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Mariángela Urbina: la escritura, el encierro y la salud mental

La presentadora y cocreadora del canal de YouTube Las igualadas habla sobre el encierro y la salud mental, sobre las recientes denuncias de acoso en la escena alternativa colombiana, y sobre el escrache y el consentimiento.
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Cortesía Mariángela Urbina

Hace más de dos años la periodista cucuteña Mariángela Urbina lanzó su primer libro, Una navidad en un psiquiátrico. El libro fue concebido mucho antes, es decir que esta historia ya suma un buen tiempo de haberse pensado. Aún así, un libro que habla sobre el encierro físico, la salud mental y la confrontación con uno mismo parece muy pertinente en este tiempo de confinamiento. De hecho, la autora creó un club de lectura con las personas interesadas en leer o releer su libro bajo el lente de este momento tan particular que vivimos.

Mariángela, junto a Viviana Bohórquez, es además creadora del canal de YouTube Las igualadas, parte del diario El Espectador. Allí hablan de asuntos de género y feminismo, entre otros temas relacionados, en un momento en que el movimiento feminista se siente particularmente vivo. Esto no quiere decir que estas luchas sean nuevas, pero digamos que vivimos en un tiempo donde muchas mujeres están ansiosas por discutir las desigualdades de género, entre ellas el acoso y el abuso sexual.

En los últimos días, Las Igualadas presentó un video abordando el tema de la violencia sexual, el consentimiento y el escrache, a raíz de las múltiples denuncias de mujeres en la escena artística alternativa del país, a través de redes sociales. El escrache, que consiste precisamente en denunciar y difundir públicamente los abusos cometidos por quienes no han tenido una sanción judicial, es cada vez más usado por mujeres en casos de violencias basadas en el género. Esto se corresponde con la alta tasa de impunidad que tienen estos delitos en la justicia ordinaria, en gran medida por las mismas desigualdades entre hombres y mujeres.

Este video además mencionaba la muerte de Angie Paulina Escobar en Medellín, luego de señalar a un tatuador en esta ola de denuncias. A raíz de toda esta situación, Mariángela decidió publicar en su cuenta de Twitter información sobre denuncias de algunas mujeres contra el director de teatro Víctor Quesada, con quien ella preparaba una obra basada en su libro.

Hablamos con Mariángela acerca de esta denuncia y la petición al Teatro Nacional para que se pronuncie. Además, conversamos sobre el renovado interés que hay por su libro, por los paralelismos con la idea del encierro, sobre la importancia de la salud mental y en especial los retos en este tema cuando se miran desde una perspectiva de género.

RS: Cuéntanos del caso que has denunciado recientemente y de la exigencia que le están haciendo al Teatro Nacional al respecto.

Estamos exigiendo en redes sociales que el Teatro Nacional tome medidas, que no ignore la situación, que esta no es la única denuncia, sino que he recibido otras denuncias similares. Esto no se trata de lapidar a nadie, sino de dejar de normalizar y silenciar estas violencias. De hecho, yo era amiga de Víctor, consideré que construimos una amistad en ese momento y precisamente en esas situaciones, donde está involucrada gente cercana a ti, gente que aprecias y estimas por distintas razones, en mi caso porque era un hombre que estaba trabajando conmigo hombro a hombro para hacer este proyecto realidad, ahí es que hay que ser coherente y eso fue lo que intenté hacer al pedir que se cancelara la obra. Esto siempre lo hice acompañada de Viviana Bohórquez, mi compañera de equipo que siempre estuvo conmigo en ese proceso. De no ser así, habría sido muy difícil confrontar esta situación.

RS: Pensando en tu libro, ¿en qué sientes que esta experiencia de confinamiento se parezca a tu paso por una clínica de salud mental?

He sentido muchas conexiones y por eso precisamente invité a las personas que están leyendo el libro en estos días a que hiciéramos un grupo de lectura digital, porque cuando me vi en medio del confinamiento viví lo que la gente estaba experimentando a través de leerlos en las redes sociales y vi que sí hay muchos puntos de conexión entre ese momento individual y este momento colectivo que estamos viviendo como sociedad. Lo que yo sentía cuando creé el club de lectura es que lo que tienen en común estos momentos tenía primero una dimensión individual, pero también un despertar por hablar de temas de salud mental. Eso me pasó a mí en el psiquiátrico hace ya tres años y fue que por primera vez yo estaba reconociendo que tenía que prestarle atención a mi salud mental. Yo venía ignorando y viviendo como en piloto automático y no había pensado en eso que descubrí en la clínica y en este momento siento que, con la cuarentena, por primera vez, la sociedad en colectivo está teniendo una conversación sobre salud mental que no habíamos tenido antes de forma masiva o no por lo menos con el alcance qué en redes sociales ha ocurrido a partir de la cuarentena. He visto a muchas personas que decían que no se aguantan a la gente con depresión, por primera vez hablar públicamente de que se sienten tristes, de que se sienten frágiles y yo creo que eso es muy importante porque cuando uno se encuentra en su propia fragilidad se vuelve más empático con la de los demás y si por lo menos entendemos eso en la cuarentena creo que habremos entendido mucho.

RS: ¿Cómo decidiste compartir una experiencia tan personal en su momento y cómo ves el proceso de envejecimiento del libro?

Estaba muy chiquita cuando empecé a hacerlo. Empecé a escribir este libro antes de que Las igualadas siquiera fueran un proyecto en pañales. Escribí la historia cuando estaba en el psiquiátrico como un mecanismo de defensa contra el aburrimiento y una forma de preguntarme si había tomado la decisión correcta de haberme ido a internar por mi cuenta, entonces escribí para sacarle utilidad a ese asunto. De hecho, las páginas que están escritas en ese diario quedaron casi tal cual impresas en el libro como salió publicado y esas páginas llegaron a manos de mi editora, Carolina López Bernal, y ella fue la que me dijo que eso era un libro. En ese momento yo lo escribí pensando en que era un proceso terapéutico y muy pronto descubrimos que era una historia que se tenía que valer de la ficción. Quería que el relato mismo fuera hacia allá. Venía leyendo mucho sobre autoficciones y estaba encantada con ese género y con los juegos literarios que uno puede dar desde ahí sin perder la honestidad. Empecé muy desprevenida escribiéndolo con muchas idas y vueltas, hasta que así quedó y cuando ya estuvo listo para ser publicado, Las igualadas tenían unos 8 meses de existencia y ahí me preocupé por esta pregunta que me estás haciendo, porque pensé la dimensión pública del libro, porque lo leerían no solo personas cercanas. Todo ese primer año del canal fue muy difícil aprender a manejar lo que significa hablar de feminismo públicamente y había mucho odio en redes, más de lo que hay ahora. Cuando me insultaban a mí como la presentadora del programa, los insultos solían ser (y suelen ser todavía) relacionados con mi aspecto físico o también sobre mi capacidad intelectual, porque las mujeres somos brutas o estamos poco documentadas, según los estereotipos. El tercer insulto recurrente siempre venía sobre mi salud mental. Me decían que estaba loca y que seguro hablaba de estos temas porque era una resentida con mi papá y yo decía ‘juepucha, les voy a dar un libro donde van a confirmar que en efecto estoy loca’. Me daba miedo que el programa se viera afectado. Cuando salió el libro la respuesta fue muy sorprendente. En realidad, hubo muy poco de eso que temía, o por lo menos no fue una cosa que me impactara masivamente, sino casi todo lo contrario, la gente se sentía identificada con las historias que estaban ahí y con la mía como narradora.

RS: La conversación sobre salud mental ha avanzado, pero aún hay estereotipos sin discutir como el rol de las mujeres como cuidadoras. ¿Cómo identificaste la depresión en ti, cómo la pudiste diferenciar y cómo ves que se lidia esto con una pareja?

Ha sido muy curioso porque la gente que me habla de ese punto en concreto del libro suelen asociarlo a una cosa que vivimos, sobre todo las mujeres, con el primer amor que tenemos, y ahí se juntan muchas cosas. Está la idea del amor romántico versus todos los mitos de la salud mental que existen y que también nos impiden pensarnos a nosotras mismas, así como los estereotipos de género asociados a la salud mental y que son particulares cuando se tratan de las mujeres. Por ejemplo, si experimentamos ciertas emociones somos histéricas y si somos histéricas no podemos dirigir empresas y tampoco podemos lanzarnos a la política y así. Alrededor de esto se construye toda una cadena de desigualdad y creo que buena parte de las brechas de género vienen asociadas a los estereotipos de la salud mental de las mujeres. Entonces sí, esa historia de amor me sirvió narrativamente para tener la catarsis que el libro necesitaba. Buena parte del problema era que yo había invisibilizado mis propias preguntas y mis propias necesidades por estar absolutamente desvivida en preocuparme por las necesidades de la salud mental de mi pareja, porque sentía que él era el genio creador Bukowski que tiene derecho, el sí, a estar deprimido porque es hombre y porque los hombres geniales son depresivos, entonces hay que acompañar ese proceso. En cambio, en las mujeres esto se ve muy muy mal, porque las mujeres somos cuidadoras y apoyamos al genio creador cada vez que se deprime. Esto fue un proceso de aterrizaje muy importante para mí al ver que eso no me estaba haciendo bien y que tampoco era culpa de él, que estamos en una estructura donde yo también estaba inmersa en ese momento y que no podía cuestionar por la edad que tenía. Fue muy importante para mí descubrir, a través de la escritura, que yo también tenía que pensar en mí por mi propia cuenta.


“Creo que buena parte de las brechas de género vienen asociadas a los estereotipos de la salud mental de las mujeres”


RS: ¿Cómo te imaginas este proyecto, que nace de una experiencia personal, que se vuelve un libro y ahora quieres llevarlo a teatro? ¿Qué te gustaría ver ahí?

Hay una cosa que se me ocurre ahora hablándote y creo que responde esta pregunta, y es que el libro funciona todo el tiempo como un espejo. Yo cuento sobre los demás personajes porque los necesito para descubrirme a mí misma. La narradora es un ente aparte y necesita las historias de los demás para ir revelando el hilo de la suya propia historia. En principio ella está huyendo de sí misma, contando las historias de los otros, y eso es parte de lo que yo había aprendido a hacer en el periodismo, que era contar las historias de la gente y esa fue la primera herramienta que tuve. Luego en el proceso de escritura la ficción fue muy útil para ir revelando la historia completa que quería contar, entonces la obra de teatro que me imagino iría por ahí. De hecho, desde que escribí el libro siempre lo vi en vivo, sabía que era una cosa que tenía que tomar vida y que yo iba a buscar la manera de hacerlo en algún momento. Está lleno de diálogos que eran herramientas que tenía en ese momento, pero que en realidad las estaba pensando como una cosa que podía tomar forma con gente que les diera vida. Yo hice teatro toda mi infancia y en la universidad y el teatro me parece que es la mejor manera de estar en presente y además me parece terapéutico, tanto para la audiencia, como para el que se para ahí y para todo el equipo que hace una obra posible. Es una manera muy efectiva de no estar pensando en el futuro, ni en el pasado, sino estar ahí en lo que está ocurriendo en ese instante.  Ya venía cultivando esa idea y este año, antes de la pandemia, dije que íbamos a empezar a explorar la manera de hacerlo realidad y espero poder hacerlo pronto, cuando el coronavirus lo permita.

RS: Tu proyecto de video, Las igualadas, gira en torno a temas de feminismo y género, ¿cómo te sientes haciendo esta columna en video y cómo valoras la respuesta de la gente?

Nosotras tenemos muy clara nuestra capacidad y también nuestras limitaciones. Lo tenemos muy claro ahora porque lo hemos ido aprendiendo en el proceso. No es fácil llegar ahí. Desde el principio nosotras queríamos apostarle hacer un producto que masificara las conversaciones sobre feminismo y género, precisamente porque sentíamos que se estaban quedando en públicos bastante restringidos. Hay dos maestrías de género en Colombia. Una en la universidad más cara del país, la Universidad de los Andes, y la otra en la Universidad Nacional, que tiene horarios restringidos donde nadie que tenga un trabajo regular puede estudiar allí. De alguna forma es otro espacio muy restringido, es una élite intelectual y es costosa también. Y si uno va a mirar en qué universidades hay clases de género o de feminismo en este país, se encuentra que es muy escaso. Yo no recibí una sola clase de estas y no me gradué hace tanto. En el colegio nunca vi una clase de género o feminismo y, aunque cada vez más me doy cuenta en colegios y universidades de que es una generación que ya se hace la pregunta por la desigualdad, siguen sin recibir una formación puntual en estos temas. Entonces lo que nosotras quisimos fue precisamente aportar en la transmisión de ese conocimiento que puede salvar vidas, porque la apuesta de Las igualadas es hablar de distintos temas y buena parte de esos temas tienen que ver con que las mujeres podamos identificar la violencia que hemos aprendido a normalizar y así prevenir muchas situaciones e incluso salvar nuestras vidas y las de las mujeres que nos rodean.

RS: ¿Cómo sientes que el movimiento feminista lo ha recibido?

La apuesta siempre ha sido llegar a la mayor cantidad de mujeres posible. Al principio, apenas aparecimos, había una pregunta muy comprensible de muchas mujeres que venían trabajando en organizaciones, que hacen trabajos increíbles y que nos vieron aparecer de la nada y preguntarse, por ejemplo, por qué no hablábamos del heteropatriarcado que nos oprime, por qué no hablábamos con las palabras propias de esos discursos, pero en algún punto descubrimos que nos podíamos acompañar. Hoy trabajamos con muchas de esas organizaciones que se sorprendían un montón y ahora son nuestras aliadas y nosotras las de ellas para tratar distintos temas. Hemos trabajado con varias organizaciones que defienden los derechos de las mujeres desde hace muchos años y que tienen mucha incidencia en terrenos a los que nosotras no podemos ir, no por falta de ganas, sino de recursos. Por otro lado, yo creo que internet es la herramienta masiva de comunicación más democrática que tenemos y que si bien en un país como el nuestro hay mucha gente que todavía no tiene acceso a internet, por ahora y comparando con otros medios masivos, internet es la herramienta más democrática que nos permite hablar de feminismo cada 8 días sin que nos bajen los videos. Negociar una página en El Espectador, que cada día se hace más chiquito en su versión impresa es muy difícil, pero en internet no, entonces si bien soy muy consciente de las limitaciones que tiene, sí creo que, si el objetivo de uno es volver masiva una conversación, internet es la herramienta más poderosa y quizás la más útil que tenemos en este momento para llevar ese mensaje a la mayor cantidad de mujeres posibles de todo tipo.

¿Y sobre cómo somos percibidas? Internet es una cloaca. Por ejemplo, cuando hicimos el video del aborto desde casa, nos comentaban que esto era una muestra de una niña rica bogotana que hablaba de aborto y pues, soy cucuteña. Mi mamá y mi abuela son ocañeras, crecimos en pleno Catatumbo. En fin, somos muy conscientes de nuestras limitaciones y de que no podemos hacer incidencia puntual, porque no es la naturaleza de nuestro proyecto tampoco y porque hay organizaciones que lo hacen muchísimo mejor. Ninguna de nosotras somos niñas ricas bogotanas, ni Viviana ni yo. Ambas coincidimos en que no puede haber un feminismo que no se cuestione los privilegios, porque el feminismo se trata precisamente de cuestionarlos. Yo no he sentido un cuestionamiento masivo en ese sentido dentro del movimiento mismo, o tal vez no lo escucho, sino más bien veo a los antiderechos de siempre que asumen este tipo de cosas buscando ganar el argumento por ahí.