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Reflexiones de un músico en confinamiento: Marc Gili de Dorian

El cantante de la banda española nos comparte sus pensamientos sobre el futuro de la sociedad a raíz de la crisis del coronavirus
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No hay nada que una más a la gente que las desgracias. El “efecto COVID-19” ha puesto a dialogar a políticos, científicos, periodistas, economistas y filósofos del mundo entero en busca de una receta que trate de explicar cómo vamos a salir de esta y qué paisaje quedará después de la batalla. La crisis del coronavirus debería servirnos como motor para que, de una vez por todas, nos demos cuenta de que los problemas que afrontará la humanidad en los próximos cincuenta años solo se podrán solucionar si caminamos hacia la configuración de una suerte de “República universal” que sea capaz de buscar soluciones a los grandes retos que plantea el futuro –el cambio climático, los flujos migratorios, futuras crisis sanitarias, etc.– de forma verdaderamente coordinada y contundente, empleando una sola voz por el bien de todos. Por lo que respecta al  mundo de la música, pocos dudan de que este año va a quedar dado para sentencia en Europa y Estados Unidos, aunque algunos festivales podrían tener lugar en otoño, y no se descarta que, entre el mes de septiembre y finales de año, se vuelvan a abrir salas de conciertos de aforo mediano. 

En el momento que escribo estas palabras, Colombia cuenta con unos números oficiales de infectados y fallecidos por coronavirus bastante moderados. Esperemos que así siga. En España, la situación es dramática. A día de hoy ya son más de 19.000 los fallecidos y 180.000 los contagiados oficiales, aunque se estima que esta última cifra podría ser muchísimo más abultada. Los números son también dramáticos en Italia, Francia, Reino Unido y Estados Unidos. Este último cuenta ya con más de 40.000 muertes. Si tenemos en cuenta que durante toda la Guerra de Vietnam fallecieron unos 60.000 soldados, veremos que muy pronto Trump va a tener motivos para arrepentirse de haber ignorado, con su pompa y su soberbia habituales, los reiterados consejos de la comunidad científica, que le instaron hace tiempo a parar máquinas y a mandar a todo el mundo confinado a su casa. Además, durante las últimas semanas los aviones comerciales (uno de los principales canales de expansión del virus) han seguido surcando los cielos de Estados Unidos como si nada estuviera ocurriendo, y el confinamiento total de la población ha llegado tarde y solo a algunos estados de la unión. El drama está servido. 

Las voces discrepantes, negacionistas y heterodoxas de algunos líderes de peso (Bolsonaro, Trump, Putin, López Obrador, etc.) con respecto al modo de afrontar esta crisis y las nefastas consecuencias que sus decisiones van a acarrear, deberían hacernos reflexionar en profundidad, pues en las próximas décadas vamos a tener que situarnos, como una sola entidad política, ante los colosales retos que el cambio climático y otros fenómenos van a poner sobre nuestras mesas. Se impone aquí el deseo kantiano de caminar hacia la creación de algo parecido a una República universal que, sin renunciar tal vez a las fronteras y a la soberanía de todos sus territorios, sí fuese capaz de actuar ante las grandes decisiones que incumben a toda la humanidad desde una perspectiva cosmopolita e intelectualmente evolucionada. 

El mundo de la música y el de la cultura en general fue el primero en bajarse del tren de la economía confinándose en casa, y seguramente será el último en reincorporarse a una cierta normalidad. En España los cines, teatros y espectáculos de masas quedan prohibidos hasta nueva orden, cosa que se ha llevado por delante el importante verano festivalero español (que cuenta con decenas de eventos masivos), si bien es cierto que, por el momento, algunas de estas citas han sido trasladadas a los meses de septiembre y octubre. Muchos músicos están aprovechando estos meses de confinamiento para componer nueva música. En Dorian, sin ir más lejos, hemos puesto en marcha lo que llamamos “telecomposición”, variación del teletrabajo por medio del cual no solo compartimos archivos musicales, sino que componemos y arreglamos canciones conjuntamente desde la distancia y casi en tiempo real, cosa impensable hace tan solo unos años.

Y esto nos lleva a otro de los fenómenos que ha provocado esta crisis sanitaria: el confinamiento ha convertido a la tecnología, literalmente, en una extensión más de nuestro cerebro y de nuestras manos. Ahora sería bueno que la usásemos también para movilizarnos como ciudadanos y exigir a nuestra clase política más solidaridad y una mayor coordinación de cara a los retos que nos va a deparar el futuro.  Tan solo una concepción de un futuro cosmopolita de la humanidad nos salvará de los desastres que la comunidad científica lleva décadas anunciando. En nuestras manos está el hacérselo entender a nuestros ofuscados y cortoplacistas gobernantes.