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Las mujeres afro buscan a sus desaparecidos

El colectivo La Comadre busca visibilizar cómo la desaparición forzada ha afectado de manera desproporcional a los pueblos negros afrocolombianos
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Cortesía Festagro

“Desde la trata esclavista nuestros ancestros perdieron muchos seres queridos y en este conflicto armado los seguimos perdiendo”. Yalile Quiñonez, sanadora afro e integrante de La Comadre – La Coordinación de Mujeres Afrocolombianas Desplazadas en Resistencia, habla con determinación de la forma en que la desaparición forzada ha afectado a las comunidades afrodescendientes, negras, palenqueras y raizales en Colombia.

Cada 30 de agosto se conmemora el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas y aunque es una fecha mundial, su origen es latinoamericano. El fenómeno de la desaparición forzada hace parte de la historia más dolorosa de nuestras naciones. Este es un crimen que ha sido usado en contextos de dictadura o de conflicto armado como estrategia para infundir terror entre la población civil, para disciplinar o como consecuencia del reclutamiento forzado que termina en asesinatos en el anonimato que dejan una gran incógnita para las familias.

La complejidad de la desaparición forzada se corresponde con las múltiples formas y móviles que puede tomar dependiendo de cada caso. Sin embargo, en Colombia poco se conoce sobre este hecho victimizante.

De acuerdo con el Registro Único de Víctimas, a 31 de julio de este año hay 186.817 víctimas de desaparición forzada en el marco del conflicto armado. Aunque los datos están desagregados por etnia y se registran 10.890 víctimas negras, palenqueras y raizales, las Comadres creen que los números son mucho más altos.

“Desde La Comadre nos hemos organizado para avanzar en un proceso de búsqueda y dar con el paradero de nuestros familiares, saber dónde están y entregar una solicitud colectiva ante la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD) para mostrar las características étnicas y se analice cómo la desaparición afecta a nuestros pueblos y comunidades con cifras reales”, dice Luz Marina Becerra, coordinadora de este colectivo.

Por varios años, La Comadre se ha caracterizado por documentar y visibilizar de manera detallada los entrecruces entre el conflicto armado, el racismo y las afectaciones hacia las mujeres afrocolombianas. “Somos las mujeres quienes nos hemos organizado para buscar a nuestros hijos, compañeros sentimentales, sobrinos, padres. La mayoría de los desaparecidos son hombres, aunque también hay mujeres que son reclutadas para ser prostituidas forzadamente”, explica Becerra.

La apuesta de La Comadre es por dimensionar la magnitud de este hecho y darle la transcendencia pública sobre cómo esto impacta en familias y comunidades. Lo que han encontrado hasta el momento tanto por experiencia personal como por el trabajo en diferentes puntos del país es que la desaparición representa una tortura y una situación de zozobra constante.


“Cuando sepamos dónde quedó y en ese sitio podamos hacer un ritual, entonces descansaremos, pero mientras tanto ese dolor sigue vivo”


En cada uno de los lugares a los que han asistido han registrado solicitudes de búsqueda que superan lo esperado, a pesar de la complejidad de la pandemia que no permite hacer una convocatoria más amplia. Este es un ejercicio de visibilización, pero saben que los casos son muy numerosos pues la desaparición ha sido alarmante y desproporcional, pero por temor a retaliaciones las denuncias formales son pocas.

Los daños emocionales se mantienen en el tiempo pues quienes esperan se preguntan permanentemente en qué condiciones está su ser querido. Si está vivo, los familiares esperan un reencuentro, pero si está muerto los familiares también esperan que se les entregue de forma digna, hacer un entierro de la forma espiritual y cultural propia de estos pueblos.

El arraigo familiar de las comunidades negras afrocolombianas es muy fuerte. “Valoramos mucho la juntanza en nuestras familias por todo ese legado, esos conocimientos propios, es nuestra forma de sentirnos acompañados, por eso la desaparición es un hecho que no nos deja tener vida plena hasta no saber de ese ser, si está vivo o dónde quedó y en qué circunstancias desapareció”, comenta Yalile, quien como sanadora lidera procesos psicoespirituales para acompañar a las víctimas de este hecho. “Es como si nos quitaran una pieza de nuestro rompecabezas para lograr esos proyectos, esa vida de familia. Es un hecho que rompe nuestros vínculos comunitarios y familiares. Se siente ese vacío, esa pieza que le falta a nuestra familia extendida étnica, a nuestra sociedad. Cuando sepamos dónde quedó y en ese sitio podamos hacer un ritual, entonces descansaremos, pero mientras tanto ese dolor sigue vivo”.

Como sanadora, Yalile explica las afectaciones espirituales de la desaparición. “En la condición que esté ese ser nos manda mensajes y señales. Si está muerto es un tenta-las-almas, un tente-en-el-aire o sea, es un alma que no ha reposado, no ha descansado, no está en el sitio que debería estar. Para nosotros es muy desesperante cuando ese ser nos manda señales y no podemos tener una verdad de dónde quedó. No nos deja estar tranquilas”.

Las comadres participan de forma permanente e incondicional en este proceso de búsqueda. Brindan sus conocimientos a las instituciones encargadas y acompañan a las comunidades para que la búsqueda sea efectiva al incorporar elementos ancestrales. “Ni ellos ni nosotros podemos descansar. Esa lucha es constante. Cuando sepamos de nuestros seres seguiremos buscando los de los demás, porque la comunidad somos todas y todos”.