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G.I. Joe: Snake Eyes

Al igual que sucedió con Transformers y Bumblebee, el spin-off de G.I. Joe resultó más entretenido que las cintas originales
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Robert Schwentke /

Henry Golding, Andrew Koji, Haruka Abe, Takehiro Hita, Iko Uwais, Úrsula Corberó

Cortesía de UIP

En 1963, Stanley Weston, un inventor procedente de Nueva York, diseñó una figura de acción (término que se utiliza para hablar de los muñecos dirigidos a un consumidor masculino), con las características de un rudo militar y le vendió el concepto por cien mil dólares a la empresa de juguetes Hasbro. 

Este es el origen de G.I. Joe, una de las franquicias más exitosas en la historia de los juguetes. El soldado solitario que bien puede pensarse como el equivalente masculino de la Barbie, terminaría desapareciendo gradualmente, para dar lugar a todo un equipo de soldados, cada uno con una “personalidad” específica (y nombres como Hawk, Stalker, Scarlett, Snake Eyes, Breaker, Clutch, Rock ‘n Roll, Steeler, Grand Slam, Flash, Short-Fuze, Grunt y Zap), así como innumerables accesorios (aviones, helicópteros, botes, portaaviones, etc.) y, por supuesto, un grupo de malvados villanos terroristas, conocido bajo el nombre de Cobra (cuyos integrantes incluían a Destro, La Baronesa, Serpentor, Storm Shadow, Doctor Mindbender, Zartan, Tomax, Xamot y el Comandante Cobra, entre otros).  

Al igual que sucedió con los juguetes de He-Man, Thundercats y Transformers, se creó una serie de televisión para que los niños supieran qué le estaban pidiendo a sus padres y a qué estaban jugando cuando tenían en su poder los muñecos de G.I. Joe. La serie terminó siendo todo un éxito en los años ochenta y desembocó en una película animada de 1987 y una serie de cómics editada por Marvel.     

En 2009, Stephen Sommers dirigió la primera película en acción real basada en G.I. Joe, conocida como The Rise Of Cobra y aunque la crítica la destrozó (con justa razón), a los nostálgicos no les importó y terminó convirtiéndose en un éxito de taquilla (aunque no recaudaría lo mismo que la cinta de acción real de Transformers, hay que reconocer que no es tan mala como ese bodrio de Michael Bay).

En el 2013 llegaría a cines la secuela G.I. Joe: Retaliation, dirigida por Jon M. Chu que, pese a que contaba con superestrellas como Dwayne Johnson y Bruce Willis, fue de una calidad inferior a su predecesora. Esta segunda parte también sería un éxito de taquilla, pero, curiosamente, no llegaría a realizarse una tercera parte.

Ahora, ocho años más tarde, regresa la franquicia de G.I. Joe a las pantallas de cine, pero con un tratamiento al estilo de las películas de Wolverine. Es decir que, la nueva película es tanto una precuela como un spin-off, que cuenta los orígenes de uno de los personajes más queridos por los fanáticos: El ninja silencioso Snake Eyes, solo que aquí Ray Park (el actor que interpretó al ninja en las anteriores películas) es reemplazado por Henry Golding (el actor de Crazy Rich Asians) y ahora habla (lo cual podría considerarse como todo un sacrilegio para aquellos que conservan con amor sus figuritas de acción ochenteras.

Y a propósito de los ochenta, esa también fue la década de cintas como Enter The Ninja (con Franco Nero), Revenge Of The Ninja (con Sho Kosugi), Ninja III: The Domination (con Lucinda Dickey), American Ninja (con Michael Dudikoff), Reza por tu muerte Ninja (con Sho Kosugi) y Ninja Terminator (con Richard Harrison). Inclusive la fiebre de los Ninja se llevó a la televisión con la serie El maestro, protagonizada por Lee Van Cleef. Cabe sospechar que el personaje de Snake Eyes terminó siendo un ninja para aprovechar la tendencia. Y es gracias al director Robert Schwentke (autor de la exitosa RED y del estrepitoso fracaso R.I.P.D.), que no solo G.I. Joe, sino los Ninjas ochenteros, han vuelto a las salas de cine.

La historia es la siguiente: El pequeño Snake Eyes ve cómo su padre es asesinado sin misericordia y jura venganza. Se convierte en un experto luchador y Kenta, un jefe de la yakuza (Takehiro Hira), le ofrece un intercambio. Snake Eyes se infiltrará en el clan rival de los Arashikage y se apoderará de un poderoso talismán. En retribución, Kenta le entregará al asesino de su padre. 

Ya dentro del clan, Snake Eyes entablará una relación de hermandad con Tommy (Andrew Koji) y conocerá a Akiko (Haruka Abe), la jefe de seguridad, así como a los expertos luchadores Hard Master (el protagonista de las espectaculares cintas de The Raid, relegado a un segundo plano y con un nombre muy homoerótico) y Blind Master (Peter Mensah rindiendo homenaje a Zatoichi, el samurái ciego y a Rutger Hauer en Blind Fury). ¿Snake Eyes traicionará a una familia noble y honorable que lo acoge o, por el contrario, traicionará a Kenta quien satisfacerá su sed de venganza?

Este interrogante se responderá en una película con diálogos insulsos y acartonados (ojalá que en la próxima entrega Snake Eyes pierda la voz), unas secuencias de pelea borrosas, confusas e irregulares (¿Cuándo entenderá el cine estadounidense que lo importante en una cinta de artes marciales radica en las coreografías?) y la aparición de la pelirroja Scarlett de G.I. Joe (Samara Weaving reemplazando a Rachel Nichols) y de la perversa Baronesa de Cobra (encarnada por la española Úrsula Corberó de la serie La casa de papel, reemplazando a Sienna Miller). Definitivamente, hay que destacar a esta villana de gafas agatadas y exuberantes tacones de punta extra delgada. Es casi imposible de resistir (Ojalá haya un G.I. Joe: La Baronesa muy pronto).

¿Es Snake Eyes una buena película? La respuesta es relativa. Para la élite cinéfila esta cinta bien puede considerarse como auténtica basura. Pero para quienes soñamos en nuestra infancia con convertirnos en Ninjas y, al mismo tiempo, añoramos el portaaviones de G.I. Joe (algo tan costoso e inalcanzable como la casa de la Barbie), esta cinta puede significar un encantador placer culposo. Ojalá dejaran entrar pizzas y cerveza a los cines, así la experiencia de Snake Eyes sería insuperable.