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Ricardo Silva ha cumplido su promesa

Con Río Muerto, su más reciente novela, el escritor bogotano nos pone frente al espejo una vez más
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Río Muerto es una historia que se le atravesó cuando estaba trabajando en una novela sobre ciclismo.

Penguin Random House

‘A principios de 2017, a bordo de una camioneta que remontaba la autopista lentísima que va a dar a Bogotá, mi compañero de viaje me dijo «yo voté contra la paz del plebiscito aquel porque voté contra todos los verdugos». Me lo dijo cuando ya se nos habían acabado los temas de conversación para soportar el peor trancón en la historia de los trancones y llevábamos un buen rato maldiciendo en silencio nuestra situación. Y como le respondí que yo había votado a favor por las mismas razones por las que él había votado en contra, porque quería que alguna guerra de estas empezara a acabarse, se puso a contarme la novela que voy a contar tal como la voy a contar y tal como la va usted a leer”. Así empieza Río Muerto, y a partir de ese momento Ricardo Silva Romero hunde nuestras cabezas en las aguas de un país que ha visto flotar demasiados cadáveres.

La novela se concentra en la historia de una víctima, un hombre mudo, y su familia, en un pueblo que no ha logrado aparecer en el mapa y está bajo el control de un criminal desmemoriado. Este no puede hablar y aquel no puede recordar, como muchos de nosotros; Río Muerto es un ejemplo de lo que se vive lejos de las discusiones polarizadas en las capitales. Es el apartamento modelo que alguien usa para mostrarnos cómo se vive en un barrio de mala muerte. De una muerte sin funeral.

El libro, lanzado en medio del confinamiento y la pandemia, ha tenido un recibimiento enorme por parte de los lectores, aunque eso ya se ha vuelto habitual cuando Silva Romero presenta algo nuevo. Alrededor de su figura se mueve la intelectualidad, la cultura popular y la conciencia sociopolítica ajena a los radicalismos. “Todas las lecturas me parecen sensatas, no hay nadie -como pasa a veces- que le meta una agenda equivocada, no aparece un lector de ultra derecha diciendo que eso es una novela mamerta, no aparece nadie viendo lo que no es”, dice el escritor sobre la forma en que los lectores han asumido Río Muerto.

Es evidente que el plebiscito por la paz que vivimos en 2016 marcó profundamente a toda nuestra sociedad, y los últimos tres libros que Ricardo ha publicado son un claro reflejo del impacto que aquel domingo 2 de octubre tuvo en todos nosotros. Cómo perderlo todo recorre por completo ese año desde la perspectiva de un profesor entrado en años que naufraga en las aguas turbias de la polarización y el maniqueísmo de las redes sociales; Historia de la locura en Colombia reúne 10 años de su Marcha Fúnebre y hace un repaso histórico desde la Nueva Granada hasta 2019. Ahora esa coyuntura del Sí y el No se ha convertido en el punto de partida para su novela más reciente.

La historia de Río Muerto transcurre en 1992, un año bisiesto como aquel 2016 del Brexit, de Trump y el plebiscito. Bisiesto como el 36 en el que Franco fue escogido como jefe del gobierno español, como el 48 del Bogotazo, y como este 2020 asfixiante de coronavirus, violaciones, abusos y corrupción. Parece haber una puerta abierta a lo sobrenatural, o a los terrenos de la astrología, para entendernos. “Me parece casi que un grito diciendo, ‘Aquí vamos a tener que meter una ouija, vamos a tener que acudir a los muertos, hacerlos levantarse de las fosas comunes a ver si solucionamos esto’. Hemos hecho listas de líderes sociales en cuatro páginas de El Espectador, campañas de columnistas (yo he participado en dos), reguetones cantados por líderes sociales, los actores ahora ponen la cara en nombre de los líderes sociales, y nada le llega al corazón de los asesinos”, señala, y aclara que en Río Muerto no hubo espacio para el realismo mágico porque la presencia de la sobrenatural no responde a una licencia poética, es un realismo en el que se contempla esa presencia.

“En el territorio de la novela todos los personajes tienen la razón, ahí no hay gente más lúcida que otra sino gente que viene de tal lugar y gente que viene de tal otro, y chocan porque es algo que solo sucede así de bien en una novela, sin estereotipos, sin estigmatizaciones, es un territorio libre de agendas. Chocan los personajes en lo que piensan, pero uno los entiende a todos desde donde lo están pensando”, indica Silva Romero al hablar sobre la forma en que la ficción permite una mirada de la realidad sin prejuicios.

“En ese lugar la única agenda suele ser el drama humano, la experiencia humana, la angustia humana o la rareza, la extrañeza de esta situación de estar vivos, que es compartir ya mucho, eso me interesaba también”. Río Muerto tenía que ser una ficción porque en un mundo creado por bárbaros se necesita la intervención de las mujeres, los niños y los espíritus. Los hombres hemos demostrado que la solución no nos cabe en la cabeza.