayuda de nadie, en realidad eso nunca funciona. “Creer que no estamos profundamente conectados es creer en una ficción”, dice Baur. “Pero las consecuencias ahora son más importantes. Por eso es que una acción muy simple puede tener un efecto ético que impacta en la vida y la salud”.

Ahí entra la fatiga moral. Como un buen número de aspectos que antes eran rutinarios ahora son decisiones importantes, nuestro cerebro procesa eso de otra forma. Según Baur, esto es porque normalmente somos perezosos con nuestra interdependencia, la damos como un hecho. “No estamos obligados a tenerla en cuenta. Ahora una pequeña interacción puede tener consecuencias importantes. Hay un esfuerzo mental adicional, de cuidado y reflexión”, analiza el filósofo.

No es ninguna sorpresa que la fatiga moral afecte nuestra salud mental. Pero claro, no estamos escribiéndole a nuestros amigos o terapeutas sobre lo agotador que es tener que considerar diferentes opciones antes de cada decisión; la fatiga moral está medio escondida. Es algo con lo que muchos ahora están conviviendo sin darse cuenta del peso mental que representa.

“Hay actividades rutinarias que ahora requieren un pensamiento crítico, y mis pacientes ahora no solo están exhaustos, sino totalmente nerviosos”, le cuenta la Dra. Dion Metzger, psiquiatra de Atlanta, Georgia, a ROLLING STONE. “Ha llevado a que la gente se aísle más de lo que la cuarentena lo requiere. En lugar de ir a comprar algo o pedir un domicilio, prefieren ver qué queda en la nevera, qué hay de sobras”.

El Dr. Adam L. Fried, profesor de psicología en Midwestern University y psicólogo clínico, ha notado que el estrés a causa del coronavirus aumentó en sus pacientes. Además, ahora se le suma la fatiga moral. “Para muchos, estas decisiones diarias ahora tienen una carga adicional. Hay quienes no están acostumbrados a considerar la consecuencia de cada decisión, sobre todo si es algo cotidiano”, explica.

Claro, la fatiga moral por sí sola es algo que cansa, pero también hay que tener en cuenta que las decisiones difíciles o con alguna complejidad ética son estresantes, así no haya un peso extra. En otras palabras, no se trata solo de la frecuencia en que tenemos que tomarlas, sino que el solo proceso ya es agotador, tanto mental como emocionalmente, sobre todo cuando la resolución no es tan clara. 

“Tenemos estudios que muestran que tomar una decisión ética complicada, que no tiene una ‘respuesta correcta’ evidente, puede ser sumamente estresante y tener un fuerte efecto emocional en las personas”, dice Fried. “Esto puede incluir la sensación de cansancio emocional o el aumento de dudas sobre sí mismo, que lleva a sentirse quemado”.

Parece una situación en la que es imposible ganar, no importa la decisión, habrá resultados negativos y positivos. “Esa lucha por llegar a una respuesta correcta, sabiendo que no existe, puede dejar frustración y cansancio”, revela Fried. “Esto también va de la mano con la ansiedad asociada a no saber si las cosas empeorarán o cuándo terminará esta situación”.

Hasta que no se vea un buen panorama, hay formas para trabajar en la fatiga moral y el estrés generado por las decisiones importantes. Primero, dice Fried, hay que animar a los pacientes a reconocer y aceptar que estamos en una situación sin precedentes, y que las decisiones son complicadas. “Hablar con amigos o familiares puede ser de gran ayuda para procesar los sentimientos, normalizar miedos y dudas, y conversar la toma de decisiones”, explica.

Metzger, por su parte, le recomienda a sus pacientes que no se sobrecarguen de decisiones al mismo tiempo. “Es mejor dividirlas en el día a día”, dice. “La ansiedad hace que todo sea urgente”.

Por más agotadora que sea la fatiga moral, es algo que experimentamos porque nos tomamos el tiempo de pensar en cómo nuestros actos pueden afectar a otras personas. Pero las situaciones como estas pueden tener un efecto opuesto, dice Bauer, llevando a que la gente sea más antipática y protectora (sí, estamos hablando de los que compraron todo el papel higiénico y las lentejas disponibles). Pero, por ahora, puede servir para enfocarse en el buen potencial que puede tener este cambio de mentalidad. “Es un llamado de atención para todos nosotros”, confiesa Bauer. “La tensión y la presión adicional, por un lado, son desagradables y complican nuestras vidas. Pero, por otro lado, tiene un gran potencial, porque la alternativa es vivir esa vida desinteresada en la que no aceptamos nuestra interdependencia”.