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Fotografías por Natalie Keyssar

Los presos y la pandemia

Envejecidos, encerrados y en peligro, la vida y muerte de los encarcelados durante el covid

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Reporte inicial por Natalie Keyssar 

Este proyecto fue apoyado por el Pulitzer Center on Crisis Reporting y la Fundación Magnum.

Cynthia Carter Young consideraba a Leonard Carter como su “gran hermano pequeño”, puesto que era menor que ella, pero era tan protector que parecía más su hermano mayor. “Siempre ha querido cuidar a otras personas”, comenta. El año pasado, esperaba poder verlo de nuevo. Después de casi 25 años encerrado, a Leonard, de 60 años, le fue concedida la libertad condicional y solo le faltaban un par de semanas para su liberación. Pero el 14 de abril, Cynthia recibió una llamada de un número no identificado; Leonard había muerto por Covid-19. “Si estuviera vivo, hubiera podido ver a sus nietos por primera vez”, comenta. “Lo que más quería era abrazarlos”.

Según la Oficina de Estadísticas Judiciales en 2017, hay casi 200 mil personas de más de 55 años en las cárceles de Estados Unidos. Gracias a la mano dura contra el crimen como penas mínimas obligatorias y rigurosos tribunales de libertad condicional, el número de personas de la tercera edad que están encerradas aumentó un 282 % entre 1995 y 2010. Los presos de mayor edad son posiblemente la población más vulnerable a los estragos de Covid, pero los esfuerzos para liberarlos a través de la liberación compasiva o el confinamiento domiciliario han cesado. “Muchos de nosotros hemos vivido con miedo por nuestros seres queridos de la tercera edad este año, pero es mucho peor para aquellos con familiares en la cárcel”, dice la fotógrafa Natalie Keyssar, quien pasó seis meses documentando a los presos ancianos y sus familiares en el estado de Nueva York. “No tienen forma de mantenerse a salvo mientras están encarcelados”.

Muchos prisioneros de la tercera edad todavía están encerrados porque fueron condenados por delitos graves, lo que los hace inelegibles para el confinamiento domiciliario durante la pandemia. Pero la tasa de reincidencia de las personas mayores es extremadamente baja, según un estudio, es tan solo el tres por ciento, y el costo de cuidarlos en la cárcel es mucho más alto que el riesgo de que sean un peligro para la sociedad. Leonard esperaba ser el mentor de expresidiarios a través de una organización sin fines de lucro cuando saliera, según Cynthia, pero nunca tuvo la oportunidad. “Se le concedió la libertad condicional después de cumplir 25 años”, dice Cynthia, “y llegó el Covid-19”.


NAWANNA SNIPE TUCKER

Nawanna Snipe Tucker no está acostumbrada a escuchar a su esposo asustado, pero cuando el Covid-19 golpeó el Centro penitenciario de Otisville, Curtis, de 55 años, le dijo que tenía miedo. “Cuando las cifras comenzaron a subir, nadie sabía realmente qué era”, dice. “La gente estaba aterrorizada”. Los presos se consideran ancianos a los 55 años porque tienen los problemas de salud y las enfermedades comórbidas de las personas mayores. Curtis ha estado encerrado por más de 30 años por doble homicidio y Nawanna lo está ayudando a manejar una denuncia por condena injusta, pero lucha por mantener la esperanza después de tantos callejones sin salida.

DE’ANNA MONTGOMERY

A De’anna Montgomery, la hija adoptiva de Nawanna, le gusta hacer “paneles de sueños” sobre sus esperanzas para el futuro. Quiere ser una estrella de kpop cuando crezca y, más que cualquier cosa, que Curtis vuelva a casa. “Es la única figura paterna que ha tenido desde que nació”, dice Nawanna. “Todo el tiempo me pregunta que cuándo volverá a casa”.

ANIVERSARIO DE LA REBELIÓN DE LA CÁRCEL DE ATTICA

En el quincuagésimo aniversario de la rebelión en la cárcel de Attica, los activistas protestaron por el encarcelamiento masivo, el trato inhumano de los reclusos y el manejo de Covid-19. “Te abre los ojos a la corrupción del sistema de justicia penal”, dice Emma Graham, cuyo esposo cumple una condena de 25 años. “Los hombres de Attica exigían cosas simples: artículos de aseo y duchas, y hoy en día siguen luchando por lo mismo. Nada ha cambiado”.

EDWARD MACKENZIE

Cuando Edward Mackenzie fue a prisión hace 28 años, un veterano le aconsejó que mantuviera su salud con la esperanza de estar libre algún día. Ahora, a sus 65 años, sufre de presión arterial alta y lesiones en los hombros y la espalda. “Me estoy volviendo viejo y cayendo a pedazos”, dice. “¿Quieres que muera aquí?”. Fue trasladado al Centro penitenciario de Adirondack el año pasado, el cual el Estado está utilizando como cárcel para presos de la tercera edad durante la pandemia. Los activistas dicen que el centro no estaba preparado para manejar las necesidades de salud de las personas mayores y se mezcló una población de alto riesgo sin hacer pruebas de Covid. Para Mackenzie, también significaba que estaría demasiado lejos de su hermana, Darlene, para que lo visitara. “Desde que me encerraron, perdí a toda mi familia: mi madre, mi padre, dos hermanos, todas las tías y tíos que tenía. Esa es la parte más difícil, no estar ahí para mi familia cuando me ha necesitado”.

ROSLYN SMITH

La primera vez que Roslyn Smith se enfrentó a un sistema de autopago en una tienda, pensó que se estaba volviendo loca. No tenía sentido. “Pensé, ‘¿Cómo se hace eso?’”. Por otra parte, incluso el cruzar una calle se sentía extraño cuando fue liberada en 2018, después de cumplir 39 años en la cárcel. Tenía 17 años cuando la arrestaron, y ahora tiene 58.

“Perdí mucho”, dice. “Perdí mi útero, me hicieron una histerectomía estando ahí. Me perdí de muchas experiencias al crecer, de ir a la universidad, de ver el mundo, de viajar. [Cuando] volví a mi casa, esa fue mi primera vez en un avión”.

Smith se preocupa por todos sus amigos que siguen dentro. “No les dan desinfectante de manos, no les permiten distanciarse, los oficiales no usan tapabocas”, afirma. Hasta abril, más de 660.000 personas se habían contagiado en todo el país y casi 3.000 habían muerto, según el New York Times.

Obtuvo su licenciatura en la cárcel y ahora trabaja como directora del programa Beyond Incarceration en V-Day, un colectivo activista centrado en poner fin a la violencia contra las mujeres. Dice que intenta mantenerse positiva, pero se siente enojada y triste por cómo el sexismo y el racismo en Estados Unidos se combinan para quitarles la libertad y la vida a las mujeres racializadas.

“Todo se remonta a esa mentalidad de esclavitud de que las personas racializadas son estúpidas”, dice. “Son menos, son monstruos, son violentos. Me da mucha tristeza”.

ELIZABETH MEDINA

Elizabeth Medina nunca supo nada sobre su padre. Cuando su madre murió hace una década, Medina se sintió como una huérfana, pero hace un año, encontró una nota de parte de unos abogados que le decían que su padre estaba vivo, encarcelado y que intentaba localizarla. “Cuando los abogados me dijeron que esto era real, que no era mentira, me puse a llorar”, dice Medina, de 48 años. Estuvo algo tímida cuando conoció a su padre, quien ha estado encarcelado prácticamente toda su vida. Él habló la mayor parte del tiempo, le dio algunos de los juguetes y dibujos que le había estado haciendo durante años, y gracias a que le daba miedo utilizar los teléfonos públicos durante la pandemia, le envía un correo electrónico todos los días. “Ahora somos más unidos”, comenta Elizabeth, pero está preocupada, pues personas en su pabellón se han enfermado. “Si se enferma mucho, no podré  visitarlo en el hospital”.

SABRINA SCOTT

Sabrina Scott conoce a su esposo Todd desde que eran niños. Se enamoró y según ella, todos en el barrio se sorprendieron cuando fue condenado por tener relación con el asesinato de un policía (ambos sostienen que es inocente). “Vi la forma en que cuidaba a sus hermanitos”, dice ella. “Sabía lo que era tener traumas provenientes del hogar. Todd fue protector y proveedor incluso a los 16, 17 años”. Años después se reencontraron y se casaron en 2019. En octubre, contrajo Covid y ha luchado con síntomas a largo plazo. “Cada vez que suena mi celular, se me para el corazón”, dice Sabrina. Tenían la esperanza de obtener la libertad condicional este año, ha cumplido más de tres décadas y ha sido un prisionero ejemplar, que vive en una de las celdas del “bloque de honor”. Pero justo antes de Navidad, le volvieron a negar la libertad condicional.

ROBERT & MICHELLE LIND

Hace casi 40 años, Robert Lind estuvo involucrado en un tiroteo con la policía. Ningún oficial resultó herido, y aun así, no es elegible para libertad condicional hasta 2032. Su esposa, Michelle, no ha podido verlo desde noviembre porque ambos son del grupo de alto riesgo. Se hicieron novios a los veintitantos, se separaron cuando él fue a la cárcel y reavivaron su relación años después, casándose en 2008. “Soy lo único que él tiene”, comenta ella. “No hay nadie más. Nadie va a visitarlo, o él no llama a nadie más, o todos están muertos”.

A sus 74 años, se estaba recuperando de un tratamiento por cáncer de próstata el año pasado cuando contrajo Covid. Sufrió síntomas por meses después de salir del hospital: “Mi pierna izquierda estaba hinchada, no podía caminar en línea recta. Tenía mucha tos, dolor de cabeza y escalofríos”.

Dicta un curso contra la violencia en la prisión y dice que no puede entender por qué el Estado mantiene encerrados a personas mayores como él, especialmente en una pandemia. “Muchos de nosotros hemos cometido un crimen, ¿verdad?”, comenta. “Tienes que cumplir una sentencia, pero cuando ves a una persona que camina por un pasillo y tiembla, o una persona realmente enferma que tiene problemas mentales, ¿qué es eso? Ya es suficiente”.

Los grupos activistas esperan que se apruebe un proyecto de ley de libertad condicional para personas de tercera edad, que daría a los presos mayores de 55 años la oportunidad de obtener la libertad condicional independientemente de su delito, siempre que ya haya cumplido 15 años. Michelle tiene miedo de no volver a ver a Robert con vida si no obtiene una liberación compasiva. “La única manera en que regresará a casa es en un ataúd”, dice.

KEVIN HAYES & SUSAN LI

Cuando Stan Li, de 67 años, llamó a su hija, de 19, en su cumpleaños, tuvo que poner una media sobre la bocina como medida de protección contra el Covid-19. “Tiene… Tuvo una perspectiva muy budista de la vida de aceptar las cosas como son, así que nunca se quejó de nada”, comenta Susan Li. Pero sabía que se debía preocupar cuando le dijo que perdió el gusto y el olfato. “Dos semanas después de mi cumpleaños, lo declararon muerto”, comenta.

Luego, Susan contactó a Kevin Hayes, el excompañero de celda de su padre en el Centro penitenciario Fishkill. El mismo Hayes dio positivo después de Stan, pero no tuvo síntomas. Fue enviado a confinamiento solitario durante 21 días para aislarlo. A falta de un espacio para poner en cuarentena a los prisioneros, los centros penitenciarios han recurrido cada vez más al aislamiento solitario. Jacq Williams, un defensor de la reforma de la justicia penal, dice que no hay una cantidad de tiempo segura para mantener a una persona en confinamiento. “Según los Convenios de Ginebra, más de 15 días constituyen tortura”, dice. “El daño ha sido extremo”. Hayes cumple de 25 años a cadena perpetua, pero ya estuvo 28. Espera vivir lo suficiente para visitar la tumba de su hijo, que murió en 2017, y ayudar a su nieto. “Tiene 14 años, está en la edad en que todo pasa”, dice. “Es un buen niño, y no es que yo sea un extraño para él, pero su padre está muerto y quiero ayudar a desempeñar ese papel”.

“No solo somos estadísticas”, dice Susan. “Mi papá fue mucho más que la manera en que falleció. Fue un ser humano con una comunidad, una familia y personas que se preocupaban por él”.