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La muerte por COVID: un adiós estéril

Cada número en la cifra de fallecidos por COVID-19 en Colombia es una historia que conlleva dolor ante la muerte y la imposibilidad de despedir a un ser querido de la forma en que nos han enseñado. Este es uno de tantos relatos que se podrían contar.
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Juan García

Los funerales no podrían ser catalogados como una reunión muy alegre, pero los hemos incorporado en nuestras agendas como un evento necesario para despedir a una persona que de algún modo fue importante. En Colombia muchos tienen un tinte religioso católico, con un sacerdote y oraciones que lo acompañan, ocurre porque quien muere así lo quería o porque quién se queda le parece que así debe ser. De cualquier modo es el ritual con el cual cerramos el ciclo de la vida, damos el último adiós y agradecemos con palabras y abrazos los buenos momentos que compartimos con quien se va. Aburrido para muchos, para otros llega incluso con la posibilidad de que se dé un giro inesperado en la historia y aparezcan parientes desconocidos (en casi todos los funerales hacemos “chistes” al respecto), pero en conclusión ese evento en el que hasta vemos amigos de antaño, es para todos un ritual de despedida. 

¿Qué pasa cuando nos quitan eso? Hoy estuve en el funeral, o algo así, de mi suegro. Un día después de recibir la llamada del médico anunciando con la voz quebrada que “esta enfermedad se nos ha llevado a muchos y es muy difícil de manejar”. Una semana después de ingresarlo a la UCI y quince días después de iniciar su malestar como de gripa “porque está haciendo mucho frío en Bogotá”. Él nunca, nunca, salía ¡a nada! Era un hombre de 70 años, cumplidos en pandemia, con muchos amigos que lo llamaban de vez en cuando para hablar de fútbol o simplemente a saludarlo. Un sastre, hecho a pulso y que sacó a sus hijos sudándola, con una esposa comprometida, que trabajó con él hombro a hombro y les enseñó a sus hijos el valor del trabajo.

Yo perdí a mi padre por una neumonía y meningitis hace tres años, también se fue rápido, en menos de cinco días. Mi papá, como mi suegro, tenía muchos amigos. Llenamos la sala más grande y había gente distribuida en los tres pisos de la funeraria y otros más en la calle. Vi una caravana inmensa llena de luces y llantos. Con seguridad lo mismo que veríamos con mi suegro en unos 10 años (lo mínimo que esperaba mi novio que pudiéramos compartir con su papá), sino fuera por esta maldita pandemia. Pero lo que vi hoy fue desgarrador.


Veo a personas separadas viendo la pared gigante de una clínica sin información de nada, tratando de hablar y darle sentido a esto y tratando de encontrarse en situaciones que compartieron con el difunto.


Fuimos a acompañar a la funeraria a recoger el cuerpo en la clínica y seguir al carro fúnebre hasta el cementerio, para allí darle el último adiós. Fuimos llegando de a poco, diez carros al menos, nos acomodamos sin obstruir el tráfico, de modo que pudiéramos estar atentos. Una hora después de lo acordado se inició la tradicional caravana por la autopista norte hacia los cementerios a la salida de la capital.

Estuvimos más de una hora de espera con los carros ahí, viéndonos, tratando de abrazarnos con el corazón, mirándonos; buscando quién estaba en frente, comunicándonos con los ojos porque la mitad de la cara estaba cubierta, porque nos tocaba gritar y los autos pasaban silenciando nuestros sentimientos, los sentidos pésame, los recuerdos.

Me acuerdo de los últimos funerales a los que asistí. Éramos muchos viendo pasar el tiempo, al menos tres días de ir y venir de personas que buscaban en su agenda el mejor momento para pasar por la sala de velación. Y lo que nunca faltaba era un abrazo fuerte, sentido, profundo. Los primeros abrazos son para el doliente, el ser querido más cercano que esta ahí los tres días. Esos abrazos siempre traen un mensaje y una mirada a los ojos. Pero además damos abrazos a los otros compañeros, nos saludamos efusivos y por alguna razón hay una sonrisa, creo que tiene que ver con el motivo de haber compartido momentos con esa buena persona que estamos conmemorando. 

En los funerales, personalmente, me siento más a gusto que en los bautizos o que en los baby shower. Puedo ver personas que no vería en otras situaciones, están repletos de recuerdos graciosos, importantes, trascendentales. En los baby shower o en los bautizos uno habla de todo menos del asunto que nos congrega. Nadie se pone a hablar del futuro de la nueva vida, pero en un funeral solo se habla (y se habla bien) del personaje en el centro de la sala.

Volvamos a hoy. Tengo una escena grabada de estos dos días: mi suegra con una tristeza enorme y un miedo que la superaba. No soy adivina, pero entiendo cuando una persona necesita un abrazo y ella lo necesitaba, pero cuando alguien se acercaba a cinco metros, ella huía, como un ser indefenso después de una golpiza. Y eso rompe el corazón, que ya estaba fracturado por la muerte de alguien con el que hicimos plan de paseo y compramos pasajes dos semanas atrás. Veo a personas separadas viendo la pared gigante de una clínica sin información de nada, tratando de hablar y darle sentido a esto y tratando de encontrarse en situaciones que compartieron con el difunto, pero que no se escuchan bien en medio de conversaciones que se entorpecen por el ruido de los carros.

Hoy, en vez de tres días, tuvimos menos de tres horas para vernos con quienes pudieron asistir, no lloramos ni reímos abrazados compartiendo tinto, y realmente nos hizo mucha falta. Hoy vi cinco carros fúnebres en el día, uno de ellos salió al mismo tiempo de la clínica y terminó en el mismo cementerio. En el camino los dos carros fúnebres se encontraron en un semáforo quedando uno al lado del otro. Mi suegro no se fue solo, se sumó a los 15.619 muertos en Colombia y fue uno de los 247 del día de su muerte. Sin embargo, eso no lo hizo sentir menos especial, nos recordó que no somos un número más del noticiero, somos familias completas desconsoladas que no sabemos cómo manejar esto.  

La pandemia por este pegachento virus (descripción basada de lo que me cuentan que sienten en la boca quienes lo han padecido) nos ha arrebatado muchas personas, pero sumado a esto nos quitó la posibilidad de despedirnos, de mirar a quien amábamos por última vez y decir adiós. De cerrar ciclos como nos enseñaron los expertos en duelo (que, imagino, deberán reinventarse ya mismo), y poder seguir con nuestras vidas, planes y proyectos.

Estoy segura de que nadie merece una muerte, una despedida así: tan fría, tan llena de protocolos físicos y emocionales que denominan “bioseguros”. Nuestra humanidad, agobiada y doliente (como lo describe la novena de aguinaldos), tendrá que restablecer los rituales y aprender nuevas formas de decir adiós. Estos rituales son primordialmente para los que quedamos aguantando, nos ayudan a dar el siguiente paso y, sin querer decir palabrotas, esta situación es una G…ran desgracia. 

Pd: gracias a los médicos que nos llamaron a diario, y a ese doctor que casi llora con nosotros por la noticia de Carlitos, todos lo sufrimos distinto, pero a todos nos está doliendo la vida de una u otra forma.