fbpx

Asesinos anónimos

Un grupo de asesinos a sueldo busca apoyo “terapéutico” en una cinta incoherente y soporífera
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp

Martin Owen /

Tommy Flanagan, Seth Johnson, Elizabeth Morris, Gary Oldman

Cortesía de Cineplex

Desde su afiche promocional, Asesinos anónimos intenta convencernos de algo que no es. Gary Oldman y Jessica Alba, quienes aparecen en el póster como protagonistas, no lo son, y los cinéfilos que esperaban una película en la línea de Quentin Tarantino, Guy Ritchie o Luc Besson, se llevarán una tremenda desilusión. Y es que la cinta de Martin Owen (Let’s Be Evil, Max Cloud) ni siquiera puede llegar a considerarse como una burda imitación de los trabajos de estos directores. 

El trabajo de cámara impide el desarrollo orgánico de la historia, la edición es torpe y los diálogos, los cuales son el principal eje de esta película, no son ni interesantes, ni profundos ni divertidos. Pero, el principal problema con Asesinos anónimos gira en torno a la pregunta: ¿De qué diablos trata? 

La historia comienza en un bar donde un asesino a sueldo sin nombre (Gary Oldman en la película equivocada) trata de calmar a Jade, otra asesina a sueldo quien, al parecer, ha cometido un grave error (Jessica Alba). Ella le explica qué fue lo que sucedió y, la anécdota, la cual debería captar nuestro interés, no lo hace para nada. Luego, Jade se va con una chica a un bar de striptease para tener sexo, pero termina siendo asesinada en la secuencia de créditos. ¿Vamos a conocer a Jade en un flashback? No ¿Jade estará realmente muerta? Ni idea. 

Luego pasamos a conocer a Alice (Rhyon Nicole Brown), una mujer algo tímida y nerviosa (supuestamente), quien acude a su primera reunión de “asesinos anónimos”, una organización terapéutica clandestina que sirve de apoyo para quienes se dedican a dicha profesión. Alice se encuentra con otros seis asesinos reunidos, los cuales incluyen al desalmado Markus (Tommy Flanagan), el seductor Leandro (Michael Socha) y la líder del grupo Joanna (MyAnna Buring). 

En la reunión, todos comparten sus secretos, pero ninguna de las historias llega a ser interesante, profunda o divertida. Más bien, estos relatos son tremendamente soporíferos y para nada impactantes. Mientras tanto, vemos al asesino sin nombre (Oldman) observando al grupo desde la distancia. ¿Cuál es la razón? ¿Realmente importa?

En medio de los aburridos relatos de los aburridos asesinos, se menciona el intento de asesinato de un senador (Sam Hazeldine) que bien podría convertirse en el futuro presidente de los Estados Unidos. ¡Ah! y una niña se encuentra oculta escuchándolo todo. ¿Quién es? ¿Realmente importa? 

Es casi imposible sentir empatía por alguno de los personajes de Asesinos anónimos, ya que ninguno de los siete asesinos hace algo para que lo recordemos. Y cualquier intento por tratar de entender lo que nos quieren contar, hace que nos demos cuenta de lo tremendamente incoherente que es esta cinta. 

Al final, vamos a tener un giro sorpresivo y un clímax ultraviolento, pero ninguno de los dos llega a ser catártico o emocionante. Alba desaparece a los 10 minutos de iniciada la cinta y Oldman se mantiene al margen. Sabia decisión. Y es que ni una masacre logra aportarle algo a esta película carente de vida sobre asesinos.