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Ghibli: El viento que renovó la animación

El estudio japonés ha sido un clave fundamental para la animación en el mundo
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La palabra Ghibli significa: Viento cálido que sopla en el desierto

El mundo de la animación es variado, hay de todo para todos. Desde historias que funcionan para niños pero que comunican ideas complejas a los adultos, como Intensamente; hasta películas dedicadas a los más grandes, como La fiesta de las salchichas. Sin embargo, hubo un estudio japonés que logró poner su estilo de animación en boca de todos. El artífice de eso es Studio Ghibli.

La animación occidental lleva desde 1917 sorprendiendo a su público e instaurando grandes estudios como Disney, Pixar y Dreamworks. Sin embargo, los japoneses, 17 años antes, habían empezado a crear una industria que no vería sus frutos hasta casi 90 años después, cuando el público occidental pudo ver algunas series animadas que marcaría generaciones enteras como Dragon Ball o Los caballeros del zodiaco entre 1986 y 1988. Aunque tardaron en estrenarse en occidente, Japón lograría importar producciones con temáticas más complejas que influenciaron el cine occidental.

Dando un vistazo rápido a los hitos de la animación cinematográfica nipona, Akira de Katsuhiro Ôtomo presentó una sociedad ciberpunk, distópica, fuertemente influenciada por Blade Runner de Ridley Scott. Para esa época, los mangakas (los creadores de mangas o historietas en Japón) no tenían miedo en mostrar desnudos o escenas explícitas que aportaran a la historia, y eso logró mantenerse fiel en la animación dándole un relato supremamente crudo. Pero América Latina no la vería hasta 2001 que Locomotion la licenciaría para su transmisión.

En 1997 Satoshi Kon sacaría la genial Perfect Blue, que inspiraría a Darren Aronofsky, quien compraría los derechos de la película para usar ciertas referencias en Réquiem por un sueño. Pero el verdadero objetivo del director neoyorkino era usarla como pilar fundamental de su película El cisne negro. Satoshi Kon también tendría gran influencia en El origen, de Christopher Nolan, con su película de 2006, Paprika.

Hasta antes de 2001, los largometrajes japoneses eran consumidos por un sector exclusivo del público occidental. Las producciones a las que se tenía acceso en América Latina estaban en las cadenas nacionales, que transmitían las series más conocidas, y en Animax, anteriormente llamado Locomotion, que pondría en los televisores series como Full Metal Alchemis, otra de las series que difundiría el anime en el público latino.

Pero el estudio fundado en 1984 lo cambiaría todo gracias a su nominación a los premios de la Academia en 2002 con El viaje de Chihiro. La película logró recolectar 35 reconocimientos alrededor del mundo, incluyendo, el Óscar a mejor largometraje animado. El encargado de esta maravilla fue Hayao Miyazaki. Luego de tan rotundo éxito se empezarían a hacer relanzamientos de las producciones que por más de 18 años se habían producido y que no habían llegado al mundo occidental. 

“La influencia del estudio Ghibli para la cultura de occidente se ve en películas como Ponyo o Mi vecino Totoro, que hacen volar la imaginación”, dice el realizador audiovisual y geek Freddy Gómez. “Hacen que cada persona siga investigando otras producciones del mundo del anime. No solo ver las producciones familiares también ver otras películas de acción que se fueron desarrollando a lo largo de los años como Ghost in the Shell o las OVAS (Original Video Animation) de Evangelion, muy populares a finales de los 90”.

Isao Takahata, cofundador del estudio junto a Miyazaki y a Yoshio Suzuki, es la otra gran mente maestra detrás de Ghibli, que ha hecho películas como La tumba de las luciérnagas, que le da un enfoque diferente a lo ocurrido en la Segunda Guerra Mundial. Un polo opuesto a Hadashi No Gen, de Keiji Nakaza. También estuvo a cargo de la introspectiva Recuerdos del ayer, que recorre el campo dándonos un panorama distinto a la percepción citadina que normalmente se tiene de Japón.

Ghibli ha mantenido la esencia del anime y de la cultura japonesa pese a la globalización por la que atravesaron por sus éxitos en 2001. Miyazaki, Takahata y Suzuki se han encargado de mantener los rasgos de su cultura en las producciones del estudio. Desde las tradiciones sintoístas como los Kami, espíritus o deidades en la religión; los torii, esas grandes puertas, normalmente de color rojo, que se ubican en las entradas de los templos; los shimenawa, amuletos de purificación; hasta el uso de la comida que atraviesa todas sus obras y que, en su mayoría, retratan la cultura gastronómica del país asiático. 

El cómo funciona el anime dista de la forma occidental de hacer historias. Parte importante de la animación japonesa es darle un peso a los momentos que en otras producciones pasarían en segundos. Pero los mangakas y animadores alargan estas escenas para darles una relevancia importante. Por ejemplo, en La princesa Mononoke, los pensamientos de San se alargan y nos dan una perspectiva diferente del interior de los personajes, sin perder de foco lo que pasa en el exterior. Esta forma de seguir haciendo animación es una manera de mantener ese rasgo distintivo. 

No solo Ghibli sorprende por la forma en la que mantiene viva la tradición de su país, sino porque sus historias estaban adelantadas a su época. El empoderamiento femenino, el mensaje ecológico y la oposición a la guerra y a los estados, estaban ya presente en las cabezas de Miyazaki y Takahata desde 1984. Kiki entregas a domicilio, La princesa Mononoke o Nausicaä del Valle del Viento refuerzan los mensajes que por años los directores japoneses tratan de darle a su audiencia: mantener respeto por lo sagrado, cuidar el medio ambiente y que las mujeres no necesitan a nadie más que a ellas mismas. “Para ellos es como un punto de equilibrio, no quiere decir que en Japón exista cierto patriarcado, pero hay un mayor respeto por la mujer”, dice Carlos Cortázar, quien ha organizado eventos sobre Japón y también es un gran conocedor del mundo del anime.

“Lo que para nosotros es como algo adelantado a nuestro tiempo, para ellos, siempre ha estado ahí”, añade. “Todo lo que tiene que ver con ecología, ellos siempre lo han considerado como un ser vivo, es un máximo respeto por cada elemento y por cada esencia. Esto se ve reflejado en sus obras y nos resulta a nosotros revolucionario, aunque para ellos es normal desde hace mucho tiempo”. 

El estudio marcó un antes y un después en sobre cómo occidente percibe la animación japonesa. No sólo un punto de vista diferente, también permitió diversificar el contenido y la apreciación que se le da al anime. Cineastas como Makoto Shinkai, director de obras como Tu nombre y El jardín de las palabras, o Mamoru Hosoda, con Los niños lobo Ame y Yuki y El chico y la bestia, han encontrado un camino con un lenguaje propio sin separarse de las enseñanzas que Ghibli ha inculcado. El panorama para el estudio se ve prometedor, aunque Miyazaki anunciaría su “retiro”, su legado sigue vivo con su hijo Goro quien dirigirá Aya y la bruja, la siguiente película del estudio japonés.