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La Met Gala ¿Un evento político u otra fiesta de la insignificancia?

La noche más importante de la industria fashionista conmemoró los 150 del Museo Metropolitano de Arte
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Cortesía MET Gala

A inicios de la década de los 20’s, la productora de teatro, Irene Lewisohn, y la escenógrafa, Aline Bernstein florecían en medio de la escena cultural permeada por la era del jazz neoyorquina, una época que sirvió de inspiración para diseñadores que empezaban a surgir dentro de un mundo desconocido y vanguardista. La ‘moda’ era un aspecto relegado para los escenarios, pues la sociedad estaba invadida por las consecuencias de la Primera Guerra Mundial, cuyos efectos fueron irreversibles. Por lo cual, Lewisohn y Bernstein prefirieron coleccionar todos esos trajes que brillaban en escena en silencio.

No obstante, estas mujeres audaces se dieron cuenta de la necesidad que existía por expandir dicho universo a diferentes contextos, unos que superaran la estrechez de las tablas.

Para 1946, su colección había aumentado a algo más de 8,000 piezas, por lo cual el Museo Metropolitano de Arte decidió acogerla dentro de su ‘Instituto del Vestido’, el cual se centraba en desplegar una exhibición de trajes o diseños que reflejaran la belleza de la sociedad y su travesía por la vida. No obstante, no fue hasta 1948 que nació la MET Gala como la noche en que la política, el arte y la moda convergen en una ceremonia legendaria. Todo ello gracias a la publicista de moda Eleanor Lambert.

Lambert llegó a la Gran Manzana para trabajar en el departamento de relaciones públicas de AACA, allí se topó con los primeros integrantes de la élite fashionista.
Bettman

En primer lugar, aquella mujer que también era responsable de dar inicio a la Semana de la Moda en Nueva York, había dado paso a la inmortalización de la Haute Couture (Alta Costura) con la lista de ‘Los Mejores Vestidos’, un séquito de nombres y figuras importantes que constituían cada pieza de la industria de la moda. La invitación de la primera ceremonia tenía consignada una frase que conferiría un significado indeleble a sus futuras celebraciones: ‘La Fiesta del Año’, la cual fue concebida originalmente como una cena de medianoche y era llevada a cabo en diferentes locaciones a lo largo de la ciudad como el Central Park, Rainbow Room, Waldorf Astoria, entre otros; sitios que recibían a la más alta alcurnia de la jungla de concreto. 

Una nueva era (1972-1995)

Cuando Diana Vreeland (editora de moda) asumió el estribo del Instituto del Vestido, su ambición la llevaría a sacar provecho de sus conexiones privilegiadas, las cuales había adquirido durante su paso por la revista Vogue como editor-in-chief (editora de cabecera). Lo que una sociedad sumida en la marginalización y desigualdad consideraba como una fiesta frívola, logró convertirse en un evento cultural sin precedentes.

La directora del Instituto del Vestido dejó un legado de privilegio y fama para quienes deseaban incursionar en el mundo de la moda.
Getty Images

Su excéntrica y autoritaria figura fueron el complemento perfecto para que su habilidad en las relaciones públicas sobresaliera. El acceso a la exclusividad fue esencial para Vreeland, pues le proporcionaba un ‘estatus social’ el cual sería su arma letal para ganar reconocimiento dentro de la escena cultural. Para 1960 ya era estilista de Jackie Kennedy, quien la introdujo a las habladurías del mundo, o de Nueva York, y allí adquirió su reputación como la autora del ‘savoir faire’ de la primera dama.

En primer lugar, en 1974 The Glory of Russian Costume (el tema elegido para la gala) había tenido revuelo en el sector mediático, puesto que se intuía que Onassis podría ser co-anfitriona, lo cual posicionaba a dicho evento en un peldaño superior debido a su relevancia. Ella y otras figuras femeninas como Wallis Simpson (esposa del duque de Windsor), colaboraron en lograr que la ceremonia se convirtiera en el centro internacional de la moda. Vreelam capturó la esencia de la juventud setentera, cuyo dinamismo yacía en lo extravagante y ostentoso, por lo cual con la ayuda de Billy Baldwin, transformó al MET en el escenario de ese evento.

No obstante, con la muerte de la vanguardista Diana, en 1989 debió ocupar su lugar la socialité Pat Buckley, quien durante su tenencia avivó las ‘after parties’ (con tiquetes sobrevalorados) en donde los invitados se pavoneaban en el salón central del evento mientras el público general los admiraba desde las afueras, una vez más recordando que, el evento (cuyo propósito era recaudar fondos para el museo) era una ceremonia lujosa e inalcanzable para los pobres mortales.

De Vogue al MET: La llegada de Nuclear Wintour

La partida de Vreeland significó un declive en el presupuesto y fondos destinados a esta celebración. No obstante, con la llegada de la periodista y escritora Anna Wintour (editora de cabecera), cambios decisivos arribaron al complejo MET, gracias a Oscar de la Renta, cuya esposa estaba vinculada a dicha institución. 

Wintour revivió la noche más esperada para el sector de la moda, convirtiéndola en un suceso ostentoso y reducido.
Getty Images

El evento que tradicionalmente se llevaba a cabo a principios de diciembre, fue movido a la primavera debido a la muerte del curador del instituto, Richard Martin (1999). Pero en la primavera floreció el dichoso ‘primer lunes de mayo’, el cual estuvo impulsado por los recientes cambios en la industria cultural. Los artistas musicales se convirtieron en una pieza esencial de la ceremonia, puesto que, no solo atraían la atención de sus seguidores, sino que también llevaban a cabo presentaciones especiales en las ‘after parties’ en lugares emblemáticos como: la Corte Americana, el Templo de Dendur, entre otros.

Sin embargo, quizá lo que más impacta sobre el nuevo reino de Wintour es el valor que adquirieron los temas originales de la editora puesto que fueron vitalizados por su lista impecable de invitados. Desde Camp: Notes on Fashion, hasta Punk: Chaos to Couture, los trajes han impactado la industria cultural para siempre, pues son inmortalizados por celebridades. Pero, cabe preguntarse ¿A quién beneficia todo ese despliegue de glamour y dinero?

¿Qué celebra la MET Gala?

Iconos de todo tipo y de todos los sectores culturales (música, cine y otras personalidades) se reúnen para recaudar fondos en la ‘Costume Institute Gala’ o (la Gala del Instituto del Vestido), la cual beneficia al Museo Metropolitano de Arte, específicamente a dicho departamento, pues todos los recursos son destinados a esa exhibición. El tema, que puede variar dependiendo del año, es cuidadosamente escogido por Anna Wintour (con la ayuda de Vogue) y significa una oportunidad para que los diseñadores exploren los sectores más recónditos y remotos de su imaginación confeccionando piezas inigualables al lado de celebridades.

La prensa, cuya entrada no es permitida dentro del evento, se acumula a la entrada del museo para capturar fotografías de los músicos, diseñadores, entre otros invitados y miembros de la alta sociedad; quienes se disponen a atender un evento cuyo fin es derrochar belleza, poder y moda.

El aspecto político de la MET Gala

 La industria de la moda es un negocio que acumula anualmente, por lo menos, 2,5 trillones de dólares y emplea alrededor de 1,8 millones de personas (en Estados Unidos solamente). Su poder se extiende desde la alfombra roja hasta los escaparates de las múltiples tiendas de ropa, las cuales en su mayoría son responsables del 10% de las emisiones de carbono durante el año. No obstante, figurar dentro de la escena es un símbolo de poder, ostentosidad y dinero, pues conviven en un sistema en donde cada sector está armonizado en sí mismo. Quien no se adapta al entorno ‘fashionista’ es víctima del aislamiento

El consumidor satisface sus necesidades en una industria que funciona como un gran desfile interminable de lo bello, el cual paraliza el sentido de su condición objetiva en medio de una representación unitaria de la historia, cuya construcción se ha hilado a través de los grupos y clases sociales dominantes. No obstante, sí existen sectores sociales que se han mantenido al márgen de esta idea, puesto que evidentemente, la moda siempre ha sido una herramienta de expresión. 

Activismo Performativo

Cada una de las marcas que hacen parte del monopolio de la moda encuentra la forma de convertir sucesos que han impactado a la sociedad, ya sea dentro del marco de los derechos humanos, o eventos políticos de cualquier corte en oportunidades para lanzar sus campañas o colecciones de temporada. Movimientos como Black Lives Matter o el Pride Month (Mes del Orgullo) han sido acogidos por diseñadores como Marc Jacobs o Michael Kors para vender sus exclusivas prendas con una simbología mediocre (pero representativa) de dicho hito histórico. 

Sin embargo, aquella disputa por encontrar el lado ‘verdadero’ o conveniente de los hechos ha ocasionado que, en la mayoría de ocasiones, quienes utilizan esas prendas como forma de activismo estén empleando este mecanismo para incrementar su capital social y monetario, más que un acto sincero de apoyo hacia dichos movimientos. La moda, que siempre ha sido utilizada como un medio de protesta, perdió su significado y se convirtió en una cacería por las tendencias de redes sociales enfocándose principalmente en el individuo que se presta a la señalización de la virtud y al rendimiento propio.

No obstante, lo ocurrido durante la Met Gala de 2021 (después de su receso debido a la pandemia) reflejó en varias ocasiones las distintas funciones que cumple la moda hoy en día dentro de la sociedad.

Met Gala 2021

La noche del lunes 13 de septiembre estuvo dominada por el tema In America: A Lexicon of Fashion, el cual tenía como fin destacar y honrar lo mejor de la moda americana, una tarea que podía ser interpretada de distintas formas. Billie Eilish, una de las estrellas de la noche, deslumbró con un vestido de tul diseñado por Oscar de la Renta, el cual no solo era una oda al glamour del viejo Hollywood (Marilyn Monroe en la ceremonia de los Óscar en 1951), sino que además marcó  un suceso histórico dentro del evento. La intérprete accedió a portar dicho traje con la condición de que los directores creativos de la marca (Fernando García y Laura Kim) desistieran de incorporar pieles de animales en sus diseños, lo cual había dividido al equipo de diseño, en especial a Eliza Bolen quien se resistió a dicha petición.

La activista vegana dijo a la revista TIMES que: “estoy honrada de poder haber sido la catalista de una jugada tan importante como esta”.
AP

Por su parte, Bolen comentó que: “Pensé mucho en lo que dijo Oscar, que era un gran fanático de las pieles, por cierto, de que lo único que le preocupaba realmente en el negocio de la moda era que su ojo envejeciera” por lo cual, el hecho de aceptar la solicitud de la joven intérprete, no era algo que debiese cuestionar. Por lo tanto, que la cantante de Bad Guy hubiera portado dicha pieza artística adquirió un significado mayor que el de una simple prenda de ropa.

Asimismo, la congresista originaria del distrito 14 de Nueva York, Alexandria Ocasio Cortez, vistió una prenda que suscitó comentarios a lo largo del espectro político. El vestido de chaqueta de lana de color marfil, diseñado en colaboración con Brother Vellies, decía en una tipografía mediana de letras rojas: “Tax de Rich” (Cobre impuestos a los ricos). Dicha decisión por parte de Cortez fue tildada de fraudulenta, puesto que el contexto ostentoso donde se dio chocaba con el sólido mensaje enviado por la representante.

Foto publicada por Ocasio Cortez antes del revuelo causado en redes sociales por su disruptivo vestido.
Alexandria Ocasio Cortez

Sin embargo dicho suceso fue la oportunidad perfecta para demostrar que la moda siempre tendrá un componente político inherente a su proceso creativo, el cual excede su contexto glamuroso, las prácticas de activismo performativo o las diferentes fiestas que puedan hacerse con el fin de beneficiar a ciertas clases sociales.