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Emily en París no es una buena serie, pero esta es la razón de su popularidad

El programa está muy alejado de la forma en la que vivimos hoy en día… y precisamente es por eso nos gusta
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Lily Collins como Emily en Emily en París

Stephanie Branchu

¿Crees que existe un mundo donde puedas viajar a Europa por trabajo? ¿Donde los tacones y las calles empedradas van de la mano como el café y las mañanas? ¿Donde nadie sabe tu nombre, pero inexplicablemente se alegran de que hayas llegado? Bueno, hay un programa para ti y se llama Emily en París.

“He pasado toda mi vida esperando ser aceptada”, dice Emily Cooper, la protagonista de esta serie de comedia romántica, a un potencial amante. “Esa es una meta muy miserable”, responde. “Exactamente”, contesta ella.

Emily en París es frívola y agradable al mismo tiempo. Busca por todos sus medios no ofender para transportar a los espectadores a una fantasía parisina de 10 episodios, donde los problemas se esfuman como el humo. En segmentos de 25 minutos, cada uno tan dulce y ligero como una galleta, vemos cómo Emily se adapta a su nueva vida: una profesional junior en marketing de Chicago es enviada a Francia en lugar de su jefe para manejar las redes sociales de una agencia de moda que representa a clientes de alta costura. Ah, ¿mencionamos que nuestra heroína no habla ni una pizca de francés?

Aunque esta situación podría ser muy estresante para la mayoría de las personas, Emily (Lily Collins) la sobrelleva como alguien que está caminando por las calles de París con un par de bolsas de compras. Claro, ella tiene algunos problemas aquí y allá (una mañana pisa mierda de perro, su ducha se le cae encima y el ruido de sus vecinos teniendo sexo no la deja dormir) pero en general, tiene una existencia libre de conflictos. El productor Darren Star enfrentó a Carrie Bradsaw a más situaciones al inicio de Sexo en la ciudad a comparación de lo que planeó para esta protagonista en toda la serie.

Entonces, ¿por qué este cómico pero insustancial programa es uno de los más vistos? Una respuesta obvia es que, además del mal gusto, en el año de nuestro señor 2020 que nos ha bombardeado con coronavirus, incendios monumentales, terremotos y huracanes, tomaremos cualquier oportunidad de escapar de la realidad. Si la premisa de la producción desafía la lógica, la experiencia hipnótica de cada capítulo lo silencia todo, desactivando la parte pensante de tu cerebro hasta el punto en el que miras tu pantalla como si estuvieras anestesiado.

En el mundo de Emily, no existe un reto tan grande que no pueda ser superado con un gesto bonito y encogiendo los hombros, es como un Emoji humano: la nariz arrugada significa descontento; las cejas levantadas, preocupación; una expresión pensativa, reflexión. Cuando algo sale mal, les dice a sus compañeros “C’est la vie!”, una expresión que de hecho los franceses casi no usan. Y esos molestos inconvenientes que al resto de nosotros nos pueden hacer llorar por días, se resuelven con una sonrisa perfecta y una que otra idea genial. Verás, el personaje se mueve por instinto. Nunca tiene que acudir a sus notas, estudiar a sus contrincantes o sentarse ante una pantalla implorando para que llegue la inspiración. Simplemente abre su boca y recibe un ascenso, como cuando fue bien recibida su propuesta de promocionar una marca de champaña como un perfume.

Naturalmente, como alguien que casi no siente estrés, Emily también es reacia a cualquier tipo de aprendizaje. Se inscribe a clases de francés pero alrededor del octavo episodio a duras penas decir un poco más que bonjour y vous. Pero no importa porque se gana a sus vecinos y colegas franceses siendo implacablemente encantadora. Se maravilla con lo chic que es su jefa, pero en vez de imitar sus trajes negros y sofisticados, sigue presentándose al trabajo como si un catálogo de Avon hubiera vomitado sobre ella. Acepta besos no solicitados (también conocido como acoso sexual) de clientes mayores, asumiendo que se debe a su cultura, pero se horroriza cuando un chico de su edad le dice que le gusta el “coño americano”.

Con Darren Star al volante, la comparación más acertada para Emily en París es Sexo en la ciudad. No obstante, exceptuando sus personajes femeninos que se pavonean en tacones por las calles de una ciudad y unas cuantas referencias, Emily comparte poco ADN con su supuesta progenitora. Con la serie de los 90 prácticamente podías oler la oficina del escritor con las anécdotas personales sobre semen que tiene un sabor extraño, romper con alguien mediante un post-it y comer pastel de una caneca. Por su parte, Emily tiene un aire a una sitcom cursi de los 80 y la sensación de que pudo haber sido escrita por gente que no sabe diferenciar París, Francia, del pueblo en Indiana, Estados Unidos. Y aunque es verdad que Sexo en la ciudad se basaba en la banalidad y frivolidad, se centraba en la relación de unas amigas y sus historias realistas como matrimonios disfuncionales o infertilidad. Emily no es un hito en la cultura pop, está encerrada en su propia burbuja y disfrutando de la ignorancia.

Probablemente esta fantasía sea poderosa para los millennials quienes pueden estar en el rango de edad de Emily ya que, pese a que es difícil saber cuántos años tiene, Lily Collins puede pasar fácilmente de una niña de 12 años a una mujer de 40. Su vida amorosa no es muy sencilla pero al menos existe en contraste a todas esas deprimentes historias que nos decían que esta generación había dejado de tener citas mucho antes de que la COVID-19 llegara.

Sin embargo, más allá de sus pretendientes, Emily más o menos está sola. Tiene unos cuantos amigos-enemigos en el trabajo. Mindy (Ashley Park), su nueva amiga, intenta ser la nueva Samantha: dice que un Sancerre (vino francés) sirve para “el desayuno” y teme que si regresa a China para manejar el negocio de su padre, tendrá que “vestirse como Angela Merkel”. Pero ella casi no aparece en los días de nuestra protagonista, que oscilan entre el trabajo y el amor.

La serie casi no tiene nada que decir sobre las complicaciones que tienen muchos jóvenes que viven y trabajan en estos tiempos. Esta visión solo se presenta en una incorporación (que fácilmente podría ser eliminada) de las redes sociales, mientras somos testigos de Emily convirtiéndose en una influenciadora con la facilidad con la que hace todo lo demás. Mientras todos conocemos personas que con solo unas cuantas decenas de seguidores pasan horas planeando una selfie perfecta, ella toma la fotografía más simple comiéndose un croissant o haciendo duckface en la Torre Eiffel, y sus me gusta y seguidores suben más alto que las deudas.

De hecho, es tentador ver toda la serie como una especie de modelo de Instagram (bonito a la vista pero sin gracia), y Emily es eso para los millennials que creen que sus ideas son brillantes, que todas sus opiniones son acertadas y que tienen el éxito asegurado. Sin embargo, puede ser más exacto decir que es un antídoto a las preocupaciones de esta generación. Una representación de la vida que les prometieron y que a causa de las crisis económicas, el cambio climático, las desigualdades sociales y ahora una pandemia devastadora, quizás jamás van a ver materializada.

En cuanto a los que estamos fuera de ese rango de edad, ¿cuál es nuestra excusa para ver todos los 10 episodios? Tal vez queremos una nueva oportunidad, una en la que salir adelante no sea un constante sufrimiento. Tal vez simplemente es agradable, luego de cuatro años de decadencia sociopolítica, pensar en vivir en un universo donde el principal objetivo sea no ofender. No solo dejemos que los millennials tengan este sueño, unámonos a ellos en su fantasía cálida y tonta. Rociémonos champaña y subamos un video a Insta. Y cuando volvamos a la realidad, bueno, c’est la vie.