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MARK SELIGER. PRODUCCIÓN POR RUTH LEVY.

Trump, es en serio

“Le pertenezco al pueblo. No soy ningún santo, pero voy a cumplirles”.

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“Hola, llegaste, qué bueno verte”, dice Donald Trump después de que he entrado a su avión y él se detiene para estrechar mi mano. “¿Ya te hicieron el tour? ¿No? Vamos, yo mismo te lo muestro”. Lo sigo al camarote de lujo de su 757, pasando tres filas de sillas que tienen cinturones de seguridad con chapas doradas y el escudo de la familia bordado en cada cabecera. Pasamos el teatro, con su pantalla de 57 pulgadas sintonizada en FOX frente a varios sofás. También pasamos el salón de reuniones, con su mesa de caoba y 12 sillas ejecutivas alrededor. Después están dos habitaciones, una tiene sofás que pueden convertirse en camas, la otra es la habitación principal con paredes forradas en seda y baños con grifería dorada.

“No está mal, ¿estás de acuerdo?”, dice Trump mientras me conduce a la cabina de mando. “Se lo compré a Paul Allen [cofundador de Microsoft] y lo remodelé por completo. Es más grande que el Air Force One, que es inferior en todos los aspectos. 43 sillas y motores Rolls-Royce. ¿Sabías que apareció en Discovery como el avión más lujoso del mundo?” [Revisamos algunos datos: no es más grande que el Air Force One, y salió en el canal del Smithsonian].

Después de despegar, lo encuentro en la habitación principal leyendo algunas notas. “Necesito concentrarme”, dice, “voy a hablar frente a miles de personas. Después tendremos mucho tiempo para hablar”. Me parece justo, hemos estado durante horas sin hablar de las políticas que propone, y asegura que tocaremos esos temas después. Me siento a mirar el cubrimiento que hacen de la campaña; entonces me pregunta si sé algo de inversiones. “Oh, no”, digo. “Las compañías se van de Estados Unidos y se llevan miles de buenos empleos. ¿Qué piensas de eso? ¿Te parece justo?”, dice él.

“Pues no, no me parece, ¿qué va a hacer al respecto durante los primeros cien días de su mandato?”.

“Sí, debo acordarme de tocar ese tema esta noche. ¡Ahora estoy ocupado y tengo que prepararme!”. Vuelve a sumergirse en sus notas y a marcar algunas partes con resaltador. Pasa menos de un minuto y me pregunta: “¿Sabías que New Hampshire tiene un gran problema con la heroína?, ¿cuál será la causa?”. Le digo que probablemente tenga que ver con el OxyContin, y con adolescentes que esculcan entre los medicamentos de sus padres. Se les acaban las píldoras y descubren que la heroína puede ser más barata. “¿Sí?, ¿cuál crees que sea peor?”. Le explico que las dos son derivados del opio, que es muy peligroso de todas formas. “¡Ah, interesante!”, dice, “no lo sabía, pero debo volver a mis notas”.

Un minuto después: “¿Puedes creer lo que hace el maldito Estado Islámico? Le cortan la cabeza a la gente, o la meten en jaulas y la ahogan. Deberíamos detenerlos como sea, ¿no crees?”.

Le digo que no estoy a favor de las decapitaciones, y pregunto si está de acuerdo con las torturas. Empieza una respuesta en medio de balbuceos, y le pregunta a una mujer que está al lado si cree en la práctica de torturas. Así
se nos van los 26 minutos del vuelo entre Nueva York y Hampton, New Hampshire, donde esta noche hablará frente a 2500 personas, un público mucho mayor al que fue a escuchar a Jeb Bush o Rand Paul. Durante esos 26 minutos, Trump dedicó 90 segundos a sus anotaciones.

Sentarse a su lado es ser vapuleado por su forma de hablar, sus frases, sus preguntas y cambios de tema. Sin embargo, en Hampton entiendo que nada de esto importa cuando Trump sube a la tarima. Tan pronto se prenden las luces, aparece su voz magistral, su acento y una labia que no desaprovecha la oportunidad para atacar. El candidato repetirá exactamente el mismo libreto de Michigan hace pocos días, el mismo que soltará mañana en Iowa. Cada palabra aprendida de memoria. Puedes estar en contra de su discurso, pero no puedes hacer nada para que lo cambie. Sería como tratar de parar un 757.

LA CAMPAÑA: TRUMP EN ALABAMA. SU MENSAJE ES MUY SIMPLE: “YO SOY FUERTE, LOS POLÍTICOS SON DÉBILES”. JEFF HALLER/“THE NEW YORK TIMES”/REDUX

En junio, donald john Trump bajó las escaleras de su atrio de cinco pisos en la Torre Trump para anunciar su candidatura a la presidencia de Estados Unidos. Desde entonces lo han insultado, se han burlado de él, lo han adorado y halagado. También se han referido a él como el sueño del sector más radical e incendiario del partido republicano. Con una postura de derecha, ha dicho que los inmigrantes terminan siendo “violadores” y “asesinos”, responsables de “grandes cantidades de crímenes”. Ha dominado las encuestas desde que se metió en la pelea, pero se supone que un tercio de los republicanos con intención de voto no lo apoyaría nunca.

En medio de toda esta histeria, nadie parece tener en cuenta lo que llevó a Trump a este punto. Nadie lograría una fracción de lo que él ha logrado en su vida (dominar la finca raíz neoyorquina, construir palacios en Dubai y Estambul, conquistar el prime time de la televisión y ganar millonadas) sin ser un depredador tan astuto como Trump. A lo largo de 10 días y varios encuentros, puedo ver detrás de la cortina de fanfarronadas y ver al hombre. Lo que pude ver me llevó a tomarlo muy en serio. Si crees que va a quemarse en medio de discursos llenos de odio, te equivocas. Donald Trump está firme y gana fuerza con cada minuto que pasa. Estando a su lado, he podido verlo hablando a su gente a través de la prensa, hablándole a todos los que se han quedado sin empleo viendo los ires y venires de la economía.

Cuando aterrizamos en Hampton y vamos a una escuela en su caravana de camionetas, Trump es acosado por periodistas que muestran el fervor de adolescentes pidiendo un autógrafo. Despacha sus preguntas —sobre Irak, Rusia, los inmigrantes— y se mete al bolsillo a cientos de personas que se reúnen dentro y fuera del auditorio. “He construido un imperio que vale más de 10 mil millones. He sido un empresario de clase mundial… Ese es el tipo de enfoque que nuestro país necesita. Traer de regreso los empleos que se han ido para México, China y Japón. Le debemos 1,4 trillones a China porque hemos sido liderados por gente que no tiene ni idea. Honestamente, creo que nos lidera gente muy estúpida”.

En pocas palabras, su campaña dice: “Soy fuerte, los políticos son débiles. Yo dijo la verdad y nunca me retracto, ellos mienten y sacan la bandera blanca ante nuestros enemigos. Ellos nos han despojado. Yo voy a reconstruir este país y hacer que sea temido en todo el mundo”.

Todo lo que dice es una versión de eso, cubierta con diferentes atuendos y referencias, y se lo comunica a la gente, a su “silenciosa mayoría”, que esperaba ese discurso desde los tiempos de Richard Nixon. “Él envía un mensaje de poder y coraje, sin meterse a hablar de sus políticas”, dice Steve Schmidt, el experto republicano que ha visto la campaña de Trump con enorme fascinación.

En el auditorio repleto, los fieles están amontonados como en un establo. Hay viejos y jóvenes, obreros y ejecutivos, están los blancos y… bueno, los de cabellos blancos. El hombre tiene mucha sensibilidad para el resentimiento de sus seguidores, y puede traducirlo con palabras que ellos no logran expresar. En medio de la audiencia se pueden oír las mismas frases una y otra vez. “Por fin alguien dice lo que todos queríamos decir, hemos sido acosados durante años”, dice Tina, una madre de familia. “Me gusta que no sea políticamente correcto, no tenemos tiempo para eso ahora”, dice Lise, una rubia que está detrás, y asegura que Trump es “otro Ronald Reagan”. “Él dice lo que piensa, y piensa lo que dice”, dice Dino, un demócrata arrepentido. “Los otros parecen tener canicas en la boca, ni siquiera les entiendes”.

“Estoy en el punto de mi vida —tremendo flujo de caja, muy poca deuda— en el que puedo hacer lo que quiera”.

Trump sube al escenario en medio de una ovación de pie. Su discurso es el mismo de siempre. “24 millones de personas siguieron el debate de la otra noche… ¿Creen que estaban ahí por Paul Rand? ¡Rand, te tengo aquí!”, dice poniéndose la mano bajo la axila. Luego apunta a Carly Fiorina: “¡Carly, ten cuidado! Ella se portó mal conmigo, pero no puedo decir nada porque es mujer, lo prometí. Prometí que no diría que arruinó a Hewlett-Packard, que despidieron a miles de personas, y que la echaron de allí. No voy a decir eso”.

La audiencia estalla en una carcajada, y durante 58 minutos él hace que el público suene como si fuera su guitarra. México nos deja sin empleo. Ford y Nabisco se fueron para allá. ¡Trump no quiere más Oreos! Lo más sorprendente es la facilidad que tiene. Lo hace sin tarjetas, sin
teleprompter, sin prepararse. Busca la presidencia a los 69 años, una edad en la que muchos hombres están preocupados por su vesícula. Él parece haber nacido para esto, y lo está disfrutando muchísimo.

Más o menos una semana antes voy a su oficina en la Trump Tower. Al entrar recorro un lobby que es mitad Vaticano y mitad Las Vegas, un altar de metal y obsidiana que aparentemente lleva al Cielo. Allí me encuentro con una serie de asistentes muy
jóvenes. A Trump le gusta la teatralidad de la belleza. La mayoría de sus ayudantes son mujeres que hace poco salieron de la universidad. Hope Hicks, la directora de comunicaciones que hace algunos años estaba en la Southern Methodist University, me lleva a la oficina de su jefe. Ese lugar parece más un cuarto de trofeos que un lugar de trabajo. Cada superficie plana está decorada con su imagen; hay enmarcaciones de portadas famosas, incluyendo una de Playboy en 1990. “Soy uno de los pocos hombres que ha estado en la portada”.

Trump me ofrece un asiento junto a su escritorio de caoba. Sobre su hombro se asoma un busto de Ronald Reagan (también hay un águila calva de peluche, para cualquier patriota de preescolar que entre). En una sesión anterior, Trump me bloqueó cuando intenté que hablara sobre su pasado. Como muchos escritores han descubierto antes que yo, no hay posibilidad de que un intercambio con Trump sea de pregunta/respuesta. En su lugar, planteas un interrogante y retrocedes para verlo desenvolverse, esperando que el monólogo que sigue toque tangencialmente tu tema. Esta vez divulgó algo sobre su padre con amplitud y sentimiento. Fred Trump, el segundo de un linaje de magnates hechos a pulso (su padre, Friedrich, había ganado su fortuna en la fiebre del oro de Klondike, vendiendo alojamiento, comida, licor y posiblemente mujeres para hordas de mineros), estaba poseído del singular don familiar: podía ver el futuro y adelantarse a todos los demás. “Cuando el carro apenas empezaba, las casas no tenían garajes”, dice Trump. “Papá recorrió Queens construyendo garajes en los 30, como si nada. Tenía mucha energía y visión, trabajaba siete días a la semana y le gustaba, era feliz con su vida. Yo veía gente que tomaba vacaciones y era miserable. Él, dos horas de playa con nosotros los domingos y volvía al trabajo”.

Fred estuvo entre los primeros grandes constructores del periodo de la guerra que vieron la oportunidad de los programas de la Autoridad Federal de Vivienda, una gran asignación de préstamos para financiar construcciones para clase media y baja. Trump no acepta que gran parte de la fortuna familiar derivó de los contribuyentes, o que su padre era un maestro manipulador de la maquinaria demócrata en Brooklyn. Fred hizo su riqueza con construcciones suburbanas para los veteranos que volvían de la Segunda Guerra Mundial, moles de ladrillo que entregó a tiempo y por debajo del presupuesto.

Aunque Fred vivió y murió siendo muy rico, hacía que sus hijos trabajaran como cualquiera. Los tres niños pasaban veranos sacando maleza y vertiendo cemento, aprendiendo el oficio de constructor desde abajo, mientras las dos niñas se ocupaban de su oficina inmobiliaria en el centro de Coney Island. Trump cuenta la historia de cuando fue arrastrado de la nariz para acompañar a Fred en su recorrido cobrando rentas. “Salíamos con encargos para los que necesitabas tipos rudos para golpear las puertas”, dice. “Veías que timbraban y se paraban ahí. Yo decía: ‘¿Por qué están acá?’. Y él decía: ‘¡Porque estos hijos de perra disparan! ¡Atraviesan la puerta!’”.

Trump ha criado a sus propios hijos de manera similar, despojándolos de cualquier noción de esplendor que no se han ganado. “Yo fui asistente en un puerto un par de veranos, después trabajé en jardinería”, dice Don Jr., un vicepresidente de la compañía encargado de proyectos internacionales, con una oficina abajo de la de su padre. “Mi hermano y yo somos probablemente los únicos hijos de billonarios que pueden operar una Caterpillar D-10”. “Yo tuve pasantías nada glamurosas en el calor de Nueva York; el sur de Francia no era una opción”, dice Ivanka en su impecable oficina al lado de la de Don Jr. Junto a Eric, el tercer hijo de Trump de su primera esposa, Ivana Trump (tiene otros dos menores de sus esposas posteriores), su prole adulta se ocupa de manejar un vasto portafolio de hoteles y resorts de lujo. Pulidos y restringidos donde su padre es estrafalario, aun así le han dado el mayor de los elogios al ocuparse del negocio familiar. También es muy diciente que ninguno de ellos sea un desastre como tantos hijos de billonarios. “Crecimos con muchos de esos chicos y los conocemos bien”, dice Don Jr. “Pero creo que nos presionaron y nos motivaron de otra forma”.

HIJO AFORTUNADO: Trump, con su padre, Fred, un magnate inmobiliario. Después de los problemas en la secundaria, Trump fue enviado a la Academia Militar de Nueva York. Cortesía DONALD TRUMP

Vale la pena anotar que cuando joven, Trump fue un desastre; un estudiante indiferente y respondón que cargaba una navaja en el bolsillo y fue sacado del bachillerato por sus padres decepcionados para enviarlo a una academia militar en el Estado de Nueva York. “Se creía Míster América y que el mundo giraba a su alrededor”, dice el coronel Ted Dobias, su antiguo instructor y entrenador de béisbol, un hombre acuerpado que se acerca a los 90 años pero mantiene fina la memoria. “Tuvimos varios encontronazos” con Trump a los 14, agrega Dobias, y los dos dicen que varios fueron físicos. Lo que hacía falta para lograr la atención de Trump en octavo grado, lo logró Dobias para cambiarlo. En noveno, Trump era un cadete modelo; cuando llegó a último grado se hizo cadete capitán, dice Dobias, y era la estrella del equipo de béisbol. “Era bueno bateando y bueno en el campo: llegaron scouts de los Phillies para verlo, pero él quería ir a la Universidad y hacer dinero en serio”.

Después de graduarse de Wharton, de donde se han exagerado sus logros académicos con el paso de los años (no fue el mejor, ni siquiera estuvo cerca ni aparece en la lista de honores de la clase de 1969), Trump comenzó a trabajar para su padre en Brooklyn, pero no tenía un interés duradero en unidades de poca renta. Lo que quería era tener su nombre junto a las torres icónicas de Manhattan. Eran los 70, cuando la ciudad estaba en un remolino de insolvencia y colapso
estructural, pero incluso desde las afueras, Trump podía anticipar la era dorada de los 80.

Aprovechando el colapso de la ferroviaria Penn Central, la bancarrota corporativa más grande de la historia en su momento, aprovechó la oportunidad de rediseñar el Commodore Hotel, un coloso de bellas artes llevado a la ruina como uno de los activos menores de la ferroviaria en problemas. “El área agonizaba, la gente se iba de la ciudad, pero yo fui al Banco de Bowery de la cuadra y dije: ‘Si me prestan la plata, la Calle 42 será grande de nuevo’”, dice Trump. Bowery y otra firma, Equitable Life, arriesgaron 10 millones de dólares en la reconstrucción. Trump logró que el ayuntamiento le diera una exención sin precedentes, una reducción completa de impuestos durante 40 años. Renacido
como el Grand Hyatt en 1980, el edificio —un gran modelo para los inversionistas voraces en Manhattan— salió apenas se disparó el mercado de valores, acuñando una impetuosa generación de nuevos millonarios.

Estos aguerridos nuevos ricos se morían por sacar de sus tercos padres sacándose la riqueza repentina. Trump les construyó los condominios de sus sueños, convirtiendo el desaliñado Gulf and Western de Colombus Circle en un campo de juegos de vidrio y metal para los chicos de Wall Street, después de establecer el modelo con su Trump Tower. El edificio ayudó a revivir la Quinta Avenida, que junto a muchos otros viejos talismanes de Nueva York, habían estado en un triste declive. También fue un hito para Trump: el logro con el que oficialmente eclipsó a su padre como el constructor insigne de su era.

“Esta es una historia que nunca he contado”, dice, conmovido por el recuerdo de ese triunfo. “Cuando estaba construyendo Trump Tower, mi padre dijo: ‘No uses vidrio y bronce, usa ladrillo. Es mejor, más barato y a nadie le importa el exterior. ¡Lo único que les importa es el tamaño de los clósets!”. Trump se ríe y sacude la cabeza aterrado. Por cierto, Trump ha contado esta historia muchas veces, de acuerdo a Gwenda Blair, la escritora de Donald Trump: Master Apprentice, que pronto será reeditada como un e-book. “Es parte de lo que hace”, dice ella, “la presunción y la repetición: es crear su propia marca y él es implacable con eso”.

Trump salta de su silla y me llama a los ventanales que miran hacia el norte. Debajo de nosotros, más allá del edificio Tiffany y el Hotel Plaza, se extiende el espléndido sine qua non de Central Park, exuberante en su vestido veraniego de verde y dorado. “¿Quién tiene una ubicación así? Soy el dueño de esto”, dice Trump, maravillado de su buena fortuna. “Estoy en el punto de mi vida —tremendo flujo de caja, muy poca deuda— en el que puedo hacer lo que quiera. Dije: ‘Ahora voy a tomar el riesgo de postularme para presidente. Necesitamos esa clase de mentalidad para lograr grandes acuerdos’”.

“Por ahora no he gastado nada. Estoy tanto en TV que sería estúpido pagar publicidad. Recuerda: los dos costos más grandes son los comerciales y el transporte. Así que diría que estoy muy bien”.

Mientras estamos acá, a cientos de metros sobre Nueva York, observando a los minúsculos turistas, me pregunto: ¿Cómo es que Trump, desde este observatorio, logró ver dentro de los corazones de los obreros mal pagados? ¿Cómo supo que se relamían con el comercio libre, los inmigrantes y los peces gordos republicanos que vendieron sus intereses durante décadas? ¿Cómo adivinó que ellos habían conectado todo eso para explicar la pérdida de empleos industriales, y que lo único que les importaba, además de recuperar esos trabajos, era que alguien le diera duro a los mediocres del partido, los Jeb Bush y Scott Walker y Karl Rove?

“En lo que usted ha acertado”, le digo, “es que la gente ve a esos tipos y dice: ‘A este lo manda David Koch, a este lo manda Sheldon Adelson y así sucesivamente, y después lo ven a usted…”. “Le pertenezco al pueblo. No soy ningún santo, pero voy a cumplirles”. Pero la respuesta a mi pregunta resuena en el aire,  específicamente en el acento de Trump. Fue criado por obreros en Queens y aprendió a hablar como ellos acompañando a su padre a las construcciones. Comparte la sintaxis y las simpatías de estos tipos de carne y hueso, y ha diseñado su mensaje expresamente para sus oídos, atacando a los enemigos de su lista. En New Hampshire vi a esa enorme multitud estallar cuando arremetió contra la codicia corporativa. “Cuando me llame el jefe de Ford y me diga: ‘Señor presidente, queremos comprar esta planta en México’, le diré: ‘Felicitaciones… ¡Te vamos a cobrar un impuesto del 35% en cada carro y cada parte que entre!’. ‘¡Pero no puede hacer eso señor presidente!’. Créanme, lo puedo hacer, y que probablemente se rendirán a las 5 p.m.”.

Dejando a un lado el escenario inverosímil que ha presentado, que omite que solo el Congreso puede establecer nuevos impuestos: todo el auditorio enloquece. Ese truco le permite presumir su riqueza y venderla como prueba de que está con ellos. En New Hampshire presumió de sus buenas relaciones con China y Arabia Saudita: “Todos me compran apartamentos. Me pagan millones de dólares. ¿Tengo que odiarlos? ¡Los amo! Vendo apartamentos de USD 50 millones, USD 30 millones, USD 25 millones, USD 18 millones, los baratos de USD 10 millones, ¿está bien? Esos son baratos. Ni siquiera firmo esos contratos”. ¿Por qué le echaría en cara sus millones a gente que en su mayoría usa cada cheque para sobrevivir?

Para insistir en que hay buenos magnates, tipos sabios y patriotas como él y sus amigos (Carl Icahn y Henry Kravis, para nombrar solo dos) que se mueren por entrar a salvar el país, replanteando los lamentables acuerdos con China y Japón. “¿Queremos gente amable? ¿O queremos estos seres humanos horribles negociando por nosotros? Yo quiero a los horribles…Tendremos excelentes acuerdos comerciales. Tendremos seguridad social sin recortes… van a recibir planes fenomenales por mucho menos dinero. Las compañías de seguros no van a estar felices, pero verán, ellos no me dan dinero. Se lo dan a Jeb y a Hillary… ¡Yo no quiero su dinero!”.

Ese asalto contra los malos ricos, los que quitan y exportan los empleos, es el segundo golpe de maestría de su campaña. No solamente está rechazando su dinero, los está delatando, mostrando la forma como han amañado el juego para enriquecerse y dominar al partido republicano. “Como él conoce Wall Street y no necesita su dinero para su campaña, parece que en realidad podría luchar contra sus compañeros de la élite y ganarles”, escribió Ross Douthat en un editorial para New York Times titulado Donald Trump, traidor de su clase. Hay senadores que vienen de Washington a Nueva York y les doy a todos”, dice Trump en su oficina. “¿Por qué? Porque así es la cosa: cuando fui a verlos, siempre se mostraron amables. Sí yo decía que no, luego volvía a buscarlos para pedirles ayuda, había cero posibilidades; dirían: ‘¡Que se joda!’. Eso no es algo bueno para nuestro país, pero ese es el sistema, y el público lo entiende mejor que nadie”.

Pero sus herejías conservadoras no se detenían allí. Fue señalado por proponer incrementos de impuestos para que los ultra adinerados como él pagaran por los recortes radicales a la clase media; aumento en el gasto para todo el sistema de salud en general y para los veteranos y las mujeres en particular; inversiones gigantescas en la infraestructura, comenzando por carreteras y puentes; y en las épocas de guerra un aumento en el presupuesto del Departamento de Defensa para lograr “fortalecer nuestras fuerzas armadas hasta que nadie quiera meterse con nosotros”.

¿Cómo pretende implantar este tipo de mandatos con un congreso que está a cargo del mismísimo partido al que él traiciona? Y, ¿dónde encontraría el dinero para hacer estas cosas cuando él mismo dice que los Estados Unidos afrontan un innegable déficit de USD 19 trillones?  Su respuesta en este y todos los asuntos fiscales son del tipo “renegociaré los acuerdos comerciales para que nuestro país vuelva a ser rico”, dice, “y para las marcas de automóviles que terminan fabricando en otros países, voy a conseguir que los hagan aquí mismo”. Por el momento el “como” no viene al caso. Lo que cuenta es que ha sonsacado la base de su partido en las narices de sus jefes, llevándosela a donde Jeb Bush y Karl Rove nunca la puedan encontrar. Y si hay algo que nos haya dejado su campaña es algo que no tiene precio, le ha mostrado a la gente de derecha que el partido republicano funciona por y para los más ricos.  

Al menos hasta el momento ha sido una guerra desigual: Trump ataca a sus rivales todos los días sin mucha retaliación del otro lado. Pero tarde o temprano la respuesta aparecerá como un esfuerzo coordinado por la élite del partido para desprestigiarlo a él y a sus aterradoras ideas. “El reto de Trump es que tiene una rara coalición de diferentes tipos de republicanos y algunos demócratas incluso”, dice Nate Cohn, periodista del New York Times. “¿Qué sucederá cuando lo empiecen a atacar realmente? ¿Logrará mantener unidos a sus simpatizantes?”. Cohn no está convencido de que la circunscripción electoral de Trump logre ayudarlo a superar los obstáculos. “Hasta el momento ha tenido un dominio absoluto de los medios y gran parte de su poder reside en eso.

Sin embargo, la popularidad derivada de la atención pública es generalmente débil, como lo hemos visto con Herman Cain y Sarah Palin. El estadista Republicano Steve Schmidt lo aterriza de manera más cruda: “Trump protagoniza un reality que produce para sí mismo y aborda cada aparición como un episodio”, persiguiendo el rating en forma de votos. ¿Pero cómo convertir esto en una candidatura perdurable? Necesitas un equipo de campo gigantesco que haga todo el trabajo duro, recolectando firmas para estar en la balota de ciertos estados, atrayendo votantes a las encuestas. Y Trump está llegando tarde a todo eso”, dice Cohn. “La mayoría de sus rivales llevan en eso más de un año”.

SETH POPPELL/YEARBOOK LIBRARY

La primera vez que nos encontramos, Trump me dio a entender que su campaña hasta el momento apenas le había costado unos centavos. Nada de publicidad ni de charters, apenas algo de gasolina para su jet y un salario para el equipo de trabajo de sus eventos. “Creía haber gastado USD 10 millones en pauta, pero hasta el momento he gastado cero”, dice. “Aparezco tanto en TV que sería estúpido invertir en anuncios. Además, los shows son más efectivos que los comerciales”. 

Pero parece que ya le está entrando el afán. En estados como New Hampshire y Carolina del Sur, ha reforzado agresivamente su equipo de trabajo en los últimos meses. Está enviando gente por todo el país, profesionales que durante estos seis meses buscarán convertir en votantes a las masas que lo perciben como una estrella de rock. En Iowa vinculó a un viejo conocedor de las políticas de ese Estado, Chuck Laudnet, para ayudarle en ese territorio.

“Hemos aumentado 60 personas, incluyendo 14 en Iowa”, me dice Trump, “y estamos armando equipos gigantescos en los primeros siete estados. Sé que eso cuesta dinero, pero lo tengo bajo control, créelo. Recuerda: los dos costos más grandes en una campaña presidencial son la publicidad y el transporte. Yo diría que con los dos aviones y el helicóptero estoy más que cubierto en ese aspecto, ¿no?”.

De todos modos: para todos sus billones, Trump tiene más bien pocos
activos líquidos a su alcance.  Recientemente Bloomberg publicó que tiene en sus manos USD 70 millones de flujo en efectivo y Politico habló de unos 250. De todos modos, eso suena a un montón de dinero hasta que se analiza el costo per cápita de los últimos ciclos presidenciales. En 2007 Barack Obama ya se había gastado USD 1,6 millones diarios a estas alturas de su primera campaña. Es probable que el precio de esto se haya duplicado en los ocho años que han pasado desde entonces, pero tal vez Trump esté gastando apenas alrededor de un millón. De todos modos Obama estaba recogiendo dinero tan rápidamente como lo gastaba, mientras que Trump no ha levantado un dedo para eso. ¿Estará preparado para sacar USD 30 millones al mes o más cuando las primarias se acerquen? “Absolutamente”, me dice. “Estoy preparado para costear esto, ¡gano de USD 400 a USD 600 millones al año!”.

El año pasado sus ingresos fueron de USD 362 millones según sus propias declaraciones. Pero este parece ser un año más complicado: siete de sus aliados lo abandonaron cuando empezó con su campaña contra los “ilegales”. Se estima que puede haber perdido hasta USD 50 millones en esos contratos cancelados, una gran mayoría con NBC, su gallina de los huevos de oro. Han sido unos meses bastante costosos para él, algo que va totalmente en contra del flujo que plantea su modelo de negocio. 

Desde los difíciles primeros años de la década de los 90, cuando el mercado inmobiliario se estancó y terminó debiendo cerca de USD 1000 millones a los bancos, se ha mostrado reacio a invertir altas sumas de efectivo. Es dueño de muy poco de lo que construye, pero gana muchos millones por prestar su nombre para hoteles y resorts de lujo. También colecta ganancias por licencias para un montón de productos que van desde ropa hasta bebidas alcohólicas. Eso a pesar de haber perdido aquella gran máquina “para hacerse ruido” que resultaba El Aprendiz, y que le significó USD 213 millones durante un lapso de 14 años.

“Trump protagoniza un reality que produce para sí mismo y aborda cada  aparición como un episodio”.

Pero hacer política no es como vender vodka que otros hacen y distribuyen masivamente. Puede ser la inversión de alto riesgo con menos probabilidades de retorno; se estima que USD 5000 millones serán gastados en total durante este ciclo electoral, en su mayoría por candidatos con pocas esperanzas de trascender. ¿Apostará Trump tanto como para empezar a vender sus activos?, ¿o en algún punto le pedirá ayuda a esa misma gente que denuncia —los tipos de los fondos y los inversionistas que financian a sus rivales— y terminará por negociar con ellos calladamente?. De ser así, ¿qué sucederá con los votantes fervientes que anda sumando por cantidades?

Esta es la encrucijada en la que Trump se encuentra sobre el final de esta larga y ardua candidatura. Ha dejado su marca como una excepción a todas las reglas; ha sido el hombre que revela los secretos más oscuros; alguien demasiado rico como para poder ser sobornado. Así que cualquier desviación, cualquier paso mal dado, le costaría muchísimo más que lo que a un Bush o un Ted Cruz. ¿Por qué? Porque la premisa central de Trump es que él no es como ellos. Cuando aquellos que lo apoyan tengan dudas todo se empezará a desmoronar. Los han decepcionado demasiadas veces como para dar segundas oportunidades.

Después de su discurso en Hamptom, Trump está tan extasiado que
parece estar flotando durante el recorrido de 16 kilómetros que hay de regreso a su avión. En la escalera antes de abordar, les da propinas de USD 100 dólares a los conductores del carrito que nos llevó hasta allí y luego estrecha efusivamente la mano de los integrantes de su avanzada, algunos de ellos, dice, regresarán a las universidades a recolectar nombres y números de teléfono de los que sigan por allí. “Te sorprenderías”, me dice Trump. “Esta gente se emociona tanto con el tema que se queda varias horas extra”.

Se acomoda en un comedor del avión, sintoniza FOX News en una inmensa pantalla plana para ver los reportes del discurso que acaba de dar. En el exhaustivo cubrimiento en pantalla no aparece Megyn Kelly, la estrella consentida de esa cadena. Una semana después del debate republicano, en el que criticó fuertemente a Trump tras sus atrevidas declaraciones sobre el género femenino, la periodista estuvo ausente de la conversación, retirándose a su casa en la playa hasta finales de agosto. En la breve batalla entre Trump y la cadena, que siguió al feo episodio con Kelly, Trump salió victorioso tras darle la espalda al director de FOX News, Roger Ailes. Durante su boycott de cuatro días al canal, el candidato elevó los ratings de la competencia, apareciendo en sus programas y echándole agua sucia a FOX. Al final, se pactó la paz y Ailes logró volver a tenerlo en FOX. El regreso de Trump al show de Sean Hannity subió los ratings nuevamente, logrando sobrepasar a la competencia con mucha ventaja. Pero aunque el episodio se convirtió en un triunfo para Trump, este no pudo mantener la tregua a pesar de la victoria. En su oficina, Trump me muestra la copia impresa de una nota titulada “Cómo Roger Ailes prefirió a Trump y a la audiencia de FOX News por encima de Megyn Kelly”. “Yo no empiezo estas peleas, pero estoy seguro de que voy a ganarlas”, me dijo.

Y ese es Trump: no puede y no quiere dejar de vapulear a quienes lo desafían. Al otro día del regreso de Kelly, Trump no la dejó en paz a punta de tweets y sarcasmos. Es otra cosa que aprendió de su padre: “Ataca, ataca, ataca”, dice Blair, el biógrafo. “Siempre está a la ofensiva, metiéndose en grandes peleas y alistando sus armas”, dice Matt Boyle, de
Breitbart News, otro periodista a bordo. Boyle viene siguiendo la campaña desde el año pasado y se sorprende con la habilidad que tiene para armar peleas y lograr estar en primera plana cada día. ¿Cómo puede Jeb Bush responder a un boxeador que tiene brazos incansables? “Nadie lo sabe todavía, y están reventándose ante nuestros ojos”, dice Boyle. “Este tipo es una cosa de otro nivel”.

Con su corbata azul suelta y tirada sobre el hombro, Trump se dispone a comer y ver las noticias. En la pantalla aparece Scott Walker, el decrépito gobernador de Wisconsin. El presentador dice que Walker es lento pero seguro, y Trump grita: “Claro, es lento, eso lo sabemos: leeeeeento”. Su equipo celebra el apunte, y su jefe apenas comienza. Ahora el presentador apunta a Carly Fiorina por su reacción ante el impulso que trae Trump. El jefe pone mala cara cuando aparece Fiorina. “¡Miren su cara!”, dice. “¿Votaría alguien por ella? ¿Se imaginan que esa fuera la cara de nuestro próximo presidente?”. Las risas explotan alrededor. “Mejor dicho, es una mujer, y no debo decir cosas malas, pero, ¿es en serio?”.

Y ahí está en resumen lo que es Trump, su ventaja y su maldición: no puede renunciar cuando va adelante. Los instintos que lo llevaron a triunfar son los mismos que lo han metido en problemas con exesposas, socios, aliados de negocios, supermodelos y muchísimas mujeres famosas. A los 69 años parece mantener vivo al adolescente que salió del bachillerato y terminó en manos del coronel Dobias, el duro instructor de la academia militar. Después de conocer a Ivanka y haberla alabado frente a él, me dice: “Sí, es cosa seria, y es una belleza. Ya sabes, si yo no fuera su padre…”. Hace nueve años, en El Aprendiz, hizo el mismo comentario. Pero ahora busca ser presidente, no está compitiendo por un Emmy.

LOS HEREDEROS: Eric, Ivanka y Don Jr. “Probablemente somos los únicos hijos de un multimillonario que puede operar un Caterpillar D-10 “, dice Don. WIKICOMMONS

Tal vez lo que Trump necesita es otro Dobias, alguien que le diga que ya fue suficiente y que debe volver a lo suyo. Pero si tuviera un consejero, ¿qué posibilidades hay de que lo escuche? Ha llegado lejos siguiendo su propia intuición, guiado por sus vísceras y sus ganas de pelear. “Ataca, ataca, ataca”, le dijo su padre mientras conducía por Brooklyn en los domingos de verano para atrapar a los empleados perezosos en visitas sorpresa.

Al menos por ahora, puedes decir que el tipo mantiene su promesa, al menos para el postre. Después de la comida va a la alacena buscando algo de dulce. Allí encuentra sus adoradas Oreo, agarra el paquete de galletas, las mira y vuelve a dejarlas sin comer ninguna. Regresa a su asiento con unas galletas Vienna Fingers (fabricadas por Keebler, no por los traidores de Nabisco) y me sorprende mirando la bolsa. “Yo mantengo lo que digo: ¡Trump no quiere más Oreo! Y puedes escribir eso si quieres”.