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¿Y si esto no tiene arreglo?

Lo más probable es que la violencia sea apenas una herramienta, un síntoma de una enfermedad más contagiosa
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Iván Duque Márquez, presidente de Colombia.

Redes sociales de la Presidencia de la República

Empecemos por el principio: no soy economista con estudios en Harvard, no soy sociólogo ni antropólogo; lo mío no es una “opinión informada”, es más bien una opinión deformada por el dolor que causan tantos años viviendo en este país. El dolor de convivir (palabra aterradora) con tantas infamias, tantas masacres, tantas mentiras y tanta miseria.

Después de ver tanta y tanta violencia, hay momentos en los que resulta necesario buscar otras perspectivas para cuestionarla, aunque sea desde la obviedad, porque tal vez la violencia no es el problema, por más absurdo que parezca. Porque finalmente la violencia es un recurso macabro al servicio de propósitos macabros; es un recurso utilizado con el propósito de robar y no dejarse robar. Tal vez somos violentos porque somos ladrones, porque “el vivo vive del bobo”.

Robamos, sí, en mayor o menor medida. Ese robo genera violencia porque la necesitamos para quedarnos con lo ajeno (tierras, dinero, dignidad, oportunidades, vacunas, celulares o el derecho a opinar), y creemos necesitarla para defender lo que aparentemente es nuestro. Es una dinámica que no da cabida a un punto medio.

¿Qué diálogo puede darse entre el campesino inerme y el paramilitar que viene a robarle la tierra? ¿Qué consenso puede haber entre una madre con su hijo enfermo y un político que se queda con el dinero de la salud para comprar apartamentos en Miami? ¿Qué discusión seria puede haber entre el empresario abusivo, que vulnera los derechos de sus trabajadores, y el empleado que se aguanta porque no tiene otra opción? ¿Cuál es el debate que pueden entablar el policía corrupto y el vendedor callejero de aguacates, extorsionado por “la autoridad”? Ahí yo no veo salida, no hay forma de llegar a un acuerdo. 

Si roban nuestros líderes, si abusan de nosotros los monopolios millonarios, y si roban los congresistas mantenidos con los impuestos que nos quieren aumentar, ¿con qué derecho se le pide a un padre desempleado que no contemple el delito como alternativa?

Y seamos claros, hay muchas formas de robar, eso lo saben muy bien nuestros dirigentes. No es necesario quedarse con un peso, porque también roba el alcalde o el gobernador que usa el dinero del erario en campañas publicitarias para mejorar su imagen en las próximas elecciones. O el senador que financia su campaña política con la plata de un gremio al que beneficiará durante su legislatura. ¿Cuál es el debate ahí? ¿De qué podemos convencerlos? ¿De que no sigan acumulando poder y riqueza? Me perdonan, pero la ingenuidad no puede ir hasta allá.

Y no vayamos tan lejos, porque esa corrupción (acá prefiero, solo por variar, buscarle sinónimos al verbo ‘robar’ y sus conjugaciones) está presente en todos los ámbitos de nuestra vida, teniéndonos como cómplices, víctimas y victimarios. Porque es bandido el que se cola en el programa de vacunación, y es ladrón el que no paga la seguridad social de sus empleados. Roba el “artista” que paga payola y el “periodista” que la recibe. Es víctima el vigilante que debe cumplir turnos de 18 horas en tu edificio, y la trabajadora doméstica que ha perdido el derecho a sus vacaciones. Roba el que plagia una tesis, y la señora que hace trabajos de grado por encargo. Justificaciones abundan, pero verdad solo hay una: en ese océano de grises siempre hay un punto en el que todos, y todas, sacamos ventaja al agredir sutil o evidentemente a alguien más.

Me perdonan, otra vez, pero me cuesta mucho pensar con optimismo. Dejemos de sentirnos orgullosos de los dos océanos y las tres cordilleras, de la biodiversidad, del Himno Nacional que nadie entiende, del cantante radicado en Miami o del ciclista que atropellábamos cuando no era famoso. ¿Cuál es nuestro mérito en ese discurso? Hay que ser muy caradura para vender (o comprar) el cuentico de “el país más feliz del mundo”. En este “país feliz” nos importa todo menos el otro, porque el otro es solo “el marrano”, un sujeto del cual podemos aprovecharnos.

En el prólogo de Mi vida y el Palacio [Helena Urán Bidegaín, 2020], Pepe Mujica decía que Colombia tiene “la violencia como único derrotero para intentar expresas sus contradicciones”. Por más que admire al expresidente uruguayo, me parece bastante inocente su planteamiento. El problema acá no tiene que ver con “contradicciones”, sino con la necesidad imperiosa de robar al otro para tener más, o para sobrevivir porque alguien nos está quitando hasta lo más básico.

No es cuestión de este gobierno o de aquel, la enfermedad va más allá, aunque ahora estemos viviendo más aterrados que nunca; el cáncer está en el corazón del que arrebata para luego hacer alarde de lo arrebatado. En la soberbia indolente del tecnócrata que nunca pisa una calle, y en el orgullo triste de quien compra un carro para parquearlo sobre el andén, tirándoselo encima a los peatones. Ese carro que todavía le debe al banco.

Tener, eso es lo único. Tener antes que ser, hacer o merecer. Y tener cada vez más, al precio que sea. Ese es el faro que ilumina nuestras vidas y nuestras leyes, escritas por los sinvergüenzas que hemos elegido a cambio de lo que nos quitan. Mientras esa sea la ley, mientras el vivo viva del bobo, acá estaremos condenados eternamente a esta tristeza, al exilio, a la sangre. Condenados a que nos digan “mamertos” por exigir lo que en cualquier país decente es un derecho fundamental; señalados por hacendados sin finca que piden rebaja y ofrecen plomo. E insisto, acá casi nadie es inocente, es muy difícil serlo. 

No nos hablen más de las instituciones, porque acá lo único institucionalizado es el abuso, la corrupción; por eso en Colombia no parece posible un diálogo real, un consenso que nos salve.

El paro se acabará tarde o temprano, después de que este gobierno -como todos- haga promesas que no piensa cumplir. Pero esto volverá a estallar, arderá de nuevo con más rabia, y veremos más abusos. Hasta que nos maten a todos, hasta que nos vayamos todos, hasta que nos robemos todo, hasta que dejemos de reproducirnos definitivamente. No sé hasta cuándo, yo no tengo estudios en Harvard.

Un eco

Vivo en un edificio que puede ser la metáfora perfecta del país: Fue construido hace unas tres décadas con el dinero de un narcotraficante, y actualmente hay varios apartamentos enredados en la Sociedad de Activos Especiales (lindo eufemismo). En esta copropiedad todo el mundo le agacha la cabeza al que habla más duro e intimida más, al barrigón que hace las fiestas escandalosas. A ese los vigilantes le temen, y le hacen caso.

Él, como otros vecinos, le debe millones a la administración, pero ocupa espacios ajenos con la camioneta que aún debe estar pagando. Él dice que no para, él dice que produce. Él me dijo en el ascensor que había que salir a dar “balín” cuando supuestamente se estaban “metiendo a los conjuntos”.

Esa noche el vigilante armó en la puerta del edificio una barricada ridícula con sillas Rimax blancas. No pude reírme como hubiera querido, y tampoco tomé una foto, de pronto me linchaba esta “gente de bien”, la misma que pone sus programas de radio religiosa a todo volumen, a ver si los demás aprendemos. Siempre que paso por la portería, me siento entrando al Edificio Colombia, el de Néstor Elí. 

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