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Mario Mendoza, la distopía y la resistencia

El autor hace una radiografía de nuestras estéticas e historias con una perspectiva que se mueve entre la desesperanza y deseo de resistir
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Su popularidad explotó a comienzos de este siglo con Satanás.

WIKIMEDIA COMMONS

Las palabras del escritor colombiano Mario Mendoza en la presentación de la serie de cómics El último día sobre la tierra fueron una interesante reflexión sobre nuestra realidad (global y nacional), sobre nuestra identidad y sobre los caminos que las artes en Colombia han seguido por culpa del narcotráfico y la guerra. De igual manera representan una mirada muy inquietante sobre el planeta, y deberían ponernos a pensar muy seriamente; nos hace recordar a Greta Thunberg y revisar los movimientos surgidos recientemente en Chile, Cataluña o Ecuador. Bien vale la pena conocer su perspectiva porque se trata de uno de los autores colombianos más influyentes entre los jóvenes lectores. Mendoza se volvió viral gracias a un video en el que expresaba su opinión sobre quienes se opusieron a los acuerdos de paz en el referendo de 2016. Su voz es cada día más escuchada, y esto fue lo que dijo cuando expuso esta iniciativa de cómics y novelas gráficas que viene liderando junto al arquitecto e ilustrador Keco Olano:

“Lo primero que me gustaría explicar es que la impronta fundamental de nuestra estética literaria y narrativa ha sido el realismo y el hiperrealismo, corriente a la cual yo he pertenecido. Uno piensa en la literatura de Gamboa o en la literatura de Jorge Franco, en la de Héctor Abad o en la de Mendoza, y se da cuenta de que la guerra generó una estética particular. No ha sido posible escapar de esa estética. ¿Cómo hacemos los narradores colombianos para darnos la vuelta y no mirar todo lo que ha sucedido en los últimos años?

Eso va ligado también al narcotráfico, que ha sido muy poderoso y muy fuerte. El narcotráfico desde la década del 70 es una energía tan fuerte… es como un agujero negro que se chupa todo lo que está a su alrededor. El cine colombiano no puede eludirlo, los de literatura no podemos eludirlo… yo no he narrado sobre el narcotráfico, pero he narrado sobre la violencia en las ciudades y las secuelas que ha dejado toda la guerra y todo el conflicto.

Si esa es la impronta principal, si el hiperrealismo es lo que nos ha caracterizado a los narradores colombianos, hemos dejado por fuera algunas estéticas: la literatura fantástica, por ejemplo. Los casos de literatura fantástica colombiana son pocos. Sí hay, tenemos algunos exponentes […] pero a nivel internacional no hay una tradición como la argentina o la mexicana, y los colombianos nos fuimos quedando por fuera de ciertas corrientes por el conflicto interno. Nuestro conflicto era demasiado poderoso, había demasiados muertos… había candidatos a la Presidencia asesinados, no solo de izquierda, porque nosotros terminamos matando no solo a Pardo Leal, a Pizarro o a Bernardo Jaramillo; terminamos matando a Galán, que era un tipo de centro, y terminamos matando a Álvaro Gómez Hurtado, que se supone que era del Partido Conservador. Terminamos matando en todos los espectros y por todos los lados posibles.

Ha sido difícil crear una literatura fantástica, hacer una ciencia ficción, los colombianos hemos tenido que estar satelizados a lo que han sido los guerreros. Sin embargo, hay grandes exponentes que uno podría mencionar como nuestro propio surrealismo, gente que encontró una salida y le dio un giro. Entre ellos, por ejemplo, está García Márquez. Es un exponente muy raro y particular; no en vano nos alzamos con el Premio Nobel de Literatura gracias a esa estética. El realismo mágico podríamos considerarlo como nuestro surrealismo, y podríamos considerarlo como nuestra literatura fantástica; Melquiades o el Coronel Aureliano Buendía, en su taller al fondo, podríamos considerarlos como personajes que llegan de un universo paralelo, de una dimensión desconocida.

Otro escritor muy raro, y fíjense que son los dos más importantes que tiene Colombia, es Álvaro Mutis. Mutis tiene una estética muy particular; Maqroll no viene del mundo del narcotráfico, no viene de las violencias de las hipermetrópolis latinoamericanas, parece suspendido en el tiempo. Es un personaje completamente atemporal, y viene más de la literatura de viajes, viene más de un Joseph Conrad o de un Jack London.

Los dos exponentes más significativos, el uno se alza con el Premio Nobel y el otro con el Premio Cervantes (el más importante en lengua castellana), tienen una reflexión que no pertenece a la tradición de la guerra necesariamente.

Nosotros hemos pensado mucho sobre eso en el equipo de trabajo; yo ya había hecho unos libros que se escapaban un poco, El libro de las revelaciones, Paranormal Colombia, por ejemplo, y había explorado géneros extraños en la locura de nuestro tiempo o en la importancia de morir a tiempo, entonces sentimos que había llegado el momento de explorar una literatura de anticipación.

La literatura de anticipación es rara, y es un género que se han llevado los europeos y los norteamericanos. Uno mira Stranger Things, mira Dark, Melancolía de Lars Von Trier, o The Walking Dead, y sabe que no está escrito por latinoamericanos, ¿por qué? ¿Por qué nos hemos quedado rezagados cuando, en realidad, nosotros somos la vanguardia?

La ciudad arquetipo en el siglo XIX es París, la ciudad arquetipo en el siglo XX es Nueva York, pero la ciudad arquetipo finalizando el siglo XX y comenzando el siglo XXI no es ni París ni Nueva York, es Kinshasa, Bangkok, Río de Janeiro, Ciudad de México o Bogotá. Es decir, lo que los sociólogos llaman ciudades fantasmales, ciudades entrópicas, caóticas… el esquema se dio la vuelta.

Nosotros teníamos como un complejo de inferioridad, si hacíamos las cosas bien íbamos detrás de los europeos, algún día –si nos ‘civilizamos’ – vamos a respetar la cebra, vamos a comportarnos como ciudadanos en Suiza o en Bélgica, porque ellos van adelante. Pero resulta que el esquema se dio la vuelta, es entrópico, es caótico; no es la imagen del progreso decimonónica, es la imagen del caos y el vértigo de las hipermetrópolis tercermundistas.

Entonces, si el esquema se dio la vuelta, nosotros vamos adelante y los europeos o los norteamericanos vienen detrás. No es que si Bogotá hace las cosas bien se va a parecer a París, es al revés. París se va a parecer cada vez más a Bogotá. Llegan las pateras del norte de África, vienen los migrantes subsaharianos y cruzan todo el Mediterráneo, vienen los migrantes de Siria y el Medio Oriente. Empezamos a ver gente durmiendo debajo de los puentes, empezamos a ver un Cuarto Mundo –como lo llaman los sociólogos– dentro del Primer Mundo. Hay un Tercer y un Cuarto Mundo dentro del Primer Mundo; en las calles empezamos a ver marroquíes vendedores de baratijas, africanos intentando sobrevivir…

Hace poco tiempo quemaron 6.000 autos en las afueras de París; todos los migrantes que llegaron, y no pudieron más, se enfrentaron a las autoridades en los suburbios de París. Entonces, nosotros no vamos detrás, no somos los que van rezagados, no somos el subdesarrollo que va acomplejado detrás de ese Primer Mundo, eso no funciona así, es al revés. Nosotros somos la vanguardia, nosotros somos el futuro. Las favelas de Río de Janeiro o las comunas de Medellín son el futuro.

Eso ya no es capitalismo salvaje, es lo que el profesor Noam Chomsky en MIT calificó como capitalismo depredador. En el año 2008 o 2009 el capitalismo se incrementó de una manera cruel y casi sádica, perversa, insana y patológica. En ese capitalismo depredador las hipermetrópolis tercermundistas son la vanguardia. Entonces, ¿por qué no hacemos literatura de anticipación nosotros, si somos la vanguardia y vamos en la proa del barco?

¿Cuándo se nos hubiera ocurrido que íbamos a tener un caudillo en una sociedad como la norteamericana? Si el caudillo era típico de la tradición latinoamericana tercermundista, de las ‘repúblicas bananas’ con caudillos que van liderando con un populismo estúpido y medio bobo. Trump acaba de decir que no va a aceptar las investigaciones del Partido Demócrata en una típica medida de un caudillo tercermundista, Se van a parecer a nosotros cada vez más; la lógica entrópica va a irse chupando todo.

Nosotros empezamos a estudiar mucho el Protocolo de Kiev, miramos muy bien la Convención de París, estudiamos la Cumbre de Marrakech, y acabamos de estudiar también lo que sucedió en el encuentro de Naciones Unidas sobre cambio climático… y lo maravilloso es que acabamos de cruzar el punto de no retorno. Los científicos están de acuerdo en que hay un punto de no retorno, y el momento de tomar medidas ya pasó, y no lo hicimos, no fuimos capaces.

Un filósofo como Michel Serres –francés, que murió hace poco– decía que Occidente es muy raro porque se parece a un barco que se va a chocar contra un iceberg, y lo único que se le ocurre es desacelerar. Increíble. ‘Vamos a chocarnos igual, pero vamos más despacio’, pero no se le ocurre timonear, ¿por qué Occidente es incapaz de pegar un timonazo para salvar la nave?


Mendoza ha conquistado un gran número de lectores jóvenes; con los cómics y las novelas gráficas fortalece su propuesta y demuestra que lee muy bien nuestros tiempos.


La sociedad occidental ya colapsó. Entre el año 45, que es el lanzamiento de la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki, hasta la última convención de Naciones Unidas, quedó claro que se nos pasó el tiempo de actuar, no fuimos capaces. De hecho, los Estados Unidos se salieron de los protocolos y de las convenciones; no les interesa para nada y es uno de los países más contaminantes. Por la lógica entrópica nos vamos aproximando inevitablemente a ese final.

En la mitad del proceso de paz, que fue muy doloroso porque perdimos […], es como si volviéramos a quedar satelizados porque no tuvimos una sociedad civil lo suficientemente fuerte como para defender el proceso, obligar a los guerreros a que se rindieran y entraran en el tejido social. Eso fue lo que sucedió con ETA en España, fue lo que sucedió en Ruanda, con IRA en Irlanda… en todos los procesos de paz es el tejido social el que termina venciendo a los guerreros. Acá fue al revés; los bandos en conflicto cooptaron a la sociedad civil; terminamos fracturados y rotos porque no nos habíamos dado cuenta de que no teníamos un tejido social suficientemente fuerte como para imponernos. Terminamos divididos, insultándonos en las redes, unos contra otros en la polarización, ¿por qué? Porque no nos dimos cuenta de que el tercer bando era el más importante de todos. El tercer bando somos nosotros, la sociedad civil.

Mientras íbamos elaborando todo el proyecto, sabíamos que estábamos inmersos en una realidad muy particular […], tenemos claridad de las condiciones históricas en las que nace este proyecto, y es, de alguna manera, una sublevación, un grito de emancipación, una manera de decirles a los guerreros ‘no vamos a permitir que ustedes coopten todos los imaginarios, no estamos condenados toda nuestra historia a escribir sobre traquetos o sobre capos y sicarios’. Quizás no hablar sobre ellos puede ser una manera de desarticularlos y enfrentarlos. 

Entendemos que salimos de ese hiperrealismo y nos agarramos de una manera muy sólida a una tradición que es la de García Márquez, una realidad que está por encima de lo real, lo que llamamos suprarrealismo o surrealismo, nos agarramos de Mutis y de Maqroll para intentar configurar una estética que nos libere de lo que han hecho con nosotros…”.