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Fotografías por Dario Calmese

John David Washington hace lo correcto

Forma parte de la realeza de Hollywood y ahora es una estrella de cine por mérito propio, pero se aseguró de tomar un camino largo y difícil hacia el éxito

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Como una de las balas en Tenet, John David Washington viaja de vuelta en el tiempo. De pie en la línea de 45 metros de su antiguo campo de fútbol americano en su colegio en California, donde no ha estado en 18 años, comienza a repetir el ritual del día del partido. El alma mater de Washington, Campbell Hall, un colegio episcopal, no tenía su propio campo, por lo que el equipo iba en bus hasta Birmingham High para la batalla. “Aquí nos bajábamos, íbamos hasta esa luz y girábamos a la izquierda”, dice, señalando más allá de la esquina sureste del estadio. “Ahí comenzaban las mariposas y el nerviosismo, porque ya estábamos aquí”.

Señala el lugar en donde se ubicaba la banda, las porristas y luego en las graderías, la tercera fila desde abajo. Ahí, justo en el medio, todas las semanas se sentaban sus padres, Pauletta y Denzel Washington. Eran fanáticos empedernidos, aunque su madre odiaba ver cuando lo golpeaban. Después de los partidos, su papá se sentaba con él para entrenarlo, elogiándolo y dándole algunas recomendaciones. “Adoraba que fuera libre en el campo y no pensara en nada”, dice Washington. “Me decía cosas como ‘Confía en tu bloqueo. Puede que hayas dudado aquí o allá, pero si ves el campo, hazlo. No lo dudes’”.

Inhala profundamente, “es una locura estar en este campo”, comenta, y puedo notar que está sonriendo detrás de su tapabocas negro. “Este campo representa libertad para mí. He sangrado aquí, he resuelto muchos problemas aquí”. ¿Cuántos problemas podría tener el atractivo y atlético heredero de la realeza de Hollywood? Para comenzar, fue un niño afro que creció en Estados Unidos. Pero más allá de eso, quizá no sea tan fácil ser el hijo de uno de los mejores actores del mundo, cuyas películas se las saben de memoria tus amigos. Quizá sea aún más difícil si en el fondo también sientes que eres artista, pero te da miedo no llegar alcanzar el estándar que él impuso. Quizá te enojarías si todos asumieran que tienes el mundo a tus pies y que nunca tendrías que ganarte nada. Quizá eso te llevaría a desviarte de las artes a los deportes, primero como corredor en la división II de la Morehouse College, luego a los escalones inferiores de la NFL, donde cada metro que corrías era tuyo.

Fotografías por Dario Calmese. Producción por Rachael Lieberman. Camisa sin mangas Hanes, Pantalón Dolce & Gabbana, Zapatos Louis Vuitton.

Washington, de 36 años, intentó todo eso, y durante un tiempo funcionó. Pero después de que un desgarre en el tendón de Aquiles lo dejara en cama, se dio cuenta de que el fútbol había cumplido su propósito: el negocio familiar estaba llamando, y era tiempo de contestar. En 2015 entró con facilidad a la actuación con el papel del receptor Ricky Jerret en Ballers, la descarada comedia dramática de fútbol de HBO, protagonizada por La Roca. Tres años después, coprotagonizó la película de Spike Lee, El infiltrado del KKKlan, basada en la historia real de un policía afrodescendiente infiltrado en el Ku Klux Klan durante los 70. A partir de ahí, fue un salto rápido al gigante de la ciencia ficción Tenet de Christopher Nolan, seguido por Malcolm & Marie de este año, un drama de una relación explosiva, en la que Washington muestra su carisma en todo su esplendor para soportar una pelea con su novia, interpretada por Zendaya, que dura toda la noche. Y cuando hablamos en febrero, estaba filmando una película de David O. Russell con un elenco de actores increíbles como Robert De Niro, Chris Rock, Margot Robbie y Christian Bale, entre otros. En otras palabras, en pocos años John David Washington se ha convertido en una verdadera estrella de cine. ¿Y qué pasa con los problemas? Esa parte es un poco más complicada.

“Ni siquiera sé si [la gente] me ve como John David”, me dice después, siendo cuidadoso en una pregunta sobre cómo maneja el ser una celebridad. “Todavía soy ‘el hijo de Denzel’. Siempre seré su hijo. Así que, el día en que empiecen a verme a mí, será el día en que quizá pueda responder mejor a esa pregunta sobre la fama, porque todavía no he salido de su sombra”.

John David creció en el lago Toluca y después se mudó a Beverly Hills, es el mayor de los cuatro hijos de Washington (su hermana Katia es una de las productoras de Malcolm & Marie, Olivia es actriz, y su hermano gemelo, Malcolm, es cineasta), y mostró una pasión temprana por las artes. Era un obsesivo del cine que, según Katia, a los 10 años podía recitar toda la película Tiempos de Gloria de su padre. Dibujó y pintó de niño y durante su bachillerato, como contrapeso a los deportes físicos. (También fue un bromista que utilizó su talento para la actuación desde una temprana edad al imitar la voz de su padre y regañar a sus hermanos desde otra habitación). Pero a medida que su talento se desarrollaba, en conjunto con la fama de su padre por los cielos, se apoyó más en el fútbol.

“Siempre supe que quería actuar”, recuerda Washington mientras caminamos por la cancha, y su manera sencilla de ser contradice la intensidad de lo que sigue. “Pero literalmente quería liberar algo de agresión; las dificultades de ser un adolescente, las cosas que he experimentado, el ser el hijo de alguien. Podía liberar eso ahí, quería ser productivo con mi ira y podía usarlo como parte de algo positivo”.

Debido a que el programa de Campbell Hall estaba comenzando con un equipo de 28 niños, Washington jugó en ambos lados de la pelota, tacleando fuerte, y acumulando miles de metros como corredor. Con los años, el equipo mejoró y atrajo multitudes más grandes y estelares. “Éramos como Los Campeones”, dice. Las gemelas Olsen estaban en las gradas; la leyenda de la NFL Jim Brown vio a John David correr para su touchdown más largo, 68 metros en su último partido. No es como si Washington se preocupara por eso; según él, “el fútbol es puro. La verdad y la historia están en el campo”.

Washington emergió como el líder del equipo, alguien que buscaba la pelota con el partido en riesgo. (“Aquí era donde todo estaba a punto de suceder”, dice mientras cruzamos la línea de 36 metros. “Aquí era donde podían acudir a mí”). Su nombre comenzó a aparecer en el periódico, y la confianza creció con su éxito, no obstante, siempre tan obediente, y siendo el hermano mayor, también estaba atado a la aprobación de su familia. Sus padres les inculcaron una ética de trabajo a sus hijos, una devoción a la preparación. Estas eran cosas que podía mostrar en el campo. El fútbol era una manera de hacer lo correcto para ellos, pero hacerlo a su manera, tener algo que fuera suyo.

“Recuerdo lo bien que se sentía, lo orgullosos que mis padres y mi familia se sentían después de los juegos”, comenta. “Incluso al perder, era una lección. Durante horas hablábamos del juego, analizando y desglosando cada aspecto. Y el saber que ellos estaban ahí… Después de que me pegaban o algo así, a veces echaba un vistazo y los veía, y se sentía… bien. Es como si tu trabajo fuera recompensado al hacer que las personas que se preocupan por ti se sientan orgullosas”.


“Al jugar [fútbol americano] tenía las pelotas contra la pared, lo hacía como si mi vida dependiera de ello”.


Orgullo es quedarse corto. Toda la familia iba a los juegos: Malcolm era el recogebolas y Pauletta fue la camarógrafa por un tiempo. Katia dice que tenían un chiste interno sobre que John David dominaba todo lo que se proponía. “El verlo ser excelente es algo a lo que estoy acostumbrada, porque es fastidiosamente bueno en todo”, dice. “Bromeamos al respecto, pero es bueno porque lo intenta, se presiona y no se conforma”.

Y es conocido por mantener esos estándares con el resto de su familia. Katia dice que cuando jugaban basquetbol de pequeños, “me provocaba y se atravesaba”. No le daba lástima solo porque era su hermana menor, el punto no era hacerle bullying, sino ayudarla a mejorar. “Nadie me cree ahora, porque es la persona más dulce del mundo, pero en ese momento pensaba que me quería matar”, comenta entre risas. “Yo corría por la calle llorando y luego él me decía: ‘Pero tu salto fue bueno, ¿no?’”.

Cuando llegó el momento de ir a la universidad, Washington tenía ofertas de varias, pero escogió la Morehouse en Atlanta, históricamente afro, porque quería salir de Dodge. A tres mil kilómetros de Los Ángeles, pensó que se podría quitar la capa de privilegio que todo el mundo le seguía poniendo. (Incluso ahora, vive lejos de Hollywood, en Brooklyn).”Quería irme, quería estar en mi cultura, con mi gente, porque sentía que tenía más por demostrar. Quería demostrarle a mi comunidad que podía jugar contra los sureños, jugar con los mejores”. Su mamá creció en Carolina del Norte, así que tenía primos en la zona con quienes jugaba y luego lo sorprendían con pollo frito. Y nuevamente, John David ponía la felicidad y el orgullo de ellos en sus propias manos. “Eran como reuniones familiares”, dice. “Me presionaba a mí mismo, tenía que jugar para mantener la conexión familiar. Entre más juego, más conectados podemos estar todos”.

Cavó más profundo y corrió más fuerte. A medida que establecía récords individuales y consolidaba su carrera en la universidad, comenzó a creer que la NFL podría estar a su alcance. Así mismo, las lesiones se acumularon; una clavícula rota, un menisco roto, conmociones cerebrales. Arriesgó su cuerpo semana tras semana para mostrarle a la gente su corazón. “Cuando jugaba, tenía los ojos cerrados y las pelotas contra la pared”, dice Washington. “No me importaban las lesiones. Las agradecía porque sentía que si podía superarlo, le estaba demostrando aún más a la gente, a mí mismo, que no era una limosna, era real. No hago esto porque sea recreativo, lo hacía como si mi vida dependiera de ello”. Más tarde, describió cómo romperse una costilla lo hizo sentir que estaba haciendo algo bien: “No me rompieron la costilla por ser el hijo de Denzel, me rompieron la costilla porque los estoy golpeando, y lo estoy haciendo muy bien”.

En 2006, después de ver el draft durante todo un fin de semana, su papá se quedó frente al televisor, analizando obsesivamente las selecciones en cada ronda (“Mi papá debió haber trabajado para ESPN”), y su mamá horneó “unos cinco pasteles” para calmar los nervios. La familia Washington se enteró de que los entonces Rams de St. Louis querían contratar a John David como agente libre. Todos “se volvieron locos”. Y aunque nunca llegó al listado de los 53 hombres, permaneció en el equipo de práctica durante dos temporadas, y se esforzó al máximo todos los días. A eso le siguieron cuatro temporadas en la UFL, es decir, hasta su última lesión: el desgarre del tendón de Aquiles que acabó con sus días como jugador a los 28 años.

De vuelta al Hollywood que John David Washington había estado evitando, la directora de casting Sheila Jaffe tenía su propia dolencia. Durante todo un año buscó a la persona adecuada para interpretar a un receptor en el drama de HBO que se llamaría Ballers. Probó aproximadamente a mil personas, actores y exjugadores de la NFL por igual. Nadie encajaba. Pero escuchó que “el hijo de Denzel” había jugado, así que lo llamó.

Así fue como Washington llegó cojeando y con muletas a su primera audición, con mucha experiencia en la vida real, algo de temor y sin entrenamiento formal como actor. No le había contado a nadie sobre la oportunidad, solo a su madre, a quien llama “la persona más consistente en mi vida”. John David habla con respeto sobre Pauletta: sus experiencias al crecer en el sur segregado, su perspectiva del mundo y, especialmente, su talento como intérprete. Es una pianista y cantante, alumna de Juilliard que ha trabajado en Broadway, televisión y cine. Recuerda haberla visto en un monólogo cuando era niño y estar tan maravillado como cuando vio a su papá en la pantalla grande: “Vi a esta persona que veía todos los días en casa convertirse en otra. Era casi como si ni siquiera fueran una sola persona, era esta energía que atravesaba mi espíritu. Me generó un sentimiento al que me he aferrado toda mi vida”.

Era la persona ideal para ser su nueva entrenadora. A medida que se preparaba para ponerse en los zapatos de Ricky Jerret, John David ensayaba sus líneas y escenas con Pauletta. Ella lo llevó a su audición y Jaffe encontró a su hombre. “No había estado en Los Ángeles en mucho tiempo”, dice. “Y me quedé mientras me curaba. Así que veía más a [mi mamá], y nos unimos por este tipo de renacimiento que terminó en lo que yo realmente quería hacer. Tal vez ella ya lo sabía, pero estuvo allí para el nacimiento de esta persona que ves ahora”.

Fotografías por Dario Calmese. Camiseta por Ag.

Mientras Ballers despegaba, Washington todavía estaba angustiado por el apellido, firme en que nadie asumiera que se lo había ganado sin hacer nada. Durante un tiempo, se negó a hacer prensa para el programa, las cicatrices de sus días como jugador estaban frescas: a pesar de su incansable esfuerzo y sacrificio, nunca había podido convencer a todos los escépticos, incluso cuando llegó a la liga. Todavía se emociona al hablar de eso. “Literalmente tuve situaciones en las que [la gente] pensaba que no necesitaba mi beca porque era el hijo de Denzel”, dice. “Bueno, siento que sí me gané la beca. Trabajé duro, me rompí las costillas, tuve conmociones cerebrales. Trabajé para ese contrato, aunque estuviera en la banca”.

“Ya no funciono así”, continúa, no del todo convincente, “y algunos de ellos tienen un punto, ¡quizá tengas razón! ¿Pero en ese momento? No me van a negar que me lo merecía como cualquier otra persona, porque estaba trabajando duro por eso. El hecho de que sea pariente de él no significa que merezca menos, especialmente cuando estoy trabajando”. Según Washington, incluso sus amigos a veces le insinuaban: “No tienes que preocuparte por nada”, o “Te van a cuidar”, como si toda su vida estuviera predestinada, y se la dieran sin que él tuviera que esforzarse.

Si así lo percibían ciertas personas durante sus días de jugador, ¿qué pensarían cuando se metió al reino de sus padres? “Siendo honesto, la presión influía en mi comportamiento”, comenta. “Este nivel de grandeza que [mis padres] tienen como artistas, ambos… Tengo que mantenerme bajo control, tengo que proveer para mí mismo”.

Lo manejó de la única manera que conocía: trabajando. Durante los descansos de las grabaciones de Ballers en Miami, volví a Nueva York para trabajar con profesores de actuación como Rochelle Oliver. Cuando le pregunto por qué se molestó en tomar clases cuando lo estaban capacitando en el trabajo, responde: “Pienso a futuro, quiero ser lo mejor que pueda ser. ¿Qué hice en el fútbol? Trabajé en mi estrategia; fuerza, acondicionamiento, entrenando día y noche. Necesito saber cómo investigar el personaje. Tengo un muy buen instinto, pero necesito combinarlo con un enfoque analítico, para desechar lo que no necesito y guardar lo que es útil”.

Pronto, la prensa se acercó a él. Y un par de años y películas después (Love Beats Rhymes, Monstruos y hombres), le llegó otra llamada muy importante. A los seis años, Spike Lee había elegido a Washington para el que realmente fue su primer papel: fue uno de los alumnos que se levanta para gritar “¡Soy Malcolm X!” al final de la película que le valdría una tercera nominación al Óscar a su padre. Lee siempre supo que no sería la última vez que John David estuviera en una película. Ahora, más de 20 años después, le estaba ofreciendo un papel protagónico en El infiltrado del KKKlan.

“Era una ruta circular”, dice el director usando una analogía futbolística. “Siempre pensé que, tarde o temprano, volvería a su amor más allá de los deportes. Y ese amor es el cine. Pero tengo que decirlo, porque sé lo difícil que ha sido para mi hijo Jackson ser el único hijo de Spike Lee, si quieres ser un actor, y tu padre es Denzel Washington, esa mierda no será fácil”.

Con eso dicho, Lee sintió que ya había visto lo suficiente para saber que él tenía lo necesario. “John David Washington no ‘audicionó’ para El infiltrado del KKKlan”, me recuerda. “Solo tuvo que decir que sí o que no, y afortunadamente dijo que sí. Tenía plena confianza en que haría lo necesario para hacer exitosos tanto al personaje como a la película. No tenía duda al respecto. Confío en mis instintos, y tenía razón”.

El papel de Ron Stallworth, un verdadero policía de Colorado Springs que trabajó con sus colegas blancos para infiltrarse en el KKK, le valieron las nominaciones a Mejor Actor en los Screen Actor Guild y los Globos de Oro, y la atención de Christopher Nolan. En su primera reunión cuando estaba reuniendo al cast de Tenet, Nolan dice que el actor “parecía un cohete en su plataforma de lanzamiento”. Estaba lleno de energía y ambición, según el director, así como de un balance físico y una profunda empatía que el protagonista necesitaría. Y si Washington todavía tenía dudas sobre sus habilidades, Nolan estaba feliz de acallarlas, diciéndole constantemente que confiara en sus instintos durante el rodaje: “Fue un rodaje largo, él estaba en cada escena y tenía una enorme presión en términos de lo que tenía que entregar. Fue maravilloso verlo descubrir todas las cosas que podía hacer”. A pesar de que la pandemia arruinó su estreno en cines, la película ha recaudado más de 360 millones de dólares a nivel internacional, un éxito que Nolan atribuye directamente al atractivo de Washington. “John David hizo un trabajo increíble con la película, porque esta dependía de su carisma como protagonista”.

Washington da el crédito de gran parte de su éxito a estos dos directores, quienes “realmente me demostraron una y otra vez que pertenezco aquí”. Pero su hermana Katia ha notado un impulso aún más profundo a medida que su carrera evoluciona: “Me impresiona mucho la manera en la que ha aprendido a decir lo que quiere. Decir ‘quiero perseguir este sueño de ser actor, quiero hacerlo a mi manera, y quiero hacer los papeles que me hagan sentir realizado’. El esforzarse e intentar las cosas, no es sencillo, y ha sido inspirador”.


“Solía vivir desesperado por probarme a mí mismo, demostrar que soy yo mismo, ¿pero a qué costo?”.


De cierta manera, lo más grande ha sido la película más pequeña. Malcolm & Marie es una película íntima en blanco y negro escrita y filmada durante la pandemia con un presupuesto reducido, sin más actores que sus dos estrellas. La historia enfrenta a Malcolm (Washington), un cineasta en ascenso que lucha por encontrar su voz en Hollywood, contra Marie (Zendaya), su novia que ayuda a impulsarlo hacia un éxito profesional, en una exhibición de violencia emocional a lo largo de una noche. Malcolm se queja de los críticos de cine y las frustraciones de ser afrodescendiente en el mundo del espectáculo. Calla a Marie cuando lo acusa de robar la historia de su vida para una película. Sale corriendo en la oscuridad para desahogar su ira física de una manera silenciosa; patea el pasto, lucha con una espada invisible y agita un bate inexistente. Se agacha junto a ella en la bañera y le profesa su amor entre lágrimas. Es posible que Tenet haya tenido a Washington saltando de un carro a otro y escalando edificios, pero este es, por mucho, su papel más dinámico. Y por una vez dejó que parte de esa intensa preparación y perfeccionismo se desvanecieran.

“Realmente tuve que alejarme de mi proceso”, comenta. “Tuve que dejar entrar a Malcolm. Tuve que liberarme de todas las preguntas actorales, el quién, qué, cuándo, por qué… Tuve que hacer lo contrario a prepararme. Cuando dejé de pensar en lo que estaba investigando, fue cuando él vino a mí. Fue muy raro, solo pensé en mi vida personal, fue entonces cuando la verdad comenzó a salir a la luz. Estoy siendo ambiguo porque tengo que serlo”, continúa, “pero hay cierta energía que quería capturar, una oportunidad de cargar el espíritu de los artistas, y no solo de los afros, de sentirse como si estuvieran en una caja. Este sentido de identidad que todavía intento disipar, puede ser muy frustrante. Solo yo en relación con quien soy”. Y vuelve al pasto de Birmingham High: “Esta independencia, por qué estamos parados en este campo… Este campo representó muchos momentos sobre los que Malcolm estaba despotricando”.

Katie vio el cambio de su hermano en el set: “Verlo actuar de cerca fue increíble gracias a la sinceridad y libertad que el papel requiere. Verlo crecer y construirse a sí mismo mientras grababan fue maravilloso. Era como verlo ser libre, abierto, siendo un artista. Eso fue algo nuevo”. Washington es la única persona que el escritor y director Sam Levinson tenía en mente para el papel, y el actor dice que Levinson le dio tanto campo para interpretar a Malcolm que, por primera vez, sintió que su personaje era completamente suyo. Por ende, ese sentimiento puede haberlo llevado un paso más cerca de su meta más grande en el trabajo: forjar un lazo inquebrantable con la audiencia. “De manera egoísta, persigo el sentimiento que tuve cuando vi a mi papá en Tiempos de gloria, cuando vi a Robert De Niro”, explica. “Lograr que alguien sienta esa esperanza, felicidad, dolor, conexión con el personaje, como si lo conocieran”.

“Quizá sí conocen una parte de ellos”, comenta mediando sobre esa misteriosa alquimia que se da entre actor y personaje. Así como el fútbol americano le permitió mostrar parte de sí mismo que no podía expresar con palabras, también lo hace la actuación. “Si ven algo con lo que conectan, están viendo partes de mí que voy descubriendo mientras actúo. No saben que están viendo partes de mí, pero estamos conectados de esa manera… Espero que alguien se me acerque un día y me diga: ‘Vi una parte de ti en mí que era tan real, tan honesta, que nunca se ha ido’”.

Hay un área en la que la creciente confianza de Washington se desvanece, al menos en las películas. “Las escenas de besos son un gran desafío para mí”, me dice después, mientras esperamos en una cafetería de Sherman Oaks. ¿Incluso con personas como Zendaya? “¿Las escenas de amor? Las odio, las odio, las odio”. Estamos rodeados de personas disfrutando sus comidas de San Valentín en el restaurante. “Me hacen sentir muy incómodo. Quizá besar en público. Hay un técnico, hay un camarógrafo; no lo sé, es un momento íntimo, es raro”.

Cuando empezamos a hablar sobre la intimidad detrás de la pantalla, Washington inconscientemente cruza los brazos sobre su pecho. Es un día frío en L.A., pero tiene puesta una chaqueta de jean y no creo que sea una respuesta al clima. “Me ha costado confiar en la gente por mi familia, así que mis relaciones han fallado por eso”, comenta, y añade casi de inmediato: “Es el día de San Valentín y estoy dando una entrevista”. Nos miramos y reímos. “Todavía estoy buscando y estoy abierto a ello. Estoy feliz, no estoy forzando nada, así como en el trabajo. Solía vivir desesperado por probarme a mí mismo frente a muchas personas, demostrar que soy yo mismo. ¿Pero a qué costo? Eso ha disminuido”.

Eso me parece más convincente que lo que dijo antes. “Ahora, soy más maduro”, añade. “Si creo en lo que hago, y que estoy sirviendo a un propósito más grande y quiero que Dios me mueva y tome mis decisiones, eso significa que no puedo entrar en pánico. Tengo que ejemplificar esa fe al no entrar en pánico en cuanto a mis decisiones con mi pareja o un papel que creo cambiará mi carrera”.

La espiritualidad es una gran parte de lo que lo mantiene con los pies en la tierra. Sus padres son devotos cristianos que siempre enfatizaron el valor de la oración. Y tuvo un momento de “llamado a Jesús” en la universidad, que solidificó el papel de la religión en su vida. Durante su tercer año, hizo un pacto con Dios para que lo ayudara a impulsarlo a la NFL: todo un año sin beber ni fumar, una vida sana. “Ni siquiera escuchaba rap o decía groserías”, dice. “Era como una maldita monja”. Terminó teniendo la peor temporada de su carrera. Perdió la fe, pero salió de esa crisis espiritual al año siguiente, una vez que corrigió su definición de éxito, y luego, lo que es más importante, cedió el control: “Le dije a Dios: ‘No te dejaré nunca más. Es mi culpa, no te dejaré nunca más’”.

Pauletta también ha sido fundamental en esta transición hacia alguien que puede dejarse llevar, entregarse por completo y compartir sus vulnerabilidades. Ella lo mantiene honesto y le recuerda que “debe entender su poder”, dice. “Y eso no significa ocultar tus inseguridades para pensar que tienes que ser un soldado todo el tiempo. A veces se trata de cómo escuchas. Algunas personas piensan que la fuerza es autoridad y la bondad es debilidad. [Pero] no estás dando amor para recibirlo; estás dando amor porque así es como vives”.

Fotografías por Dario Calmese. Camiseta Saint Laurent, Camisa sin mangas Hanes, Pantalón Dolce & Gabbana.

Si Dios es el que está manejando la vida de Washington en este momento, es un excelente conductor. El siguiente proyecto del actor, la película aún no titulada de David O. Russell, lo tiene maravillado con sus compañeros, y recibiendo los consejos de maestros como Bale, La Roca y el “Sr. De Niro”. “Este elenco es una locura”, comenta Washington sin reconocer que él es parte del porqué es una locura. “En el set, todos los días se sienten como un fin de semana con las estrellas”.

No puede revelar nada de la trama, o incluso la época en la que transcurren los hechos, la cual lo tiene luciendo una anticuada barba al estilo Van Dyke, en ambas ocasiones que nos encontramos. Pero al investigar sobre la época y su personaje, Washington ha estado explorando cuestiones más importantes sobre la raza en Estados Unidos, y ha quedado sorprendido y angustiado.

“Estoy lidiando con los espíritus de nuestra gente y lo que hemos pasado en este país”, dice. “Qué significa ser estadounidense, qué significa ser afroamericano, y estos son temas pasados. Es ‘la historia repitiéndose’ [en] esta película, en este personaje. Realmente, la investigación me estaba bajoneando un poco, porque hablamos de escuchar y decir lo mismo una y otra vez. Y este personaje lidia con eso de frente. Las cosas que he investigado las conservaré de por vida. Voy a seguir profundizando en los porqués de lo que estaba pasando en este país”.

El tema nos lleva a una discusión sobre la expansión de la identidad afro, y de cómo la percepción del público se ha ampliado en cuanto a qué pueden hacer y ser los afrodescendientes, en parte gracias al cine y la televisión que se están haciendo hoy, que finalmente refleja la amplitud y diversidad de nuestras experiencias. Es un cuerpo de trabajo en crecimiento y del que Washington se siente emocionado al ser parte. “Hemos sido excéntricos, hemos sido muchas cosas, pero teníamos que ocultarlo”, dice. “Ahora lo aceptamos. Para mí, el Sr. Spike Lee fue uno de los primeros en mostrar nuestras diferencias, que no somos solo este pensamiento afro, esta forma afro de ser. Somos raros, somos extravagantes, somos divertidísimos, obviamente. No todos somos iguales. Y por eso también hago lo que hago, para llegar a los detalles de por qué somos tan diferentes. Veo a Donald Glover haciéndolo, LaKeith [Stanfield]. Ahora, se celebra ser diferente y afro”.

Sin embargo, por ahora está concentrado en la película de Russel. Mientras que el trabajo lo mantiene ocupado preparándose de nuevo, también dice que actualmente se arriesga más. Compara el proceso al del fútbol americano, cómo el partido se vuelve más lento a medida que ganas experiencia. Ves el campo mejor, lees mejor las claves”.

Le pregunto qué tan bueno se considera a sí mismo en este punto. Al comienzo no entiende la pregunta, “¿en la vida, o…?”. No, no, en el arte. “Ya estaba pensando que era una pregunta compleja, soy terrible en esto, todavía sigo trabajando en ello”, se burla, “‘¿cuánto tiempo tienes?’”. Aun así hay un par de cosas en las que sigue trabajando. Su hermana Olivia lo ha animado a pintar otra vez; hace unos años, de Navidad le regaló unos lienzos y materiales que todavía no ha usado. “No sé de qué huyo”, confiesa.

Pero en cuanto a actuar, sabe que es bueno y está mejorando: “No estoy ni cerca de maximizar mi potencial. Y necesito de personas, como con las que he trabajado, para que me ayuden a aprovechar esa voz o ese enojo, sea lo que sea, para poder mostrarlo a través de un personaje”. ¿Y siente que está cambiando la mentalidad de la gente a través de su trabajo? “No me importa si lo hago”, dice. “No estoy preocupado por eso. Ya no me motiva”.

Al pensar en sus métodos y trabajos previos, me acuerdo de algo que Katia dijo sobre ver a John David jugar en Morehouse: “A veces se dividían la carga entre el caballo de batalla y el otro tipo. Pero él era ambos. Él era el tipo que corría los últimos metros, y luego era el tipo que se podía escapar y hacer una gran jugada”.

Puede hacer lo que sea necesario, en otras palabras, ser callado o ruidoso, sutil o llamativo. Es el mejor jugador de equipo, que también es una superestrella. En esta nueva etapa de su vida, toda esa angustia juvenil finalmente se ha extinguido. Y a su manera, a la larga acabó siguiendo el consejo de su padre: confió en su bloqueo. Vio el campo y no dudó. Ahora John David Washington avanza a toda velocidad, la multitud se pone de pie, y no nada frente a él excepto la zona de anotación.