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El pilar de La casa de papel nos guía al interior de la cabeza de ‘El profesor’

Hablamos con Álvaro Morte sobre el éxito, el teatro y la nueva temporada de la serie española
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“Nunca habíamos tenido la oportunidad de meternos en la cabeza de esas personas”, dice el actor sobre los personajes de La casa de papel.

Fotografía por Tamara Arranz

Algunos productos culturales estallan sin ser detonados por el nombre de una estrella. La casa de papel es un ejemplo de una historia capaz de apasionar a la audiencia y de funcionar independientemente del reconocimiento de quienes inicialmente la protagonizaron. 

Álvaro Morte ha estado al centro del estallido, y asocia la escalada de su éxito con una verdad elemental: “Hemos visto miles de robos, miles de películas de atracos, de situaciones de rehenes. Pero nunca habíamos tenido la oportunidad de meternos en la cabeza de esas personas, de imaginar que tienen vidas, y de experimentar lo que sucede allí dentro”. 

Morte también parece muy perceptivo para identificar otra verdad peligrosa; la vaina estalla, la serie se convierte en un éxito y si no eres una figura reconocida, puedes terminar arrastrado por su fulgor, abandonado en un lugar del que no puedas salir. Podrías quedar confinado a ser un actor de un solo papel, ligado irremediablemente a -en su caso- ser por siempre ‘El Profesor’. Pero, aunque sabe marcar la diferencia entre él y la creación de Alex Pina y Javier Gómez Santander, y aunque a nosotros nos brinque el reflejo y nos resulte más fácil y natural llamarlo “Profesor”, Morte ejecuta un plan que le permitirá no terminar como rehén del personaje que interpreta. 

Hasta los 45 años Morte no era un apellido que se asociara con números estruendosos de audiencia, y tras el estreno de la primera temporada de la serie en la televisión española, parecía que nada iba a cambiar. La serie tuvo algún reconocimiento entre la audiencia, pero estalló definitivamente cuando llegó a Netflix. 

Entonces todo cambió, vio su rostro tatuado en el brazo de algún fan, fue correteado por paparazis en Roma, y empezó a recibir ofertas extrañas para hacer todo tipo de publicidades y productos.

La serie ha llegado a la impresionante suma de 190 países. Apostaron por más temporadas y pasaron de invertir 12 días en el rodaje de un episodio a tomar 22, aunque la duración ha bajado de 70 minutos a 50.  Bella Ciao, la canción de resistencia que el abuelo antifascista le enseñó a ‘El profesor’, se convirtió en himno de la serie, del grupo de los Dalis y de nuevas generaciones de rebeldes, saltó tras décadas a lo alto de las listas de música europeas, e incluso resonó en las jornadas de protesta en Chile. 

Otros habrían sucumbido al deslumbrante bombazo, pero él nunca ha tenido en sus planes cambiar la actuación por el estrellato. Hace varios años junto a su esposa, una artista de maquillaje, fundó 300 pistolas, una compañía de teatro que nació como un sueño, o al borde del sueño. Según dice, estaba a punto de quedarse dormido junto a su esposa viendo una obra de teatro clásico y pensaron, “Debe haber una forma más emocionante de hacerlo”. A eso se dedicaron y sobre esa idea triunfaron.

Ese éxito discreto le permitió alcanzar un nivel de estabilidad que pocos actores encuentran. Le garantizó no tener que tomar cualquier papel para llegar a fin de mes. Si bien su carrera se había labrado poco a poco, también se edificó sobre la seguridad de no aferrarse a cualquier soga para moverse.

Hacia el futuro, y sobre la mesa a la que han llegado una amplia diversidad de papeles, mira conservando esa lógica. “Me he decantado por papeles que supongan un reto, no quiero encontrar la comodidad, todo lo contrario. Me apasionan los proyectos en los que me veo obligado a crecer como actor. Para mí la búsqueda está en acercarme a esa capacidad ‘camaleónica’, no creo que la haya alcanzado, pero sí que lo intento, sé que intento alcanzarla, trabajo en esa dirección”.

Así, tras el éxito, ha sido un seductor con doble vida en El embarcadero y será parte de La rueda del tiempo, en donde compartirá pantalla con Rosemund Pike. Aunque habla inglés perfecto, había preferido no andar en plan de Antonio Banderas conquistando Hollywood. Reconoce que en esas esferas se coartan ciertas libertades creativas, y ha encontrado mucha seguridad al ver que es posible impactar en todo el mundo desde España con algo como La casa de papel

Morte, como la mayoría de profesionales que provienen del teatro, tiene claro que la profundidad de la dramaturgia no reside en el gesto, sabe leer las características que han convertido a los clásicos en piezas que le pertenecen al tiempo y entiende cómo debe moverse dentro de eso.

A pesar de estar en medio del estallido del éxito, el teatro sigue siendo un lugar privilegiado, y lo define como un laboratorio: “Es un espacio al que siempre debo regresar para renovar la energía, para encontrar en el publico esa emoción, y también es el espacio en el que más podemos experimentar, encontrar la voz, el movimiento que se pone al servicio de un personaje y una historia”. 

A Morte le sorprendió estudiar a tipos reales que, como ‘El profesor’, han dedicado su vida a la planeación y ejecución de un golpe perfecto, descubrió que muchos solían ser tipos solitarios que vivían en tugurios, casi bajo tierra, entregados a la milimétrica confección de su jugada, para un día dar el golpe y cambiar de vida. Este rasgo que desarrolla a la perfección en La casa de papel también nos lleva a pensar en la corporalidad dada al personaje que interpreta, concretamente en la voz que el profesor proyecta, sus discursos calculados, su forma de exponer las paradojas. 

En esta temporada hay una broma punzante que le hace la investigadora interpretada por Nawja Nimri, cuando lo escucha al teléfono. Se refiere a su voz de locutor, al encanto que “su figura ejerce sobre sí mismo”. 

“Claramente en esta temporada tenemos a un ‘Profesor’ que no ejecuta su plan, está en manos de su hermano muerto, está siguiendo los pasos del baile que Berlín había planeado. Esto lo pone en una situación frágil, lo hace estar expuesto. Podríamos creer que es el amor la fuerza que jugará en su contra, la anunciada desestabilización, entre el discurso de ‘Boom Boom Ciao’ de Palermo y la acogida complicidad entre ‘El Profesor’ y su anterior perseguidora. Hay algo en el hecho de no tener el absoluto control sobre la planeación de esta ‘obra de arte’ que lo lastima y lo lleva a un lugar vulnerable, en el que no está acostumbrado a encontrarse”, dice sobre su personaje.

Indagando en la lógica, en la estructuración de ‘El profesor’, descubrimos que Morte dedica largas sesiones musicales a encontrar las notas, los temas y los colores que definen sus interpretaciones. En la música ha encontrado guías precisas. A ‘El profesor’ lo definió con ese gesto nervioso de tocarse las gafas, inspirado en los nervios que le producía ver a su padre tocar las monedas que cargaba en el bolsillo, también lo definió por una pieza musical,  A night in Tunisia de Dizzie Gillespie, un tema en el que sobre un bajo caminante se desarrolla un complejo ostinato, las variaciones de la melodía se cortan y articulan perfectamente. Es perfecto para definir a un personaje que no lo definirá: “Es un caos completo en el que todo encuentra su momento y su lugar”. La composición de Gillespie no estaba destinada a convertirse en el standard que representa para el jazz moderno. Según su autor, algún genio le puso el rimbombante nombre, y a eso le llego la fama. Aparentemente hay una conexión que escapa a la mirada de Morte, a quien podríamos definir con una frase del fantástico Gillespie, que alguna vez dijo: “Me ha tomado toda la vida aprender qué no tocar”.