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El ataque de La jauría

Esta serie latina declara la guerra al patriarcado, disparando imaginación, valentía y balas certeras
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Lucía Puenzo, Marialy Rivas, Sergio Castro, Nicolas Puenzo. /

Daniela Vega, Antonia Zegers, Mariana Di Girolamo

La serie chilena señala hacia donde todos están viendo, y logra a través de una ficción ligeramente distópica amplificar los rasgos del dolor que reconocen las heroínas de pañuelo verde, que luchan contra la perpetua construcción de la bestia machista. 

La jauría inicia con la protesta de un grupo de alumnas de un colegio al que acuden los hijos de la élite chilena, las jóvenes enfrentan a un maestro de actuación que las somete a incómodas audiciones “personales”. La intensidad de las manifestaciones aumenta cuando desaparece Blanca, una de las líderes del grupo. Celeste (hermana de Blanca), sigue una pista marcada en la piel de su hermana y guía a una policía, Olivia Fernández (Antonia Zegers) a la senda del juego del lobo, una aplicación móvil a la que acceden jóvenes y adultos para superar pruebas misóginas que van del consumo excesivo de porno a acciones delictivas puntuales como seguir, acosar y marcar a mujeres que seleccionan como víctimas de violaciones grupales. 

El macabro ejercicio de “gamificación” está inspirado en el infame caso real de “La manada”, en el que cinco hombres españoles grabaron la violación grupal a una mujer de dieciocho años durante las fiestas de San Fermín en la ciudad de Pamplona. Los hombres serían condenados a nueve años de prisión en promedio, por delitos como hurto menor y acto sexual abusivo, pero nunca por la violación que ellos mismos se encargaron de registrar. La jauría podría referirse tanto a la niña emberá abusada por los soldados de nuestro ejército, como a las víctimas de Harvey Weinstein o Jeffrey Epstein, y a las denuncias contra figuras locales, porque además de encargarse de la brutalidad de quien ejerce o sobre quien “se presume ejerce la violencia”, refleja el silencio y las respuestas normalizadas a su alrededor, tanto como la inoperancia de la justicia que revictimiza a quien debería proteger. 

En la búsqueda por el paradero de Blanca se involucrarán dos policías más. Carla y Elisa interpretadas solventemente por María Gracia Omegna y Daniela Vega (Una mujer fantástica), respectivamente. La oscura fuerza de Elisa y el valeroso dinamismo de Carla aportarán diferentes matices al camino central, transitado por la destacada Antonia Zegers, que asume a Olivia como un personaje complejo y cautivador. Afortunadamente estas heroínas son imperfectas y no plantean agobiarnos con su bondad. La lucha de estas mujeres por develar el método del lobo y rescatar a Blanca estará atravesada no solo por la astucia y brutalidad de su oponente. Tienen que batallar con una sociedad que vive y responde a las lógicas criminales del patriarcado. Confrontarán tanto las suposiciones sobre el ejercicio de la maternidad como la falsa condescendencia de algunos aliados autoproclamados, pero sobre todo atravesarán la complejidad de las contradicciones internas. 

Las heroínas de esta serie recorren, desde los lugares comunes y agobiantes, hasta giros inesperados y brutales, que las llevan a alternarse las posiciones entre salvadoras y víctimas, evidenciando el mensaje de solidaridad y unidad que cimientan este tipo de luchas. Lejos de la superioridad moral, apuntan desde la comprensión y logran un punto interesante al enfrentar la relación entre clase social y justicia. La violencia machista, la violación y el asesinato enfrentan diferentes raseros cuando se trata de jóvenes adinerados apoyados no solo por sus padres y madres, sino por instituciones marcadas por la decadencia patriarcal, como la iglesia, el ejército, el sistema educativo y la policía. 

En esta jauría, el lobo se presenta no solo como líder y caudillo, es un producto de ese caldo de cultivo en el que la ignorancia, el temor y una soledad aberrante se tejen. Sin someterse a condescendencias, La Jauría acierta al convertir ese rostro en un enigma, así nos confronta con un cuestionamiento fundamental al que los hombres no podemos rehuir enfrentarnos: el rostro del asesino y el violador es también el nuestro. Lo es cuando permitimos que sobre nuestro silencio se dibujen sus fauces y cuando pensamos que las cosas no pueden cambiar. La complacencia ante el chiste estúpido y el “humor de amigos”, actos simples como reducir a “feminazismo” a quienes luchan por la libertad de todos es alimentar una bestia de costumbres, sistemática, violenta que socaba la dignidad humana. La jauría deja el final abierto a una lucha, que ahora tiene dos bandos, en este punto veremos a la aguerrida rapera chilena Ana Tijoux (que también interpreta el tema central de la serie), quien se presenta como una hacker interesada en llevar la lucha a un nuevo nivel.