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“No hay mejor manera de controlarnos que repartirnos en buenos y malos”, Ricardo Silva Romero

El escritor habla sobre Río Muerto, su novela más reciente, y reflexiona en torno al conflicto, a nuestros traumas nacionales y a los años bisiestos, como este 2020.
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Río Muerto es una historia que se le atravesó cuando estaba trabajando en una novela sobre ciclismo.

Fotografías por Laura Vásquez Roa

“A principios de 2017, a bordo de una camioneta que remontaba la autopista lentísima que va a dar a Bogotá, mi compañero de viaje me dijo «yo voté contra la paz del plebiscito aquel porque voté contra todos los verdugos». Me lo dijo cuando ya se nos habían acabado los temas de conversación para soportar el peor trancón en la historia de los trancones y llevábamos un buen rato maldiciendo en silencio nuestra situación. Y como le respondí que yo había votado a favor por las mismas razones por las que él había votado en contra, porque quería que alguna guerra de estas empezara a acabarse, se puso a contarme la novela que voy a contar tal como la voy a contar y tal como la va usted a leer”. Así empieza Río Muerto, y a partir de ese momento Ricardo Silva Romero hunde nuestras cabezas en las aguas de un país que ha visto flotar demasiados cadáveres.

El libro, lanzado en medio del confinamiento y la pandemia, ha tenido un recibimiento enorme por parte de los lectores, aunque eso ya se ha vuelto habitual cuando Silva Romero presenta algo nuevo. Alrededor de su figura se mueve la intelectualidad, la cultura popular y la conciencia sociopolítica ajena a los radicalismos. 

La novela se concentra en la historia de una víctima, un hombre mudo (Salomón), y su familia, en un pueblo que no ha logrado aparecer en el mapa y está bajo el control de un criminal desmemoriado (Triple Equis). Este no puede hablar y aquel no puede recordar, como muchos de nosotros; Río Muerto es un ejemplo de lo que se vive lejos de las discusiones polarizadas en las capitales. Es el apartamento modelo que alguien usa para mostrarnos cómo se vive en un barrio de mala muerte. De una muerte sin funeral.


Usted dice que la gente ha captado la idea de Río Muerto correctamente, ¿cuál es esa idea desde su perspectiva?

Me parece que la gente lo ha agarrado de varias maneras; algunas personas se lo han tomado como un funeral, y a mí me gusta esa idea, como el funeral de una persona que no lo tuvo, esa cosa me pareció conmovedora. Otra gente se lo ha tomado como un texto literario, como una red de jergas, de palabras del Chocó, del Pacífico, del interior… un español particular que hay ahí, también esa lectura se ha dado.

Hay una lectura como testimonio de memoria histórica, y también se ha recibido como historia de amor, nadie se lo ha tomado como lo que no es. Otra gente habla de la promesa cumplida a una familia de víctimas. Entonces, me parece que cada quien ha hecho lo que ha podido con el libro; todas las lecturas me parecen sensatas y me parece que vienen del libro, no hay nadie -como pasa a veces- que le mete una agenda equivocada, no aparece un lector de ultraderecha diciendo que esta es una novela mamerta, no aparece nadie viendo lo que no es. 

Me parece que hay gente que se lo ha tomado como una denuncia, y también me parece justo, porque es básicamente eso también. Pasa en el 92, pero podría haber pasado ayer fácilmente, es lo que ha estado pasando en estos días, que matan a la gente en la puerta de su casa porque estorba, y listo.

Es una cosa increíble porque es una historia que no deja de pasar, entonces también se ha tomado como un texto de denuncia ante lo que está pasando, eso me ha parecido chévere, que hay varias lecturas pero todas están dentro del libro, nadie lo está sobreinterpretando o interpretando mal, hasta el momento. Me ha parecido sorprendente porque no sé si yo tenía en mente que la gente podía verlo de otra manera, pero lo han visto muy como yo lo veo.

¿Cómo es su relación con el personaje que le contó esta historia? ¿La relación surgió en ese trancón que menciona en la nota introductoria?

No, venía de un poco atrás. Él conocía lo que yo había escrito, había cierta afinidad, y la confianza en que yo contara eso, y en que lo contara a mi manera. Para eso había que tener el recorrido que él tiene, él es un desplazado que pasa por la suerte de haber sido educado y comprende que es mejor una novela que un informe de memoria histórica, o que una nota de prensa para hacer entender un drama, para verle a un drama no solo las tres dimensiones sino las cuatro. Es decir, el punto de vista de lo invisible, de los muertos, de toda esa dimensión como espectral, fantasmal, que me parece lo más particular de la historia.

Fotografías por Laura Vásquez Roa

Cuando uno empieza a leerlo, la primera pregunta que surge tiene que ver con las circunstancias que lo pusieron a usted y a esta víctima en el mismo carro, en el mismo trancón…

Es muy común, desde mucho tiempo atrás, esto de tener encuentros con desmovilizados, con reinsertados, con víctimas, desde que empecé a escribir. No sé si es porque uno se sintoniza con la posibilidad de narrarlo todo, o empieza a tener esa deformación profesional, o empieza a coincidir, si uno quiere creer en coincidencias.

Me he ido encontrando en la vida con mucha gente en esas circunstancias. En algún momento se me pidió ser jurado para la Fundación Matamoros en un concurso de testimonios. Conocí como 200 testimonios, tuve acceso a un montón de informes de la Procuraduría sobre la guerra, luego leí los informes de memoria histórica, creé una relación con ellos, con Gonzalo Sánchez y con esa etapa del Centro de Memoria Histórica, porque hoy, pues…

Alguna vez me tocó hacer un artículo para Soho sobre el nacimiento de una persona en un hospital de Suba, y el padre del bebé había sido secuestrado por la guerrilla durante tres años. Era mecánico y se lo habían llevado para que arreglara unas motos, y nunca lo habían dejado salir porque habían dicho, “Bueno, quédese acá ayudándonos”; se había quedado tres años y se había tenido que escapar, estaba volado de la guerrilla en Bogotá. Estaba ese día teniendo su hijo y todo eso me lo contó mientras nacía el niño. 

Con esto quiero decir que es muy fácil salir a la calle y estar rodeado de gente que ha estado en la guerra, o que se ha desplazado de la guerra, o que es víctima. Me acuerdo de taxistas desmovilizados, o en cualquier bus va a haber alguien que tiene una víctima en su familia, o alguna historia de guerra que quiere contarle a alguien, y justamente la circunstancia fue esa. 

Había cierta confianza, y me contó la historia como está contada en la nota inicial, porque el plebiscito del 2016 puso a la gente a explicar por qué Sí y por qué No, y a mí lo que más me sorprendió es que su testimonio de víctima que quiere cerrarle el paso a los victimarios se contrastaba con el de muchas otras que pensaban, “Lo mejor es votar por el Sí para que esto se pueda empezar a sanar”. 

Pero lo que en un principio me pareció sorprendente, ese No a la paz votado por una víctima, ahora cada vez me parece más común y me parece que es un comportamiento típico de acá, que ha hecho que la gente dé por hecho que le toca recuperarse sola, que este país es así, que a uno lo pueden matar y que si lo matan son las reglas del juego y hay que seguir adelante, hay que tener coraje.

En algún momento les molestaba a muchas personas (víctimas o no) el tener que crear un aparato estatal, una red de memoria, restitución y reparación para conseguir algo que, según ellos, cada uno conseguía por su lado en Colombia.

Era como si pensaran, “Bueno, me mataron una persona en la casa, pero es que Colombia es así. Entonces yo lloro un rato y sigo adelante, tengo coraje, y tengo valor, así hemos sido y así seguiremos. Esto es lo que nos hace un país especial, que seguimos adelante”. Eso me impresiona porque es una actitud de negación total, se cree que es mucho coraje cargar semejante dolor y seguir adelante, lo es de alguna manera, pero aplaza la necesidad de hacer terapia al respecto, de encararlo, de relatarlo. Da por hecho que uno no puede hacerles funeral a sus parientes asesinados, y que es mejor salir de ahí pronto.

Es realmente muy impresionante, creo que tiene que ver con el hecho de creer que ir a terapia es una debilidad, como si fuera una sociedad de machos, creer que hay que seguir adelante y dejar atrás todo.

Porque supuestamente los hombres no lloran…

Sí, y ya elevado a los colombianos en general, no lloran. Es impresionante. Por eso era chocante que alguien que tuvo víctimas dijera, “Yo voté que No por eso mismo, porque a esta gente no hay que darle chance”, y más sorprendente aún es ver que esta gente es amorosa, es buena persona, no significa que quieran la guerra por haber votado No; simplemente les parecía que era decir no a la guerra, y muchos otros pensaban que lo otro era decir sí a la paz, era una confusión mortal que solo se le puede endilgar al Gobierno de ese entonces, que se empeñó en semejante situación.

Hay una cosa que llama mucho la atención cuando uno ve que el plebiscito por la paz y su resultado lo marcaron a usted y a su trabajo muy profundamente, eso nos marcó a todos. En Cómo perderlo todo, es una cosa fundamental, y lógicamente también tiene un peso grande en Historia de la locura en Colombia, ahora es el punto de partida para Río muerto

Sí, reúne a esos tres libros con un eje semejante, y es una mirada diferente en cada uno de los tres. En el primero es el año en el que sucede, y uno va de personaje en personaje, viendo cómo votan legítimamente Sí o No. Ese es el esfuerzo por ver que hay gente que vota No desde la buena fe, desde las convicciones y desde lo que saben; ese esfuerzo está ahí, y está ahí porque es una ficción. La convicción que tiene cualquier narrador de ficciones de que en el territorio de la novela todos los personajes tienen la razón; ahí no hay gente más lúcida que otra, sino gente que viene de tal lugar y gente que viene de tal otro, y chocan porque es algo que solo sucede así en una novela, sin estereotipos, sin estigmatizaciones, es un territorio libre de agendas. Cuando una novela está conseguida, es un territorio libre de agendas. Chocan los personajes en lo que piensan, pero uno los entiende a todos desde donde lo están pensando.

En Historia de la locura, creo que todo termina en eso. A mi modo de ver, el clímax del país en estos últimos 20 años es ese plebiscito que enfrenta a tanta gente; un plebiscito propuesto por el exministro de Defensa de Álvaro Uribe para ver si se hacía la paz con las FARC, un plebiscito que termina perdiéndose por 50 mil votos. Yo creo que era un plebiscito bien intencionado, pero termina sirviéndoles a los políticos turbios, a los más bajos, a quienes les sirve atrincherar a la gente y desdibujarnos a todos, acabar con los matices, acabar con los contextos y ponernos a todos en pie de guerra, reducirnos a Star Wars o Harry PotterVoldemort contra los buenos, y llevar todo al territorio del maniqueísmo más puro y más efectivo, porque no hay mejor manera de controlarnos que repartirnos en buenos y malos.

Creo que al país sí lo marca y sí lo redefine mucho esa situación del Sí contra el No. Basta con ver las fotos de los días siguientes a ese plebiscito, los líderes del No yendo a renegociar al Palacio, Uribe muerto de la risa rodeado de sus alfiles, Duque y Marta Lucía Ramírez, y cuatro años después los tenemos literalmente encima. O sea que sí es lo más importante que nos ha pasado. Lo más que nos ha redefinido, lo que más nos ha determinado en estos últimos cinco años es tanto el Proceso de Paz como el plebiscito fallido que rebarajó todas las fuerzas políticas.

Si ese plebiscito queda con ocho millones por el Sí y un millón por el No, se acabó la discusión, Uribe no sigue siendo la fuerza que sigue siendo, el Centro Democrático queda en necesidad de redibujar su plataforma, su agenda, en fin. Lo que pasó nos transformó, y nos tiene acá y nos puso a los políticos que están en la cabeza de las dos grandes fuerzas, sin duda. Desdibujó también a todas las posibilidades que pueden estar en el espectro entre la extrema izquierda hasta la extrema derecha; todo lo que esté más o menos en el centro no tiene tanta fuerza nunca, se oye pobre, se oye sin ganas, sin rabia, sin indignación. Sí nos puso en un lugar del que no es fácil volver.

Luego está el encuentro en ese carro, y la conversación sobre el Sí y el No, y a mí me cogió justo en el momento del duelo de mi papá, y una cosa que usted debe sentir también igual que yo, que es la angustia de dejar sola a la familia, de que a uno le pase algo… “¿Ahora esta gente qué va a hacer sin mí?”, y porque el personaje de Salomón Palacios tiene mi edad en ese momento en el que me contaron la historia. 

Entonces creo que el plebiscito, la muerte de mi papá, la posibilidad de morirme a la edad de este señor por cualquiera de las enfermedades colombianas que conocemos, todo eso me empujó a esa novela, pero sobre todo la idea de que la novela es esa tierra de nadie de la que se habla en las guerras, una tierra de nadie en la que uno se encuentra sin agendas y sin caciques, ni generales, ni cabecillas que le digan a uno “Ataque a este o ataque al otro”.

Uno lo encuentra en la ficción, en el drama, en el cine, en la literatura, en la música, y en ese lugar la única agenda suele ser el drama humano, la experiencia humana, la angustia humana o la rareza de esta situación de estar vivos, que es compartir ya mucho, eso me interesaba también. 

Tenemos que estar de acuerdo en que eso del Sí y el No es secundario ante el cuadro de un hombre que va a llegar a su casa y lo matan en la puerta; creo que es de mínima humanidad decir que es impensable, insoportable, injusto, y lo que es extraordinario es que finalmente no pasa, los que leamos esa novela quizás nos pongamos de acuerdo en que a uno no lo pueden matar en la puerta de la casa cuando va a llegar a darle un abrazo a los hijos. Pero mucha gente en Colombia diría, “Ah, pero es que este tipo le ayudaba a la guerrilla”, y ahí muere todo, ahí empieza el fracaso humano que ha sido Colombia hasta hoy.

Hay un asunto que también lleva la cosa a otra dimensión, y es el tema de los años bisiestos, el 92, el 2016, el 2020 que, sin ser algo en lo que usted sustente el discurso, siempre lo dice como recordándonos que este es un año bisiesto, que lo tengamos en cuenta, por si las moscas ahí nos deja el dato…

Esa es una herencia de familia porque muchas cosas malas que han pasado en mi familia han sido en los años bisiestos. En diciembre del año pasado la Revista Credencial me pidió que hiciera un artículo sobre el 2020 como año bisiesto porque habían visto que aparecían en mis novelas constantemente; en Historia oficial del amor a mi tío lo asesinan un año bisiesto y, por ejemplo, 1948 es un año bisiesto, es el año del Bogotazo.

Me pidieron que hiciera ese artículo y yo me acompañé de una astróloga fantástica, Diana Ramírez, es arquitecta también, y hace unas lecturas muy sofisticadas de las cartas astrales. Ella me explicó lo que se decía desde lo astral, desde esas disciplinas en las que yo creo sin saber mucho y sin ponerme fanático, porque si alguien me dice que no cree me parece perfectamente sensato también.

Ella me describió lo que veía, yo lo traduje a lo que me pareció, y terminó siendo una especie de vaticinio de que este año iba a ser brutal y todo se iba a afectar. De alguna manera el artículo describe lo que ha pasado, por supuesto el mérito es de ella, pero para la investigación del artículo pasé de la herencia familiar de temerles a los bisiestos porque siempre pasa algo malo, a toda la cultura popular que hay alrededor, hay dichos populares que dicen: “Año bisiesto, año siniestro”

Hay toda una literatura “esotérica” al respecto, y estos libros que yo hago tienden a tener en cuenta, como yo mismo, que hay una tras escena de las tres dimensiones, una parte invisible de la vida que está funcionando.

En el caso de Río Muerto hay eso, un fantasma, una vidente o una médium, hay la sospecha del año bisiesto, pero también hay una iglesia evangélica que está construida alrededor de los supuestos poderes de un pastor. Hay en Colombia mucha fe en lo invisible, empezando por lo ancestral y después bajo el imperio del catolicismo tan brutal, ha habido siempre fe en lo invisible, y ni siquiera el catolicismo ha podido evitar que siga habiendo tanta brujería, tantos médiums, tanto agüero, tantas cábalas alrededor de la realidad.

Esa parte de lo sobrenatural hace que uno se pregunte, ¿hasta qué punto aquí se está jugando un poco al realismo mágico? ¿Hasta qué punto para Ricardo estas cosas sí tienen un fundamento?

Yo creo no es realismo mágico porque la presencia de la sobrenatural no responde a una licencia poética, es un realismo en el que se contempla esa presencia; es la construcción de la novela básicamente, es lo mismo que uno podría decir de Cómo perderlo todo y la astrología, todos los personajes están presentados con su signo y se va diciendo qué pasaba en los astros en ese momento y cómo los afectaba; o en Historia oficial está todo el tarot que mi papá leía. Y tengo un par de libros con fantasmas de antes, uno de niños, los de niños tienden a tener fantasmas. Tengo una historia de un niño que es tan tímido que se vuelve invisible. Una segunda novela que se llama Tic, de un tipo que amanece dentro del cuerpo de otro, que uno podría verlo como un detonante cómico muy usado en películas, incluso en las viejas historias de El príncipe y el mendigo, un intercambio de vidas, pero también se podría pensar que eso señala una creencia en que el cuerpo es una cosa y el alma es otra, esa idea de alguien que amanece dentro de otro. 

Yo creo realmente que en el caso de las novelas, está señalando más bien un autor que, independiente de si cree o no en eso, piensa que esto es una buena manera de comenzar una historia, que eso sirve para que la historia funcione mejor, independiente de lo que yo crea en el fondo.

Pero no está haciéndole propaganda a eso que yo creo porque yo estoy muy poco claro en ello, es decir, creo en todo por si acaso, no descarto nada, pero tampoco puedo asegurar nada y no me atrevo a asegurar nada, ni a ser un portavoz de la astrología, ni del tarot, ni de los fantasmas, me parece que los fantasmas son fantásticos para una historia. Para La canción de Navidad son geniales, cuando a alguien le toca amanecer en el cuerpo de otro me parece una historia que quiero leer, y creo que en el terreno de la ficción lo uso así porque le da una perspectiva importante, todo relato necesita un extraterrestre que lo haga ver con ojos nuevos, todo relato necesita alguien que venga de afuera y nos haga entender lo extraño que es el mundo en el que estamos.

En Cómo perderlo todo el profesor Pizarro es un viejo en el mundo de las redes, un tipo que no entiende esa vaina, aquí este es un fantasma que está viendo que esto sigue pasando y como es de absurdo todo esto, y así uno podría ver que en todas las novelas que he hecho tiene que haber unos ojos extrañados que lo hacen ver a uno lo absurdo que es el mundo. Por ejemplo, en Autogol, que está narrado por el propio personaje que es comentarista deportivo, él tiene una persona que le está ayudando a escribir el libro, que es el que le da la perspectiva de lo extraño que es todo lo que está contando. 

Creo que la respuesta concreta es esa, yo no descarto ningún fenómeno porque me parece incluso arriesgado hacerlo. No descarto ninguna disciplina, ningún método de conocimiento, porque me parece que además soy yo contra cinco mil años de historia tratando de descifrar los astros, tratando de leer la suerte en el tarot, sería incluso arrogante de mi parte negar disciplinas y maneras de conocerse a uno mismo.

Pero a la hora de escribir, estoy seguro de que lo uso como detonante, como mirada, como recurso para ir más al fondo de los hechos. En el caso de Río muerto, además, me parece casi un grito para decir, “Aquí vamos a tener que meter una ouija, vamos a tener que acudir a los muertos, hacerlos levantarse de las fosas comunes, a ver si solucionamos esto”. Hemos hecho listas de líderes sociales en cuatro páginas de El Espectador, campañas de columnistas (yo he participado en dos), reguetones cantados por líderes sociales, los actores ahora están poniendo su cara en nombre de los líderes sociales y nada le llega al corazón de los asesinos, nada se mete por las venas de los asesinos para decirles “Oiga eso está prohibido, detesten a todo el mundo, odien a todo el mundo, quieran todo el dinero, quieran todas las tierras, pero está prohibido matar a la gente”. 

Eso no llega, no cala, y yo creo que llegó el momento de decir “Nos tocó llamar a lo invisible, ya no se pudo, entre nosotros no se pudo, toca que los muertos vengan y espanten a los violentos, que se levanten y hagan un ejército de muertos que resuelvan este asunto, porque no hemos convencido a la gente de que no se puede matar. En estos últimos 15 días hay 15 ríos muertos, uno por día, y nos tocó acudir a lo invisible, a todas las formas de lucha esotérica que se nos ocurran, porque ya no veo de otra”.

Fotografías por Laura Vásquez Roa

Hay otra cosa muy interesante en la forma en que usted no busca romantizar nada en el libro, es muy crudo, muy humano y muy escueto. Hipólita no es la mamá perfecta, el mudo Salomón tampoco es el papá perfecto, los hijos no son perfectos, no se idealiza la paternidad, la maternidad, la patria, las raíces o el amor por una tierra, nada de esto. No sé si es culpa de Hollywood [Risas] o de las canciones cursis, pero todo termina romantizado, los amigos, la maternidad, las cosas más dolorosas del mundo, hasta la pobreza se romantiza, y parece que en este libro usted se va hacia el otro lado.

Pues sí, para mí eso también es importante en la novela. Es que siempre se duda de la capacidad de alguien que viva en Bogotá, o que haya escrito cosas urbanas para escribir cosas que suceden en veredas o en municipios, se cree que uno no va a ser capaz porque no conoce, o se cree que puede caer en esas romantizaciones.

Me parece que la clave está en que nadie olvide que en las regiones hay otras culturas, pero está la misma gente, son los mismos prójimos, los mismos esqueletos, los mismos corazones, las mismas conexiones humanas, las mismas incertidumbres, las mismas preguntas por la muerte, por el amor, por las relaciones con los demás, los mismos fallos, los mismos deslices, las mismas envidias y egoísmos.

Uno puede leer a novelistas rusos del Siglo XIX o a novelistas gringos del Siglo XX, escribir sobre personajes del Siglo XVII o XV o XIX, o personajes de su propia época en otras regiones, porque todos vivimos los mismos dramas, pero eso suele olvidarse cuando alguien está escribiendo. 

Muchas veces se tiende a decir, “Hay pobreza, entonces los pobres son buenos, o los pobres son tiernos, o esa región debe tener algo alegre porque está en el nororiente de Colombia”. Se suele pensar, por ejemplo, que los costeños todos son felices y chistosos, y en realidad hay una tristeza hondísima en el Caribe.

Viva donde viva una persona -a pesar de ser afectada por su cultura, por su sociedad, por sus circunstancias- va a tener las mismas inclinaciones, las mismas tentaciones, los mismos temores. Uno puede escribir sobre cualquiera, de cualquier época, de cualquier cultura, de cualquier lugar, y ya eso también lo hace a uno quitarle el misterio, el romanticismo, el estereotipo que puede haber en cada quien. 

La buena madre, el padre perfecto, los hijos miedosos, aquí cada quien está reaccionando a su manera, cada quien está siendo la persona que es, compleja e indescifrable, porque así somos todos. Yo creo que eso es muy importante. Obviamente yo tenía información sobre esos personajes, y tenía también información sobre ese lugar, lo había conocido en los 90, podía matizarlo todo, particularizarlo, no hacerlo general, no convertirlo en alegoría porque eso también es muy aburridor.

Para mí, como lector, recibir una novela en la que me está saltando la alegoría y me están diciendo, “Esto es un mensaje para la humanidad, o esto simboliza esto y esto”, como con mensajes de neón, explicándole a uno que aquí hay un mito, aquí hay una filosofía, aquí hay un enigma revelado… No, estas son personas como son. 

A mí me parecía muy importante que se vieran los platos que han quedado sucios porque la persona que se murió había comido ahí. Entre más detalle y más particularidad en los personajes, más humanos son, más verosímiles son, y más se alejan de la posibilidad de ser arquetipos o símbolos de algo, y son ellos mismos porque convertir personajes en símbolos es más bien tonto, porque esa es la labor que hace un lector, los lectores son los que miran y dicen, “Esto se me parece a mí” o, “Esto me recuerda a mi mamá” o, “Esto me parece que es lo que hacen las mujeres en Colombia”, eso tiene que ser labor del que lee, y no del que escribe, porque ahí empieza a fallar una historia, cuando uno está creando una máquina de símbolos está impidiendo el trabajo del lector.

Aunque no haya sido su intención, la novela sí es una metáfora desde varias perspectivas; la primera que se me vino a la cabeza al terminar era que Salomón es mudo y el comandante Triple Equis tiene amnesia, que son como dos cosas de las que padecemos los colombianos…

Cierto.

Todos los personajes -de una forma u otra- nos reflejan a todos, como que Belén del Chamí es una maqueta del país, es como el apartamento modelo…

[Risas] Sí me parece una buena definición, y yo lo leería así. Cuando uno está escribiendo, por lo menos cuando yo me pongo en eso, estoy tratando de que los personajes sean específicos hasta el punto de que uno sepa cómo se presentan al mundo, cómo son de puertas para adentro, qué están negando, a qué huelen; me pareció espeluznante, aunque el personaje de la vida real de Triple Equis tiene esas veleidades y esa estampa de abusador tan brutal, me pareció más aterrador que tuviera problemas de memoria reciente. Es un tipo que está tan mal de la cabeza que no sabe qué está haciendo, y finge que sí porque todo su imperio depende de ello.

Yo creo que lo escribí pensando en que fuera un drama de esos diarios colombianos, que se entendiera en todas sus dimensiones, con todos sus pliegues, hacer presente un drama de esos, ponérselo al lector de frente, mirarlo a los ojos. Pero ya como lector yo lo leería como usted lo está diciendo, es decir, sí es un país en el que ni siquiera siendo mudo uno tiene garantizado salvarse, y sí es un país en el que hay unos tipos que siguen obrando la violencia porque no la registran, no la guardan dentro de ellos, no les parece que estén acumulando violencia sino que la van dejando atrás, entonces sí son personajes que están describiendo dos males muy colombianos, que solo se dan acá y sí es una novela que -como dice la fajilla- está rebelándosele a esa violencia, está revelándola y rebelándose, creo que como lector sí pensaría eso. Esto es un apartamento modelo.

Fotografías por Laura Vásquez Roa

Usted es muy melómano, y eso se refleja en sus libros; acá lo vemos en una música que usted no necesariamente oye, pero que sí le recuerda su juventud. La música le ayuda a pintar todo el panorama…

Sin duda, no es la música que yo escucharía en este momento, pero sí la conozco bien, tengo un umbral musical muy amplio, y me gustan ciertas cosas que son chistosas. Pero ahí están nada más ayudando a describir, a crear ironías. Suena El General, suena Sopa de Caracol, desde el principio hasta el final suena La Creciente, que a mí me gusta mucho, es una buena recurrencia de la novela porque arranca con el nubarrón que se alza en el cielo, advierte que esto va a ser una historia de amor a pesar de ese mundo tan violento. Y como usted dice, recrea la época, recrea el momento, recrea la atmósfera.

También participa en eso la televisión que se está viendo en casi todos los momentos, están viendo alguna telenovela, algún programa, y todo porque es algo que puede conectar lo urbano con lo rural. En las peluquerías de Bogotá o en las de Belén del Chamí, a las 4 de la tarde se están viendo las telenovelas turcas de hoy en día, o se veían las de RTI en ese entonces. Se habla de una que se llama Ana de negro, y es algo que uno pierde de vista porque cree que la ciudad está a años luz de la regiones, pero no es cierto que no tengamos una cultura en común; la televisión que hoy llaman abierta era nuestra lengua común, es también una manera de recordar.

También pasa con la música, es decir, Sopa de caracol no era el Número Uno solo en Belén del Chamí, era lo que estaba oyendo todo el mundo en todas partes, irónicamente o con pasión.