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León Darío Pelaez; Archivo Colprensa; Óscar Pérez

“Los amos de la humanidad”: Rescates económicos y otros cuentos chinos

Reflexiones de un editor sectario

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Crecimos pensando en el fin del mundo y, aunque este podría estar muy cerca, si continuamos a este ritmo autodestructivo, una pandemia no será el fin del mundo. Nos amenaza y nos pone a prueba. Al igual que otras generaciones que se enfrentaron en el pasado a este tipo de enfermedades, los resultados están siendo catastróficos para la humanidad. El COVID-19 se estableció en un ecosistema perfecto para sobrevivir y encontró cómo expandirse rápidamente gracias, en gran parte, a una de las banderas icónicas del capitalismo reciente: la globalización.

En cuestión de semanas, el virus se expandió a través de millones de viajeros que se desplazaron entre Asia, Europa y América. Fuimos testigos del nivel de diligencia –o negligencia– de los líderes de cada territorio, quienes actuaron oportunamente o, por el contrario, fueron cómplices de la rápida propagación. Quedó en evidencia no solo la falta de preparación para una situación de tal magnitud, sino también la poca capacidad de reacción y análisis de riesgo en los países de occidente.  El virus, como perro por su casa, fue entrando con cada viajero infectado que regresaba a su lugar de origen y, en la mayoría de casos, no se tomaron medidas responsables de aislamiento preventivo por parte de las autoridades, por lo tanto, se esparció rápidamente entre miles de personas, iniciando así, una competencia global por reinar en la curva.

En contraste con los exitosos modelos de cuarentena de Asia, en Europa la gente y los gobiernos continuaron viendo las noticias del gigante asiático como algo lejano, sin una respuesta concisa de las autoridades sanitarias. Millones de personas continuaron más pendientes del fútbol, sin darse cuenta de que estaban incubando el virus más mortífero de la historia reciente.

Posteriormente, algunos países de Latinoamérica iniciaron procesos tempranos de aislamiento que ayudaron a contener la propagación. Países como El Salvador, donde se puso la salud pública por encima de la economía, lograron mantener la curva en un crecimiento controlado. Pero, para el resto de países, que por el nivel de endeudamiento de sus dirigentes inclinados a favorecer a sus patrocinadores, el virus se encarnizó y no ha parado de propagarse semana tras semana.

Diariamente vemos cómo el cuerpo médico suplica por tener al menos cubierto un programa de elementos de protección digno. César Melgarejo

El despliegue de infección y muerte en los Estados Unidos sobrepasó todas las cifras, la pandemia tumbó cualquier sistema de contención en ciudades como Nueva York, y el virus aniquiló rápidamente a más de 55.000 personas en cuestión de semanas. Además, alcanzó el millón de contagiados, representando así la tercera parte de contagios de todo el planeta.

Las grietas en el modelo neoliberal de los sistemas de salud quedaron en evidencia. A un precio muy alto, en términos de vida o muerte, ahora está quedando claro para los que no lo tenían tan presente, el verdadero costo y resultado de haber privatizado la salud. En algún momento del siglo XX, a un grupo de políticos y emprendedores neoliberales les pareció una buena idea quitarle a la gente el derecho universal a la salud, un modelo que se replicó rápidamente en la mayoría de países capitalistas. Con la excusa de buscar mejores prestaciones de servicios médicos, la salud se convirtió despiadadamente en un lujo. Se recibe el sistema de salud por el que puedes pagar, como con un plan de datos.

El virus evidenció la falta de respuesta y preparación de este tipo de sistemas inoperantes, en los que prima la rentabilidad sobre la vida, y fue evidente el bajo porcentaje asignado para la salud en comparación con presupuestos como el de la guerra. Es desesperanzador y no habrá sistema de salud que resista. Las fallas estructurales de este modelo lo llevarán a su caída, y quedará pendiente la discusión para saber en manos de quién queda su reestructuración.

En un mundo digital que democratizó la información, la presión social ha sido un símbolo de valor, crítica y determinación popular, que se ha venido robusteciendo, enhorabuena, con el grito de millones de personas reclamando a los presidentes para que ejerzan una de las funciones mínimas de su cargo y que cumplan con su deber primordial: preservar la salud y el bienestar de su pueblo sin poner en peligro a millones de personas. Y aunque estemos siendo asaltados -ahora más que nunca- en nuestros derechos y en el manejo de los tributos, no hay lugar para dictaduras.

Nayib Bukele, presidente de El Salvador, puso la salud por encima de la economía. Redes sociales oficiales de Nayib Bukele

El virus y el aislamiento obligatorio trajeron consigo la crisis económica más grande del siglo, en donde todos los sectores se han visto afectados directa o indirectamente.  Las aerolíneas y los hoteles fueron las primeras víctimas del sector empresarial. Sus operaciones se vinieron abajo rápidamente.  Por otra parte, el sector del entretenimiento y el ocio –uno de los más importantes para la salud mental– está siendo fuertemente golpeado, especialmente por su naturaleza económica que depende del cliente día a día, semana a semana o mes tras mes. Tanto los músicos como los promotores de eventos vieron cómo su plan de trabajo para todo el año se esfumaba en cuestión de días. Los restaurantes tuvieron que cerrar sin excepciones, y el consumo en general tuvo su mayor declive en décadas. Los supermercados, con toda la cadena de producción que gira en torno a la canasta familiar, son el único sector que puede estar teniendo un pico que da un poco de balance a la economía de consumo.

Como era de esperarse, en Colombia el gobierno mostró, desde el inicio de la pandemia, una preocupación tácita por la economía y por los grandes gremios empresariales, la concentración de riqueza y poder que toma las decisiones, al igual que varios de sus patrocinadores políticos. Antes de decretar el Estado de Emergencia, que le otorgó facultades extraordinarias para legislar libremente, el presidente Iván Duque ya estaba hablando de ayudas y salvamientos para el sector bancario, como si no recibir el pago de cuotas de créditos por algunos meses fuera lo más importante de toda la situación. Es probable que el presidente firme esté firmando más documentos durante esta crisis, que en todo lo que lleva desde el inicio de su mandato y lo que le queda por delante. Porque aunque el virus es temporal, no es de extrañarse que el rescate económico para los más grandes sea para siempre. ¿Recuerdan el 4 x 1000?


“Todo para nosotros y nada para los demás parece haber sido la máxima abominable de los amos de la humanidad”, Adam Smith.


El gobierno inició su plan de contingencia con una serie de promesas que, supuestamente y entre otras cosas, garantizarían los recursos adicionales para el sistema de salud. Lo que no quiere decir, precisamente, ayudas para las IPS o prestadoras de servicio médico, clínicas, hospitales y cuerpo médico. Esto desde el principio estuvo más enfocado a fondear a las aseguradoras y el brazo financiero de la salud privada: las EPS, las cuales, en Colombia e históricamente, han sido manejadas irregularmente con altos índices de corrupción. Aún hoy hay instituciones médicas reclamando por las ayudas del Estado. Diariamente vemos cómo el cuerpo médico suplica por tener al menos cubierto un programa de elementos de protección digno. Y para completar, la poca oportunidad de los recursos, el sistema de salud no contó desde el inicio con los insumos para incrementar la cantidad de pruebas y testeo del virus, por eso Colombia figura entre los últimos países de la región –según plataformas de datos como WorldOMeter–-, con uno de los índices más bajos de pruebas realizadas. Curiosamente, la única máquina existente para la finalización de las pruebas en Colombia, sacó la mano por unos días y su daño coincidió con un aplanamiento virtual y mediático que comunicaron oficialmente las autoridades y algunos medios de comunicación. Si nos detenemos a ver las curvas en las graficas de Colombia, es evidente un comportamiento absurdo que solo puede representar la manipulación informativa de los datos publicados para la opinión pública y las entidades internacionales. (Ver gráfica de curva de contagio publicada por la Universidad Johns Hopkins).

Mediante tres programas ya existentes; Familias en Acción, Jóvenes en Acción y Colombia Mayor, el Gobierno incrementó los auxilios a las comunidades más vulnerables. En teoría, este auxilio cobijaría a más de diez millones de personas. Por otra parte, se autorizó la reconexión del servicio de acueducto y alcantarillado a por lo menos un millón de personas y, adicionalmente, por parte del gobierno, se mencionó como “auxilio” al proyecto que hace parte de la reforma tributaria conocido como “devolución del IVA”. Lo que preocupa es que este es un proyecto del que no se tenía ni siquiera la certeza de estar listo para el 2021, pero que, según el gobierno, se pondrá en marcha desde ahora. Improvisación tributaria.

En cuanto a los auxilios a las pequeñas y medianas empresas todo está en una zona gris. Este sector, que representa a la gran mayoría de la comunidad empresarial del país y que mueve tanto capital que representa no menos del 40 % del PIB nacional, se enfrenta a un letargo de declaraciones inconclusas y poco precisas. El punto es que el presidente dice unas cosas mientras, en la realidad, ejecuta otras. Eso gracias a que, al final del día, los auxilios pueden estar siendo para los grandes conglomerados empresariales del país.

Es tan sencillo como llamar a Bancoldex para preguntar por los créditos anunciados por el presidente. La información es confusa y solo le tiran rápidamente la pelota a los bancos privados en donde la información oficial nos dice que los únicos recursos disponibles existen para pagarse a ellos mismos por créditos ya existentes, evitando así poner en riesgo su capital. No existen nuevas líneas de créditos reales y asequibles, y mucho menos cualquier tipo de auxilio tácito para el sector. A la fecha ni siquiera se habla de exenciones tributarias o de un plan concreto para el financiamiento de nóminas que impidan el despido masivo de personas.

Hasta hoy, 2 de mayo, toda la comunicación oficial por parte de las entidades encargadas del acceso a las nuevas líneas de crédito, es un listado de promesas vacías, mentiras a medias o asignaciones a dedo. Los bancos han sido enfáticos en que no arriesgarán su capital y, por el contrario, han empezado a repartir dividendos entre sus accionistas. Sobre los recursos entregados a través de ellos, y con origen de instituciones como Bancoldex y Finagro, no se conoce información oportuna y actualizada. En este punto no sería raro que, como en la época de AgroIngresoSeguro (programa por el cual se encuentra detenido el ex ministro Andrés Felipe Arias, precisamente por repartir el dinero y los auxilios diseñados para la comunidad agraria y campesina, entre los empresarios más grandes del sector y entre compañías que no necesitaban ninguna clase de subsidio), las ayudas solo estén llegando a los dominantes de cada sector, e incluso a las empresas que patrocinaron la campaña del gobierno actual. Finagro informó sobre la asignación de $1 billón de pesos como plataforma de créditos blandos para de soporte al agro. Amanecerá y veremos.

La mayoría de los bancos aseguran sin sonrojarse que no asignarán créditos nuevos para las pymes. Actualmente solo reciben solicitudes a clientes con líneas de crédito activas, y solo están desembolsando dineros para el auto-pago de pasivos existentes. Senadores como Armando Benedetti se han manifestado abiertamente en contra de esta posición: “¡Los bancos son los que tienen que financiar esta crisis! ¡Ganan billones cada año…”, y agrega: “Nacionalicemos esos bancos y así evitamos la crisis social que se empieza a vivir”.

Gráfica de curva de contagio publicada por la Universidad Johns Hopkins.

 Y es que termina siendo voraz y despiadado que aparte de que muchos de los recursos del Estado, provenientes de los tributos y de los dividendos de los negocios nacionales, son administrados por empresas privadas que tienen sus propios intereses, entidades como el Banco de La Republica informen que inyectarán 9 billones de pesos al sistema financiero para que, supuestamente, cuenten con mayores recursos para la creación de créditos. Y no dejamos de preguntarnos: ¿pero créditos para quiénes? La cruda realidad es que vivimos en una distopía económica que antepone los intereses de los grandes conglomerados sobre los intereses de la gente con la excusa de que son ellos quienes mueven la economía nacional y todo el sistema público que, desde hace más de 100 años, se encuentra arrodillado ante los pies de “los amos de la humanidad” mientras que la población se relegó al papel de vil espectador.

¿No sería esta una buena oportunidad para que el Estado, en vez de fomentar auxilios y líneas de crédito blando para empresas y sectores fuertes que no lo necesitan, capitalizara estos prestamos convirtiendo la deuda en acciones de compañías que puedan servir de fuente de ingreso futuro para la nación?

Como era de esperarse, el levantamiento de las medidas tomadas durante la cuarentena asumiría la misma posición del sistema socio-económico vigente; los más pobres como carne de cañón.

Bogotá inició la cuarentena preventiva cuatro días antes de que lo decretara el presidente Iván Duque para todo el país. Colprensa

Millones de personas de los sectores más vulnerables del país, serán expuestas a la pandemia sin lugar a remordimientos. Tristemente la reactivación de la economía trae consigo la desigualdad como sistema de defensa. Son los millones de ciudadanos y ciudadanas que trabajan para los grupos y sectores económicos más grandes del país, quienes arriesgarán su vida para intentar que todo vuelva a la normalidad, económicamente hablando. Acá no hay lugar para los débiles. Los débiles como escudo de la nación.

Esta crisis sanitaria y económica pondrá en jaque al partido de gobierno y a sus políticas feudales. Todo el desarrollo ejecutivo y legislativo que han impulsado y defendido por más de 30 años, entre ellos el haberle apostado a los combustibles fósiles como principal fuente de ingreso en la economía nacional, será su propia condena y, probablemente, abrirá los ojos del electorado para el 2022. Ningún gobierno de turno es culpable por la llegada de la pandemia, pero sí son responsables de haber estructurado un sistema de salud en el que prima el negocio por encima de la vida y que pone en riesgo a toda la comunidad. La salud será uno de los principales temas de campaña para las próximas elecciones y seguramente será uno de los negocios a los que tenga que renunciar la extrema derecha y los neoliberales, si esperan, al menos, tener alguna opción de voto.

Jedis que buscan salvar al mundo con un libre mercado.

El centro, neoliberal por naturaleza, atragantado de poder dirigiendo la ciudad más grande del país y cuidando los intereses privados del sistema Transmilenio, se ha mantenido, como ya es costumbre, en la cúspide de la pirámide moral y el comportamiento intachable. Como intelectuales responsables, continúan en la mitad manteniendo el “equilibrio” de la balanza, “cuidando incansablemente la comida de los gatos gordos y tirándole un hueso a los perros hambrientos”.

Bajo la excusa de que su objetivo principal es el de proteger a toda costa el libre comercio, seguirán llamando sectario a todo aquel que se atreva a contradecirlos. Con el tiempo se posicionaron en un centro virtual para etiquetar “radicales”, ocultando sagazmente que siempre han estado alineados –en todo su derecho y legalmente– a los intereses de la concentración del poder, y también son el obstáculo más importante en la búsqueda de la justicia social y la lucha contra la desigualdad en Colombia.

El centro ha ocultado sagazmente que siempre ha estado alineado –en todo su derecho y legalmente– a los intereses de la concentración del poder. Está claro que son el obstáculo más importante en la búsqueda de la justicia social y la lucha contra la desigualdad en Colombia. JOAQUIN SARMIENTO/AFP VIA GETTY IMAGES

Aunque nadie debería buscar capitalizarse con esta situación tan lamentable, el centro aprovecha cada minuto de televisión, prensa y líneas institucionales de Twitter, para adularse y hacernos creer que han sido los primeros en tomar medidas inteligentes en esta situación.  Siempre en campaña.

Además, varios de sus voceros, senadores y representantes del Partido Verde, aprovechan cada crítica que se les hace para exponer en la palestra pública a sus contradictores, al igual que a los periodistas e investigadores que se atrevan a criticar cualquier acción de su líder con mayor poder, Claudia López, o de su líder supremo: Sergio Fajardo, quien guarda silencio acerca de la gran mayoría de las situaciones de injusticia, corrupción y desigualdad, y ahorra sus palabras para dar entrevistas, en las cuales es enfático afirmando que, sin titubear, jamás hará parte de una alianza con el progresismo, es decir, con algún pacto que represente un cambio social sustancial que tenga como premisa una sociedad más libre y justa, puesto que este representa la amenaza más importante para el neoliberalismo que él encarna.

Es muy evidente que el centro está acostumbrado a la benevolencia de la prensa, debido, esencialmente, a dos parámetros que marcan la opinión en Colombia: primero, a la reciprocidad producto de las inversiones de pauta publicitaria del sector gubernamental y segundo: que varios de los líderes de opinión del país, aunque abanderados de independencia, continúan haciendo campaña para este partido.

Vale la pena recordarles que todavía existen medios independientes que no estamos para aplaudirlos y que no hacemos parte de su adoctrinamiento juvenil. No es de extrañar que nuestra desobediencia les genere preocupación. 

La izquierda se ha tomado muy en serio el confinamiento. No se sabe muchos de sus líderes y no se les ve denunciando más allá de lo necesario. Los sindicatos no se han manifestado acerca de las condiciones laborales, ni siquiera por los sectores más vulnerables en este momento, como los trabajadores expuestos en los puntos de abastecimiento. Por lo tanto, la presión social y el control político están ahora en manos de dos representantes: primero, en millones de personas que protestan públicamente por todas las irregularidades y situaciones arbitrarias que se están presentando (entre ellos periodistas independientes y varias figuras públicas), y segundo, en el líder de la oposición, el senador progresista Gustavo Petro. ¿Haciendo política? Seguro. Pero es el tipo de política que necesita el país, respetando la Constitución, anteponiendo la vida de las personas a la economía y los brazos de poder, y buscando el bienestar de los más vulnerables.

Este no es en sí mismo un problema de guerra entre clases, porque esencialmente todos los sectores, en las diferentes escalas de la economía nacional, se están viendo perjudicados con esta crisis. Lo que guía la discusión hacia ese punto es el comportamiento del actual sistema corrupto y putrefacto. La verdad es que no todos tendrán acceso al rescate económico planteado por el gobierno porque este está reservado para unos pocos y, por lo tanto, una de las consecuencias de la crisis será el crecimiento en el índice de desigualdad. La población más vulnerable y toda la clase trabajadora habrá sido la carne de cañón para mantener a flote el país, sin ser ellos los que a futuro saquen mayor provecho de esta situación. Quienes lo hagan son los que desde ya acumulan riqueza, y a su vez, avaricia.

Las cifras del COVID-19 seguirán siendo descomunales; jamás tendremos certeza de la veracidad de estas, ya que pueden estar siendo manipuladas para mantener a flote el sistema económico y evitar el pánico colectivo. Continuaremos siendo testigos de una contienda política entre el fascismo y el neoliberalismo, quienes libran una batalla que, precisamente, no tiene como objetivo la búsqueda de una sociedad más justa y equitativa, sino que se basa en la concentración del poder y la administración de las decisiones alrededor de las políticas económicas, y seguiremos viendo a sus líderes en espacios pagados con nuestros impuestos, en medios de comunicación que manejan a la opinión pública dependiendo del tamaño de la inversión de sus clientes políticos.

En un país como Colombia, en el que la salud es un privilegio exclusivo de los que pueden pagarla, podremos contener el contagio. Pero no la muerte. Porque la muerte, al final de cuentas, para unos gatos gordos, es un negocio.