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El rey del sapo

El rey del sapo tiene un encanto hipnótico y vulgar que a muchos atraerá, pero que pocos se atreverán a admitir
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Harold de Vasten /

Luis Alberto Posada, Laura Gabrielle, Viña Machado

Cortesía de Netflix

Como si se tratara de una película de Elvis Presley (o de Vicente Fernández), el actor y director caleño Harold De Vasten (Vía crucis), escribió y dirigió una película que se aprovecha del carisma y talento del reconocido cantante de música popular Luis Alberto Posada, intérprete de canciones como Me tomas y me dejas, Basta con licor y El precio de tu error.

El resultado es una road movie en la que Cartago, un humilde camionero y cantante aficionado (Posada), conoce a su hija adolescente llamada May (Laura Gabrielle). La chica que poco habla español, ya que vivió su niñez en los Estados Unidos con su madre Amparo (Viña Machado), viaja a Colombia en busca de su padre biológico. ¿La razón? Su madre se encuentra en la cárcel debido a los actos ilegales de su padrastro norteamericano y piloto de avión. 

Como si se tratara de una adaptación a la colombiana de Over The Top, ese placer culposo ochentero protagonizado por Sylvester Stallone, el padre y la hija buscan obtener dinero para ayudar a Amparo, y para ello van a participar, no en un concurso de pulso, sino en el Concurso Nacional de Sapo (ese juego de lanzamiento también conocido como Rana), del cual Cartago es todo un experto.

Es muy fácil desacreditar a una película como El rey del sapo, ya que sus defectos abundan: mala edición, pobres actuaciones, diálogos cursis, números musicales insertados de manera torpe, un patriotismo recalcitrante y situaciones altamente previsibles. Pero lo cierto es que, al igual que los churros mexicanos (esas cintas de bajo presupuesto tóxicas y atosigantes, pero disfrutables), El rey del sapo tiene un encanto hipnótico y vulgar que a muchos atraerá, pero que pocos se atreverán a admitir.