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Biabu Chupea (Un grito en silencio)

La directora colombiana Priscilla Padilla con su nuevo documental, explora la conexión entre el clítoris y el machismo, al interior de la cultura Emberá-Chami
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Priscilla Padilla /

Cortesía de Cine Colombia

Los órganos genitales del hombre y de las mujeres pueden ser diferentes en apariencia, pero en realidad son comparables. Las únicas diferencias realmente fundamentales, aparte de la ubicación de los testículos y sus anexos al exterior de la pelvis masculina, son la existencia en la mujer de un órgano que permite el desarrollo del embrión en el organismo materno. El escroto y los labios vaginales son análogos, así como el pene y el clítoris. 

¿Por qué el hombre teme a la mujer? ¿Por qué no quiere admitir que la mujer es dueña de su cuerpo y de su placer? ¿Por qué la ve como una subordinada y no como su complemento?

En el 2006, Priscila Padilla nos entregó un hermoso, pero a la vez duro documental llamado La eterna noche de las doce lunas, en donde Filia Rosa Uriana, una niña perteneciente a la cultura Wayúu, permanece encerrada por haber tenido su primera menstruación, como si esta experiencia fuera motivo de culpa y de castigo. En este trabajo antropológico, la directora nos muestra a una cultura que, pese a mantener unas tradiciones y una herencia ancestral, también hace evidente una cultura patriarcal tóxica, la cual en la actualidad se combate con ahínco (y con justa razón) en nuestras sociedades contemporáneas. 

Biabu Chupea (Un grito en silencio), el nuevo documental de Padilla, traslada muchas de las inquietudes sobre las culturas indígenas que perpetúan la opresión a la mujer, que inicialmente se exploraron en La eterna noche de las doce lunas, al contexto de la comunidad Emberá, el segundo pueblo indígena de mayor población en Colombia, después de los Wayúu y que cuenta con más de 350.000 integrantes.

Los Emberá heredaron de la cultura africana la práctica de la ablación, un terrible ritual que busca extirparle a la mujer su centro de placer sexual. En este documental, conoceremos a Luz, una mujer colombiana perteneciente a la comunidad Emberá-Chamí en Colombia, quien a los diecisiete años descubrió que no tenía clítoris, como si se tratara de esa envidia de pene de la que hablaba Freud, pero en un sentido no metafórico sino literal, ya que básicamente, Luz ha perdido su sexo. Luz vive en Bogotá, mutilada y desconectada de su cultura, sin embargo, su canto y sus tejidos evocan su hogar perdido y su femineidad cercenada.

La única amiga que tiene Luz es Claudia, una estudiante de enfermería desplazada por la violencia, quien, al convivir con mujeres ajenas a su cultura, descubrió que todas las mujeres poseen clítoris. ¿Por qué ella no? Esta joven decide iniciar un proyecto de cultivo de plantas medicinales como un intento de sanar, conectándose con la tierra y con la vida, utilizando unas tradiciones que, en últimas, fueron las mismas que le amputaron una parte de su anatomía con el objetivo de controlar su sexualidad. 

La cultura Emberá se refiere a la ablación como “curación”, ya que, desde su tradición, una mujer con clítoris desarrollará un pene que causará el rechazo de los hombres. Como lo plantea la teoría psicoanalítica, el falo no es solo el pene, sino lo que este simboliza. ¿Qué representa entonces el pene? Poder, dominio y opresión. Por esta razón, cualquier indicio de “pene” en una mujer, debe ser extirpado para perpetuar el dominio masculino. 

Luz y Claudia no olvidan su lugar de pertenencia. Pese a que viven en la gran ciudad, ellas recuerdan que son unas hijas de la montaña quienes todavía practican los ritos de su herencia cultural como lo son pintar las huellas del tigre en su cuarto, para ser protegidas por su espíritu; o guardar el pelo que cae cuando se peinan, para poder sembrarlo en un árbol sagrado. Pero, al mismo tiempo, ellas son conscientes de que el lugar que les dio la vida, también les quitó parte de su esencia. Como dice la letra de una de sus canciones: “Ay, nosotras somos la tierra, nuestro cuerpo es la tierra que hace germinar la vida”. Ay…nuestro cuerpo duele… duele… duele…”