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La casa de mamá Icha

El sentido de pertenencia, el apego a lo material, la migración, el desarraigo y los conflictos familiares a causa del dinero, son algunos de los temas que se exploran en una nueva cinta que comprueba que la fortaleza del cine colombiano está en el género documental
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Óscar Molina /

Cortesía de Cine Colombia

María Dionisia Navarro, llamada Mama Icha de cariño, es una mujer de 93 años de edad que vive en Filadelfia con una de sus hijas. Allí tiene todo lo necesario: Un apoyo económico por ser una persona de la tercera edad, la atención médica que necesita, una familia que la quiere y, lo más importante, un techo y cuatro paredes donde vivir.

Sin embargo, Mama Icha se siente triste. Ella quiere pasar los últimos días de su vida en su natal Mompox. Su hija y su nieta le advierten que su casa está en ruinas y que las condiciones en Mompox no van a ser las mismas que en Filadelfia. Pero ella está decidida a regresar. Es así que su hija, con todo el dolor de su corazón, ha decidido enviarla a su lugar de origen, a sabiendas que no la volverá a ver de nuevo. 

Mama Icha es recibida con cariño por sus dos hijos varones y por sus nietos y demás familiares. Pero su hija tenía razón. La casa es un completo desastre y la anciana solo va a encontrar descuido, conflictos y más tristeza. 

Esta es la historia que se narra en el documental del colombiano Óscar Molina (El reino encantado) y que constituye la primera parte de una trilogía proyectada llamada Mi casa, my home, donde se busca reflexionar sobre los conceptos de pertenencia, arraigo, migración y pobreza (La casa de los ausentes actualmente se encuentra en postproducción)

Más que una reflexión, La casa de Mama Icha es una experiencia emocional intensa que causa una profunda tristeza, así como rabia, frustración y angustia en el espectador. Estas mismas sensaciones son las que viven muchas familias colombianas que se enfrentan a grandes conflictos, muchas veces irreparables, debido a la distribución del dinero, a las propiedades compartidas y a un apego por lo material que raya en el absurdo. 

En el complejo documental de Molina no hay culpables ni inocentes. Vamos a ver a dos hijos que se aprovechan económicamente de su madre (uno más que otro) y que piensan primero en su bienestar individual por encima del bienestar de quien les dio la vida. Pero también vamos a ver a una anciana apegada por unos objetos inútiles (una olla y un porta loza oxidados) y que de alguna manera menosprecia el amor de una hija que trabaja para salir adelante y para brindarle bienestar en una tierra ajena (Muchas madres colombianas prefieren a un hijo vividor que a una hija responsable como producto de un machismo arraigado por siglos).

Se puede pensar en La Casa de Mama Icha como la antítesis de Jericó: El Infinito vuelo de los días.  Ambos son dos poderosos documentales acerca de mujeres en el ocaso de sus vidas, pero mientras el trabajo de Catalina Mesa se regocija con unas ancianas libres e independientes que viven recordando con nostalgia el pasado pero también viviendo con alegría y plenitud el presente, el trabajo de Molina nos muestra a una mujer que abandonó la seguridad y la estabilidad obtenida en tierras ajenas, para volver al lugar que la vio nacer y encontrar allí tan solo sufrimiento, decadencia y, en últimas, la muerte.