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“No nos damos cuenta de que la Conquista continúa”. Los primeros 14.000 años antes de fuéramos Colombia

“En el fondo las pirámides y todas estas cosas son historia de barbarie, no de civilización”, dice el arqueólogo colombiano Carl Langebaek a propósito de su libro y de la necesidad de conocer nuestro pasado
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Cortesía Carl Langebaek

El antropólogo y arqueólogo Carl Langebaek presenta su libro Antes de Colombia. Los primeros 14.000 años. Esta obra de divulgación científica es una invitación a revisar la historia del territorio que ahora conocemos como Colombia, así como a conocer más sobre sus primeros pobladores. A la par, es una oportunidad para cuestionar algunos de los prejuicios más comunes y nocivos que persisten en la sociedad mestiza colombiana sobre los pueblos indígenas del pasado y del presente. 

Con un estilo ameno y cercano, el autor aporta una mirada crítica a nuestra sociedad, mientras compila los hallazgos arqueológicos más recientes tratando de acercar el conocimiento académico a públicos más amplios. 

¿Cómo surgió la idea de este libro y cómo ha sido el proceso de llevar el conocimiento de la arqueología fuera de la academia? 

La causa fue una frustración personal y es que creo que la academia cada vez es más incapaz de comunicarse con los no especialistas. De hecho, las universidades premian ese mundo hiperespecializado de las revistas excesivamente profesionalizadas que solo las leen los especialistas en cosas chiquitas y que dan prestigio y muchos puntajes. La academia premia no hablarle a la sociedad incluso con reconocimientos económicos para más bien hablarle al especialista, lo cual no tiene nada de malo, pero el sacrificio que se hace de no comunicar a la sociedad es terrible, sobre todo para una sociedad en la que su conocimiento sobre el mundo prehispánico es muy reducido. Uno oye todavía que por qué los indígenas de acá no hacían pirámides, que por qué eran tan brutos y esas cosas. 

Por otra parte, la arqueología ha cambiado mucho y las últimas síntesis que se hicieron en el país (hechas muy especialmente por Gerardo Reichel-Dolmatoff) son unas síntesis que hoy, gracias al trabajo de un montón de gente, podemos revaluar y complementar. Hay una cantidad de gente haciendo investigación, produciendo conocimiento interesante, cambiando la manera de ver el mundo prehispánico, pero eso termina siendo desconocido por una sociedad que ha vivido de espaldas a esos primeros 14.000 años de historia en su territorio. Entonces este libro fue esa combinación de mucho trabajo reciente de mis colegas y de tratar de contrarrestar una academia que cada vez comunica menos. 

Hay una idea muy peligrosa que persiste en la narrativa cotidiana en Colombia sobre “nuestros indígenas”, que ensalza al indígena del pasado glorioso vs. el indígena del presente que parece un estorbo, cuéntame de este doble discurso. 

Nosotros hemos adquirido una narrativa elogiosa, medio tontarrona e ingenua sobre el pasado prehispánico. Admiramos el Museo del Oro, a “nuestros indígenas”, lo cual es una apropiación del indígena desde el punto de vista patrimonial absolutamente horrible, ¿a quién se le ocurrió que eran nuestros? ¿Quién nos los tituló? 

En cambio, en el presente se consideran un estorbo, algo incómodo y para mí es indicativo de que de alguna manera la Conquista continúa. La conquista que no es necesariamente que nos montemos en el caballo a conquistar, sino toda esa colonización mental en la que vivimos. Pensamos colonialmente hasta nuestra geografía. No somos conscientes de que vivimos en un país tropical y lo que eso implica. ¿Por qué llenar los Llanos Orientales de un monocultivo o las Cordilleras andinas de ganadería? De pronto es un error, porque no estamos ni en la pampa argentina, ni en la pradera francesa. No tenemos la sensibilidad para entender lo que es vivir en el trópico. Eso en el caso de la geografía, pero frente a la historia pasada, basada en esa noción de progreso, se piensa que para que una civilización valga la pena tiene que producir pirámides o escritura y pues resulta que no. Hay otras trayectorias diferentes y parte de lo emocionante de nuestro trópico suramericano es que aquí ocurrieron cosas distintas y que son igualmente importantes o incluso más notables con toda esa trayectoria que no culminó en caciques déspotas o en una división entre ricos y pobres, y eso tiene un valor. 


“Parte de lo emocionante de nuestro trópico suramericano es que aquí ocurrieron cosas distintas y que son igualmente importantes o incluso más notables”


Se tiende a categorizar a las sociedades del pasado desde una mirada evolutiva, de que donde no hubo pirámides o grandes estructuras eran pueblos atrasados. Bajo ese modelo los pueblos del trópico quedamos mal parados…

Quedamos muy mal parados. Y resulta que los cazadores y recolectores eran unos genios conociendo plantas, mucho más que los agricultores. Y resulta que los agricultores, aunque conocían los principios de la agricultura perfectamente bien, decidieron no ser agricultores intensivos, sino diversificar sus cultivos y seguían cazando. Acá esos paradigmas de otras latitudes simplemente no funcionan.

Tú mencionas en el libro que construir una pirámide, por ejemplo, puede representar una historia del horror… 

En el fondo las pirámides y todas estas cosas son historia de barbarie, no de civilización. 

También hablas de los prejuicios sobre el mundo indígena que van de extremo a extremo, el indígena ángel o el indígena demonio. ¿A qué te refieres con esto?

Todas estas ideas tan abusivamente negativas o abusivamente positivas sobre los indígenas, en el fondo son ideas igualmente coloniales. Fíjate que las dos se pueden encontrar en Cristóbal Colón. Colón es el primero en decir “esta es la gente más buena del mundo” y poco tiempo después es capaz de decir que son salvajes que hay que esclavizar. Es la misma narrativa colonial y en el fondo es la incapacidad de entender que el otro es un ser humano. Entonces son ángeles o demonios al mismo tiempo, dependiendo del contexto en el que se les ubique y es algo que le pasa al colombiano también. El indígena es una maravilla, es un ángel absolutamente pacífico y amante de la naturaleza en algunas conversaciones, y es un monstruo espantoso, símbolo del atraso en otras conversaciones ¡de la misma gente! Seguimos siendo como Colón de alguna manera.   


“Admiramos el Museo del Oro, a ‘nuestros indígenas’, lo cual es una apropiación del indígena desde el punto de vista patrimonial absolutamente horrible, ¿a quién se le ocurrió que eran nuestros? ¿Quién nos los tituló?”


¿Cuáles son las consecuencias de que persistan esos discursos sobre los pueblos indígenas en Colombia?

Es una narrativa que sigue funcionando exactamente igual que en el pasado. Por ejemplo, Colón hablaba de la gente más buena del mundo porque en su realidad ser bueno o ser malo era la división clásica de ser cristiano o no ser cristiano. Pero claro, en otra sociedad donde la preocupación ambiental a nivel de retórica es importantísima, entonces “el indio” se vuelve indígena ecológico, pero sigue siendo la misma narrativa. La única diferencia es que nosotros los colombianos hemos descargado responsabilidades en los españoles del siglo XVI. Simplemente decimos que los malos fueron los españoles de ese siglo y punto. ¡Incluso le echamos la culpa a los españoles que hoy viven en España 500 años después y que no tienen absolutamente nada que ver con lo que sucedió! Nos lavamos la conciencia y no nos damos cuenta del país en el que vivimos, en donde hace casi 40 años había expediciones para matar indígenas en los Llanos. La falsificación de la historia continúa y nos presentamos como víctimas de la Conquista, le echamos la culpa de nuestro “atraso”, pero al mismo tiempo no nos damos cuenta de que somos nosotros los que estamos destruyendo la selva, la diversidad. No nos damos cuenta de que la Conquista continúa. 

En el libro cuestionas también nociones y valores de nuestro tiempo que se siguen imponiendo a las historias del pasado, como el individualismo, y haces una invitación a revisar ese pensamiento que creemos universal

Desde chiquitos nos dicen y valoramos positivamente cuando a un niño le dicen “tú eres único, eres diferente, no importa lo que te digan los demás” y estamos cultivando desde chiquitos el individualismo y la noción de éxito individual sin preguntarnos a costa de qué. Esa idea del individualismo y del hombre exitoso que maximiza sus beneficios y minimiza sus costos se piensa en términos de racionalidad económica y muchos economistas lo explican como parte de la naturaleza humana. Pareciera que no les cabe en la cabeza que hay culturas que piensen distinto, que no existe esa noción de individuo y que la sociedad es tan importante o más que las personas que la componen. Realmente lo que hacemos al hablar de estos modelos es reproducirlos sin darnos cuenta de que no necesariamente son la naturaleza humana, sino la naturaleza de nuestra sociedad, algo que ha sido cultural e históricamente construido. 


“En el fondo las pirámides y todas estas cosas son historia de barbarie, no de civilización”.


La arqueología ha interpretado sus hallazgos y se ha hecho preguntas desde sus valores del presente, ¿cómo revisar ese pasado si consideramos esos sesgos, por ejemplo, sobre el lugar de las mujeres en el mundo indígena? 

Hay un caso muy interesante de la etnografía de muchos pueblos indígenas donde pareciera que las mujeres no tienen vida ritual, porque ves a los jaibanás Embera o a los mamos Kogis y ves que los hombres tienen el rol protagónico, mientras que las mujeres están por fuera de la vida ceremonial. La razón es muy sencilla y es que los etnógrafos en su mayoría eran hombres y participaron de las actividades de los hombres. Nunca vieron las actividades de las mujeres y obviamente el resultado fue decir que las mujeres no tenían vida ceremonial, hasta que algunas antropólogas que no podían participar en los rituales masculinos tuvieron acceso a la vida ceremonial femenina y se dieron cuenta de que esa visión masculina era incompleta. Así se generan unas narraciones muy sesgadas, muy incompletas. 

Esto no quiere decir que no haya diferencias dentro de los pueblos indígenas…

Las sociedades indígenas son profundamente jerarquizadas, pero en el libro menciono que hoy en nuestras sociedades hay una narrativa de igualdad: hombres y mujeres son iguales, jóvenes y viejos son iguales, todos son iguales, y no, los indígenas tienen clarísimo que hay unas diferencias. Lo que es francamente distinto es que esas diferencias no se traducen en relaciones económicas y de poder con la asimetría que tiene hoy en día nuestra sociedad. Nosotros tenemos una retórica de lo igualitario, pero en la práctica no es así, mientras que en las sociedades indígenas la retórica es diferenciada. Por ejemplo, entre los Muiscas el hombre y la mujer no tienen el mismo origen, es distinto, pero esto no está mediado por una relación de género desigual o por el éxito individual. 

Aquí hay otro tema y es que nos cuesta mucho trabajo esto de hablar de los indígenas como un todo. Eso es muy complicado porque la diversidad era y es tan grande que encuentras todo tipo de sociedades. 

Para terminar, déjanos una invitación para leer el libro, ¿qué podemos encontrar en él? 

Creo que parte de ser un buen ciudadano, en el sentido más bonito de la palabra, es saber dónde está uno parado, conocer qué ha pasado en este territorio. Hay 14.000 años de historia de grupos humanos en este territorio y cada vez se conoce más de su riqueza y diversidad. Esto nos invita leer el pasado con ojos de curiosidad, de conocer qué pasó en este territorio y qué lecciones podemos extraer de lo que sucedió.

Penguin Random House